Friday, June 13, 2014

La Silla Vacía: una aclaración necesaria

Me acabo de enterar, a través de Twitter, de que el portal La silla vacía publicó un artículo, “Los expertos que se le escaparon a Buen Gobierno”, que afirma que muchos expertos que estuvieron vinculados con la Fundación Buen Gobierno terminaron en otras campañas, en particular la de OIZ, y mencionan mi caso. Quiero precisar la información, por lo menos en lo que a mí concierne. Para comenzar, siento una profunda simpatía por Santos. A finales del año pasado, pensaba que, si el país estaba abocado a una polarización entre el uribismo y el antiuribismo, yo me inclinaría por lo segundo. Pero también pensaba que estaban dadas todas las condiciones para una tercería, y, es más, la deseaba. Sin embargo, en ausencia de esa tercería, no me quedaba duda de que yo debía apoyar el antiuribismo, o, si ustedes quieren, el santismo.

Supe que la Fundación Buen Gobierno había organizado unas mesas para estudiar temas programáticos, pero nunca asistí a sus reuniones. Ahora me entero de que yo formaba parte de la lista de la mesa de empleo. Si me hubiera enterado a tiempo, hubiera ido con gusto. Hice algunos intentos para vincularme con la campaña: llamé a Juan José Echavarría algunas veces, pero nunca obtuve respuesta. Quizás nunca recibió mis mensajes. Entiendo lo difícil que es administrar a todas las personas que quieren vincularse a una campaña, y supuse que ya tenían equipos lo suficientemente bien conformados. O quizás simplemente hubo problemas de comunicación: la realidad es que nunca hice nada en la campaña de Santos, aunque, lo reconozco, me hubiera gustado.

El tiempo pasó, y la campaña de Santos empezó a desdibujarse. Empecé a creer en la posibilidad de una tercería. Aprovechando la coincidencia de mi salida de Asobancaria, fui invitado a participar en la campaña de Marta Lucía Ramírez, pero terminé vinculándome a la campaña de Peñalosa. Pensé que tendría valor trabajar en una tercería que sería refrescante para la política, y que incluso podría tener éxito político. Trabajé breve pero lealmente en la campaña de Peñalosa, y, desde mi punto de vista, esa es la única campaña en la que he trabajado en estas elecciones presidenciales.

Después de la derrota de Peñalosa en primera vuelta, algunos peñalosistas se han ido para donde Santos, otros al voto en blanco y otros donde Zuluaga. Tal vez sería justo decir que algunos peñalosistas “políticos” se han ido donde Santos, y algunos peñalosistas “técnicos” han sido invitados a formar parte de la campaña de Zuluaga. Yo quiero dejar claro que, hasta hoy, no me he ido a ninguna campaña. Entiendo que hoy (viernes 13 de junio) hay una reunión entre peñalosistas “técnicos” y Zuluaga. Yo estoy invitado y, si voy, sería mi primer contacto con Zuluaga en esta campaña, y sin lugar a dudas mi presencia no podría ser interpretada como una “adhesión” a su campaña.

A Zuluaga como persona le tengo aprecio. Trabajé cerca de él cuando fui coordinador del Plan Nacional de Desarrollo 2006-2010 y luego gerente nacional de competitividad. Tengo la mejor opinión de él como individuo. Entiendo que la política lo ha puesto en una posición que no me gusta, y me dolió mucho verlo diciéndole a Santos que es una persona a la cual no se le puede tener respeto. Eso habló más mal de Zuluaga que de Santos. Pero en fin. La política tiene ese tipo de cosas, y no hay que darle más importancia de la que tiene.

