En días recientes he tenido una
experiencia notable, por la cual debo estar agradecido. Resulta que Procolombia
y la Andi contrataron a la Universidad del Rosario para hacer un trabajo sobre
el potencial exportador de las empresas multinacionales en Colombia. La
pregunta es si algunas multinacionales pueden ser escogidas como “anclas” para
apalancar la inversión y las exportaciones en Colombia. En la Universidad del
Rosario, el trabajo está liderado por Juan José Echavarría y Saúl Pineda. Para
realizar una parte del trabajo (unas encuestas a las multinacionales), la
Universidad del Rosario contrató a Cifras & Conceptos, y ahí es donde yo
entro en el paseo. Este trabajo me ha permitido darle un vistazo a un tema que
me apasionó en una época de mi vida, y que merece un segundo vistazo.
Comencemos por decir que trabajar con
Juan José es un privilegio. Juan José es un tipo inteligente, apasionado y
divertido, y uno solo quisiera que hubiera más colombianos como él. Juan José
debió haber sido ministro del gobierno Santos, pero las cosas de la política
impidieron que eso se diera. Y, si hubiera sido ministro, debió haber sido
ministro de Comercio, Industria y Turismo: es uno de los tipos que más sabe en
Colombia sobre el tema (aunque todos los economistas llevamos un pequeño
ministro de Hacienda en nuestro corazón). Al respecto, Juan José es un
economista ortodoxo: él quisiera ver una economía colombiana más impulsada por
las exportaciones, más insertada en el comercio exterior, menos protegida. Y,
aunque el tema no es objeto del contrato que involucró a Cifras &
Conceptos, he podido ver cómo Juan José propone una reforma que reduciría los
niveles, la dispersión y la protección efectiva de los aranceles en Colombia.
La propuesta de reforma arancelaria de
Juan José no parece tener viabilidad política, así que parece que se va a
quedar en eso, en una propuesta. Pero sí sería bueno que el país le echara una
mirada, y la debatiera.
El tema de la reforma arancelaria y, más
en general, del papel del comercio exterior en el desarrollo nacional, es un tema apasionante pero controversial. La
mentalidad colombiana y latinoamericana al respecto está muy influenciada por
el pensamiento de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) de la
segunda mitad del siglo XX. La idea “cepalina” (por aquello de la Cepal) era
muy simple: los países desarrollados son países industrializados. Los países
subdesarrollados son países sin industria, productores de materias primas. Por
lo tanto, para desarrollar un país hay que industrializarlo. Pero una
dificultad para la industrialización es el patrón de comercio internacional que
se genera cuando países ricos y pobres comercian: los países ricos se
especializan en la producción y exportación de bienes manufacturados, y los
países pobres se especializan en la producción y exportación de bienes básicos.
En otras palabras, si usted es un país pobre y comercia, usted se especializará
en la producción de bienes básicos, que nunca lo sacarán del subdesarrollo. Por
lo tanto, la recomendación cepalina en materia de comercio exterior era
aislarse de él, con el fin de permitir el florecimiento de la industria local,
que debía ser fuertemente protegida frente al poder de la industria extranjera.
Una forma de proteger la industria local era subir los aranceles. Toda esta
lógica de protección de la industria local se denominó “sustitución de
importaciones”.
Desde finales de los años 1960 la lógica de la
sustitución de importaciones empezó a ser cuestionada. ¿Por qué? Primero,
porque los productos de la industria local eran más costosos que los
importados. Eso, fuera de estimular el contrabando, genera una pregunta: ¿por
qué los consumidores locales deben pagar un costo para favorecer a los
productores locales? Lo segundo es que la industria local pareció acostumbrarse
a la protección. Si hay que proteger a una industria naciente, la pregunta es
por qué hay que seguir protegiendo a una industria establecida. Si hay que
proteger a una industria establecida, lo que en realidad se está premiando es
la ineficiencia. Lo tercero es que, con los años, la industria empezó a
desplazarse a los países subdesarrollados, sin necesariamente desarrollarlos.
Entonces ese vínculo entre industrialización y desarrollo empezó a ser
cuestionado.
En fin, no voy a detallar acá todas las
razones que pusieron a temblar el paradigma de la sustitución de importaciones.
Pero, como reacción, el país, y Latinoamérica, se metieron primero en una
lógica de “promoción de las exportaciones”, con tasas de cambio en permanente
devaluación, fondos de promoción de las exportaciones y todo eso. Luego vino la
época de la apertura. Después vinieron los esfuerzos mundiales por promover el
libre comercio, con la conversión del Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT,
por su sigla en inglés) en la Organización Mundial del Comercio (OMC), que, en
una versión muy simplificada de los hechos, fracasaron por el interés de los
países ricos de promover el libre comercio pero proteger a sus sectores
primarios, y el interés de los países pobres de no respetar los derechos de
propiedad intelectual. La OMC avanzó, eso sí, en proscribir las tácticas
“desleales” de promoción de las exportaciones. Hoy, para promover las
exportaciones, los países no pueden, en términos generales, subsidiarlas.
Dado que los esfuerzos de promoción del
libre comercio a escala planetaria fracasaron, Estados Unidos intentó promover
el libre comercio a escala continental, con el Acuerdo de Libre Comercio de las
Américas (ALCA). Eso también fracasó. Entonces se entró en la lógica de los
acuerdos de libre comercio bilaterales. Colombia firmó algunos, especialmente
con los Estados Unidos. Pero, aparentemente, se acabó el vapor para seguir
firmando tratados de libre comercio bilaterales. El principal país que se quedó
por fuera es China.
Entonces la pregunta es: ¿qué más se
puede hacer? Eso depende de la postura ideológica. El proteccionismo brinda en
Colombia un punto de encuentro a algunos empresarios y a tipos más bien
mamertos. En Estados Unidos, el gran proteccionista ahora es Trump. De modo que
el discurso proteccionista, sin mucha consistencia, a veces es abrazado por la
izquierda y a veces por la derecha.
Mi interés por el tema surgió a finales
de los años 1980 y principios de los años 1990. En esa época, finales del
gobierno Barco y principios del gobierno Gaviria, Colombia se aprestaba para la
apertura. Yo trabajaba en el Departamento Nacional de Planeación y Pedro Nel
Ospina andaba para arriba y para abajo con un listado de todas las partidas
arancelarias que se iban a bajar. Había un cierto fanatismo aperturista entre
los técnicos, impulsado por Rudy Hommes y Armando Montenegro.
Pero a mí me entraron dudas: si el
comercio internacional es tan bueno, ¿por qué tanta gente se opone a él? Otra
pregunta era: si con la apertura nos dedicamos a favorecer a los consumidores,
que ahora podrán comprar más barato, pero afectamos a los productores, ¿qué
pasa con la localización de la actividad económica? Porque un país que consume
todo pero no produce nada no es viable. Dediqué mi doctorado (del que no me gradué,
aunque hice la tesis y la defendí) a estudiar ese tipo de preguntas.
La respuesta de libro de texto de por qué
tanta gente se opone al comercio internacional es que, aunque el libre comercio
es bueno para la sociedad como un todo, no necesariamente es bueno para todos
los sectores de la sociedad. El libre comercio produce ganadores y perdedores.
Y los perdedores pueden ser lo suficientemente importantes políticamente como
para bloquear los intentos aperturistas. Pero esa respuesta, en esa época, no me
satisfacía. Si el libre comercio es bueno para la sociedad como un todo, debe
ser posible hacer transferencias de ingresos de los ganadores a los perdedores,
y dejar a todo el mundo contento. ¿Por qué eso no pasa? Yo pensaba que una
posible explicación era porque no en todos los casos el libre comercio era una
cosa buena.
Así que, durante mi doctorado, me dediqué
a combinar modelos de crecimiento con modelos de comercio internacional para
entender si el libre comercio podría ser, en algunas circunstancias, nocivo
para el crecimiento. Y, en efecto, utilizando modelos económicos de competencia
perfecta, eso fue lo que encontré. En términos generales, el comercio es bueno,
pero hay algunos casos en que no lo es. Entiendo que esa posición es muy
polémica. Uno de mis papers satisfizo al jurado; el otro no: por eso, razones
más razones menos, no me gradué de PhD. Pero por esa época apareció un libro
clásico sobre la materia (Grossman y Helpman, 1993) que sostenía más o menos lo
mismo.
Un profesor de la universidad me
preguntó, si yo quería mostrar que el comercio internacional no era siempre
bueno, por qué no utilizaba modelos de competencia imperfecta. Yo le respondí
que, si se podía probar que el comercio internacional podía ser malo en un
contexto de competencia perfecta, los defensores a ultranza del comercio verían
muy debilitados sus argumentos.
Hoy, claro, pienso que la competencia
imperfecta es crucial para entender muchas de las particularidades de las
políticas de comercio. Por ejemplo, los países ricos están interesados en que
se protejan sus derechos de propiedad intelectual. Eso quiere decir, por
ejemplo, que, si una farmacéutica desarrolla una nueva droga contra una
enfermedad, ella tiene derecho, por lo menos por un tiempo, a vender su droga
cara sin que nadie pueda copiar su fórmula. Eso, en muchos países
subdesarrollados, se ha visto como inviable. Nuestro propio ministro de Salud,
Alejandro Gaviria, sometido a esa situación, se ha visto inclinado a no
respetar derechos de propiedad intelectual, sino permitir que el sistema de
salud pague drogas baratas. El punto de fondo es que la innovación es una
imperfección del mercado: es una externalidad que, si es valorada por el
mercado, será muy poco remunerada, y por lo tanto se producirá muy poco de
ella. Para estimularla, se inventaron las patentes, que no son sino una forma
de garantizar rentas monopólicas por un tiempo. En síntesis, estamos cambiando
una imperfección del mercado por otra. La pregunta de fondo es: ¿quién la paga?
¿Deben los países pobres pagarles rentas monopólicas a los países ricos, o deben
los países ricos subsidiar la innovación, y permitir que sus beneficios se
extiendan como una externalidad positiva a todo el mundo?
Una pregunta que uno puede formularse es:
si ya hemos firmado varios tratados de libre comercio, ¿no estamos ya lo suficientemente
abiertos? La respuesta, aparentemente, es no. Por porcentaje del comercio
exterior sobre el PIB, Colombia sigue siendo un país cerrado. Sigue habiendo
sectores altamente protegidos. Muchos de ellos están localizados en el sector
agropecuario, lo cual tiene sentido, porque, si los países ricos protegen mucho
su propio sector agropecuario, la pregunta es por qué nosotros no habríamos de
hacerlo. Y, aunque Colombia tiene tratados con Estados Unidos y la Unión
Europea, cuyos efectos se habrán de sentir gradualmente, no tiene tratados con
China y otros países similares. El último tratado que Colombia negoció fue con
Corea del Sur, y esa fue la gota que rebosó el vaso de la paciencia de los
productores nacionales. Pero países como Chile y Perú tienen más tratados de
libre comercio que Colombia, una estructura arancelaria más simple y baja, y,
aparentemente, un mejor desempeño económico de largo plazo. Entonces la
pregunta es: ¿no somos aún demasiado proteccionistas?
Juan José Echavarría cree que sí, y que
eso nos cuesta en términos de crecimiento de largo plazo. Hoy, con toda la
energía del país puesta en sacar un pacto de paz en La Habana, es difícil que
el país aborde de fondo el tema de la reforma arancelaria. Pero no estaría mal
que, por lo menos, busque una racionalización de la estructura de aranceles.
Quizás no se puedan bajar los niveles, pero sí se puede ajustar la dispersión.
Monday, May 23, 2016
Wednesday, May 18, 2016
Elecciones presidenciales 2018
Mayo de 2016. Muy temprano para hablar de
candidaturas presidenciales. ¿O no? ¿Quiénes tienen posibilidades de ser
presidente de Colombia en 2018? Según las cuentas de César Caballero, hoy en
Colombia hay por lo menos 35 precandidatos presidenciales. La pregunta es quién
va a ser candidato presidencial de verdad.
Comencemos por la derecha. ¿Repetirá Óscar Iván, después de la cantidad de votos que obtuvo en las elecciones pasadas? Hoy, exiliado en Miami, no parece probable. ¿Buscará el Centro Democrático una figura interna nueva, como Iván Duque? No estaría mal. ¿O dará Álvaro Uribe su bendición al procurador Ordóñez? No sería raro. Por ahora, suena lo más probable que Ordóñez sea el candidato de Uribe, del Centro Democrático y de una parte del Partido Conservador.
¿El Partido Conservador? La pregunta es si se unirá al Centro Democrático, o si tendrá candidato propio. Marta Lucía tiene muchas ganas, y seguramente volverá a intentar. Si el partido no tiene candidato propio, perderá mucho como fuerza política. Pero hoy luce más probable que el conservatismo adhiera al uribismo que viceversa.
¿Cambio Radical? Tiene un candidato cantado: Germán Vargas Lleras. Es el candidato del establecimiento (más político que económico). Es un fuerte contendiente. A su favor su experiencia pública y su récord como ejecutor en temas de vivienda e infraestructura. En contra su salud y su mala imagen. Y es una incógnita su postura frente al proceso de paz. Ahora que es vicepresidente, no lo ha atacado, pero tampoco lo ha apoyado. Algunos dicen que una alianza entre Cambio Radical y el Centro Democrático no sería probable, debido a la distancia personal entre Uribe y Vargas. Yo no pienso lo mismo: ahí no hay química personal, pero hay química ideológica. Aquí puede haber una de las volteretas interesantes de la política.
¿Los independientes y verdes? Aquí está Sergio Fajardo. Tiene un gran espacio, porque no tiene la opinión en su contra. Puede hacer una gran campaña en contra del establecimiento político. Va a sacar muchos votos. La pregunta es si le van a alcanzar para ganar. La coyuntura está dada para que un candidato de sus características pueda hacer una gran campaña.
