Tuesday, February 13, 2007

07-02-13: Yo nunca vi jugar a Garrincha

Construí este texto, con palabras propias y ajenas, hace algún tiempo. Es un poco largo, pero lo cuelgo igual.

Para aquellos o aquellas de ustedes que no lo saben, el Mané Garrincha, o Garrincha a secas, cuyo nombre verdadero era Manuel Francisco dos Santos, fue un jugador brasileño de fútbol que alcanzó fama mundial. Garrincha, que ya murió, ha sido considerado variadamente como el mejor puntero derecho o el mejor dribleador (dribbler, dirían en inglés) de la historia, pero yo creo que el mejor título que él recibió fue el que popularmente le dieron en Brasil: “la alegría del pueblo”. ¿Qué más puede pedir un hombre de la vida?

Sin embargo, a pesar de ser “la alegría del pueblo”, Garrincha murió pobre y alcoholizado. Esta es, ciertamente, una paradoja, que tal vez valdría la pena tratar de explicar. ¿Cómo es posible que el hombre que fue “la alegría del pueblo” haya muerto pobre y alcoholizado? ¿Es posible que “la alegría del pueblo” haya cometido el enorme desatino de morir infeliz? Si “la alegría del pueblo” muere infeliz, ¿entonces qué podemos esperar nosotros, tú y yo, que acaso habremos tenido la fortuna de ser la alegría de alguien muy de vez en cuando?

Yo no sé qué tan infeliz murió Garrincha. En realidad, yo no sé mucho sobre Garrincha. Pero yo no escribo estas notas para hablar de él. Las escribo para hablar de mí: para confesar que Garrincha es mi ídolo. Pero no por lo que hizo o no hizo en las canchas. Yo nunca vi jugar a Garrincha. Estas notas existen para tratar de explicar, si es que eso es posible, por qué un jugador de fútbol al que nunca vi jugar puede llegar a convertirse en mi ídolo.

El primer mundial del que tengo memoria, el de México 70, cuando yo tenía seis o siete años, fue el primero sin el Mané. Lo que sé de Garrincha es parte de la leyenda (los detalles pueden variar: el año de su nacimiento; el número de goles que marcó en su debut; la nacionalidad del único equipo que derrotó a Brasil con Garrincha en la cancha; la forma de deletrear “Elsa”. Ninguno de esos detalles altera la leyenda). Que nació pobre en 1933. Que tenía las piernas deformes por la poliomielitis; que era zambo, con los pies torcidos hacia dentro; y, para colmo, que tenía una pierna seis centímetros más corta que la otra. Que fue operado de su deformidad, sin total éxito, lo que no le impidió una carrera en el fútbol. Que su apodo, Garrincha, se debe a un cierto pajarillo sin otra cualidad que la de ser muy veloz. Que jugó en ciertos clubes brasileños, en particular el Botafogo. Que el día de su debut como profesional marcó tres goles. Que fue dos veces campeón mundial, en 1958 y 1962, y que Pelé dijo que él nunca hubiera sido tres veces campeón mundial si no hubiera sido por Garrincha. Que la delantera de Brasil en 1958 era, nada más ni nada menos, Garrincha, Pelé, Didí, Vavá y Zagallo, quizás la mejor del mundo de todas las épocas. Que jugó sesenta partidos con la selección Brasil y que sólo perdió uno, su último, contra Hungría, en la Copa Mundo del 66 en Inglaterra. Que, cuando Garrincha y Pelé jugaron juntos en la selección, Brasil nunca perdió. Que su gambeta era de magia y que los defensas que tenían que sufrirla terminaron siendo llamados “Joao”, un apodo que, aunque inocente en principio (Joao sólo significa “Juan” en portugués), terminó describiendo toda la ignominia de ser sometido por un genio superior, algo así como lo que le pasa a Salieri con Mozart en la película Amadeus, de Milos Forman. Que perfeccionó lo que los ingleses terminaron denominando el banana shot, lo que me imagino es el tiro con comba, o con chanfle para utilizar un lenguaje más popular. Que enalteció el número siete de su camiseta, así como Pelé el diez en la suya. Así, Garrincha se convirtió en el siete por excelencia, el puntero derecho. Que, cuando jugaba, le dolían tanto las rodillas que muchas veces tuvo que jugar anestesiado, lo cual contribuyó a deteriorar sus piernas aún más. Que, en el ocaso de su carrera, jugó en Colombia (en el Junior de Barranquilla) y en Francia. Que abandonó a una esposa y a ocho hijos por una cantante de cabaret. Que en total tuvo tres esposas y trece hijos. Que su afición por las mujeres y el alcohol, y la persecución de que fue objeto por evadir impuestos, lo llevaron prematuramente, a los 49 años, a la tumba. Que en 1998 fue escogido para la Selección del Mundo de todos los tiempos.

Yo con Garrincha tengo muy pocas cosas en común. Que me gusta el fútbol, que me gustaba jugar con el número siete, y que las rodillas siempre fueron una dificultad en mis actividades deportivas. Lo del siete tiene un poco de historia. Muchos niños en el colegio se pelean por el diez de Pelé, de Maradona o del Pibe Valderrama. Yo nunca fui de esos. El primer puntero derecho que vi jugar en un mundial y que me impresionó fue Jairzinho, el brasileño que fue el único jugador que marcó al menos un gol en todos los partidos que jugó en el mundial del 70. Yo pensé que había sido Jair y la magia propia del número siete lo que me hacía pelearme ese número en el colegio, pero luego descubrí que la magia del siete venía heredada desde Garrincha. Jair fue un buen siete, pero el siete era Garrincha. A mí nunca me gustó el diez. A mí me gustaba el siete. Por Garrincha, por Jair, y por el carácter esotérico del siete. El siete es, definitivamente, un número más interesante que el diez.