Mi punto de fondo es el siguiente: prefiero para el país el tipo de proyecto político que representa Santos que el que representa Zuluaga. Algunos han dicho que aquí se enfrentan los hombres auto-hechos de provincia contra los hombres herederos de la oligarquía bogotana; los dueños del capital contra los dueños de la tierra; la modernidad contra el feudalismo. Creo que hay algo de razón en todo eso. Pero, como dijo Marcela Prieto, directora del Instituto de Ciencia Política, en una entrevista reciente, los dos proyectos políticos no son tan distintos. Sin embargo, sí se diferencian en un punto clave: la voluntad de una mayor apertura democrática para lograr la paz. Yo creo profundamente en la necesidad de esa mayor apertura democrática. Por eso voy a votar por Santos. Pero no por esa razón voy a volver a Zuluaga mi enemigo. No sería coherente. Él y yo compartiremos el futuro de nuestro país. Y, es más, si él logra desmarcarse de Uribe, hasta no sería mal presidente de Colombia.

Sunday, September 9, 2012

12-09-09: Un cuento de conquista imperial


A comienzos de este año intenté hacer una especialización en narración creativa en la Universidad Central. Fue una experiencia fallida, porque no pude conciliar el trabajo con el estudio. Pero este fue uno de los resultados de ese esfuerzo.

Quién sabe el momento exacto. Quizás fue en 1588, cuando la Armada Invencible de Felipe II de España no pudo derrotar a la marina inglesa de la reina Isabel. O tal vez fue en 1805, cuando la flota británica comandada por Horacio Nelson derrotó a la flota franco-española en Trafalgar. El caso es que Inglaterra se convirtió en la reina de los mares, y sus barcos sirvieron para establecer las más extensas rutas comerciales y el más grande imperio sobre la tierra. En su momento de mayor expansión, el imperio británico gobernó sobre un cuarto del territorio del planeta y sobre un quinto de su población. Desde la caída de Napoleón, en 1815, hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, en lo que se conoce como el “siglo imperial”, Gran Bretaña fue el poder global por excelencia. Durante buena parte de ese período, el Reino Unido de Gran Bretaña (que reúne a Inglaterra, Escocia y Gales) e Irlanda del Norte fue regentado por Victoria, que fue reina durante el período 1837-1901, de modo que el esplendor inglés más o menos coincide con el período victoriano.

El poder británico no solo era económico, tecnológico y militar. Es cierto que los barcos ingleses llegaron a todos los rincones del planeta en busca de oportunidades comerciales, y que ese afán comercial era visto con desprecio por los enemigos de Inglaterra. Se cuenta que Napoleón, refiriéndose despectivamente de los británicos, repetía una frase que se encuentra publicada en La riqueza de las naciones de Adam Smith: la Inglaterra no es más que una nación de tenderos. Los franceses empezaron a llamar a esos nuevos ricos, a esos parvenus, “la pérfida Albión”. Pero fue sobre la base de las riquezas que produjo el comercio que Inglaterra construyó su imperio.

El imperio no fue solo comercial, sino que fue resultado de una feliz coincidencia de situaciones. Otro factor que contribuyó a su conformación fue el desarrollo tecnológico. Al tiempo con el desarrollo comercial, hubo un desarrollo tecnológico sin precedentes que luego fue bautizado en los libros de historia económica como la “revolución industrial”. Esta revolución tuvo como símbolos la máquina hiladora, la máquina de vapor y el ferrocarril. Así, el “centro” empezó a producir bienes manufacturados, y la “periferia” debió contentarse con producir las materias primas indispensables para el “centro”. El imperio fue el resultado de la reorganización a escala planetaria de la actividad económica.

De esta manera, Inglaterra no solo inventó el capitalismo industrial mundial, sino la justificación teórica de por qué ese arreglo estaba bien. Marx escribió, desde la British Library, que el hogar clásico del régimen capitalista de producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden era Inglaterra, y David Ricardo escribió que el libre comercio es bueno para todos los que participan en él, y que ese principio explica por qué Francia y Portugal deben producir vino; América y Polonia, maíz; e Inglaterra,  bienes manufacturados.

Y de la mano del comercio, la economía y la tecnología vino el poder militar. La superioridad militar siempre se ha basado en la superioridad tecnológica. Pizarro y Cortés sometieron a incas y aztecas, a pesar de una apabullante inferioridad numérica, gracias esencialmente a tecnologías que los americanos desconocían: el barco trasatlántico, el caballo, el acero de la espada, la pólvora. Igual pasó con el imperio británico. Los ingleses llegaron con una tecnología que superaba todo lo conocido por los locales. Como escribió el poeta victoriano Hilaire Belloc, “Whatever happens, we have got / The Maxim gun and they have not” (suceda lo que suceda, nosotros tenemos / la ametralladora Maxim y ellos no).