¿La U y el Partido Liberal? Ganas tienen muchos. Vuelo, muy pocos, prácticamente ninguno. Esto es particularmente cierto para la U. El único rumbo sensato es una coalición U-liberalismo, pero Santos no se movió en esa dirección con el último gabinete ministerial. Se especula que el candidato del Partido Liberal será Humberto de la Calle, con el apoyo de César Gaviria. Para que vuele, hay que apoyarlo bastante. No tiene los votos, pero tiene la talla presidencial. Es un hombre medido y ponderado. Hay que evaluar qué tanto el escándalo de los Panama Papers puede afectarlo. Si llega a ser el candidato del liberalismo y del gobierno, puede ser un candidato fuerte.
¿La izquierda? Petro y Robledo. La pregunta es si pueden presentar una candidatura unida. Parece difícil. Petro va a tener muchos votos (10 o 15%). No va a ganar, pero algunos candidatos no podrán distanciarse mucho de él, porque sus votos serán importantes. Quizás la coyuntura internacional, en la cual la izquierda latinoamericana está implosionando, víctima de sus propios errores, afecte a nuestros zurdos locales.
Hoy luce que los dos candidatos para segunda vuelta serán Vargas Lleras y Fajardo. A mi juicio, el que puede dañar ese caminado es de la Calle. Para Vargas, la pregunta es: ¿Santos, o Uribe? Para Santos, la pregunta es: ¿Vargas, o de la Calle? Ni Vargas ni Santos responderán pronto. Pero yo creo que Vargas se acercará a Uribe y Santos estaría mejor yéndose con de la Calle, aunque esta última fórmula tiene el problema de ser una coalición de débiles. Para de la Calle es fundamental que la opinión ciudadana sobre el proceso de paz mejore: una tarea de titanes.
Aunque Vargas Lleras no parece tan fuerte como en el pasado, hoy luce que la campaña presidencial puede terminar en un toconvar: todos contra Vargas. Aquí la gran pregunta es si las fuerzas u-liberales y las independientes-verdes pueden juntarse efectivamente contra Vargas. Es poco probable que aquí haya una coalición explícita, pero quienes no “gustan de” Vargas Lleras (la mitad de la población) y que tampoco son de izquierda, vistas las cosas hoy, tendrán que escoger entre Fajardo y de la Calle.
Hay elecciones que son de gigantes. Hay otras elecciones que son de enanos. Hay otras que son de enanos y gigantes. La de 2018 parece ser de este último tipo. En este caso, la pregunta es: ¿podrán los enanos tumbar a los gigantes, o podrán los gigantes poner orden entre los enanos? Por ahora se puede decir que las elecciones presidenciales de 2018 lucen ideológicamente muy diversas y que el juego de las coaliciones va a ser muy importante. Ojalá el país no se incline por un juego de fanatismos de extrema derecha e izquierda, sino de medios.
Como se dice en TV, ¡espere el próximo capítulo de esta saga emocionante! ¡Esto apenas comienza!
PS: No bien había escrito lo anterior, Andrés Cadena, de McKinsey, me escribió diciéndome que mi lista era incompleta, y que eso podía alterar el análisis. En particular, él mencionó a Luis Alberto Moreno y a Juan Carlos Pinzón. De los dos tengo la mejor opinión. Moreno, recién reelegido en el BID, me parecería raro que renunciara para ser candidato presidencial en Colombia. Pinzón es un gran tipo. Quizás se lance. Es de la entraña de Santos. Quizás le falta un hervor: no creo que mucha gente lo conozca.
Comencemos por la derecha. ¿Repetirá Óscar Iván, después de la cantidad de votos que obtuvo en las elecciones pasadas? Hoy, exiliado en Miami, no parece probable. ¿Buscará el Centro Democrático una figura interna nueva, como Iván Duque? No estaría mal. ¿O dará Álvaro Uribe su bendición al procurador Ordóñez? No sería raro. Por ahora, suena lo más probable que Ordóñez sea el candidato de Uribe, del Centro Democrático y de una parte del Partido Conservador.
¿El Partido Conservador? La pregunta es si se unirá al Centro Democrático, o si tendrá candidato propio. Marta Lucía tiene muchas ganas, y seguramente volverá a intentar. Si el partido no tiene candidato propio, perderá mucho como fuerza política. Pero hoy luce más probable que el conservatismo adhiera al uribismo que viceversa.
¿Cambio Radical? Tiene un candidato cantado: Germán Vargas Lleras. Es el candidato del establecimiento (más político que económico). Es un fuerte contendiente. A su favor su experiencia pública y su récord como ejecutor en temas de vivienda e infraestructura. En contra su salud y su mala imagen. Y es una incógnita su postura frente al proceso de paz. Ahora que es vicepresidente, no lo ha atacado, pero tampoco lo ha apoyado. Algunos dicen que una alianza entre Cambio Radical y el Centro Democrático no sería probable, debido a la distancia personal entre Uribe y Vargas. Yo no pienso lo mismo: ahí no hay química personal, pero hay química ideológica. Aquí puede haber una de las volteretas interesantes de la política.
¿Los independientes y verdes? Aquí está Sergio Fajardo. Tiene un gran espacio, porque no tiene la opinión en su contra. Puede hacer una gran campaña en contra del establecimiento político. Va a sacar muchos votos. La pregunta es si le van a alcanzar para ganar. La coyuntura está dada para que un candidato de sus características pueda hacer una gran campaña.
¿La U y el Partido Liberal? Ganas tienen muchos. Vuelo, muy pocos, prácticamente ninguno. Esto es particularmente cierto para la U. El único rumbo sensato es una coalición U-liberalismo, pero Santos no se movió en esa dirección con el último gabinete ministerial. Se especula que el candidato del Partido Liberal será Humberto de la Calle, con el apoyo de César Gaviria. Para que vuele, hay que apoyarlo bastante. No tiene los votos, pero tiene la talla presidencial. Es un hombre medido y ponderado. Hay que evaluar qué tanto el escándalo de los Panama Papers puede afectarlo. Si llega a ser el candidato del liberalismo y del gobierno, puede ser un candidato fuerte.
¿La izquierda? Petro y Robledo. La pregunta es si pueden presentar una candidatura unida. Parece difícil. Petro va a tener muchos votos (10 o 15%). No va a ganar, pero algunos candidatos no podrán distanciarse mucho de él, porque sus votos serán importantes. Quizás la coyuntura internacional, en la cual la izquierda latinoamericana está implosionando, víctima de sus propios errores, afecte a nuestros zurdos locales.
Hoy luce que los dos candidatos para segunda vuelta serán Vargas Lleras y Fajardo. A mi juicio, el que puede dañar ese caminado es de la Calle. Para Vargas, la pregunta es: ¿Santos, o Uribe? Para Santos, la pregunta es: ¿Vargas, o de la Calle? Ni Vargas ni Santos responderán pronto. Pero yo creo que Vargas se acercará a Uribe y Santos estaría mejor yéndose con de la Calle, aunque esta última fórmula tiene el problema de ser una coalición de débiles. Para de la Calle es fundamental que la opinión ciudadana sobre el proceso de paz mejore: una tarea de titanes.
Aunque Vargas Lleras no parece tan fuerte como en el pasado, hoy luce que la campaña presidencial puede terminar en un toconvar: todos contra Vargas. Aquí la gran pregunta es si las fuerzas u-liberales y las independientes-verdes pueden juntarse efectivamente contra Vargas. Es poco probable que aquí haya una coalición explícita, pero quienes no “gustan de” Vargas Lleras (la mitad de la población) y que tampoco son de izquierda, vistas las cosas hoy, tendrán que escoger entre Fajardo y de la Calle.
Hay elecciones que son de gigantes. Hay otras elecciones que son de enanos. Hay otras que son de enanos y gigantes. La de 2018 parece ser de este último tipo. En este caso, la pregunta es: ¿podrán los enanos tumbar a los gigantes, o podrán los gigantes poner orden entre los enanos? Por ahora se puede decir que las elecciones presidenciales de 2018 lucen ideológicamente muy diversas y que el juego de las coaliciones va a ser muy importante. Ojalá el país no se incline por un juego de fanatismos de extrema derecha e izquierda, sino de medios.
Como se dice en TV, ¡espere el próximo capítulo de esta saga emocionante! ¡Esto apenas comienza!
PS: No bien había escrito lo anterior, Andrés Cadena, de McKinsey, me escribió diciéndome que mi lista era incompleta, y que eso podía alterar el análisis. En particular, él mencionó a Luis Alberto Moreno y a Juan Carlos Pinzón. De los dos tengo la mejor opinión. Moreno, recién reelegido en el BID, me parecería raro que renunciara para ser candidato presidencial en Colombia. Pinzón es un gran tipo. Quizás se lance. Es de la entraña de Santos. Quizás le falta un hervor: no creo que mucha gente lo conozca.
Saturday, May 14, 2016
Santos le revira a Uribe (por fin)
En el Foro Ideológico Liberal, Santos se fue con toda contra Uribe. Ya
era hora. Santos ha encontrado en Uribe un opositor menos que leal, pero, eso
sí, muy elocuente e incisivo, que le ha hecho mucho daño al gobierno. A punta
de repetir mentiras, al gobierno Santos lo están haciendo ver como el más
inepto de la historia. A Santos lo culpan de todos los males, reales e
inventados, y es hora de poner todo en sus justas proporciones. Es hora de que el
presidente empiece a defender su obra, él mismo, vocalmente, y no por medio de
costosísimas campañas de publicidad y comunicaciones, que solo dicen el mensaje
de manera indirecta. Para no hablar de un sinfín de temas, para los cuales no
tengo espacio, solo voy a concentrarme en dos: el proceso de paz y la
mermelada.
La ultraderecha no perdona que el gobierno de Santos haya abierto un proceso de paz con la guerrilla de izquierda. Recientemente, el presidente Uribe ha pedido “resistencia civil” contra el proceso de paz. Yo soy de los que creen que ese gesto de Uribe es un error histórico de monumentales proporciones. Nada es más valioso que la paz. Y pactar la paz es más valioso para el país que matar a todos los guerrilleros. ¿Por qué? Porque, al pactar la paz, el país tendrá que reflexionar sobre la estrechez de su democracia, y ampliarla, para que todos quepamos. Al pactar la paz, estamos haciendo un país más viable para el futuro.
La derecha dice que una paz con impunidad es inadmisible. Es cierto que se está haciendo la paz con asesinos, secuestradores, narcotraficantes, destructores de instituciones e infraestructura. Pero hay valor en que, haciendo la paz, ellos renuncien a seguir haciendo todo eso. Lo que, para los que no somos de derecha, no es fácil de entender es por qué estaba bien hacer la paz con los paramilitares, pero está mal hacerla con la guerrilla. Claro, no es cierto que se firmen los acuerdos de paz y todo vaya a quedar bien como por milagro, pero será un paso importante en la dirección del desarrollo nacional.
La derecha dice que, con el proceso de paz, se le está entregando el país a la guerrilla. Pamplinas. El retrato de Santos como socio de Castro y Chávez solo cabe en mentes enfermas, delirantes de fiebre, y por lo mismo no muy dignas de tener en cuenta.
Uribe se equivoca de cabo a rabo en su oposición a la paz, y se coloca en contravía de la historia. En el empeño porque Colombia logre la paz hay que ponerse de lado de los esfuerzos del presidente Santos. Claro, con ojo vigilante. No todo se le puede conceder a la guerrilla. Pero tampoco hay que olvidar que siempre es preferible un mal arreglo a un buen pleito. La política del odio que pregona Uribe debe ser desterrada de la escena nacional, por el bien del país. Uribe, que tanto bien le hizo al país entre 2002 y 2006, hoy es poco menos que un enemigo nacional.
Al de Santos también se le critica por ser uno de los gobiernos más corruptos de la historia. Yo no creo que esta acusación sea precisa. Yo no creo que el gobierno Santos sea corrupto. Pero sí es fuerza admitir que este gobierno ha basado su gobernabilidad, no en el liderazgo del presidente, sino en refinar el arte de distribuir la mermelada. Esta ha sido la práctica común en Colombia, no solo de este gobierno, sino de todos. Pero muchos colombianos han notado que hoy la gobernabilidad solo proviene de la mermelada, y están hastiados de eso.
Con una actitud más vocal, el presidente podrá defender más eficazmente su obra. Yo estoy seguro de que la historia lo juzgará benignamente, cosa que no veo tan clara con Uribe, a pesar de todos sus logros, en especial los de su primer mandato. Pero la verdad es que, a la par con el proceso de paz, que pretende curar el cáncer que está por fuera de las instituciones, es necesario que el país también reflexione sobre la necesidad de depurar las fuentes de la gobernabilidad nacional, que es el cáncer que está por dentro de las instituciones. El país no resiste más la compra de gobernabilidad con el presupuesto nacional. Por eso van a estar tan interesantes las próximas elecciones presidenciales.
La ultraderecha no perdona que el gobierno de Santos haya abierto un proceso de paz con la guerrilla de izquierda. Recientemente, el presidente Uribe ha pedido “resistencia civil” contra el proceso de paz. Yo soy de los que creen que ese gesto de Uribe es un error histórico de monumentales proporciones. Nada es más valioso que la paz. Y pactar la paz es más valioso para el país que matar a todos los guerrilleros. ¿Por qué? Porque, al pactar la paz, el país tendrá que reflexionar sobre la estrechez de su democracia, y ampliarla, para que todos quepamos. Al pactar la paz, estamos haciendo un país más viable para el futuro.
La derecha dice que una paz con impunidad es inadmisible. Es cierto que se está haciendo la paz con asesinos, secuestradores, narcotraficantes, destructores de instituciones e infraestructura. Pero hay valor en que, haciendo la paz, ellos renuncien a seguir haciendo todo eso. Lo que, para los que no somos de derecha, no es fácil de entender es por qué estaba bien hacer la paz con los paramilitares, pero está mal hacerla con la guerrilla. Claro, no es cierto que se firmen los acuerdos de paz y todo vaya a quedar bien como por milagro, pero será un paso importante en la dirección del desarrollo nacional.
La derecha dice que, con el proceso de paz, se le está entregando el país a la guerrilla. Pamplinas. El retrato de Santos como socio de Castro y Chávez solo cabe en mentes enfermas, delirantes de fiebre, y por lo mismo no muy dignas de tener en cuenta.