De otra parte, a mí siempre me gustó el fútbol. Me gustaba más jugarlo que verlo, aunque a veces me quedaba viendo jugar cualquier “picado” de barrio. Yo fui poco a los estadios. Para ver fútbol en directo, me gustaba más el fútbol callejero. La primera vez que fui a París me sorprendió menos la torre Eiffel que el partidito que estaban jugando unos desconocidos en los parques que quedan en frente de Les Invalides. Pero a mí me gustaba más jugarlo que verlo. Sin embargo, nunca fui un buen jugador. Y el jugador que pude llegar a ser estuvo muy limitado por mis permanentes lesiones, sobre todo en las rodillas. De hecho, muchas veces, contra mi voluntad, terminé siendo arquero porque mis rodillas no me permitían jugar en otra posición. De hecho, el dolor en las rodillas ya no me permite jugar. Pero sí me permite entender un poco más a Garrincha, ese genio que jugaba con las rodillas anestesiadas para poder terminar los partidos. Es curioso, pero yo aprendí a querer a Garrincha por las rodillas. Es una desgracia que uno sea un genio para el fútbol, pero que no tenga rodillas para jugarlo. Como Beethoven al final de su carrera, sordo. Es un sino trágico que Dios dé y Dios quite de esa manera.

Hace no muchos días (el 16 de enero de 2005), en el Dominical de El Heraldo de Barranquilla, hicieron una semblanza del Mané Garrincha. Yo no la leí, porque no leo El Heraldo. Pero tengo la incierta fortuna de estar en la lista de correo electrónico de Óscar Domínguez, un periodista de la vieja guardia que lo llena a uno de informaciones y de textos de variada calidad, propios y ajenos. En uno de sus mensajes, Domínguez me (nos) informaba que el Dominical de El Heraldo del 16 de enero de 2005 publicaba una semblanza del Mané Garrincha, compuesta por varios artículos. La busqué en Internet, pero no pude abrir la edición atrasada del Dominical de El Heraldo. Domínguez mencionaba que el Dominical recogía la célebre entrevista de Álvaro Cepeda Samudio a Garrincha, hecha cuando éste, en el ocaso de su carrera, pasó por el Junior de Barranquilla. Como no pude abrir la versión electrónica del Dominical, no pude leer la entrevista de Cepeda a Garrincha, pero no fue muy grave: ya antes la había leído, de modo que ese día, por la noche, busqué el libro de textos de Álvaro Cepeda editado por Daniel Samper Pizano que está en mi biblioteca, Álvaro Cepeda Samudio: antología, y volví a leer la entrevista.

REPORTAJE A GARRINCHA

Por Álvaro Cepeda Samudio


ACS: He notado que los periódicos colombianos, al mencionar su nombre, sólo hablan de su espectacular romance con la cantante Elsa Soares. ¿Es que a usted ya no le interesa el fútbol?

El rostro abotagado de Manuel Dos Santos, taciturno, sin expresión, como la de un boxeador que ha perdido muchos combates, se ilumina de pronto en una sonrisa abierta, y los ojos hasta ahora pequeños, y también sin expresión, por primera vez comienzan a aparecer inteligentes, vivos, iluminados como la sonrisa. El hombre bueno y descomplicado que es realmente esta leyenda del fútbol mundial que se llama “Garrincha”, aparece como del cubilete de un prestidigitador al conjuro de un nombre: Elsa Soares.

Garrincha: “Yo no leo nunca las páginas deportivas de los periódicos, ni oigo lo que dicen por la radio: me volvería loco. Un día soy un genio del fútbol. Al otro día, mi vida privada está en todos los titulares y ya no soy un genio del fútbol porque casi nunca, al hablar de mí, se habla del fútbol, sino de lo que hago fuera de la cancha y lo que hago fuera, la novela que es mi vida, hace que se olviden del fútbol que yo juego. Entonces no se puede distinguir.

“Por eso no leo nunca lo que dicen de mí: si hablan bien, son mis amigos; si hablan mal también son mis amigos. ¿Para qué molestarme? Yo soy un hombre feliz”.

Esa felicidad le brota a Manuel Dos Santos por todas partes: no la esconde, muy por el contrario: la exhibe y la celebra con alegría del muchacho muy pobre, como lo fue él en Pau Grande, que por primera vez tiene un juguete. Cuatro o cinco cables salen de Barranquilla hacia Río de Janeiro todos los días, y otros tantos llegan. Además de feliz, Manuel Dos Santos es también un hombre enamorado.

ACS: ¿Todo esto de discutir su vida privada en las primeras páginas de los periódicos y a los cuatro vientos en la radio y en la televisión, no lo mortifica?

Garrincha: “A mí no. Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí”.

En el principio fue el fútbol

El pueblo es pequeño y en las colinas se amontonan las casas pobres, casi favelas, donde las gentes más pobres del pueblo dejan pasar el hambre viendo pasar los ríos, “montones de ríos”, dice “Garrincha”, que atraviesan el pueblo por todos lados. El pueblo es Pau Grande, a unos 200 kilómetros de Río. En este pueblo, y en una de las casas más pobres, nació Manuel Dos Santos “Garrincha”, el 18 de octubre de 1935.

Manuel Dos Santos no se acuerda cómo comenzó a jugar al fútbol en Pau Grande. Tampoco se acuerda cuándo comenzó a trabajar, aprendiendo a coser mangas a las camisas que se producían en la fábrica de confecciones que aún funciona en el pueblo. “Debió ser muy pequeño”, dice. Pero sí se acuerda del horario de la fábrica, porque todavía siente el cansancio de la jornada: de seis de la mañana a cuatro de la tarde, cosiendo mangas; de las cuatro hasta que oscurecía, jugando al fútbol; y de las siete de la noche a las nueve, estudiando en la escuela de la fábrica donde también trabajaba su padre, que era celador, y con quien se cruzaba todas las noches cuando el pequeño Manuel iniciaba el regreso, muerto de cansancio, a su casa pobre de la colina.

“Tanta pobreza y tanto trabajo no me dejaron campo para ser vanidoso ahora cuando, gracias al fútbol, lo tengo todo”. Y es cierto: porque este hombre, de cuerpo pequeño y regordete —altura, 1:69; peso, 72 kilos— que en 13 años con el equipo Botafogo marcó 353 goles y ha asombrado con su endiablado juego todo rapidez, malicia y picardía, al público de tres campeonatos mundiales, es, antes que todo, un hombre sencillo, amable; a quien no afectan ni el elogio delirante ni la diatriba más implacable porque: “los jugadores profesionales no somos más que payasos: salimos al campo a divertir a un público que paga por vernos ganar o vernos perder: al igual que los payasos en el circo, nos aplauden si lo hacemos bien y nos insultan si lo hacemos mal, pero de ambas maneras los estamos divirtiendo. Y si nos dejamos llevar por los insultos o los aplausos no podríamos hacer bien nuestro papel”.