Pero la más aterradora de las superioridades imperiales no era comercial, tecnológica o militar. Era moral. Para los británicos imperiales el mundo se dividía en dos: los civilizados y los salvajes. En la cúspide del mundo civilizado se hallaba el gentleman británico. Así como la Roma clásica se concebía a sí misma como una isla de civilización en un mar de barbarie, la Inglaterra victoriana se concebía a sí misma como un faro de civilización que debía orientar al resto del mundo. No se trataba solo de incorporar a los lugares más remotos del mundo a los flujos de comercio; se trataba de civilizarlos.

El programa era simple. Había que rellenar el mapa del mundo. Había que ir a todos los lugares de la tierra, y mapearlos. Y, en ese proceso, había que abrir nuevas rutas de comercio, y civilizar a los salvajes. Para este programa, el conocimiento geográfico era central. En 1830, los británicos crearon la Royal Geographic Society (RGS) en una usanza no muy distinta de la ya venerable Royal Society, creada en 1660 para promover el avance científico. Ya no era tolerable tener mapas de continentes de los que solo se conocían las costas. Había que mapear completamente el mundo. Y la RGS se dedicó a patrocinar expediciones para obtener el conocimiento geográfico del que se carecía.

Una de esas expediciones fue el viaje del Beagle alrededor del mundo. En 1825 el almirantazgo británico ordenó un viaje de reconocimiento de las costas meridionales de América del Sur. En 1826 dos barcos acometieron el viaje: el Adventure, bajo el mando de Phillip Parker King, quien además era el comandante en jefe de la expedición, y el Beagle, bajo el mando de Pringle Stokes. Durante el viaje, Stokes se suicidó, y, después de un período en el que King había designado como comandante del Beagle al segundo a bordo, el contraalmirante Robert Otway, Comandante en Jefe de la Estación Naval Sudamericana, localizada en Río de Janeiro, impuso como comandante del Beagle a su ayuda de órdenes, el joven teniente de 23 años Robert FitzRoy.

El nombramiento de FitzRoy como comandante del Beagle habría de tener consecuencias inesperadas. El joven comandante continuó con el trabajo científico del Beagle, concentrado en temas cartográficos e hidrográficos. Pero también embarcó a cuatro jóvenes indígenas de la Tierra del Fuego, tres hombres y una niña, se dice que como castigo porque su gente había robado un bote ballenero de la marina británica.

Así se inició un curioso experimento de ingeniería social. Los indígenas fueron bautizados con nombres ingleses (York Minster, Boat Memory, Jeremy —Jemmy— Button y Fuegia Basket) y llevados a Inglaterra. La idea era educarlos en las maneras inglesas y luego devolverlos al Cabo de Hornos, para que ellos se encargaran de llevar a su pueblo la civilización y el cristianismo. Boat Memory pronto sucumbió a la viruela en Inglaterra. Pero los otros tres fueron objeto de un considerable interés. Casi nadie en Inglaterra había visto de primera mano a un “salvaje”, de modo que su presencia en Londres causó sensación. De hecho fueron recibidos por el mismísimo rey de Inglaterra, Guillermo IV, y su esposa Adelaida.

Pero el experimento de ingeniería social no salió bien. Los problemas comenzaron cuando encontraron a York Minster y a Fuegia Basket “abrazándose amorosamente”. La noticia afectó profundamente a FitzRoy. Todo lo que les había enseñado, al parecer, no había servido para nada. Además, Fuegia tenía solo 11 años, y FitzRoy temía que un embarazo de una niña de esa edad fuera un escándalo nacional. Fitzroy decidió que había que devolverlos a su tierra.