Uribe se equivoca de cabo a rabo en su oposición a la paz, y se coloca en contravía de la historia. En el empeño porque Colombia logre la paz hay que ponerse de lado de los esfuerzos del presidente Santos. Claro, con ojo vigilante. No todo se le puede conceder a la guerrilla. Pero tampoco hay que olvidar que siempre es preferible un mal arreglo a un buen pleito. La política del odio que pregona Uribe debe ser desterrada de la escena nacional, por el bien del país. Uribe, que tanto bien le hizo al país entre 2002 y 2006, hoy es poco menos que un enemigo nacional.
Al de Santos también se le critica por ser uno de los gobiernos más corruptos de la historia. Yo no creo que esta acusación sea precisa. Yo no creo que el gobierno Santos sea corrupto. Pero sí es fuerza admitir que este gobierno ha basado su gobernabilidad, no en el liderazgo del presidente, sino en refinar el arte de distribuir la mermelada. Esta ha sido la práctica común en Colombia, no solo de este gobierno, sino de todos. Pero muchos colombianos han notado que hoy la gobernabilidad solo proviene de la mermelada, y están hastiados de eso.
Con una actitud más vocal, el presidente podrá defender más eficazmente su obra. Yo estoy seguro de que la historia lo juzgará benignamente, cosa que no veo tan clara con Uribe, a pesar de todos sus logros, en especial los de su primer mandato. Pero la verdad es que, a la par con el proceso de paz, que pretende curar el cáncer que está por fuera de las instituciones, es necesario que el país también reflexione sobre la necesidad de depurar las fuentes de la gobernabilidad nacional, que es el cáncer que está por dentro de las instituciones. El país no resiste más la compra de gobernabilidad con el presupuesto nacional. Por eso van a estar tan interesantes las próximas elecciones presidenciales.
Democracia I-II
Si el método de votación mayoritario, en
cualquiera de sus versiones, no es el apropiado, ¿entonces cuál es el método de
votación que mejor representa el bien común? Para responder esa pregunta,
procedo en dos pasos: (1) identifico unas condiciones que sería deseable que el
método de votación satisficiera, y (2) me pregunto cuál método de votación
satisface las condiciones identificadas.
Esta forma de proceder es común en la literatura. Así Arrow (1951) probó su teorema de la imposibilidad de unas preferencias colectivas consistentes; Nash (1950) halló su solución al problema de la negociación; y May (1952) identificó las condiciones que caracterizan a la votación mayoritaria. Así que, procediendo de esa manera, navego por aguas relativamente familiares.
Pido perdón de antemano por la longitud de esta entrada, y porque se me colaron algunos aspectos técnicos, que yo creo son necesarios para la cabal comprensión de lo que a continuación expongo. Sin embargo, en una lectura rápida, usted bien puede leer solo las cuatro condiciones, sin entrar en el detalle de sus explicaciones, y así la lectura se reduce considerablemente.
Las condiciones que identifico son las siguientes:
El principio de que las preferencias de los individuos sobre los candidatos son cardinales es polémico porque muchos economistas han tendido a suponer que las preferencias de los individuos deberían ser consideradas como ordinales, no como cardinales. Esta es la que pudiéramos llamar la posición ortodoxa en economía. Esta posición, que se desarrolló principalmente en los años 1930 con los trabajos de Lionel Robbins, entre otros, tomó popularidad por el reconocimiento de que no es posible comparar las preferencias de dos individuos. Si un individuo dice que prefiere la pasta al sushi y otro también, no hay un modo objetivo de descubrir que uno de los dos prefiere la pasta al sushi más que el otro. Y una forma de evitar esas comparaciones interpersonales de bienestar era proscribiendo las preferencias cardinales de la teoría.
Sin embargo, con el desarrollo de la teoría de toma de decisiones bajo incertidumbre se ha venido cuestionando la posición ortodoxa en economía. La teoría de toma de decisiones bajo incertidumbre más popular entre los economistas, también conocida como teoría de Von Neumann-Morgensten, por sus proponentes iniciales, es una teoría que supone que las preferencias de los individuos son cardinales. Pero pocos economistas parecen haberse percatado de la contradicción entre su compromiso con las preferencias ordinales y su continuado uso de la teoría de decisiones bajo incertidumbre de Von Neumann y Morgensten.
El punto de fondo es que prohibir las preferencias cardinales para evitar la comparación interpersonal de bienestar es una medida demasiado drástica: por una parte, la gente evidentemente tiene intensidad en sus preferencias; por otra, aunque las preferencias cardinales son necesarias para tener comparaciones interpersonales de bienestar, no son suficientes: uno bien puede tener preferencias cardinales y sin embargo no tener el patrón de comparación que permita decir que un determinado número de unidades de bienestar de un individuo es equivalente a un determinado número de unidades de bienestar de otro individuo.
Hay un punto de fondo cuando se afirma que las preferencias de los individuos sobre los candidatos u opciones son cardinales. Usando la idea contraria, es decir, suponiendo que las preferencias de los individuos son ordinales, Arrow (1951) demostró (y, entre otras razones, obtuvo el premio Nobel por eso) que ningún sistema de agregación de preferencias individuales para obtener unas preferencias colectivas podía ser consistente. Este resultado, naturalmente, es muy fuerte. En buen español, lo que quiere decir es que ningún método de votación puede ser bueno. Pero se puede afirmar que el resultado de Arrow está predeterminado por su supuesto de que las preferencias son ordinales. Si uno deja que las preferencias sean cardinales, entonces sí es posible hallar métodos de votación “adecuados”. La pregunta se vuelve: ¿qué tan adecuado es suponer que las preferencias de los individuos son ordinales? Desde mi punto de vista, es evidente que las preferencias de los individuos se expresan con diversas intensidades, es decir, son cardinales.
El lío de las preferencias cardinales es que admiten múltiples representaciones, y eso puede causar problemas. Para ilustrar la idea, considere mis preferencias sobre Paulina Vega, Carolina Cruz y Teresa Gutiérrez. En una calificación de 0 a 5, a Paulina le doy 5, a Carolina Cruz 4.8 y a Teresa Gutiérrez 0. Esas mismas preferencias las puedo representar de la siguiente manera: a Paulina le doy 12 puntos; a Carolina, 11.6; y a Teresa, 2. En general, si S es el conjunto de opciones, si s es un elemento del conjunto S y si represento mis preferencias sobre S por medio de una función u = u(s), entonces, si u(s) representa mis preferencias cardinales, resulta que la transformación a + bu(s), con b mayor o igual que cero, también las representa. La constante a modifica el origen de la función. La constante b modifica la unidad de medida de la función (en mi ejemplo, supuse que a = 2 y que b = 2). De hecho, esa es la definición formal de una función cardinal: una función es cardinal si u(s) y a + bu(s) son la misma función. En lenguaje corriente, si yo tengo una función cardinal, cambiar su origen o su unidad de medición no afecta la información contenida en la función: sigue siendo la misma función. En lenguaje un poco más técnico, una función cardinal es única hasta una transformación afín positiva.
Es importante entender por qué se dice que u(s) y a + bu(s) son la misma función. La razón es que esa transformación, ajustada por la unidad de medida, preserva la distancia entre opciones. Por ejemplo, con mis preferencias iniciales mencionadas en el párrafo anterior, la distancia entre Paulina y Carolina es u(Paulina) - u(Carolina) = 5 – 4.8 = 0.2. Ahora, con mis preferencias transformadas, esa distancia es a + bu(Paulina) – (a + bu(Carolina)) = 12 – 11.6 = 0.4. Esta distancia es igual a la distancia inicial, ajustada por la unidad de medida: 0.4 = 0.2 x 2. Esta propiedad es cierta para cualquier par de opciones y para cualquier transformación cardinalmente consistente de las preferencias individuales, y será muy útil e importante para fijar la tercera condición que queremos imponer a nuestro método de votación.
w = w(s) = w((u1(s) – u1(o))/b1, (u2(s) – u2(o))/b2, … , (un(s) – un(o))/bn)
donde o es una situación social que todos los miembros del grupo conceden que es la peor situación posible. Muy intuitivamente, la condición 3 dice que, si las distancias entre opciones son medidas en “metros”, en “kilómetros” o en cualquier otra unidad, eso no debe ser relevante para la definición de las preferencias colectivas.
¿Cómo formalizar la noción de poder? Sin dar mucho detalle, se puede plantear lo siguiente: suponga que la izquierda prefiere la opción I, que es lo peor para la derecha. Esta prefiere la opción D, que es lo peor para la izquierda. Uno diría que, si la sociedad acoge la opción I, entonces la izquierda tiene todo el poder, y la derecha ninguno. Si la sociedad acoge la opción D, entonces la derecha tiene todo el poder, y la izquierda ninguno. Eso es precisamente lo que no se quiere. “Poder” en este contexto quiere decir que todos los individuos puedan avanzar en la dirección de sus máximas aspiraciones en la misma proporción.
El punto de fondo es que se puede demostrar que las cuatro condiciones anteriores implican un método de votación muy específico. Los detalles matemáticos de la demostración se describen en Castellanos (2012). El método de votación al que nos referimos fue inicialmente propuesto por Kalai y Smorodinsky (1975) como una solución alternativa al problema de la negociación de Nash (1950). Este método propone que la función de utilidad social está dada por la expresión:
w = w(s) = mín[(u1(s) – u1(o))/(u1(m) – u1(o)), … , (un(s) – un(o))/(un(m) – un(o))]
donde m es una situación social que todos los miembros del grupo conceden que es la mejor situación posible.
Para hacer operativo este método de votación, se le pide a cada individuo que le asigne una calificación a cada uno de los candidatos. En esto hay una diferencia con el método de votación mayoritario, en el cual el ciudadano, conceptualmente, solo le asigna un 1 a su candidato más preferido, y por extensión un 0 a todos los demás candidatos. La escala de la calificación se puede escoger arbitrariamente, ya que las preferencias cardinales admiten transformaciones para ajustar la escala. Entonces, por ejemplo, podemos utilizar la escala de 0 a 5. El candidato ganador es aquel cuya nota mínima es la mayor de todas.
Por ejemplo, considere el ejemplo que introdujimos en la entrada Democracia I-I, en el que suponemos que la sociedad está dividida en tres grupos: la izquierda, el centro y la derecha. Hay cuatro candidatos: I, B, C y D, y las preferencias de cada grupo por cada uno de los candidatos son las siguientes:
Izquierda: I, B, C, D
Centro: C, B, D, I
Derecha: D, B, C, I
Entonces cada grupo califica a cada uno de los candidatos. Las calificaciones de la izquierda son:
I, 5;
B, 3.5;
C, 2;
D, 0.
Las calificaciones del centro son:
C, 5;
B, 3.5;
D, 2;
I, 0.
Las calificaciones de la derecha son:
D, 5;
B, 3.5;
C, 2;
I, 0.
Entonces la nota mínima de cada candidato es:
I: 0
B: 3.5
C: 2
D: 0
Por lo tanto, en este método de votación el ganador es el candidato B, porque su nota mínima es la mayor de todas. Es, como se puede apreciar, un método de votación extremadamente sencillo de aplicar, pero que da resultados completamente distintos del método de votación mayoritario (ver la entrada Democracia I-I). En nuestra próxima entrada discutiremos algunas propiedades “filosóficas” del método de votación que proponemos.
Esta forma de proceder es común en la literatura. Así Arrow (1951) probó su teorema de la imposibilidad de unas preferencias colectivas consistentes; Nash (1950) halló su solución al problema de la negociación; y May (1952) identificó las condiciones que caracterizan a la votación mayoritaria. Así que, procediendo de esa manera, navego por aguas relativamente familiares.
Pido perdón de antemano por la longitud de esta entrada, y porque se me colaron algunos aspectos técnicos, que yo creo son necesarios para la cabal comprensión de lo que a continuación expongo. Sin embargo, en una lectura rápida, usted bien puede leer solo las cuatro condiciones, sin entrar en el detalle de sus explicaciones, y así la lectura se reduce considerablemente.
Las condiciones que identifico son las siguientes:
- Un problema de escogencia social está caracterizado por tres elementos: (1) el grupo de individuos (“ciudadanos”) que toma la decisión; (2) el grupo de opciones o candidatos que tiene el grupo de individuos; y (3) las preferencias que cada uno de los miembros del grupo de ciudadanos tiene sobre el grupo de opciones o candidatos.
- Las preferencias de los individuos sobre los candidatos u opciones son cardinales.
El principio de que las preferencias de los individuos sobre los candidatos son cardinales es polémico porque muchos economistas han tendido a suponer que las preferencias de los individuos deberían ser consideradas como ordinales, no como cardinales. Esta es la que pudiéramos llamar la posición ortodoxa en economía. Esta posición, que se desarrolló principalmente en los años 1930 con los trabajos de Lionel Robbins, entre otros, tomó popularidad por el reconocimiento de que no es posible comparar las preferencias de dos individuos. Si un individuo dice que prefiere la pasta al sushi y otro también, no hay un modo objetivo de descubrir que uno de los dos prefiere la pasta al sushi más que el otro. Y una forma de evitar esas comparaciones interpersonales de bienestar era proscribiendo las preferencias cardinales de la teoría.
Sin embargo, con el desarrollo de la teoría de toma de decisiones bajo incertidumbre se ha venido cuestionando la posición ortodoxa en economía. La teoría de toma de decisiones bajo incertidumbre más popular entre los economistas, también conocida como teoría de Von Neumann-Morgensten, por sus proponentes iniciales, es una teoría que supone que las preferencias de los individuos son cardinales. Pero pocos economistas parecen haberse percatado de la contradicción entre su compromiso con las preferencias ordinales y su continuado uso de la teoría de decisiones bajo incertidumbre de Von Neumann y Morgensten.