1953. Botafogo

“Siete años —esto es lo que él recuerda— jugó Manuel Dos Santos en Pau Grande, en el ‘Sport Club América’, formado por los empleados de la fábrica cuyas camisas daban el nombre al equipo del pueblo. ‘Garrincha’, era un problema técnico en el Sport Club América; su puesto, el que le habían asignado los jugadores mayores y más altos que él, era el de mediocampista, pero su velocidad innata lo mantenía metido todo el tiempo dentro del arco contrario, entregando pelotas para que los otros anotaran los goles. ‘No había nada qué hacer porque ellos eran los dueños del balón’”.

Pero otra cosa era en los encuentros callejeros donde los ocho hijos del celador Dos Santos eran todos dueños del balón. Aquí Manuel jugaba en el puesto que entonces le gustaba más: puntero izquierdo. “Amadeo —cuenta Garrincha—, el mayor, compró una pelota y ocho camisetas cuyo valor hubo que pagárselo por pequeñas cuotas semanales porque él tampoco tenía dinero suficiente para pagar en el almacén.

“Más de dos años nos duraron la pelota y las camisetas y más de dos años estuve pagando las cuotas, pero todo este tiempo jugué en la punta”. En 1951 el Sport Club América fue llevado a Río de Janeiro para jugar contra otro equipo de quién sabe qué otra fábrica de camisas. Pero da la casualidad —no hay vida de personaje famoso cuya leyenda no esté llena de casualidades— que este encuentro, sin ninguna importancia, fue pitado, y por razones que es mejor no averiguar ahora porque se estropearía la magia de la leyenda, por Arití, uno de los árbitros más famosos del campeonato carioca.

Arití vio al pequeño Manuel, que a los 16 años seguía siendo muy pequeño para sus años, tragarse la cancha, tragarse los tarajallones del equipo contrario y tragarse el aire durante los 90 minutos con su increíble velocidad y el malabarismo de sus piernas manetas. Arití, como todo árbitro y contrariamente a lo que se cree, tenía su equipo favorito. Y habló a los dirigentes del Botafogo de este pequeño fenómeno del fútbol.

Los dirigentes del Botafogo, y ésta es quizá la única muestra de inteligencia que dieron durante los 13 años que Garrincha vistió la camiseta a rayas negras y blancas del equipo, no perdieron de vista al defensa —mediocampista— puntero de Pau Grande. Y un domingo de 1953, Manuel Dos Santos hacía su primer encuentro profesional en Río de Janeiro jugando en la punta izquierda del Botafogo contra el Flamengo. Resultado final: Botafogo 3; Flamengo 1. ¿Y Garrincha? Anotó dos goles. El improbable cosedor de mangas de Pau Grande había iniciado una carrera pocas veces igualada en la historia del fútbol, y el Brasil comenzaba a vislumbrar a uno de los hombres que llevaría los colores del país a conquistar dos campeonatos mundiales consecutivos.

“En Pau Grande —dice inicialmente— aprendí tres cosas: a ser humilde, a coser y a jugar al fútbol; en ese mismo orden”.

Siempre los dirigentes

De sus 13 años en Botafogo, Garrincha guarda un contradictorio recuerdo: a la institución, Botafogo, la venera, pero a sus dirigentes no les guarda ningún afecto. Aunque tampoco rencor, pues este sentimiento no entra en su inventario.

Con Garrincha, el Botafogo fue tres veces campeón del torneo carioca y dos veces campeón del Brasil. En su primer año de profesional empató con el paraguayo Benítez, el primer puesto en la casilla de goleadores con 33 anotaciones.

Su vinculación al Botafogo termina en 1965. Garrincha tenía una rodilla lesionada y varias veces jugó anestesiado para que no perdiera su cuadro. Los dirigentes insistían en que se sometiera a la operación con el médico del equipo; Garrincha prefería a su médico particular, en quien tenía más confianza: la diferencia era solamente de 50 dólares. Los dirigentes se obstinaron. Garrincha pagó de su bolsillo la operación y se largó del Botafogo. “Cuando Amarildo se fue a Italia, los directivos le dieron un gran banquete; a mí no me dijeron ni adiós. Así son siempre los dirigentes en todas partes: les interesa la empresa, los hombres que la hacen posible no valen nada para ellos.

“Al Botafogo como institución le debo mucho, a sus dirigentes nada: ellos me deben a mí”.

ACS: ¿Qué quiere decir “Garrincha”?

Garrincha: “Es un pájaro muy veloz, pero no es nada, no es un pájaro fino. No hace nada”.

ACS: ¿Cómo la golondrina?

Garrincha: “No, no; la golondrina tiene clase; se la menciona mucho. No, éste es un pájaro muy maluco. No hace nada; es un pájaro pobre, pero muy veloz, más veloz que cualquier pájaro”.

ACS: ¿Cómo el cucarachero?

Garrincha: “Tal vez sí. No lo conozco, pero debe ser así como usted dice. Mire: el garrincha es como yo”.

En Pau Grande el inquieto Manuel que a los cuatro años no debía levantar mucho del suelo, le encantaba ir a cazar pájaros con su honda. A esa edad andaba por entre el monte “como una exhalación del infierno”, decía su hermana Rosa Dos Santos, la mayor. Un día entró corriendo a su casa con un pájaro todavía aleteando en sus pequeñas y regordetas manos morenas. Manuel no sabía qué había cazado. Rosa le dijo: “es igualito a ti, vuela mucho, pero no sirve para nada: es un garrincha”. Manuel lo curó y lo conservó por mucho tiempo y nadie recuerda hoy qué se hizo el garrincha que perpetuó su nombre en uno de los mejores jugadores del mundo. Pero a este Garrincha sí lo recordará siempre la historia del deporte.

Bogotá, 1954

El recuerdo de Colombia es para Garrincha una mezcla de alegría y de mucha tristeza. Su primer partido internacional lo jugó en Bogotá contra Millonarios, el gran Millonarios de Rossi, Cozzi y Pedernera, que fue vencido por Botafogo dos por cero. Fue su alegría ganar el primer encuentro que jugaba fuera del Brasil. Pero al regresar a Río encontró que su hermana menor, Teresa, de tres años, había muerto ese mismo domingo que él jugaba en Bogotá. El 8 de agosto del mismo año, contra Santa Fe, y Botafogo volvió a ganar, esta vez dos por uno. Fue calificado por El Tiempo como el mejor de los visitantes. Elaboró, aunque no finalizó, el gol del triunfo.