Así nació el segundo viaje del Beagle, que terminaría por darle la vuelta al mundo. En ese viaje FitzRoy vio cómo su experimento de ingeniería social terminó por deshacerse en pedazos. Recién desembarcados, York Minster y Fuegia Basket robaron a Jemmy Button; el pueblo de Button arrasó la misión que los británicos establecieron en el Cabo de Hornos; el hijo de Button terminó como asesino de los marineros que se aventuraban por esas latitudes; y Fuegia Basket, convertida ya en una mujer madura, se encargaba de darles alivio sexual a esos mismos marineros.

Quizás haya servido como consuelo para FitzRoy que, durante el segundo viaje del Beagle, el hombre de ciencia que había buscado para que lo acompañara en el viaje, Charles Darwin, recopiló la abundante evidencia que después le serviría para formular la teoría de la evolución. Esta misma teoría, en manos de mentes victorianas tendenciosas, también serviría tanto para que los clérigos se burlaran de los antepasados simiescos de los evolucionistas, como para dar sustento teórico a la idea de la supremacía británica: esta no sería más que otro ejemplo de la “supervivencia de los más aptos”.

Otra de las expediciones patrocinadas por la RGS fueron los viajes de exploración de David Livingstone por el continente africano, con la esperanza de abrir el río Zambezi para el comercio y de descubrir el nacimiento del río Nilo. Livingstone “descubrió” las cataratas Victoria y duró “perdido” durante seis años en África hasta que Henry Morton Stanley, en una expedición financiada por el New York Herald, lo halló, saludándolo con una frase que haría historia: “Dr. Livingstone, I presume?” (¿El Dr. Livingstone, supongo?). El mote de Livingstone era “cristianismo, comercio y civilización”: un resumen perfecto de la mentalidad victoriana.

Para finales del siglo XIX, muy poco del mundo quedaba por mapear. Solo faltaban los polos y los Himalayas. Llegar a los polos se convirtió en una obsesión. Y ya no era solo una obsesión británica. Entre 1908 y 1909 dos americanos, Frederick Cook y Robert Peary, afirmaron haber llegado al polo norte, pero la afirmación de Cook pronto fue cuestionada, y la misma suerte corrió la afirmación de Peary, aunque un poco más tarde. Se volvió entonces un asunto de honor para los británicos llegar al polo sur. Había que hacerlo, además, al modo británico. Era una carrera, es cierto, pero no debía parecer una carrera. Se trataba de llegar primero, pero dando la apariencia de que el propósito prosaico de ser el primero en el polo sur estaba envuelto en un manto de investigación científica y de juego limpio.

Robert Falcon Scott hizo un primer intento. Luego Ernest Shackleton hizo un segundo. Estuvo a solo cien millas su objetivo, pero no lo logró. Entonces Scott lanzó su segunda expedición al polo sur, que lo haría eternamente famoso. Después de haber partido, recibió un telegrama del explorador noruego Roald Amundsen, quien había aparentado hacer un inofensivo viaje por aguas árticas, pero que ahora informaba que su verdadera meta era el polo sur. La conquista del polo sur era ahora una carrera.

El caso es que Amundsen llegó de primero al polo sur, el 14 de diciembre de 1911. Su viaje fue rápido y libre de peligros. Scott también llegó al polo sur, unos 30 días después que Amundsen, el 17 de enero de 1912. El viaje de Scott, a diferencia del de Amundsen, no solo estuvo marcado por la decepción, sino también por la tragedia. No solo Scott vio que había sido derrotado en su intento por llegar al polo de primero, sino que, además, él y su grupo no fueron capaces de retornar con vida del intento. Scott vio morir a sus hombres uno a uno. Primero fue Edgar Evans quien cayó en un coma profundo y no se volvió a recuperar. Luego fue Lawrence Oates, quien sabía que estaba mal físicamente y que estaba demorando a sus compañeros. Decidió entonces cometer uno de los suicidios más famosos de la historia. El 16 de marzo de 1912 les dijo a sus compañeros que iba a dar una vuelta y que quizás le iba a tomar algún tiempo. Luego, el grupo restante fue atrapado por una tormenta que terminó por minar todas las provisiones y energías. Los tres hombres que quedaban murieron de frío, cansancio y hambre extremos  en el refugio precario de su tienda, a solo 11 millas de un depósito de abastecimientos que hubiera podido salvarles las vidas. Sus cuerpos, sus diarios, sus fotografías, fueron descubiertos posteriormente, y hoy son parte de la leyenda. Una cruz en Observation Hill, en la Antártida, recuerda a Scott y sus hombres. Está marcada con unas palabras de un poema de Tennyson: "One equal temper of heroic hearts, / Made weak by time and fate, but strong in will / To strive, to seek, to find, and not to yield" ("un temperamento similar de corazones heroicos / debilitados por el tiempo y la fortuna, pero fuertes en voluntad / Luchar, buscar, encontrar, y no ceder").