El punto de fondo es que prohibir las preferencias cardinales para evitar la comparación interpersonal de bienestar es una medida demasiado drástica: por una parte, la gente evidentemente tiene intensidad en sus preferencias; por otra, aunque las preferencias cardinales son necesarias para tener comparaciones interpersonales de bienestar, no son suficientes: uno bien puede tener preferencias cardinales y sin embargo no tener el patrón de comparación que permita decir que un determinado número de unidades de bienestar de un individuo es equivalente a un determinado número de unidades de bienestar de otro individuo.
Hay un punto de fondo cuando se afirma que las preferencias de los individuos sobre los candidatos u opciones son cardinales. Usando la idea contraria, es decir, suponiendo que las preferencias de los individuos son ordinales, Arrow (1951) demostró (y, entre otras razones, obtuvo el premio Nobel por eso) que ningún sistema de agregación de preferencias individuales para obtener unas preferencias colectivas podía ser consistente. Este resultado, naturalmente, es muy fuerte. En buen español, lo que quiere decir es que ningún método de votación puede ser bueno. Pero se puede afirmar que el resultado de Arrow está predeterminado por su supuesto de que las preferencias son ordinales. Si uno deja que las preferencias sean cardinales, entonces sí es posible hallar métodos de votación “adecuados”. La pregunta se vuelve: ¿qué tan adecuado es suponer que las preferencias de los individuos son ordinales? Desde mi punto de vista, es evidente que las preferencias de los individuos se expresan con diversas intensidades, es decir, son cardinales.
El lío de las preferencias cardinales es que admiten múltiples representaciones, y eso puede causar problemas. Para ilustrar la idea, considere mis preferencias sobre Paulina Vega, Carolina Cruz y Teresa Gutiérrez. En una calificación de 0 a 5, a Paulina le doy 5, a Carolina Cruz 4.8 y a Teresa Gutiérrez 0. Esas mismas preferencias las puedo representar de la siguiente manera: a Paulina le doy 12 puntos; a Carolina, 11.6; y a Teresa, 2. En general, si S es el conjunto de opciones, si s es un elemento del conjunto S y si represento mis preferencias sobre S por medio de una función u = u(s), entonces, si u(s) representa mis preferencias cardinales, resulta que la transformación a + bu(s), con b mayor o igual que cero, también las representa. La constante a modifica el origen de la función. La constante b modifica la unidad de medida de la función (en mi ejemplo, supuse que a = 2 y que b = 2). De hecho, esa es la definición formal de una función cardinal: una función es cardinal si u(s) y a + bu(s) son la misma función. En lenguaje corriente, si yo tengo una función cardinal, cambiar su origen o su unidad de medición no afecta la información contenida en la función: sigue siendo la misma función. En lenguaje un poco más técnico, una función cardinal es única hasta una transformación afín positiva.
Es importante entender por qué se dice que u(s) y a + bu(s) son la misma función. La razón es que esa transformación, ajustada por la unidad de medida, preserva la distancia entre opciones. Por ejemplo, con mis preferencias iniciales mencionadas en el párrafo anterior, la distancia entre Paulina y Carolina es u(Paulina) - u(Carolina) = 5 – 4.8 = 0.2. Ahora, con mis preferencias transformadas, esa distancia es a + bu(Paulina) – (a + bu(Carolina)) = 12 – 11.6 = 0.4. Esta distancia es igual a la distancia inicial, ajustada por la unidad de medida: 0.4 = 0.2 x 2. Esta propiedad es cierta para cualquier par de opciones y para cualquier transformación cardinalmente consistente de las preferencias individuales, y será muy útil e importante para fijar la tercera condición que queremos imponer a nuestro método de votación.
- El método de votación debe ser invariante ante transformaciones cardinalmente consistentes de las funciones de utilidad individual.
w = w(s) = w((u1(s) – u1(o))/b1, (u2(s) – u2(o))/b2, … , (un(s) – un(o))/bn)
donde o es una situación social que todos los miembros del grupo conceden que es la peor situación posible. Muy intuitivamente, la condición 3 dice que, si las distancias entre opciones son medidas en “metros”, en “kilómetros” o en cualquier otra unidad, eso no debe ser relevante para la definición de las preferencias colectivas.
- La escogencia social debe ser la opción eficiente que garantice una distribución igualitaria del poder.
¿Cómo formalizar la noción de poder? Sin dar mucho detalle, se puede plantear lo siguiente: suponga que la izquierda prefiere la opción I, que es lo peor para la derecha. Esta prefiere la opción D, que es lo peor para la izquierda. Uno diría que, si la sociedad acoge la opción I, entonces la izquierda tiene todo el poder, y la derecha ninguno. Si la sociedad acoge la opción D, entonces la derecha tiene todo el poder, y la izquierda ninguno. Eso es precisamente lo que no se quiere. “Poder” en este contexto quiere decir que todos los individuos puedan avanzar en la dirección de sus máximas aspiraciones en la misma proporción.
El punto de fondo es que se puede demostrar que las cuatro condiciones anteriores implican un método de votación muy específico. Los detalles matemáticos de la demostración se describen en Castellanos (2012). El método de votación al que nos referimos fue inicialmente propuesto por Kalai y Smorodinsky (1975) como una solución alternativa al problema de la negociación de Nash (1950). Este método propone que la función de utilidad social está dada por la expresión:
w = w(s) = mín[(u1(s) – u1(o))/(u1(m) – u1(o)), … , (un(s) – un(o))/(un(m) – un(o))]
donde m es una situación social que todos los miembros del grupo conceden que es la mejor situación posible.
Para hacer operativo este método de votación, se le pide a cada individuo que le asigne una calificación a cada uno de los candidatos. En esto hay una diferencia con el método de votación mayoritario, en el cual el ciudadano, conceptualmente, solo le asigna un 1 a su candidato más preferido, y por extensión un 0 a todos los demás candidatos. La escala de la calificación se puede escoger arbitrariamente, ya que las preferencias cardinales admiten transformaciones para ajustar la escala. Entonces, por ejemplo, podemos utilizar la escala de 0 a 5. El candidato ganador es aquel cuya nota mínima es la mayor de todas.
Por ejemplo, considere el ejemplo que introdujimos en la entrada Democracia I-I, en el que suponemos que la sociedad está dividida en tres grupos: la izquierda, el centro y la derecha. Hay cuatro candidatos: I, B, C y D, y las preferencias de cada grupo por cada uno de los candidatos son las siguientes:
Izquierda: I, B, C, D
Centro: C, B, D, I
Derecha: D, B, C, I
Entonces cada grupo califica a cada uno de los candidatos. Las calificaciones de la izquierda son:
I, 5;
B, 3.5;
C, 2;
D, 0.
Las calificaciones del centro son:
C, 5;
B, 3.5;
D, 2;
I, 0.
Las calificaciones de la derecha son:
D, 5;
B, 3.5;
C, 2;
I, 0.
Entonces la nota mínima de cada candidato es:
I: 0
B: 3.5
C: 2
D: 0
Por lo tanto, en este método de votación el ganador es el candidato B, porque su nota mínima es la mayor de todas. Es, como se puede apreciar, un método de votación extremadamente sencillo de aplicar, pero que da resultados completamente distintos del método de votación mayoritario (ver la entrada Democracia I-I). En nuestra próxima entrada discutiremos algunas propiedades “filosóficas” del método de votación que proponemos.
Sunday, May 8, 2016
Democracia I-I
Continuando con mi serie sobre la democracia, quiero, en primer lugar, agradecer los comentarios que mi primera entrada sobre el tema generó. No esperaba tan nutrida reacción. Quiero agradecer las reacciones de todos, pero especialmente a María Fernanda Sánchez, Andrés López (quien acaba de publicar un libro sobre la historia de la lucha antidrogas en Colombia cuya presentación me muero por oír) y Ana Lucía Rodríguez por los comentarios que hicieron.
En esta entrada quiero desarrollar mi crítica a la idea de que, en una democracia, las mayorías eligen. Este desarrollo está muy inspirado por los comentarios de Andrés López, quien esencialmente hizo dos observaciones sobre mi primera entrada: (1) que no es cierto que todas las democracias son mayoritarias, pues algunas, como Colombia, tienen sistemas electorales proporcionales, y (2) que los defectos de las democracias mayoritarias se corregirían simplemente añadiendo una segunda vuelta electoral.
En primer lugar, es importante distinguir, tal como hacen Shepsle y Bonchek (1997) (en la segunda edición de este libro solo Shepsle es acreditado como autor), entre métodos de votación y sistemas electorales. Un método de votación es el arreglo que un grupo se da para escoger una alternativa entre un grupo de alternativas (candidatos u opciones). Shepsle y Bonchek (1997) hacen énfasis en que el grupo es pequeño. Yo hago más énfasis en la idea de que un método de votación es el mecanismo que un grupo, ya sea pequeño o grande, se da para tomar decisiones a través de una democracia directa, sin mediación de representantes. Por su parte, un sistema electoral es el arreglo que un grupo se da para elegir los representantes a una legislatura. En otras palabras, se puede decir que un sistema electoral es un método de votación usado específicamente para resolver el problema de la elección de los miembros de una corporación.
Es bien conocido en la literatura (ver por ejemplo Shepsle y Bonchek, 1997, o Cox, 1997, p. 56) que los sistemas electorales son usualmente clasificados en dos tipos: (1) plurales o mayoritarios y (2) de representación proporcional. Aquí, desafortunadamente, surge un problema de nomenclatura. Dados estos nombres, se puede entender, equivocadamente, que, si un sistema electoral es de representación proporcional, entonces el método de votación no es mayoritario. Yo creo que esa interpretación es incorrecta. Yo creo que la interpretación correcta es: todos los métodos de votación que usamos en la actualidad son mayoritarios; dentro de esos métodos de votación existen unos sistemas electorales que podemos clasificar entre plurales y de representación proporcional (lo cual implica que los sistemas electorales tanto plurales como de representación proporcional son mayoritarios); y que, para evitar confusiones, no deberíamos llamar a los sistemas electorales plurales “mayoritarios”, porque eso puede dar la impresión equivocada de que los sistemas electorales de representación proporcional no son un método de votación mayoritario. Cuando se usa un sistema electoral de representación proporcional no se ha perdido la conexión de la democracia con la mayoría.
En segundo lugar, Andrés López sugiere que los problemas que yo señalo se resolverían simplemente con una segunda vuelta electoral. Aquí construyo un ejemplo para mostrar que la segunda vuelta no es suficiente para resolver los problemas de la democracia mayoritaria. Suponga usted que la sociedad está dividida en tres grupos: la izquierda, el centro y la derecha. La izquierda, que tiene el 40% de la votación, prefiere al candidato I, pero el centro y la derecha, que tienen cada uno más o menos el 30% de la votación, están de acuerdo en que el candidato I es la peor opción. Sin embargo, el centro y la derecha están divididos en su opción más preferida. El centro prefiere al candidato C y la derecha prefiere al candidato D. Suponga, además, que hay un candidato B, que no es la primera opción de nadie, pero que todos coinciden en que sería la segunda mejor opción. En síntesis, las preferencias de los tres grupos son así:
Izquierda: I, B, C o D
Centro: C, B, D, I
Derecha: D, B, C, I
Yo argumento que el candidato B es la opción que mejor representa el bien común en esta sociedad, pero la pregunta es: ¿B sería escogido en una primera o segunda vuelta de un método de votación mayoritario? La respuesta es no. Si las elecciones son a una sola vuelta, tal como se eligen los alcaldes en Colombia, el ganador sería I, a pesar de que el 60% de la población lo considera la peor opción. Fatal, mejor dicho. Pero, si las elecciones fueran a dos vueltas, tal como se elige el presidente en Colombia, a la segunda vuelta pasarían I y C o D. Noten que, como ya dije, I es considerado la peor opción por el 60% del electorado, y que C o D son considerados la peor o segunda peor opción por el 70% del electorado. Resulta muy claro que la segunda vuelta no resuelve los problemas del método de votación mayoritario. ¿Entonces qué los resuelve? Espere nuestra próxima entrada.
En esta entrada quiero desarrollar mi crítica a la idea de que, en una democracia, las mayorías eligen. Este desarrollo está muy inspirado por los comentarios de Andrés López, quien esencialmente hizo dos observaciones sobre mi primera entrada: (1) que no es cierto que todas las democracias son mayoritarias, pues algunas, como Colombia, tienen sistemas electorales proporcionales, y (2) que los defectos de las democracias mayoritarias se corregirían simplemente añadiendo una segunda vuelta electoral.
En primer lugar, es importante distinguir, tal como hacen Shepsle y Bonchek (1997) (en la segunda edición de este libro solo Shepsle es acreditado como autor), entre métodos de votación y sistemas electorales. Un método de votación es el arreglo que un grupo se da para escoger una alternativa entre un grupo de alternativas (candidatos u opciones). Shepsle y Bonchek (1997) hacen énfasis en que el grupo es pequeño. Yo hago más énfasis en la idea de que un método de votación es el mecanismo que un grupo, ya sea pequeño o grande, se da para tomar decisiones a través de una democracia directa, sin mediación de representantes. Por su parte, un sistema electoral es el arreglo que un grupo se da para elegir los representantes a una legislatura. En otras palabras, se puede decir que un sistema electoral es un método de votación usado específicamente para resolver el problema de la elección de los miembros de una corporación.
Es bien conocido en la literatura (ver por ejemplo Shepsle y Bonchek, 1997, o Cox, 1997, p. 56) que los sistemas electorales son usualmente clasificados en dos tipos: (1) plurales o mayoritarios y (2) de representación proporcional. Aquí, desafortunadamente, surge un problema de nomenclatura. Dados estos nombres, se puede entender, equivocadamente, que, si un sistema electoral es de representación proporcional, entonces el método de votación no es mayoritario. Yo creo que esa interpretación es incorrecta. Yo creo que la interpretación correcta es: todos los métodos de votación que usamos en la actualidad son mayoritarios; dentro de esos métodos de votación existen unos sistemas electorales que podemos clasificar entre plurales y de representación proporcional (lo cual implica que los sistemas electorales tanto plurales como de representación proporcional son mayoritarios); y que, para evitar confusiones, no deberíamos llamar a los sistemas electorales plurales “mayoritarios”, porque eso puede dar la impresión equivocada de que los sistemas electorales de representación proporcional no son un método de votación mayoritario. Cuando se usa un sistema electoral de representación proporcional no se ha perdido la conexión de la democracia con la mayoría.