“Se acostumbra uno a todo —dice Garrincha—, a lo bueno y a lo malo”.

Chile, 1962

Se jugaba la Copa Mundo en Santiago. El encuentro Brasil-Chile comienza muy fuerte y sigue peor. Se juega duro. El público hostiliza constantemente a los brasileros. Los chilenos consiguen el primer tanto y las graderías se enloquecen. Pelota al centro. Pelé a Vavá. Se escapa Garrincha con el pase de Vavá, y anota de un tiro violento. Quince minutos más tarde recoge una pelota de Nilton Santos en el medio campo. Pica la pelota y rebasa a la defensiva chilena para fusilar al guardavallas. De las graderías energúmenas vuela una botella; Garrincha cae al suelo bañado en sangre. Lo llevan a la clínica y no puede volver al partido. “Salí riéndome. Les gané yo solo a los chilenos 3-1. ¡3 a 1! Sí. Dos goles y un botellazo que también se cuenta”.

Los goles

“Se preocupan mucho de quién hace los goles en el fútbol, pero éste es y debe ser un juego de conjunto. En la cancha todos somos iguales. Detrás del que hace los goles está siempre alguien, otro jugador que no se ve y que no sale en los periódicos. Está el resto del equipo. Para mí, por ejemplo, que he anotado muchos goles, el mejor partido que creo he jugado en mi vida, fue en Chile contra Rusia, y no hice ningún gol”.

Suecia, 1958

De Suecia, característicamente, Garrincha no habla de la primera Copa Mundo en la cual participó a los 23 años y de donde Brasil regresó campeón con el equipo que repetiría la hazaña cuatro años más tarde en Chile. Lo que más le divirtió fue la ceremonia final, cuando el rey Gustavo Adolfo le regaló a cada uno de los once titulares un reloj de oro.

“Una tarde, dos años después, al terminar un partico en el Maracaná, descubrí que me habían robado el reloj. Me reí tanto pensando qué diría el rey de Suecia al enterarse de que yo había perdido su reloj”.

Inglaterra, 1966

En Inglaterra, para Garrincha sucedió lo que parecía imposible que sucediera: Brasil fue eliminado. En una frase define el resultado: “Nos masacraron”. La selección brasilera que fue a Inglaterra, según Garrincha, no podía perder. Tenía todos los elementos y condiciones para lograr el tercer campeonato mundial para el Brasil. Pero perdieron.

ACS: ¿Por qué perdieron?

Garrincha: “Todos los equipos jugaron contra nosotros; éramos el equipo para derrotar”.

ACS: ¿No jugaron fútbol?

Garrincha: “No nos dejaron jugar fútbol. Nos armaron una verdadera cacería humana. Pelé fue virtualmente cazado. Fue perseguido hasta que lo inutilizaron. Las películas lo muestran claramente”.

ACS: Esa es la excusa. La realidad es otra. El fútbol, mezcla del sistema rioplatense y de la velocidad en el manejo de la pelota sin fortaleza en los jugadores, sin físico para arrolar en el ataque y romper en la defensiva, la organización de los avances contrarios, el fútbol sin atletas, que es el fútbol sudamericano, hizo crisis en Inglaterra. La selección brasilera no estaba preparada para esta nueva modalidad del fútbol.

Garrincha: “No lo esperábamos. No estábamos preparados para un juego tan sucio. Quisimos jugar fútbol y no nos dejaron”.

ACS: ¿Usted diría que la selección que fue a Inglaterra era lo mejor que podía presentar el Brasil en ese momento?

Garrincha: “No sé si era lo mejor o no, pero debíamos ganar. La otra realidad, como usted dice, no salió a jugar a la cancha: la realidad de la ineptitud de los dirigentes, que los llevaron. Todo el mundo intervino en la selección del equipo, en su preparación, en su dirección. Con decirle que fuimos a Inglaterra 22 jugadores y 22 dirigentes”.

Pelé

Garrincha conoció a Pelé en 1956, cuando se enfrentaron por primera vez los dos más grandes jugadores del fútbol del Brasil, en un encuentro entre el Santos y el Botafogo. Ganó el Santos 4 a 1: Pelé hizo los cuatro goles.

ACS: ¿El rey Pelé?

Garrincha: “no somos reyes. Somos jugadores de fútbol profesional. Somos, ya lo dije, payasos. Todos somos iguales.

“Yo soy igual a Pelé”.

ACS: ¿Los goles?

Garrincha: “Detrás de cada gol de Pelé está uno de nosotros, uno del conjunto. El público aplaude a uno, no a todos. Es el fútbol. Lo de los reyes lo inventan los periódicos”.

El mejor: Todos

Para Garrincha, todos los jugadores son iguales: todos son sus amigos. Pero si se le insiste se van conociendo sus preferencias, aunque no duran. Son cambiantes para acomodar a todos. Garrincha parece médico. No habla mal de ningún colega, y al final de la conversación se vuelve lo mismo: “todos somos iguales”. Pelé es como Amarildo, Amarildo como Tostao, Garrincha como Pelé, y Ayrton como Garrincha. Pero una cosa se saca en claro: el jugador extranjero que más admira es a Yaschin, el guardamenta ruso. Y de los brasileros a Zizinho. Desde pequeño su ídolo ha sido Zizinho. Su gran ilusión era la de jugar al lado de él. Solamente una vez realizó ese sueño en un encuentro amistoso entre Brasil y Paraguay en el Maracaná en 1955. Su mayor satisfacción fue la de servir las pelotas con que Zizinho hizo los goles esa tarde. “Se cambiaron los papeles: ahora Zizinho es hincha mío”.

Pero se vuelve lo mismo: Nilton Santos, Vavá, Valentín, Boby Charlton, todos son iguales. Estoy seguro de que si a Garrincha se le pregunta qué le parece “Memuerde” García, dirá que es lo mismo de bueno que Pelé.

Junior, 1968

Para Garrincha, el Junior de este año con los jugadores que tiene, no debe perder. Un equipo cuya delantera hace siempre más de dos goles, tiene que ganar el partido, pero en el Junior todo es diferente. “Tal vez, dice Garrincha, pero ese equipo no puede perder este campeonato”. Se le habla de Marinho Rodríguez de Oliveira, a quien los directivos del Junior no supieron aprovechar. Marinho como director técnico del Botafogo es muy conocido de Garrincha. “Es un gran entrenador, es de los mejores entrenadores que he conocido. Sabe mucho de fútbol y maneja muy bien su equipo en la cancha. El Junior no sabe lo que perdió”. Sí sabe, pero le da lo mismo: los entrenadores no llenan estadios.