El éxito de Amundsen y el fracaso trágico de Scott han sido ampliamente discutidos. Amundsen fue al polo y volvió en trineos tirados por perros, que convenientemente iba sacrificando en la medida en que se agotaban las provisiones, para obtener carne fresca. Sus hombres dominaban la técnica del ski. Scott, por su parte, consideró todas las tecnologías posibles, incluidos los tractores mecánicos, los ponis siberianos y los perros, pero, al final, fueron sus hombres los que jalaron los trineos de provisiones por más de tres cuartas partes del viaje, una caminata de unas 1.600 millas en el frío antártico. Mil otros factores han sido considerados: el vestuario, la comida, el clima. Al final, Scott hizo responsable de su infortunio a la mala suerte. Amundsen, en cambio, sugirió que la mala suerte de Scott fue resultado de su mala preparación. El logro de Amundsen fue el resultado de una concentración exclusiva en el objetivo de llegar al polo, sin ninguna arandela científica, y de una cuidadosa preparación. Scott, por su parte, se convirtió en el símbolo del estoicismo británico frente a la adquisición de conocimiento y la adversidad. Desde el punto de vista británico, Amundsen no jugó limpio. No solo anunció que estaba en el juego solo hasta el último minuto, sino que hizo un uso de los perros de los trineos que era inconcebible para los británicos: Amundsen tenía previsto usar los perros, no solo como medio de locomoción, sino, horror de los horrores, también como alimento. Lord Curzon, el director de la RGS, al brindar por el éxito de Amundsen, lo hizo sarcásticamente en nombre de sus perros, un desplante que Amundsen respondería renunciando a la membresía honoraria de la Sociedad.

Conquistado el polo sur por los noruegos, a los británicos ya solo les quedaban dos metas: cruzar la Antártida por el polo y escalar el Everest. Shackleton intentó hacer lo primero, sin éxito, pero su viaje, que comenzó el 5 de diciembre de 1914, entró en la leyenda. Su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo, que terminó despedazando la embarcación. La tribulación hizo campamento en el hielo, donde sobrevivió por casi dos años. Después de alcanzar tierra firme, Shackleton se lanzó al mar en un bote salvavidas para buscar rescate. Navegó unas 800 millas para llegar a las isla ballenera de South Georgia. Allí llegó en medio de un temporal. Tuvo que cruzar la isla (51 km) a pie para encontrar la ayuda que buscaba, que le permitió rescatar con vida, el 30 de agosto de 1916, a todos los hombres que había dejado en la Antártida.

La Primera Guerra Mundial demoró los intentos por conquistar el Everest. La guerra que habría de acabar todas las guerras terminó siendo una carnicería que acabó con la inocencia de quienes la sobrevivieron. El Everest era la última gran meta, el último gran objetivo para el orgullo británico. Entre 1921 y 1924 los británicos mandaron tres expediciones al Everest. De todas ellas formó parte George Mallory. La primera sirvió para reconocer el terreno. La segunda para entender que un ascenso sin oxígeno sería casi imposible. En la tercera se debía conquistar la cima. Poco antes de esa tercera expedición, en una gira por los Estados Unidos, a Mallory le preguntaron por qué quería ascender al Everest. Su respuesta se volvió famosa: "Because it's there" (porque está allá). En la tercera expedición, Mallory fue visto, junto con Sandy Irvine, "yendo fuerte hacia la cima". No se sabe si la alcanzó. Ninguno de los dos bajó con vida del intento.