En segundo lugar, Andrés López sugiere que los problemas que yo señalo se resolverían simplemente con una segunda vuelta electoral. Aquí construyo un ejemplo para mostrar que la segunda vuelta no es suficiente para resolver los problemas de la democracia mayoritaria. Suponga usted que la sociedad está dividida en tres grupos: la izquierda, el centro y la derecha. La izquierda, que tiene el 40% de la votación, prefiere al candidato I, pero el centro y la derecha, que tienen cada uno más o menos el 30% de la votación, están de acuerdo en que el candidato I es la peor opción. Sin embargo, el centro y la derecha están divididos en su opción más preferida. El centro prefiere al candidato C y la derecha prefiere al candidato D. Suponga, además, que hay un candidato B, que no es la primera opción de nadie, pero que todos coinciden en que sería la segunda mejor opción. En síntesis, las preferencias de los tres grupos son así:
Izquierda: I, B, C o D
Centro: C, B, D, I
Derecha: D, B, C, I
Yo argumento que el candidato B es la opción que mejor representa el bien común en esta sociedad, pero la pregunta es: ¿B sería escogido en una primera o segunda vuelta de un método de votación mayoritario? La respuesta es no. Si las elecciones son a una sola vuelta, tal como se eligen los alcaldes en Colombia, el ganador sería I, a pesar de que el 60% de la población lo considera la peor opción. Fatal, mejor dicho. Pero, si las elecciones fueran a dos vueltas, tal como se elige el presidente en Colombia, a la segunda vuelta pasarían I y C o D. Noten que, como ya dije, I es considerado la peor opción por el 60% del electorado, y que C o D son considerados la peor o segunda peor opción por el 70% del electorado. Resulta muy claro que la segunda vuelta no resuelve los problemas del método de votación mayoritario. ¿Entonces qué los resuelve? Espere nuestra próxima entrada.
Saturday, April 30, 2016
Democracia I
Estoy escribiendo un libro sobre mercado y democracia. Para tal fin, estoy escribiendo unas notas que me sirven para organizar las ideas. Quizás sea bueno ir publicando esas notas, por si eso provoca algún debate y me sirve para refinar mis posiciones. Por lo tanto, me gustaría iniciar una serie de entradas sobre la democracia. Esta es la primera, lo que explica el título de Democracia I.
La democracia es uno de los grandes inventos de Occidente, pero, como dicen por ahí, no se ha terminado de inventar. Yo creo que la democracia actual, en particular la colombiana, tiene cuatro grandes defectos, que son los siguientes: (1) La definición comúnmente aceptada de democracia es insatisfactoria. (2) La democracia representativa introduce unos privilegios inaceptables para los representantes, que se traducen fácilmente en corrupción. (3) La forma adecuada de tributar aún no se ha identificado. Y (4) la desigualdad económica puede afectar la igualdad política, desvirtuando la democracia. Dedicaré sendas entradas a tratar cada uno de estos temas. En esta ocasión trataré el tema de la definición de la democracia.
Usualmente se aceptan tres ideas: (1) que el fin de la democracia es el bien común, (2) que la democracia es el gobierno del pueblo, y (3) que, en una democracia, debe prevalecer la opinión de las mayorías. Con las dos primeras concepciones no tengo problema. Con la tercera sí. Es decir, creo que el fin de la democracia es el bien común y que la democracia es el gobierno del pueblo, pero no creo que un régimen mayoritario sea una democracia.
Eso no quiere decir que yo privilegie los gobiernos de minorías. No. Lo que quiero decir es que el criterio superior en una democracia debe ser el bien común, y sostengo que la regla de la mayoría no expresa adecuadamente el bien común. Pongamos un ejemplo. Supongamos que en Alemania gana las elecciones un partido, que, por decir algo, se llama el Partido Nacional-Socialista (nazi). Ese partido, una vez en el poder, decide que hay que exterminar a los judíos alemanes, que son una minoría. ¿Es democrático que los nazis exterminen a los judíos? Obvio que no. Mi punto es que una mayoría, por muy mayoría que sea, no puede imponer sacrificios enormes a una minoría.
Algunos teóricos de la democracia sostienen que ese problema se resuelve otorgándoles derechos a las minorías, derechos que, en una democracia, deberían ser inviolables por parte de las mayorías. Así, en una verdadera democracia, no solo gobiernan las mayorías, sino que, además, se reconocen unos derechos a las minorías.
Debo decir que la anterior solución me parece insatisfactoria. La principal razón es que hay una contradicción inherente entre los derechos de los individuos y el bien común. ¿Qué debe primar cuándo? No es una pregunta fácil de responder. Algunos teóricos afirman que el bien común no existe, y que solo existen derechos individuales, mientras que otros (nuestra Constitución incluida) sugieren que el bien común (casi) siempre está por encima de los derechos individuales. ¿Cómo se traza la línea? ¿Cuándo se traza? ¿Cómo se definen los derechos individuales?
He pensado mucho sobre qué significa el bien común, y he llegado a la conclusión de que los regímenes mayoritarios no lo expresan adecuadamente. Pienso, además, que una adecuada definición de bien común debe incorporar los derechos de los individuos, y no asumirlos como exógenos.
No es este el lugar para explicar los detalles de mi visión del mundo (para más detalles ver Castellanos, 2012), pero creo que el bien común está expresado por aquella situación social que impone los menores costos relativos a todos los miembros de la sociedad. Esta idea, expresada así, es vaga, así que voy a tratar de aclararla con un ejemplo.
Suponga que una sociedad está dividida en dos grupos, los “rojos” y los “azules”. Los rojos prefieren la situación I, y detestan la situación D. Los azules, por su parte, tienen las preferencias exactamente contrarias, es decir, prefieren la situación D, y detestan la situación I. Si los rojos tienen la mayoría, y por tanto gobernaran, harían valer la situación I, y los azules verían el gobierno de los rojos como tiranía. Si sucediera el caso contrario, con una mayoría azul, prevalecería la situación D, y los rojos verían el gobierno de los azules como tiranía.
Ahora supongamos que existe una situación C, que los rojos ven no tan buena como I, pero no tan mala como D. Algo similar pasa con los azules: ellos ven la situación C no tan buena como D, pero no tan mala como I. Para ser específicos, si cada grupo pudiera calificar cada situación de 1 a 5, siendo 1 la peor nota y 5 la mejor nota, los rojos calificarían a las situaciones I, C y D con 5, 3 y 1, respectivamente, y los azules las calificarían con 1, 3 y 5, respectivamente.
Notemos que nadie votaría por C en unas elecciones mayoritarias. Sin embargo, yo afirmo que una situación como C expresa el bien común en esta sociedad de rojos y azules. La propiedad de C es que la mínima valoración de ella que hacen las diversas fuerzas sociales es la mayor posible. Para los rojos, la situación D es un desastre. Para los azules, la situación I es un desastre. Tanto para los rojos como para los azules la situación C no es la gran cosa, pero tampoco es un desastre. Se puede argumentar que la situación C es la mejor situación social posible: la situación C expresa el bien común. Y a ella nunca se hubiera llegado por un voto mayoritario.
Los puntos de fondo que quiero hacer son que: (1) la regla mayoritaria no expresa el bien común, y (2) el bien común está expresado por aquella situación social que causa el menor daño posible a todos los posibles grupos sociales.
La afirmación (1) es polémica, ya que, a lo largo de la historia, se ha identificado la democracia con la regla de la mayoría. Yo afirmo que eso no solo es un error conceptual, sino que, adicionalmente, ha traído un daño innecesario a las sociedades donde se aplica.
Voy a poner un par de ejemplos, tomados de la historia política reciente de Colombia. En 2006, Álvaro Uribe logró su reelección como presidente de Colombia, a pesar de que la Constitución inicialmente la prohibía, porque, al terminar su primer mandato, había un sentimiento mayoritario de que él debía continuar como presidente. Había, naturalmente, una fuerte oposición a la reelección, pero era minoritaria. La voluntad de las mayorías se impuso, y la experiencia con la reelección no fue buena. Un segundo intento de reelección en 2010 fue detenido por la Corte Constitucional.
En 2011, Gustavo Petro fue elegido como alcalde de Bogotá para el período 2012-2015, con 32% de la votación total. Se puede argumentar que, para una mayoría de la población bogotana, Petro era la peor opción, pero las primeras preferencias de esa mayoría estaban divididas. Eso permitió que Petro ganara, con un porcentaje muy bajo de la votación. La polarización que esa elección causó dividió a la ciudad y paralizó a la administración. Petro fue destituido y restablecido en el cargo, y su alcaldía fue polémica. ¿Por qué? Porque, aunque tuvo una mayoría de votos, Petro no representaba el bien común. Para una mayoría de personas, una mayoría probablemente mayor que la que lo eligió, Petro era la peor opción, pero el método mayoritario no pregunta por cuál es peor opción para la gente, sino cuál es la mejor, y el resultado fue la elección de Petro. Lo triste de la anterior historia es que no aprendimos la lección. En las elecciones de 2015, Peñalosa fue elegido con 33% de los votos. Aparentemente, vamos a tener una ciudad dividida por mucho tiempo.
En síntesis, la pregunta sobre qué es la democracia no es un mero ejercicio académico: nuestra comprensión sobre qué es la democracia tiene serias consecuencias en la práctica. También, como lo señalo brevemente abajo, tiene profundas implicaciones filosóficas.
Sé que no es fácil aceptar la idea de que la regla de la mayoría no expresa adecuadamente el sentimiento democrático y el bien común. La idea de que la democracia está mejor expresada por la opción que haga el menor daño posible a cualquier grupo social será aún más difícil de aceptar. Sin embargo, electoralmente sería muy fácil de aplicar. Los ciudadanos no tendrían que votar por su opción más preferida, sino que tendrían que calificar a todos los candidatos. Ganaría el candidato cuya peor calificación fuera la mayor de todas.
Estoy convencido de que cambiar nuestra concepción sobre la democracia nos llevará a una sociedad más amable. Porque, en una democracia mayoritaria, el propósito de las mayorías es imponer sus intereses. En el tipo de democracia que estoy proponiendo, el propósito es no imponer a nadie cargas excesivamente pesadas o dolorosas. Es una lógica distinta, que facilita la amabilidad y la cooperación. Entonces, si queremos mejorar la democracia, debemos comenzar por modificar lo que entendemos por democracia.
La democracia es uno de los grandes inventos de Occidente, pero, como dicen por ahí, no se ha terminado de inventar. Yo creo que la democracia actual, en particular la colombiana, tiene cuatro grandes defectos, que son los siguientes: (1) La definición comúnmente aceptada de democracia es insatisfactoria. (2) La democracia representativa introduce unos privilegios inaceptables para los representantes, que se traducen fácilmente en corrupción. (3) La forma adecuada de tributar aún no se ha identificado. Y (4) la desigualdad económica puede afectar la igualdad política, desvirtuando la democracia. Dedicaré sendas entradas a tratar cada uno de estos temas. En esta ocasión trataré el tema de la definición de la democracia.
Usualmente se aceptan tres ideas: (1) que el fin de la democracia es el bien común, (2) que la democracia es el gobierno del pueblo, y (3) que, en una democracia, debe prevalecer la opinión de las mayorías. Con las dos primeras concepciones no tengo problema. Con la tercera sí. Es decir, creo que el fin de la democracia es el bien común y que la democracia es el gobierno del pueblo, pero no creo que un régimen mayoritario sea una democracia.
Eso no quiere decir que yo privilegie los gobiernos de minorías. No. Lo que quiero decir es que el criterio superior en una democracia debe ser el bien común, y sostengo que la regla de la mayoría no expresa adecuadamente el bien común. Pongamos un ejemplo. Supongamos que en Alemania gana las elecciones un partido, que, por decir algo, se llama el Partido Nacional-Socialista (nazi). Ese partido, una vez en el poder, decide que hay que exterminar a los judíos alemanes, que son una minoría. ¿Es democrático que los nazis exterminen a los judíos? Obvio que no. Mi punto es que una mayoría, por muy mayoría que sea, no puede imponer sacrificios enormes a una minoría.
Algunos teóricos de la democracia sostienen que ese problema se resuelve otorgándoles derechos a las minorías, derechos que, en una democracia, deberían ser inviolables por parte de las mayorías. Así, en una verdadera democracia, no solo gobiernan las mayorías, sino que, además, se reconocen unos derechos a las minorías.
Debo decir que la anterior solución me parece insatisfactoria. La principal razón es que hay una contradicción inherente entre los derechos de los individuos y el bien común. ¿Qué debe primar cuándo? No es una pregunta fácil de responder. Algunos teóricos afirman que el bien común no existe, y que solo existen derechos individuales, mientras que otros (nuestra Constitución incluida) sugieren que el bien común (casi) siempre está por encima de los derechos individuales. ¿Cómo se traza la línea? ¿Cuándo se traza? ¿Cómo se definen los derechos individuales?
He pensado mucho sobre qué significa el bien común, y he llegado a la conclusión de que los regímenes mayoritarios no lo expresan adecuadamente. Pienso, además, que una adecuada definición de bien común debe incorporar los derechos de los individuos, y no asumirlos como exógenos.
No es este el lugar para explicar los detalles de mi visión del mundo (para más detalles ver Castellanos, 2012), pero creo que el bien común está expresado por aquella situación social que impone los menores costos relativos a todos los miembros de la sociedad. Esta idea, expresada así, es vaga, así que voy a tratar de aclararla con un ejemplo.
Suponga que una sociedad está dividida en dos grupos, los “rojos” y los “azules”. Los rojos prefieren la situación I, y detestan la situación D. Los azules, por su parte, tienen las preferencias exactamente contrarias, es decir, prefieren la situación D, y detestan la situación I. Si los rojos tienen la mayoría, y por tanto gobernaran, harían valer la situación I, y los azules verían el gobierno de los rojos como tiranía. Si sucediera el caso contrario, con una mayoría azul, prevalecería la situación D, y los rojos verían el gobierno de los azules como tiranía.