ACS: ¿Qué le gustaría hacer cuando deje el fútbol?

Garrincha: “No sé. Tal vez entrenador. Pero pienso que no sirvo para eso. Un entrenador tiene que ser duro y yo soy muy buena persona y no puedo ser duro con nadie. Con el entrenador se cometen injusticias. El jugador se juega su carrera él solo en cada partido. El entrenador se la juega en cada partido también, pero se la juega once veces con los once jugadores”.

Garrincha parece ser sincero cuando dice que es totalmente desinteresado. “El dinero no hace la felicidad”, dice como recordando la frase de una película romántica o de vaqueros que es lo que más le gusta hacer por las noches. “Soy un hombre casero; las películas me gustan en la televisión”.

ACS: ¿Por qué vino a jugar a Colombia? ¿No sería por el dinero?

Garrincha: “No”.

ACS: Entonces, ¿por qué no juega en Brasil?

Garrincha: “En Río no me dejan tranquilo. Yo soy mucha noticia. Yo vendo muchos periódicos y todos los días tienen que hacer una historia nueva sobre nosotros. Que si maté a Elsa y me suicidé. Que si mi primera esposa me va a meter a la cárcel. Que si dejo a Elsa. Que si Elsa me deja a mí. A nadie le interesa cómo juego al fútbol, sino lo que hacemos Elsa y yo”.

ACS: ¿Pero a usted le molesta eso?

Garrincha: “No, a mí no. A mí no me importa. Pero a Elsa sí. Se pone muy brava cuando hablan mal de mí en la televisión. Es mejor aquí en Barranquilla.

ACS: ¿Cuándo viene Elsa?

Garrincha: “Elsa no viene; yo me voy”.

ACS: ¿Cree que usted y Elsa ayuden a vender periódicos en Colombia?

Garrincha: “No sé. ¿Usted qué dice?”.

ACS: Creo que no. Sigamos hablando de Elsa.


Una buena entrevista, sin duda. Pensé mucho en ese encuentro de colosos, Cepeda Samudio y Garrincha, ambos muertos antes de tiempo. Pensé en lo que Colombia le debe a la Costa Atlántica, sobre todo en términos culturales: nuestras estrellas culturales internacionales, Gabo, Shakira, Carlos Vives y, más recientemente, esa ricura que es Maía, son costeñas (Maía es tan no sé que cosa que es capaz de aparecer en un programa de variedades en televisión y anunciar que está solita y sin compromiso y que recibe hojas de vida. ¿Nadie le ha advertido a ella que semejante “ingenuidad” es una invitación al desorden público que no debería pasar impune?). Pensé que el poeta más interesante de Colombia en la actualidad, a pesar de que ya está muerto, es el costeño Raúl Gómez Jattin, un personaje que, mientras deambulaba por las calles de Cartagena lanzando improperios, se deshacía en la locura: una figura tan atractiva y trágica como la de Garrincha. Pensé que los libros de Heriberto Fiorillo, La cueva, sobre esa hermandad de intelectuales que se formó en Barranquilla a la sombra de José Félix Fuenmayor y de la cual salieron Gabo y Álvaro Cepeda, entre otros, y Arde Raúl, sobre Raúl Gómez Jattin, a pesar de su irregular calidad, merecen ser mejor conocidos. Pensé que en todo caso Heriberto Fiorillo debe ser un tipo interesante porque escribe sobre figuras interesantes.

Una cosa de la entrevista de Cepeda a Garrincha que me llama la atención es que Garrincha tiene el valor de declarar que es un hombre feliz. ¿Qué se requiere para eso? ¿De qué material debe estar hecho un hombre para poder decir eso? Pienso, además, que esa es una declaración del ocaso de su carrera futbolística, no del ocaso de su vida. Al fin y al cabo, Garrincha sobreviviría más o menos unos 14 años a su declaración, y durante esos 14 años se hundiría más y más en la pobreza y el alcohol. Próximo a su muerte, ¿hubiera repetido Garrincha que era un hombre feliz?

La entrevista de Cepeda a Garrincha es buena. No hay ninguna duda. Pero esto ya lo dije. Lo que no he dicho es que esa semblanza de Garrincha hecha por el Dominical de El Heraldo de Barranquilla del 16 de enero de 2005 que yo no leí, sobre la cual Óscar Domínguez me (nos) llamó la atención, incluye una joya, que Domínguez se (nos) molestó en enviar por correo electrónico: un texto de Andrés Salcedo, preparado con base en declaraciones en primera persona de Elza Soares, tomadas de aquí y de allá, y hechas durante un lapso de muchos años. Elza Soares, la cantante de cabaret que enloqueció de amor a Garrincha.

Pienso sobre Manuel Francisco dos Santos. Pienso sobre Mané Garrincha. Un hombre que, al menos en algún momento de su vida, pudo declarar que era un hombre feliz. Un hombre al que sus conciudadanos llamaron “la alegría del pueblo”. ¿Qué más puede uno pedir? ¿De qué está hecho ese hombre? Todo lo anterior debería ser suficiente para poder justificar por qué Garrincha es mi ídolo. Pero no. Esas no son las razones. Yo nunca vi jugar a Garrincha. Yo no sé si Garrincha murió feliz. La razón por la cual Garrincha, un jugador de fútbol al que nunca vi jugar, es mi ídolo, es porque, sin ninguna ambigüedad, sentiría que mi vida habría valido la pena si, 20 años después de mi muerte, alguien hablara de mí como Elza Soares habla de Mané Garrincha.