Solo hasta 1953 se escaló el Everest. Para esa fecha, ya la India no formaba parte del Imperio Británico. Cinco años antes, el poderío británico había sido derrotado por un indio flacuchento que pregonaba la no violencia. La conquista del Everest, por un neozelandés y un nepalés, Edmund Hillary y Tenzing Norgay, no fue anunciada inmediatamente en el Reino Unido, para no opacar la ceremonia de coronación de la reina Isabel II. En 1978 Reinhold Messner, un italiano tirolés, escalaría por primera vez el Everest sin oxígeno suplementario, en lo que algunos consideran el primer "verdadero" ascenso de esa montaña. En 1996 un ascenso al Everest altamente comercializado cobró la vida de ocho personas en un solo día y de 15 en toda la temporada de escalada, lo que abrió un enorme debate sobre el propósito de subir a la montaña más alta del mundo.

En 1999 se armó una expedición sobre la idea de que, si Mallory en efecto había sido el primero en escalar el Everest, había una forma de saberlo: si había llegado a la cima, seguramente se habría tomado una foto, y la cámara, a esas alturas, debía haberse conservado. El propósito de la expedición era encontrar la cámara y, por esa vía, resolver de una vez por todas la pregunta de si Mallory había llegado a la cima del Everest. La cámara no fue encontrada, así que el misterio permanece. Pero la expedición encontró lo que es quizás un mayor trofeo: el cuerpo de Mallory. Alejado de la ruta que debía seguir, es claro que Mallory, el escalador por excelencia, había caído por una ladera y se había roto una pierna. Boca abajo, seguía aferrado a la montaña que le había costado la vida. Parte de su precario equipo ha sido después exhibido en algunos museos del mundo. Quizás es el cuerpo de Irvine el que tenga la cámara que devele el misterio de quién escaló el Everest primero. Pero, aunque su hacha fue hallada en 1933 y su cuerpo fue aparentemente visto por un escalador chino en 1975, nadie lo ha vuelto a ver.

En 1997 Gran Bretaña devolvió el control de Hong Kong a los chinos. Hace casi exactamente 100 años Scott murió en el polo sur. Quién sabe cuándo se acabaron los sueños imperiales británicos de conquistar todos los rincones del mundo. Pero todos los seres humanos seguimos, con diversos grados de éxito, en la tarea que Tennyson describió tan bien: luchar, buscar, encontrar y no ceder.

Sunday, September 2, 2012

12-09-02: En defensa del proceso de paz de Santos


El presidente Santos ha decidido dar uno de los pasos más audaces de su gobierno: iniciar un proceso de paz con las Farc y el ELN. El paso es audaz por muchas razones, pero una de las principales es que hay un numeroso e influyente grupo de enemigos de la paz dentro del establecimiento, que se opone a la estrategia de una paz negociada con la guerrilla. Sin embargo, según una encuesta reciente, una mayoría de la población (el 60 por ciento) apoya los acercamientos con la guerrilla.

Escribo esta nota porque, en mi opinión, el proceso de paz del presidente Santos merece apoyo. Creo que no hay que dejarse apabullar por las voces del establecimiento que se oponen al proceso de paz, que provienen especial, pero no únicamente, de la derecha. Que la derecha se oponga al proceso de paz no es sorprendente. Al fin y al cabo, ellos creen que el único guerrillero bueno es un guerrillero muerto, y que la única paz posible es la de la victoria militar.

A la derecha hay que reconocerle que nos enseñó que no había que ser derrotistas frente a la guerrilla, y que podíamos hacerle frente con un fortalecimiento del Estado. Y se alcanzaron logros notables, como las bajas de Raúl Reyes, el Mono Jojoy y Alfonso Cano. Las Farc están disminuidas, pero no derrotadas. La pregunta es si este es un buen momento para iniciar un proceso de paz, o si, por el contrario, iniciando conversaciones echamos para atrás todos los avances militares.