Ahora supongamos que existe una situación C, que los rojos ven no tan buena como I, pero no tan mala como D. Algo similar pasa con los azules: ellos ven la situación C no tan buena como D, pero no tan mala como I. Para ser específicos, si cada grupo pudiera calificar cada situación de 1 a 5, siendo 1 la peor nota y 5 la mejor nota, los rojos calificarían a las situaciones I, C y D con 5, 3 y 1, respectivamente, y los azules las calificarían con 1, 3 y 5, respectivamente.
Notemos que nadie votaría por C en unas elecciones mayoritarias. Sin embargo, yo afirmo que una situación como C expresa el bien común en esta sociedad de rojos y azules. La propiedad de C es que la mínima valoración de ella que hacen las diversas fuerzas sociales es la mayor posible. Para los rojos, la situación D es un desastre. Para los azules, la situación I es un desastre. Tanto para los rojos como para los azules la situación C no es la gran cosa, pero tampoco es un desastre. Se puede argumentar que la situación C es la mejor situación social posible: la situación C expresa el bien común. Y a ella nunca se hubiera llegado por un voto mayoritario.
Los puntos de fondo que quiero hacer son que: (1) la regla mayoritaria no expresa el bien común, y (2) el bien común está expresado por aquella situación social que causa el menor daño posible a todos los posibles grupos sociales.
La afirmación (1) es polémica, ya que, a lo largo de la historia, se ha identificado la democracia con la regla de la mayoría. Yo afirmo que eso no solo es un error conceptual, sino que, adicionalmente, ha traído un daño innecesario a las sociedades donde se aplica.
Voy a poner un par de ejemplos, tomados de la historia política reciente de Colombia. En 2006, Álvaro Uribe logró su reelección como presidente de Colombia, a pesar de que la Constitución inicialmente la prohibía, porque, al terminar su primer mandato, había un sentimiento mayoritario de que él debía continuar como presidente. Había, naturalmente, una fuerte oposición a la reelección, pero era minoritaria. La voluntad de las mayorías se impuso, y la experiencia con la reelección no fue buena. Un segundo intento de reelección en 2010 fue detenido por la Corte Constitucional.
En 2011, Gustavo Petro fue elegido como alcalde de Bogotá para el período 2012-2015, con 32% de la votación total. Se puede argumentar que, para una mayoría de la población bogotana, Petro era la peor opción, pero las primeras preferencias de esa mayoría estaban divididas. Eso permitió que Petro ganara, con un porcentaje muy bajo de la votación. La polarización que esa elección causó dividió a la ciudad y paralizó a la administración. Petro fue destituido y restablecido en el cargo, y su alcaldía fue polémica. ¿Por qué? Porque, aunque tuvo una mayoría de votos, Petro no representaba el bien común. Para una mayoría de personas, una mayoría probablemente mayor que la que lo eligió, Petro era la peor opción, pero el método mayoritario no pregunta por cuál es peor opción para la gente, sino cuál es la mejor, y el resultado fue la elección de Petro. Lo triste de la anterior historia es que no aprendimos la lección. En las elecciones de 2015, Peñalosa fue elegido con 33% de los votos. Aparentemente, vamos a tener una ciudad dividida por mucho tiempo.
En síntesis, la pregunta sobre qué es la democracia no es un mero ejercicio académico: nuestra comprensión sobre qué es la democracia tiene serias consecuencias en la práctica. También, como lo señalo brevemente abajo, tiene profundas implicaciones filosóficas.
Sé que no es fácil aceptar la idea de que la regla de la mayoría no expresa adecuadamente el sentimiento democrático y el bien común. La idea de que la democracia está mejor expresada por la opción que haga el menor daño posible a cualquier grupo social será aún más difícil de aceptar. Sin embargo, electoralmente sería muy fácil de aplicar. Los ciudadanos no tendrían que votar por su opción más preferida, sino que tendrían que calificar a todos los candidatos. Ganaría el candidato cuya peor calificación fuera la mayor de todas.
Estoy convencido de que cambiar nuestra concepción sobre la democracia nos llevará a una sociedad más amable. Porque, en una democracia mayoritaria, el propósito de las mayorías es imponer sus intereses. En el tipo de democracia que estoy proponiendo, el propósito es no imponer a nadie cargas excesivamente pesadas o dolorosas. Es una lógica distinta, que facilita la amabilidad y la cooperación. Entonces, si queremos mejorar la democracia, debemos comenzar por modificar lo que entendemos por democracia.
Thursday, April 28, 2016
Palabras ante los graduandos de economía de la Universidad del Rosario
El decano de la facultad de economía de la Universidad del Rosario, Carlos Sepúlveda, muy amablemente me invitó a dirigir unas palabras a los graduados de la facultad. Esto fue lo que dije.
Quisiera, en primer lugar, agradecer el riesgo que tomó la Universidad, y muy en particular el decano Carlos Sepúlveda, al pedirme que les dirigiera a ustedes, queridos graduandos, unas palabras en este día. No sé si tenga los pergaminos o las canas necesarias para semejante encargo. Les ruego mucha indulgencia con estas palabras, que fueron preparadas a las carreras, sin mucha inspiración y sin mucho orden para ponerlas en un todo coherente.
Quiero comenzar por contar anécdotas personales que me atan a esta universidad. Yo soy uniandino, pero tengo una deuda de gratitud con el Rosario. Recién graduado de los Andes, mi primer trabajo fue aquí al lado, en el Banco de la República. Y tal vez esa proximidad sirvió para que mi primer trabajo como profesor fuera acá, en la Universidad del Rosario, que en esas épocas tal vez todavía era el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Acá me recibieron a pesar de mi juventud de entonces, de mi pelo largo, de mi arete, de mi falta de corbata y de mi irreverencia por los “doctores”, así entre comillas. En el Rosario de la época, eso era un sacrilegio, que fue aceptado de buen grado. En mi primera clase, los estudiantes no creyeron que yo fuera el profesor, y me tocó llamar a la decana de Derecho de la época, Marcela Monroy, para que los persuadiera de que yo no era una primiparada. Hice muchos amigos entre los estudiantes de esa época, que eran casi de mi misma edad, varios de los cuales aún conservo.
Aquí me pasaron cosas divertidas y terribles. Recuerdo que la universidad me exigía hacer exámenes orales, en los cuales yo no tenía experiencia. Hice uno que comenzó un viernes en la tarde, y que duró todo un fin de semana. La fiesta en el intermedio, animada con música de Soda Estéreo, para mí siempre será inolvidable. En otra ocasión, en plena clase y en voz alta, una alumna me pidió que me quitara la chaqueta, para poderme ver mejor las nalgas. Me imagino que la apuesta que debió ganar por ese atrevimiento tuvo que haber sido muy grande. Al menos una de mis estudiantes de esa época ya murió, y vine a enterrarla, con todo el dolor de mi alma, aquí a la Bordadita. Y estas historias no agotan todas las anécdotas que puedo contar de esas épocas. ¿Por qué cuento todo esto? Creo que una palabra lo resume todo: gratitud porque aquí comencé mi carrera de profesor. No tengo el honor de ser rosarista, pero tengo una deuda de gratitud enorme con este claustro.
Hoy es una fecha de celebración. Estamos celebrando su grado de economistas. Trabajaron duro para él, y es justo que hoy lo celebren. Así que felicitaciones para ustedes; para sus padres, que deben estar muy orgullosos; para la Universidad y sus profesores, que formaron una nueva cohorte de profesionales, y que deben sentirse satisfechos por la labor cumplida. Aquí hay motivo de regocijo para todo el mundo.
Los grados universitarios son un rito de paso, una iniciación, una ceremonia para marcar una conversión. Hasta hoy ustedes estaban en formación. Hasta hoy ustedes eran responsabilidad, primariamente, de otros: de sus padres, de sus familiares, de su Universidad. Hoy termina la preparación para la vida, y mañana será otra cosa.
Claro, el cambio no es tan abrupto como el rito lo sugiere: ustedes ya venían ganando independencia antes de este acto, y, de hecho, antes de llegar aquí, ya habían tomado algunas decisiones que serán cruciales para el resto de sus vidas. Por ejemplo, ustedes ya decidieron que querían ser economistas o financieros.
Esa decisión es importante, pero no determinante. Algunos de ustedes querrán ser economistas académicos, otros trabajarán en el sector financiero, otros estarán preocupados por el desarrollo, otros estarán en el tercer sector, otros venderán bienes raíces. La carrera que uno escoge marca un rumbo posible, pero no definitivo. Ya habrá tiempo para que la vida juegue sus dados, y para cambios voluntarios de rumbo y rectificaciones.
Además, cometerían un error muy grave si creen que sus procesos de formación para la vida terminan hoy. Si hay algo que hemos aprendido en el incesante cambio del mundo de hoy es que la formación no puede terminar con la juventud, y solo los que mantienen sus cabezas actualizadas evitan una obsolescencia precoz en un mundo que corre atropellado.
Pero los grados dan pie para reflexionar por un instante sobre los cambios que están sucediendo en sus vidas. Ya mañana ustedes serán profesionales, y deberán enfrentar el reto de vivir la vida como adultos. De mañana en adelante, sus vidas serán lo que ustedes quieran hacer con ellas. Desde mañana, los principales responsables de ustedes serán ustedes mismos.
Claro, el azar existe. Nadie sabe qué les deparará la vida. Algunos tendrán más oportunidades; otros menos. La vida traerá sorpresas, no cabe duda, y, no crean, los años son aleccionantes. Bien dice el dicho que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pero las personas más exitosas usualmente son aquellas que mantienen una consistencia de propósitos entre la juventud y la madurez. Si uno, desde joven, sabe para dónde va, la vida le alcanzará más fácilmente para llegar al puerto de destino.
Así que mi primer mensaje es que, en la vida, uno recibe más o menos lo que quiere. Si algún acierto tiene el pensamiento de derecha es que el individuo adulto es responsabilidad, principalmente, de sí mismo, no de las circunstancias, del Estado, de los familiares o del azar. Ejerzan con cuidado la gerencia de sus propias vidas, porque, hasta donde entiendo, a cada cual le toca una sola, y cada cual es responsable de la que le ha tocado en suerte. Nada es más odioso que una persona que utiliza sus circunstancias para explicar sus fracasos. Contra ese terrible mal, es bueno recordar la frase de Bolívar en la que dijo que, si la naturaleza se oponía a sus designios, lucharía contra ella, y la sometería. Para los grandes hombres, y mujeres, no hay excusas.
Todo lo que se les pide, lo cual es fácil de pedir, pero no tan fácil de lograr, es que sean buenos profesionales, buenos rosaristas y buenas personas.
Como profesionales, sean buenos trabajadores y buenos economistas o financieros. Uno, como profesional, solo tiene dos futuros posibles: o es empleado, o es emprendedor. Los emprendedores son fundamentales para la sociedad, y su éxito es fácil de medir: la lograste, o no la lograste. Pero no todo el mundo tiene madera de emprendedor, y está bien que así sea. Una sociedad necesita emprendedores, pero no solamente emprendedores. Si uno escoge ser empleado, es bueno saber que uno debe jugar a ser la locomotora que arrastra los vagones, no la carga que va dentro de ellos. El mensaje es simple: como trabajadores, den más de lo que les piden. Piensen más y más rápido que sus jefes. Así pronto llegarán a ocupar los cargos que ellos ocupan.
En cuanto a la economía y las finanzas, se ha popularizado el mito de que Colombia es tierra de buenos economistas. Y eso es cierto, pero solo en un sentido limitado. Se ha enfatizado que el manejo económico colombiano es razonable, que tenemos una tradición de mantener la estabilidad macroeconómica y de pagar nuestras deudas. Cuando una mira nuestra historia, esa tradición bien puede ser más un mito que una realidad, pero, aun así, bien vale la pena mantenerla. Nuestro actual ministro de Hacienda, creo, simboliza esa sana tradición. Adicionalmente, en una bienvenida evolución, creo que hay toda una generación de economistas jóvenes con notables habilidades empíricas, sectoriales y microeconómicas. Todo eso está muy bien.
Pero también creo que hay dimensiones donde los economistas le hemos fallado al país. Por ejemplo, creo que Colombia aplazó inversiones vitales por mantener el equilibrio macroeconómico, y hoy es un país con un acervo de capital que no se compadece con su nivel de desarrollo. De otra parte, creo que uno de los grandes debates que no se han dado en Colombia, quizás porque todos sus protagonistas están todavía vivos, es cuál fue la responsabilidad de los técnicos colombianos en la gran crisis económica de 1999. Como un tercer ejemplo, habría que mencionar la crisis social que vive el país, que se refleja en el hecho de que, en términos de desigualdad, estemos entre los 10 o 15 peores países del mundo. Quizás la culpa de esto no sea solo de los economistas, pero la verdad es que es un hecho que nos avergüenza a todos.
Economistas colombianos de renombre internacional hay muy pocos, quizás solo uno, y ninguno con posibilidades de llegar a ser un premio Nobel. Me parece, por tanto, que la producción teórica colombiana es deficiente, y que eso ha limitado nuestra capacidad de entendernos a nosotros mismos. En este terreno me parece incluso que hemos retrocedido. En el pasado, las reflexiones sobre el desarrollo, sobre el desempleo, sobre la historia económica, sobre los problemas económicos vitales, me parece que eran más activas, si bien no se hacían, quizás, con el nivel de rigor necesario.
Pero ser buen economista no significa solamente hacer modelos matemáticos complejos o correr regresiones con las últimas técnicas estadísticas. Ser buen economista implica darse cuenta de que hay preguntas sobre el comportamiento social que todavía no sabemos responder muy bien, y cuyas respuestas son fundamentales para entendernos como sociedad y para resolver problemas como la pobreza y la desigualdad. Estoy tratando de decir, creo, que la técnica, por sí sola, no hace bueno al economista. No solo se trata de responder rigurosamente las preguntas que se nos plantean, sino de saber plantearnos las preguntas adecuadas.