MANÉ GARRINCHA POR ELZA SOARES

(Según la editó Andrés Salcedo)


Sí, yo sé que todavía hay gente por ahí que me sigue considerando una devoramachos, la Yoko Ono de Garrincha, la que le comió el coco, lo sacó del fútbol y lo empujó a la muerte. Eso me hacía sufrir antes, cuando todavía era joven y seguía enamorada de un carajo muerto hacía cuatro, cinco años. Como lo sigo estando ahora, 20 años después.
Y qué carajo tan fascinante, Garrincha. Una de esas criaturas que Dios nos manda cuando vuelve a escasear el amor aquí abajo, como quien echa una paletada de carbón en la locomotora. Cualquier día amaneció de buen genio y echó a volar hasta la tierra a Garrincha, que probablemente allá arriba, antes de que lo mandaran para acá, era un pájaro desorientado y desamparado, sobreviviente del edén.Garrincha es el ser más puro y noble que he conocido. Él vino a este mundo sólo a hacer el bien. Lo hizo sin esforzarse, limitándose a ser, simplemente, él mismo. En el estadio, en la calle, cuando estaba bravo, cuando me hacía el amor. Jugaba al fútbol con el mismo entusiasmo en el Maracaná, con las tribunas a reventar, o en cualquier peladero, donde, sin hacerse de rogar, y siendo ya campeón de mundo, se cambiaba de ropa como un pelado amateur y saltaba al campo a disputar un picadito con los malandros del barrio, bajo unos árboles atestados de mirones. Mané fue toda la vida un muchacho pueblerino incapaz de odiar a nadie, que nunca culpó a alguien de nada. Que jamás se quejó. Ni de las faltas que le hacían los defensas carniceros, que se la tenían jurada, ni de las zancadillas que le tendieron fuera del campo.
Mi Mané fue un hombre apasionado que vivió intensamente grandes amores, que amó y fue amado por varias mujeres, que supo conservar los mismos amigos de siempre, a los que nunca olvidó, tuviera o no tuviera un puto peso en el bolsillo.
Pero donde nuestras almas cabalgaban juntas, se derretían y se fundían era en la cama. En esos momentos en que todo quedaba subordinado a la pasión, la luz, la sombra, los ruidos, el pulso de la tierra se percibían como elementos de una sinfonía que Garrincha y yo improvisábamos, guiados por la mano de Dios. Ahí, en el delgado borde del desborde, acercaba su boca a mi oreja y me susurraba esa palabra con la que siempre me llamó, pero que pronunciada en ese preciso, vulnerable momento, envuelta en el calor de su aliento, me empujaba, sin remedio, al éxtasis: “Criolla”.
“Criolla”: siempre me llamó así. Nunca Elza o los otros nombres con que me conocen mis amigos y la gente de la farándula. “Criolla, hazme ese cafesinho colado que te enseñó tu mamá”, “Criolla, cántame la zambinha que tú sabes, que los dos sabemos”, “Criolla, ven, dame un beso”.
Con Garrincha descubrí lo que es el amor. Los otros hombres que pasaron por mi vida no pesaron, no dejaron huella. Con Mané aprendí que el amor es Dios. Es el sí y es el no de la vida. La sal, la poesía. Quizá eso fue posible en nuestro caso porque los dos vivimos nuestro amor con mucho respeto y a corazón abierto. La fatalidad lo interrumpió pero no pudo destruirlo.
Aquí estaría ahora, conmigo, ese bandido patas pandeadas, viendo la televisión, los dos con el pelo blanquito, bebiendo café. O escuchando la música que acompañó el hechizo de aquellos años. Las viejas baladinhas de nuestro amor. Ahora estaría yo oyendo por centésima vez la anécdota del zaguero negro de Millonarios, que lo enfrentó en Bogotá durante una gira del Botafogo, y la compasión y la solidaridad que sintió cuando miró para atrás y lo vio convertido en un montoncito de escombros, patas arriba en la pista atlética, después de comerse un par de amagues suyos y de sufrir la vergüenza pública de un túnel que desató las burlas hasta en el último rincón del estadio. Garrincha era así. Se divertía burlándose de sus marcadores pero después del partido, en la casa, con un cafesinho en la mano, los remordimientos le hacían pasar un mal rato.
Hoy las mujeres buscan a los futbolistas por puro interés. Porque ahora tienen la tula. Antes no era ningún privilegio empatarse con un futbolista y menos para alguien como yo, que ya era una estrella consagrada, reconocida internacionalmente y aceptada por los brasileños de todas las clases sociales. Yo fui durante 20 años la mujer de Mané sin exigirle nada, al contrario, ayudándolo económicamente siempre que pude. Mané no tenía ni donde caerse muerto. Nunca le pregunté cuanto tenía en el banco. Yo sólo contaba con lo que me daba a mí la música, que era más que suficiente, a mí nunca me faltaron los contratos.
No he conocido a nadie que amara tan intensamente. De vez en cuando sufría verdaderas crisis de pánico ante la sola idea de perderme, no importa que yo le prometiera, pasándole la mano por la cabeza, que eso jamás ocurriría y le canturreara al oído cancioncitas tiernas que hablaban de hadas y castillos, como se hace con los niños que no pueden dormirse.
Garrincha podía amar con tal intensidad a una mujer que el sentimiento de felicidad que me producía el tenerlo a mi lado, el gozar de sus palabras, sus mimos y sus besos, lo compartían -y se lo disputaban- la madre y la mujer que llevo dentro y esa lucha entre la pasión y la ternura, me dejaba a veces sin aliento. Pero satisfecha, como después de un orgasmo.
Hace poco vino a verme un joven periodista de Sao Paulo que quería hacerme una entrevista. Le abrí la puerta de mi casa en Praia Leme, después de muchos años en que me he negado a hablar de Garrincha con los periodistas, que siempre vienen a que les cuente las mismas anécdotas que todo el mundo conoce. Que si es verdad que yo era la que le compraba la ropa y le aconsejaba cómo debía combinarla para salir a la calle. Que si todavía me acuerdo de la receta de esa feijoada que yo le preparaba el día después de los partidos, lo que se convirtió en un ritual, al que invitaba a algunos amigos. Que les vuelva a contar lo ocurrido aquella tarde en que empezamos a insultarnos y a tirarnos los chismes de la cocina a la cabeza y terminamos riéndonos y abrazándonos, desnudos, en la cama, que era donde resolvíamos todas nuestras disputas.
Recibí a ese joven periodista de Sao Paolo con un cafesinho colado, como lo preparaban mi mamá y mi abuela, como le gustaba a él cuando regresaba de los partidos molido a patadas por los defensas. Yo también necesitaba decirle a la gente lo que siento ahora cuando ya han transcurrido tantos años y vuelvo a pensar en lo que pasó. En lo que nos hicieron los brasileños a Mané y a mí. Mejor dicho, en lo que no hicieron para ayudarlo y evitar que se fuera despedazando de a poquito.
Quería asomar un poco la cabeza sobre el muro que yo misma levanté delante de mi casa para protegerme de la gente, sin dejar de disfrutar cada día de lo que me da este Río luminoso que conoció nuestro amor.
Le dije a ese muchacho de Sao Paolo, lo que yo siempre he creído: que Garrincha y yo vivimos un amor comparable al de Romeo y Julieta. No es sino volver a ver las fotos que nos tomaron hace veinticinco, treinta años, donde se nos puede leer en la cara lo que nos estaba pasando. Estábamos tocados por la gracia de Dios. Los dos, jóvenes y radiantes, como si este pedazo de balón de la vida no se fuera a desinflar nunca.
Viví con él 20 años y le parí dos hijos que le robaron tiempo a mi carrera. Pero qué puede compararse con la dicha de tener una familia con el hombre que más hemos amado. Uno de esos hijos, lamentablemente, ya se me fue, a encontrarse con su papá, allá arriba. Me quedó Sorinha, que se ríe dormida, igual que Mané y me regaló a Joyce, mi linda nietecita. La vida te quita y te da.
Algunas tardes, me pongo a contarle a Joyce quién fue su abuelo. Pero es imposible abarcar con palabras que puedan ser entendidas por un niño, lo que fue Mané. El hombre que mejor encarnó el espíritu con que los brasileños juegan a fútbol, el que creó la mística de una camiseta con el número 7. Héroe, junto a Pelé, de dos mundiales. Los entendidos saben que Mané no fue menos importante que Pelé en las victorias de Brasil. El mismo Pelé lo sabe.