Yo convengo en que nuestra experiencia con los procesos de paz no ha sido la más favorable. Creo que el problema ha estado en la ingenuidad del establecimiento, que ha creído que la guerrilla quiere la paz. Yo creo que para la guerrilla las opciones tienen que ser claras: o acepta la paz o el Estado la destruye. Las negociaciones tienen que hacerse con la perspectiva clara de que, si la guerrilla no las acepta, el único futuro que le espera es un Estado decidido a perseguirlas y aniquilarlas.

Entonces, ¿para qué un proceso de paz? En síntesis, para ahorrarle sufrimiento al país. Si no hay proceso de paz, el Estado tendrá que ganar la guerra, y ese será un proceso doloroso. Si es posible, es preferible ahorrarse ese dolor. Además, un proceso de paz quizás sirva para tener una democracia más amplia, una cosa muy necesaria en una de las sociedades más desiguales del mundo.

Sin embargo, este proceso de paz se tiene que hacer recordando las lecciones del pasado. En particular, el Estado no debe hacer concesiones mientras se llega a los acuerdos, y mucho menos concesiones tan absurdas como el Caguán. Las Fuerzas Armadas deben seguir confrontando a la guerrilla. Las Fuerzas Armadas no deben entender un proceso de paz como un desprecio a su gestión. Por el contrario, si un proceso de paz es hoy posible, es porque la guerrilla está más arrinconada que en el pasado.

Incluso si no cometemos los errores del pasado, existe la posibilidad de que cometamos errores nuevos. Por lo tanto, algunos criterios de negociación son indispensables. De otra parte, algún tipo de veeduría ciudadana del proceso también lo es. Es bueno que el gobierno se mueva oyendo las críticas. Algunas serán paralizantes, y el gobierno tendrá que saber cuándo ignorarlas y cuándo no. Pero, incluso si todo el proceso requiere alguna dosis de discreción y aun de confidencialidad, eso tendrá que combinarse con una ciudadanía informada y consultada.

De otra parte, no se debe esperar demasiado del proceso de paz. Aun si es muy exitoso, habrá formas de violencia que no se erradicarán, porque dependen de la existencia del narcotráfico y de una sociología de la violencia muy difícil de erradicar. Sin embargo, un mundo sin guerrilla pero con narcotráfico y bacrim es mejor que uno con guerrilla, narcotráfico y bacrim.

Santos tiene toda la legitimidad y la sapiencia para adelantar el proceso de paz. Él ha sido el más acérrimo enemigo de la guerrilla. No se puede decir que él negocia desde una posición de debilidad. Quizás tenga la vanidad de querer ser el presidente que trajo la paz a Colombia, y esa vanidad no es buena. Buscar la paz no se puede hacer con el incentivo de esperar un Nobel como recompensa. Pero Santos ha sido, si no el principal contradictor de la guerrilla, sí por lo menos el segundo, y es, por decir algo, más "jodido" que el primero, que en estos asuntos es más primario y básico.

Yo entiendo que haya quienes quieran ponerle condiciones a la paz. Yo entiendo a los que dicen "paz sí, pero con condiciones".  A esos hay que oírlos. Pero a aquellos que dicen "yo soy enemigo de la paz", o "yo soy amigo de la paz pero en abstracto, porque en concreto sigo siendo amigo de la guerra", hay que ignorarlos. Si Colombia está en guerra, tiene que ser porque la guerrilla quiere la guerra, no porque el establecimiento la quiera. Si la guerrilla quiere guerra, no hay más remedio que combatirla y ganarla. Si la guerrilla no quiere guerra, tiene que haber los instrumentos democráticos para incorporarla a la sociedad.

La decisión de Santos de arrancar un proceso de paz es valiente y digna de un estadista. Quizás el proceso fracase, pero hay que intentarlo. Lo peor que nos puede pasar, si no se hacen egregias embarradas, es quedar en el statu quo actual. La guerra es una desgracia y hay que intentar la paz. La paz es civilización; la guerra es barbarie. Y, si nos mantenemos en la barbarie, que sea por ellos, no por nosotros.