Mi generación, creo yo, ha sido una de economistas técnicos pero ideologizados, convencidos de las bondades del libre mercado y la apertura, pero incapaces de contrastar la teoría con la realidad. Para mi generación, ser buen economista era ser neoliberal. Para nosotros, nuestros problemas se resolverían si sacáramos a los políticos y metiéramos al mercado a manejar las cosas. Hoy estoy convencido de que el mundo es más sutil, y que no basta con entender la esfera económica del funcionamiento social. No creo que en el mundo de hoy alguien pueda ser buen economista despreciando o ignorando la política, la sociedad y la historia.
Hoy, un buen economista es ante todo un buen científico social: un tipo que puede hablar con los sicólogos, con los antropólogos, con los politólogos, y no un tipo que se atrinchera en la jerga de los economistas para descalificar al resto con la pregunta de “¿y dónde está su modelo?”. Los más técnicos de nuestros ministros fueron sacrificados en el Congreso de la República porque su lenguaje técnico sonaba como, y quizás era, arrogancia, y hoy no nos sorprendemos de que tipos como Óscar Iván Zuluaga o Simón Gaviria, con un perfil más político que técnico, sean ministros de Hacienda o directores de Planeación Nacional. Hoy los economistas no pueden solo hablar con letras griegas y entre ellos, sino que tienen que hablar, también, en lengua vernácula y frente a todos los concernidos. La economía es demasiado importante para dejársela solo a los técnicos.
No sean dogmáticos con su conocimiento. Sé que es una tentación de la juventud, pero no crean que se las saben todas. Quién sabe si la economía es una ciencia, pero el sello distintivo de esta es la posibilidad de estar equivocado. El buen economista no es el que sabe qué dice el modelo, sino el que sabe si el modelo aplica a la realidad. Todo modelo, por bello que sea, si no es ratificado por la realidad, debe ser corregido o abandonado. Nuestra prueba ácida no es que nuestro conocimiento esté de acuerdo con nuestras ideas, sino que esté de acuerdo con la realidad.
Ese contraste con la realidad me parece vital. En estos días, ese reality check, como se dice en inglés, se practica en economía con lo que, en nuestra jerga, se denomina “formulación de políticas públicas basada en evidencia”. Debo decir que ese reality check, practicado de esa manera, me parece absolutamente insuficiente. El mundo hoy corre más rápido que las evaluaciones de impacto. No sé si estoy diciendo con claridad lo que quiero decir, pero, como diría Suso el paspi, para que no digan que no cito a grandes filósofos, el que me entendió me entendió.
Descubran la ideología que hay detrás de cada modelo. Algunos han querido convencernos de que, como la economía es una ciencia, en cuanto tal, no admite valores. Pamplinas. La economía no es solo la ciencia de la eficiencia: también es la ciencia de la justicia. No hay separación entre economía y política, así como tampoco hay separación entre política y valores. No les estoy diciendo que sean de derecha o de izquierda. Creo que todo ser humano maduro debe cultivar una posición política, pero es indispensable reconocer que nunca habrá unanimidad al respecto, y que tenemos que ser capaces de crear una sociedad donde todos, incluso los que piensan distinto de uno, puedan florecer. No solo como economistas, sino también como seres humanos, tenemos que aportar a la paz de Colombia.
A la economía a veces se le dice the dismal science, la ciencia lúgubre. A veces se dice que los estudiantes de economía son más egoístas que los estudiantes de otras disciplinas, que uno se vuelve más egoísta por estudiar economía. Si esas cosas se siguen repitiendo, que no sea por ustedes. Ojalá ustedes sean portadores de una economía de la esperanza y el altruismo. Las utopías pensadas por los economistas han resultado un desastre, como lo atestiguan la antigua Unión Soviética o la actual Venezuela. Releo esta frase y, la verdad, no sé si estos resultados se pueden atribuir a los economistas, o a la falta de ellos. En fin, ese sería todo un debate. Pero creo que mis puntos son dos: uno, no podemos renunciar a la utopía, y dos, no podemos abandonar el sentido práctico de las cosas.
Así que creo que lo que estoy proponiendo es la búsqueda del oxímoron de las utopías posibles. No causen daño por buscar lo imposible, pero tampoco se contenten con justificar lo malo de la realidad actual solo porque es la realidad actual. Las cosas son como son, pero la promesa del conocimiento es que es la comprensión la que permite la transformación social.
Como buenos rosaristas, ustedes son herederos de una tradición sobre la cual se ha construido Colombia, y que se respira muy fácilmente en estas paredes, tan llenas de historia. Ser rosarista es un honor que cuesta. Tal vez ustedes, que deambulan tanto por estas paredes, no lo notan tanto, pero para mí, que, como ya dije, no soy de este claustro, la tradición rosarista es un bien público de máximo valor. Colombia está hecha de lo que ha hecho el Rosario. Recuerden que en esta casa enseñó Mutis. Solo pensar que de esta casa salió Caldas a enfrentar su suerte se vuelve un pensamiento sobrecogedor. Piensen ustedes en esa figura conmovedora: el conocimiento saliendo a dar la vida por la Patria. Pocas universidades pueden decir que tienen una cafetería con una multitud de cuadros de presidentes de la república egresados de la universidad. Esa historia pesa y es un patrimonio, no solo de ustedes, sino de toda Colombia. Vivimos la vida bajo la sombra de nuestros mayores, y no podemos ser inferiores a su legado. Hoy ustedes entran a esa historia, y no como espectadores, sino como protagonistas. Desde hoy es el turno de ustedes.
Como personas, me parece que todos tenemos tres grandes responsabilidades: con nosotros mismos, con nuestras familias y con nuestra sociedad, tanto nacional como internacional. La primera responsabilidad de cada individuo es consigo mismo. Cada cual debe cultivarse, intelectual y moralmente. Nadie que no esté bien consigo mismo puede hacer el bien por los demás.
Esta institución ha sabido derivar las fuentes de su propuesta moral de la fe cristiana, y en esa fe, sea uno creyente o no, puede encontrar valiosos motivos de renovación y valiosas lecciones de vida. Hoy el papa Francisco es luz para todo el mundo, incluidos los no católicos, y se me antoja que Francisco no está más que renovando los esfuerzos educativos de un Cristóbal de Torres, o reeditando para hoy el mensaje del nazareno que murió en una cruz hace más de 2.000 años.
Colombia pasa hoy por una crisis de probidad. Hoy es normal ver que un exalcalde que pasó por estas aulas está en la cárcel por haber desfalcado a la ciudad, o que la comida de los colegios oficiales alcanza para dar contratos millonarios, pero no para dar comida a los niños de los colegios. Recuerden, por Dios, una cosa. No es más exitoso el que más tiene. No es cierto que el que tenga más juguetes al final de la vida gana. No se trata de acumular riquezas a toda costa. Hay una cuestión de modo que es fundamental. Ser famoso con el prestigio de Pablo Escobar es el mayor oprobio. La decencia es un valor que se ha perdido en Colombia, y que ustedes deben conservar. Ser profesional es un privilegio en Colombia, y el que más ha recibido más debe a la sociedad. Si los ladrones no merecen perdón, los ladrones de cuello blanco son más indignos aún. Hay que mantener la elegancia de la discreción, las buenas maneras y el buen hacer. El único patrimonio real de una persona es su buen nombre.
Atrás les dije que, en la vida, uno recibe más o menos lo que quiere. Eso que les dije es verdad, pero no es toda la verdad. La historia no queda completa si no se entiende que uno recibe más o menos lo que da. Esta idea es fácil de entender para un economista. Todo intercambio es un acto de reciprocidad. Pero, cuando esta noción se saca del ámbito del mercado, adquiere una profundidad insospechada. Llamémosla la lección de San Francisco: dando es como se recibe. La medida de nuestro éxito personal es el alcance de nuestra responsabilidad social. A todos nos gusta el aprecio y el reconocimiento social, pero ellos no vendrán si antes no hemos dado lo que nos corresponde.
En un sentido profundo, ustedes hoy generan la misma ternura que genera un bebé, con todo el futuro por delante. Como diría Miguel Mateos, en una canción que quizás revela demasiado mi edad, “nene, nene, ¿qué vas a hacer, cuando seas grande? ¿Una estrella de rock and roll, presidente de la nación?”. Cuando les estamos diciendo que ustedes tienen todo el futuro por delante, créanselo, porque es verdad. Hoy los mayores les estamos haciendo entrega a ustedes de ese bien tan preciado que es la esperanza en el futuro. Hagan con él lo que mejor puedan. Construyan un mejor mañana. Se les pide que tomen la posta, y que la entreguen un poco más lejos de donde la recibieron. El país que ustedes reciben hoy no es, en muchos sentidos, el mejor del mundo, así que tienen mucho trabajo por delante, pero aquí tampoco es que no hayan pasado cosas. Aquí se ha construido una nacionalidad, se han construido unas instituciones, se ha construido una base económica. Puede que la Colombia de hoy no sea una maravilla, pero cómo ha cambiado, y para bien, desde que yo tenía la edad de ustedes. Hay que seguir, y solo hay una dirección posible: hacia adelante. Hoy nosotros, seres ya mayores, vemos cómo ustedes ya pueden despegar, tomar vuelo, y eso nos llena de orgullo y de felicidad a todos nosotros. Con ustedes, queridos graduandos, nuestro futuro está en buenas manos. Me uno a sus seres queridos y a sus maestros en felicitarlos efusivamente, y en desearles lo mejor para sus vidas.
Quisiera, en primer lugar, agradecer el riesgo que tomó la Universidad, y muy en particular el decano Carlos Sepúlveda, al pedirme que les dirigiera a ustedes, queridos graduandos, unas palabras en este día. No sé si tenga los pergaminos o las canas necesarias para semejante encargo. Les ruego mucha indulgencia con estas palabras, que fueron preparadas a las carreras, sin mucha inspiración y sin mucho orden para ponerlas en un todo coherente.
Quiero comenzar por contar anécdotas personales que me atan a esta universidad. Yo soy uniandino, pero tengo una deuda de gratitud con el Rosario. Recién graduado de los Andes, mi primer trabajo fue aquí al lado, en el Banco de la República. Y tal vez esa proximidad sirvió para que mi primer trabajo como profesor fuera acá, en la Universidad del Rosario, que en esas épocas tal vez todavía era el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Acá me recibieron a pesar de mi juventud de entonces, de mi pelo largo, de mi arete, de mi falta de corbata y de mi irreverencia por los “doctores”, así entre comillas. En el Rosario de la época, eso era un sacrilegio, que fue aceptado de buen grado. En mi primera clase, los estudiantes no creyeron que yo fuera el profesor, y me tocó llamar a la decana de Derecho de la época, Marcela Monroy, para que los persuadiera de que yo no era una primiparada. Hice muchos amigos entre los estudiantes de esa época, que eran casi de mi misma edad, varios de los cuales aún conservo.
Aquí me pasaron cosas divertidas y terribles. Recuerdo que la universidad me exigía hacer exámenes orales, en los cuales yo no tenía experiencia. Hice uno que comenzó un viernes en la tarde, y que duró todo un fin de semana. La fiesta en el intermedio, animada con música de Soda Estéreo, para mí siempre será inolvidable. En otra ocasión, en plena clase y en voz alta, una alumna me pidió que me quitara la chaqueta, para poderme ver mejor las nalgas. Me imagino que la apuesta que debió ganar por ese atrevimiento tuvo que haber sido muy grande. Al menos una de mis estudiantes de esa época ya murió, y vine a enterrarla, con todo el dolor de mi alma, aquí a la Bordadita. Y estas historias no agotan todas las anécdotas que puedo contar de esas épocas. ¿Por qué cuento todo esto? Creo que una palabra lo resume todo: gratitud porque aquí comencé mi carrera de profesor. No tengo el honor de ser rosarista, pero tengo una deuda de gratitud enorme con este claustro.
Hoy es una fecha de celebración. Estamos celebrando su grado de economistas. Trabajaron duro para él, y es justo que hoy lo celebren. Así que felicitaciones para ustedes; para sus padres, que deben estar muy orgullosos; para la Universidad y sus profesores, que formaron una nueva cohorte de profesionales, y que deben sentirse satisfechos por la labor cumplida. Aquí hay motivo de regocijo para todo el mundo.
Los grados universitarios son un rito de paso, una iniciación, una ceremonia para marcar una conversión. Hasta hoy ustedes estaban en formación. Hasta hoy ustedes eran responsabilidad, primariamente, de otros: de sus padres, de sus familiares, de su Universidad. Hoy termina la preparación para la vida, y mañana será otra cosa.
Claro, el cambio no es tan abrupto como el rito lo sugiere: ustedes ya venían ganando independencia antes de este acto, y, de hecho, antes de llegar aquí, ya habían tomado algunas decisiones que serán cruciales para el resto de sus vidas. Por ejemplo, ustedes ya decidieron que querían ser economistas o financieros.
Esa decisión es importante, pero no determinante. Algunos de ustedes querrán ser economistas académicos, otros trabajarán en el sector financiero, otros estarán preocupados por el desarrollo, otros estarán en el tercer sector, otros venderán bienes raíces. La carrera que uno escoge marca un rumbo posible, pero no definitivo. Ya habrá tiempo para que la vida juegue sus dados, y para cambios voluntarios de rumbo y rectificaciones.
Además, cometerían un error muy grave si creen que sus procesos de formación para la vida terminan hoy. Si hay algo que hemos aprendido en el incesante cambio del mundo de hoy es que la formación no puede terminar con la juventud, y solo los que mantienen sus cabezas actualizadas evitan una obsolescencia precoz en un mundo que corre atropellado.
Pero los grados dan pie para reflexionar por un instante sobre los cambios que están sucediendo en sus vidas. Ya mañana ustedes serán profesionales, y deberán enfrentar el reto de vivir la vida como adultos. De mañana en adelante, sus vidas serán lo que ustedes quieran hacer con ellas. Desde mañana, los principales responsables de ustedes serán ustedes mismos.