Mané fue Charlot, el mismo personaje de Charles Chaplin, pero transplantado al fútbol. Un romántico payaso del arrabal. Pelé, en cambio, supo oler a tiempo el gran negocio, la fabulosa industria que era el fútbol y las ventajas que se derivan del contacto con el poder y el dinero. Carros, mujeres, tarjetas de créditos, viagra. Ahí donde huele a prosperidad y a poder, encontraremos siempre a Pelé. Garrincha estaba hecho de otro barro. Mi Mané prefería quedarse una hora entera hablando de fútbol con el vendedor del quiosco de periódicos, que terminaba pidiéndole plata para pagar unas medicinas del hijo. Garrincha le entregaba todo lo que tenía en el bolsillo.
A Garrincha lo perjudicó el ser un carajo demasiado humano. La gente se aprovechó de su ingenuidad y de su nobleza. El fútbol le chupó la vida, lo dejó sin salud, sin plata, sin sangre, como quedan las víctimas de la víbora cuando nadie les pudo sacar el veneno del cuerpo.
El destino de Mané pudo cambiar de rumbo en 1962, recién obtenido el campeonato mundial en Chile y con su fama irradiando al mundo entero, pero con las rodillas vueltas cisco. Justo en ese momento, cuando se recuperaba conmigo, en la casa de un compadre en Niteroi, cerca de la playa, del tormento que fue para él ese mundial, jugando infiltrado todos los partidos, y recibiendo fouls de todos los calibres, llegan de Italia dos mandamases del Torino, que era el club de moda en el calcio, donde todas las estrellas del fútbol mundial querían jugar. Venían a ofrecerle 5 millones de dólares al Botafogo por el pase de Garrincha. Eso era una fortuna en esa época, sobre todo para alguien que ya estaba a punto de cumplir los 29 años y tenía estropeado el eje de todo futbolista, que son las rodillas.
Pero los sapos están llamados a cambiar la historia del mundo. Un italiano que vivía aquí en Río y que los dirigentes del Torino habían contratado como intérprete, les sugirió que le hicieran un examen a fondo a las rodillas de Garrincha. Llamaron entonces a un reumatólogo, el doctor Nelson Senise, que le sacó varias radiografías al pobre Mané en la Clínica Pío XII y diagnosticó una artrosis irreversible. Los dos italianos pidieron enseguida un taxi, recogieron sus motetes en el hotel y se fueron para el aeropuerto.
Los problemas con las rodillas venían de tiempo atrás. Jugaba un domingo y sus rodillas se inflamaban, así que tenía que guardar reposo varios días. Regresaba al campo y tácata, otra vez la bolsa sinovial, que es la que envuelve la articulación de la rodilla, poniendo problemas. Entonces tenían que extraerle el líquido y aplicarle la siguiente infiltración, que ya era con cortisona.
En todos esos años me convertí a la fuerza en una experta. Podía entender los preocupantes diálogos que sostenían los médicos frente a la cama donde Garrincha, acostado, con las piernas forradas en yeso, sonreía escuchando la radio en su pequeño transistor, comprado en Suecia en el 58, todo el tiempo pegado a la oreja. Como si la cosa no fuera con él. Como si esas piernas sobre cuyo problemático futuro discutían los médicos, le pertenecieran a otro paciente.
Garrincha era incapaz de meterse en la película de la realidad, mucho menos de aceptarla. Tenía una conflictiva mezcla de niño y de hombre. El niño era el duende que gobernaba sus piernas deformes. Salía a ratos durante los partidos y volvía a esconderse en el cuerpo de un hombre cálido y humano hasta el último hueso pero incapaz de manejar con tino su propia vida y de sacarle el merecido provecho a su fantástica manera de jugar al fútbol. Esa, hablando con dolorosa sinceridad, fue la razón por la cual la vida de Mané, fuera de los estadios, anduviera muchas veces al garete.
Un día, contra mi voluntad y el consejo de un médico amigo, dejó que le operaran los meniscos de la rodilla más afectada. Ese fue el fin de la película. Ahí comenzó la vida a pasarnos todas las facturas de una sola vez. La foto de la rodilla operada mostraba descarnadamente el estado en que quedó la poco confiable herramienta del genio de los estadios y apareció en todos los periódicos. Pero no despertó la solidaridad sino el morbo.
Eso fue en el 64. Un año negro. Nuestra vida entró en barrena. Los problemas de Mané repercutían negativamente en mi vida artística. No había muchos equipos que quisieran contratar a un hombre con las rodillas podridas.
Pasaban las semanas y los meses y él seguía desempleado y cada vez más enganchado a la botella. Para más fastidio, mi empresario empezó a cantaletearme con que mi imagen se estaba deteriorando por andar con Garrincha. Que había gente que no quería contratarme porque después él llegaba y se emborrachaba en el local y daba espectáculo. Cuando me decía eso yo lo amenazaba con no volver a cantar. Con dejarlo todo tirado. Qué iba yo a abandonar en su peor momento al hombre que amaba con toda el alma. El dinero que yo ganaba había veces que no alcanzaba pero siempre se les pudo cumplir a los hijos que él tuvo con las otras mujeres.
Mané estaba destrozado. La prensa brasileña se encargó de propagar su invalidez tras la operación. Claro que después la rodilla mejoró algo y él pudo disputar uno que otro partido y recoger algo de plata pues le pagaban por partido jugado. Como los clubes conocían su situación, sacaban el dinero de la taquilla y se lo entregaban en el mismo estadio después de los partidos.
La verdad es que su amor propio y su deseo de recoger los últimos dólares donde fuera para ayudarme a mí con los gastos de la casa, lo llevaron a cometer algunas imprudencias. Como esa de irse a jugar a Barranquilla. Garrincha, en ese momento, ya había empezado a morirse por dentro. Las mujeres leemos estas cosas en los ojos del hombre que amamos. Estaba acabado para el fútbol pero no lo quería admitir. Seguía diciendo lo mismo que dijo toda la vida: “Mañana va a estar mejor, Criolla. Hoy pierdo, mañana gano”.
Cuando regresó de la corta aventura de Barranquilla, que fue un fracaso, aunque le dejara unos buenos dólares, comenzó el drama en serio. Él estaba roto, literalmente. Desesperado. Decepcionado de la gente, que en ese momento ya le había dado la espalda. Los dirigentes, los periodistas, viejos hinchas, muchos compañeros, que dejaron de llamarlo, de preguntar por su vida. Ya la gente no se volteaba a verlo en la calle. Se entregó a la bebida. No paraba de tomar. Fueron años tormentosos, una situación que se hizo insoportable. Lo regañaba, me prometía que no volvería a beber. Al día siguiente no se acordaba de nada. Mañana será mejor, Criolla. Hoy pierdo, mañana gano.
Por las noches se iba a verme a los clubes nocturnos donde yo cantaba, se sentaba en una mesa y bebía sin parar. Aguardiente, vodca con limón, caipirinha, güisqui, lo que hubiera. Yo hice todo lo humanamente posible para apartarlo del trago. Llegué a prohibirles a los dueños de algunos locales que le sirvieran licor. Lo regañaba. Vete para la casa, Mané, acuérdate que mañana tienes que entrenar, llevas dos días sin dormir apenas. Pero él insistía en acompañarme a todas partes. Y se quedaba hasta el final de mis shows, que terminaban a las 4 de la madrugada. Garrincha era ya un caso perdido.
No me aparté un solo instante de su lado, sobre todo después de las advertencias de los médicos. Acompañé su largo y doloroso martirio físico, las piernas dañadas para siempre, el final de su carrera. Fueron demasiadas desgracias juntas para un hombre tan vulnerable.
Después me tocó enfrentar y lidiar la etapa final de su crisis, cuando su salud se desplomó del todo. Garrincha tocó fondo, es verdad, pero nunca se convirtió en un sonámbulo, o en un fantasma, como dijeron, con mala fe, los periodistas.
Lo terrible, lo que jamás olvidaré, aunque ya lo haya perdonado, es que nos dejaron solos en el momento más difícil. No hubo un solo brasileño, de los que lo llamaban “La alegría del pueblo” que se apareciera con algo en la mano o en el corazón. No tuve nadie a quien acudir, porque todo el mundo se desentendió del drama de Garrincha. A la gente le resultaba más fácil echarme la culpa a mí, la cantante de cabaré. La puta devoramachos.
Durante muchos años, el rencor por lo que nos hicieron no me dejaba vivir. Lo tenía atravesado en la garganta. Me afectaba a veces hasta para cantar. Pero un día decidí sepultar todo ese pasado. Ahora prefiero recordar los momentos lindos vividos al lado de Garrincha, viéndolo jugar, amándolo cada mañana y cada noche y oyéndolo decir a cada rato: Mañana va a esta mejor, Criolla. Hoy perdí, mañana voy a ganar. No tenía razón, pero era tan lindo oírselo decir. Sobre todo sabiendo, como lo sabía yo, que lo decía para que lo perdonáramos.

Muchos estadounidenses mayores dicen que recuerdan perfectamente qué estaban haciendo cuando mataron a John F. Kennedy. A pesar de que yo sólo tenía meses de nacido cuando mataron a Kennedy, yo conozco ese sentimiento. Yo recuerdo qué estaba haciendo cuando mataron a John Lennon, a Luis Carlos Galán, a Andrés Escobar. Sin embargo, no tengo ningún recuerdo del momento en que murió Garrincha. Yo ignoré totalmente su muerte. Él, que era “la alegría del pueblo” por haber sido el mejor dribleador en la historia del “hermoso juego”. El “hermoso juego”. Qué tonto, puede pensar uno, considerar un simple juego como una obra de arte, como algo superior a la vida misma. Ya saben ustedes la frase famosa de aquel británico cuyo nombre se me escapa ahora: “el fútbol no es una cuestión de vida o muerte: es mucho más importante que eso”. Que Borges se meta su desprecio al fútbol por el...

Tal vez el encanto del fútbol está en que se parece mucho a la vida. Se trata de ganar, es cierto, pero no se trata de eso. Uno no siempre puede ganar en fútbol. “Hoy perdí, mañana voy a ganar”. Se trata de cómo jugarlo. Y Garrincha, me dicen los que lo vieron jugar porque yo nunca vi jugar a Garrincha, fue el jugador más hermoso del juego más hermoso del mundo. Y eso, incluso eso, puede terminar siendo totalmente irrelevante. Como la vida misma. ¿Qué fe le puede quedar a uno después de eso? ¿Qué sentido le puede uno encontrar a la vida? Pero, a veces, de la manera más inesperada, aparece un rayo de esperanza, una luz que lo hace a uno seguir adelante. ¿Quién iba a pensar que, en mi caso, el instrumento de la divinidad, el ángel, iba a ser ese oscuro periodista jubilado que se llama Óscar Domínguez, que iba a poner en mis manos el texto de Elza Soares-Andrés Salcedo? ¡Ah, Mané, Mané, que decías “hoy perdí, mañana voy a ganar” sólo para que te perdonaran! ¡Perdóname tú a mí, que nunca te vi jugar, y que ni siquiera te recuerdo en el momento de tu muerte! ¡Ah, Mané, Mané! ¡Mi improbable ídolo, sólo porque me mostraste la fibra de que un hombre debe estar hecho para de verdad merecer ser amado!

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