Claro, el azar existe. Nadie sabe qué les deparará la vida. Algunos tendrán más oportunidades; otros menos. La vida traerá sorpresas, no cabe duda, y, no crean, los años son aleccionantes. Bien dice el dicho que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pero las personas más exitosas usualmente son aquellas que mantienen una consistencia de propósitos entre la juventud y la madurez. Si uno, desde joven, sabe para dónde va, la vida le alcanzará más fácilmente para llegar al puerto de destino.
Así que mi primer mensaje es que, en la vida, uno recibe más o menos lo que quiere. Si algún acierto tiene el pensamiento de derecha es que el individuo adulto es responsabilidad, principalmente, de sí mismo, no de las circunstancias, del Estado, de los familiares o del azar. Ejerzan con cuidado la gerencia de sus propias vidas, porque, hasta donde entiendo, a cada cual le toca una sola, y cada cual es responsable de la que le ha tocado en suerte. Nada es más odioso que una persona que utiliza sus circunstancias para explicar sus fracasos. Contra ese terrible mal, es bueno recordar la frase de Bolívar en la que dijo que, si la naturaleza se oponía a sus designios, lucharía contra ella, y la sometería. Para los grandes hombres, y mujeres, no hay excusas.
Todo lo que se les pide, lo cual es fácil de pedir, pero no tan fácil de lograr, es que sean buenos profesionales, buenos rosaristas y buenas personas.
Como profesionales, sean buenos trabajadores y buenos economistas o financieros. Uno, como profesional, solo tiene dos futuros posibles: o es empleado, o es emprendedor. Los emprendedores son fundamentales para la sociedad, y su éxito es fácil de medir: la lograste, o no la lograste. Pero no todo el mundo tiene madera de emprendedor, y está bien que así sea. Una sociedad necesita emprendedores, pero no solamente emprendedores. Si uno escoge ser empleado, es bueno saber que uno debe jugar a ser la locomotora que arrastra los vagones, no la carga que va dentro de ellos. El mensaje es simple: como trabajadores, den más de lo que les piden. Piensen más y más rápido que sus jefes. Así pronto llegarán a ocupar los cargos que ellos ocupan.
En cuanto a la economía y las finanzas, se ha popularizado el mito de que Colombia es tierra de buenos economistas. Y eso es cierto, pero solo en un sentido limitado. Se ha enfatizado que el manejo económico colombiano es razonable, que tenemos una tradición de mantener la estabilidad macroeconómica y de pagar nuestras deudas. Cuando una mira nuestra historia, esa tradición bien puede ser más un mito que una realidad, pero, aun así, bien vale la pena mantenerla. Nuestro actual ministro de Hacienda, creo, simboliza esa sana tradición. Adicionalmente, en una bienvenida evolución, creo que hay toda una generación de economistas jóvenes con notables habilidades empíricas, sectoriales y microeconómicas. Todo eso está muy bien.
Pero también creo que hay dimensiones donde los economistas le hemos fallado al país. Por ejemplo, creo que Colombia aplazó inversiones vitales por mantener el equilibrio macroeconómico, y hoy es un país con un acervo de capital que no se compadece con su nivel de desarrollo. De otra parte, creo que uno de los grandes debates que no se han dado en Colombia, quizás porque todos sus protagonistas están todavía vivos, es cuál fue la responsabilidad de los técnicos colombianos en la gran crisis económica de 1999. Como un tercer ejemplo, habría que mencionar la crisis social que vive el país, que se refleja en el hecho de que, en términos de desigualdad, estemos entre los 10 o 15 peores países del mundo. Quizás la culpa de esto no sea solo de los economistas, pero la verdad es que es un hecho que nos avergüenza a todos.
Economistas colombianos de renombre internacional hay muy pocos, quizás solo uno, y ninguno con posibilidades de llegar a ser un premio Nobel. Me parece, por tanto, que la producción teórica colombiana es deficiente, y que eso ha limitado nuestra capacidad de entendernos a nosotros mismos. En este terreno me parece incluso que hemos retrocedido. En el pasado, las reflexiones sobre el desarrollo, sobre el desempleo, sobre la historia económica, sobre los problemas económicos vitales, me parece que eran más activas, si bien no se hacían, quizás, con el nivel de rigor necesario.
Pero ser buen economista no significa solamente hacer modelos matemáticos complejos o correr regresiones con las últimas técnicas estadísticas. Ser buen economista implica darse cuenta de que hay preguntas sobre el comportamiento social que todavía no sabemos responder muy bien, y cuyas respuestas son fundamentales para entendernos como sociedad y para resolver problemas como la pobreza y la desigualdad. Estoy tratando de decir, creo, que la técnica, por sí sola, no hace bueno al economista. No solo se trata de responder rigurosamente las preguntas que se nos plantean, sino de saber plantearnos las preguntas adecuadas.
Mi generación, creo yo, ha sido una de economistas técnicos pero ideologizados, convencidos de las bondades del libre mercado y la apertura, pero incapaces de contrastar la teoría con la realidad. Para mi generación, ser buen economista era ser neoliberal. Para nosotros, nuestros problemas se resolverían si sacáramos a los políticos y metiéramos al mercado a manejar las cosas. Hoy estoy convencido de que el mundo es más sutil, y que no basta con entender la esfera económica del funcionamiento social. No creo que en el mundo de hoy alguien pueda ser buen economista despreciando o ignorando la política, la sociedad y la historia.
Hoy, un buen economista es ante todo un buen científico social: un tipo que puede hablar con los sicólogos, con los antropólogos, con los politólogos, y no un tipo que se atrinchera en la jerga de los economistas para descalificar al resto con la pregunta de “¿y dónde está su modelo?”. Los más técnicos de nuestros ministros fueron sacrificados en el Congreso de la República porque su lenguaje técnico sonaba como, y quizás era, arrogancia, y hoy no nos sorprendemos de que tipos como Óscar Iván Zuluaga o Simón Gaviria, con un perfil más político que técnico, sean ministros de Hacienda o directores de Planeación Nacional. Hoy los economistas no pueden solo hablar con letras griegas y entre ellos, sino que tienen que hablar, también, en lengua vernácula y frente a todos los concernidos. La economía es demasiado importante para dejársela solo a los técnicos.
No sean dogmáticos con su conocimiento. Sé que es una tentación de la juventud, pero no crean que se las saben todas. Quién sabe si la economía es una ciencia, pero el sello distintivo de esta es la posibilidad de estar equivocado. El buen economista no es el que sabe qué dice el modelo, sino el que sabe si el modelo aplica a la realidad. Todo modelo, por bello que sea, si no es ratificado por la realidad, debe ser corregido o abandonado. Nuestra prueba ácida no es que nuestro conocimiento esté de acuerdo con nuestras ideas, sino que esté de acuerdo con la realidad.
Ese contraste con la realidad me parece vital. En estos días, ese reality check, como se dice en inglés, se practica en economía con lo que, en nuestra jerga, se denomina “formulación de políticas públicas basada en evidencia”. Debo decir que ese reality check, practicado de esa manera, me parece absolutamente insuficiente. El mundo hoy corre más rápido que las evaluaciones de impacto. No sé si estoy diciendo con claridad lo que quiero decir, pero, como diría Suso el paspi, para que no digan que no cito a grandes filósofos, el que me entendió me entendió.
Descubran la ideología que hay detrás de cada modelo. Algunos han querido convencernos de que, como la economía es una ciencia, en cuanto tal, no admite valores. Pamplinas. La economía no es solo la ciencia de la eficiencia: también es la ciencia de la justicia. No hay separación entre economía y política, así como tampoco hay separación entre política y valores. No les estoy diciendo que sean de derecha o de izquierda. Creo que todo ser humano maduro debe cultivar una posición política, pero es indispensable reconocer que nunca habrá unanimidad al respecto, y que tenemos que ser capaces de crear una sociedad donde todos, incluso los que piensan distinto de uno, puedan florecer. No solo como economistas, sino también como seres humanos, tenemos que aportar a la paz de Colombia.
A la economía a veces se le dice the dismal science, la ciencia lúgubre. A veces se dice que los estudiantes de economía son más egoístas que los estudiantes de otras disciplinas, que uno se vuelve más egoísta por estudiar economía. Si esas cosas se siguen repitiendo, que no sea por ustedes. Ojalá ustedes sean portadores de una economía de la esperanza y el altruismo. Las utopías pensadas por los economistas han resultado un desastre, como lo atestiguan la antigua Unión Soviética o la actual Venezuela. Releo esta frase y, la verdad, no sé si estos resultados se pueden atribuir a los economistas, o a la falta de ellos. En fin, ese sería todo un debate. Pero creo que mis puntos son dos: uno, no podemos renunciar a la utopía, y dos, no podemos abandonar el sentido práctico de las cosas.
Así que creo que lo que estoy proponiendo es la búsqueda del oxímoron de las utopías posibles. No causen daño por buscar lo imposible, pero tampoco se contenten con justificar lo malo de la realidad actual solo porque es la realidad actual. Las cosas son como son, pero la promesa del conocimiento es que es la comprensión la que permite la transformación social.
Como buenos rosaristas, ustedes son herederos de una tradición sobre la cual se ha construido Colombia, y que se respira muy fácilmente en estas paredes, tan llenas de historia. Ser rosarista es un honor que cuesta. Tal vez ustedes, que deambulan tanto por estas paredes, no lo notan tanto, pero para mí, que, como ya dije, no soy de este claustro, la tradición rosarista es un bien público de máximo valor. Colombia está hecha de lo que ha hecho el Rosario. Recuerden que en esta casa enseñó Mutis. Solo pensar que de esta casa salió Caldas a enfrentar su suerte se vuelve un pensamiento sobrecogedor. Piensen ustedes en esa figura conmovedora: el conocimiento saliendo a dar la vida por la Patria. Pocas universidades pueden decir que tienen una cafetería con una multitud de cuadros de presidentes de la república egresados de la universidad. Esa historia pesa y es un patrimonio, no solo de ustedes, sino de toda Colombia. Vivimos la vida bajo la sombra de nuestros mayores, y no podemos ser inferiores a su legado. Hoy ustedes entran a esa historia, y no como espectadores, sino como protagonistas. Desde hoy es el turno de ustedes.
Como personas, me parece que todos tenemos tres grandes responsabilidades: con nosotros mismos, con nuestras familias y con nuestra sociedad, tanto nacional como internacional. La primera responsabilidad de cada individuo es consigo mismo. Cada cual debe cultivarse, intelectual y moralmente. Nadie que no esté bien consigo mismo puede hacer el bien por los demás.
Esta institución ha sabido derivar las fuentes de su propuesta moral de la fe cristiana, y en esa fe, sea uno creyente o no, puede encontrar valiosos motivos de renovación y valiosas lecciones de vida. Hoy el papa Francisco es luz para todo el mundo, incluidos los no católicos, y se me antoja que Francisco no está más que renovando los esfuerzos educativos de un Cristóbal de Torres, o reeditando para hoy el mensaje del nazareno que murió en una cruz hace más de 2.000 años.
Colombia pasa hoy por una crisis de probidad. Hoy es normal ver que un exalcalde que pasó por estas aulas está en la cárcel por haber desfalcado a la ciudad, o que la comida de los colegios oficiales alcanza para dar contratos millonarios, pero no para dar comida a los niños de los colegios. Recuerden, por Dios, una cosa. No es más exitoso el que más tiene. No es cierto que el que tenga más juguetes al final de la vida gana. No se trata de acumular riquezas a toda costa. Hay una cuestión de modo que es fundamental. Ser famoso con el prestigio de Pablo Escobar es el mayor oprobio. La decencia es un valor que se ha perdido en Colombia, y que ustedes deben conservar. Ser profesional es un privilegio en Colombia, y el que más ha recibido más debe a la sociedad. Si los ladrones no merecen perdón, los ladrones de cuello blanco son más indignos aún. Hay que mantener la elegancia de la discreción, las buenas maneras y el buen hacer. El único patrimonio real de una persona es su buen nombre.
Atrás les dije que, en la vida, uno recibe más o menos lo que quiere. Eso que les dije es verdad, pero no es toda la verdad. La historia no queda completa si no se entiende que uno recibe más o menos lo que da. Esta idea es fácil de entender para un economista. Todo intercambio es un acto de reciprocidad. Pero, cuando esta noción se saca del ámbito del mercado, adquiere una profundidad insospechada. Llamémosla la lección de San Francisco: dando es como se recibe. La medida de nuestro éxito personal es el alcance de nuestra responsabilidad social. A todos nos gusta el aprecio y el reconocimiento social, pero ellos no vendrán si antes no hemos dado lo que nos corresponde.
En un sentido profundo, ustedes hoy generan la misma ternura que genera un bebé, con todo el futuro por delante. Como diría Miguel Mateos, en una canción que quizás revela demasiado mi edad, “nene, nene, ¿qué vas a hacer, cuando seas grande? ¿Una estrella de rock and roll, presidente de la nación?”. Cuando les estamos diciendo que ustedes tienen todo el futuro por delante, créanselo, porque es verdad. Hoy los mayores les estamos haciendo entrega a ustedes de ese bien tan preciado que es la esperanza en el futuro. Hagan con él lo que mejor puedan. Construyan un mejor mañana. Se les pide que tomen la posta, y que la entreguen un poco más lejos de donde la recibieron. El país que ustedes reciben hoy no es, en muchos sentidos, el mejor del mundo, así que tienen mucho trabajo por delante, pero aquí tampoco es que no hayan pasado cosas. Aquí se ha construido una nacionalidad, se han construido unas instituciones, se ha construido una base económica. Puede que la Colombia de hoy no sea una maravilla, pero cómo ha cambiado, y para bien, desde que yo tenía la edad de ustedes. Hay que seguir, y solo hay una dirección posible: hacia adelante. Hoy nosotros, seres ya mayores, vemos cómo ustedes ya pueden despegar, tomar vuelo, y eso nos llena de orgullo y de felicidad a todos nosotros. Con ustedes, queridos graduandos, nuestro futuro está en buenas manos. Me uno a sus seres queridos y a sus maestros en felicitarlos efusivamente, y en desearles lo mejor para sus vidas.
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