Monday, August 20, 2012

12-08-20: Reichel-Dolmatoff: ¿un nazi?


Vi la acusación esta mañana. Rocío Rubio publicó en Facebook que no había que juzgar a Gerardo Reichel-Dolmatoff antes de tiempo. No entendí muy bien la alusión. Busqué un poco, y ahí estaba. Un artículo en la revista Arcadia señalaba que el antropólogo más famoso de Colombia, Gerardo Reichel-Dolmatoff, ya fallecido, tenía un pasado nazi. Las acusaciones no son ligeras: que formó parte del Partido Nacional Socialista (nazi), de las SS y de la guardia personal de Hitler, y que fue un asesino.

El artículo de Arcadia está basado en hallazgos del antropólogo colombiano, radicado en La Florida, Estados Unidos, Augusto Oyuela-Caycedo, expuestos el pasado 17 (o 18) de julio en el 54 Congreso Internacional de Americanistas, que tuvo lugar en la Universidad de Viena, Austria (ver la presentación aquí). La cita no podía ser más adecuada, a los cien años del nacimiento de Reichel en su país de origen. Sin embargo, quizás la conmemoración no salió del todo como se esperaba, debido a la presentación de Oyuela-Caycedo. De alguna manera, el mito se empezaba a desmoronar.

Lo primero que hay que decir es que tanto el artículo de Arcadia como las investigaciones de Oyuela-Caycedo parecen serios. Si ese es el caso, ¿qué debemos pensar de Reichel-Dolmatoff? Es divertido leer lo que escriben los comentaristas del caso en Internet, que revelan distintas opiniones: que Reichel-Dolmatoff no es tan respetable como se pensaba (alguien más o menos dice: “ya me lo imaginaba: yo sí recuerdo sus frases racistas”; otro señala, más o menos, que “ahí está pintada la academia en Colombia: liderada por un tipo —refiriéndose a Reichel— sin títulos académicos”); que Oyuela-Caycedo es un pintado en la pared; o que el periodista que escribió el artículo de Arcadia, Camilo Jiménez Santofimio, solo tiene propósitos amarillistas.

Culpar a Oyuela-Caycedo o a Jiménez Santofimio por decir lo que dicen me parece estúpido. Ellos solo hacen su trabajo, y me parece que lo están haciendo bien. Oyuela-Caycedo está desenterrando una verdad incómoda, pero no por eso no había que desenterrarla. Me imagino que para eso están los arqueólogos: para desenterrar verdades. Los únicos puntos, me parece a mí, son si las acusaciones son verdaderas o no, y, si lo son, cómo debemos reinterpretar al hombre.

Yo no soy experto ni en antropología ni en Reichel-Dolmatoff. Sé que fue un antropólogo muy importante en Colombia, quizás el más importante, y leí algunos textos de él. Recuerdo en particular su artículo en la Nueva historia de Colombia. Una búsqueda rápida en Internet revela que su biografía tiene vacíos importantes. Esos vacíos son llenados en parte por las investigaciones de Oyuela-Caycedo. Pero estas no nos cuentan toda la historia. Oyéndolas, parece claro que Reichel-Dolmatoff sí tuvo un pasado nazi, y que alcanzó a ser asesino por esa afiliación.

Sin embargo, también parece claro que tuvo una crisis, que fue buscado y expulsado por el partido nazi, y que terminó refugiándose al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, si entiendo bien, en Colombia. No se cambió el nombre, pero dejó de utilizar su primer nombre y españolizó su segundo nombre: pasó de ser Erasmus a Gerardo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿debemos condenarlo por su pasado nazi, a pesar de su ilustre carrera en Colombia? ¿Qué hubiéramos pensado si, digamos, en 1980 hubiera aparecido un cazador judío de nazis que hubiera dicho que uno de nuestros mayores intelectuales, que fue crucial para entender mejor la diversidad de nuestro país, era en realidad, o por lo menos en una vida pasada, un criminal nazi?

No conozco los detalles de la vida de Reichel-Dolmatoff, y parece que no hay expertos en ella. Oyuela-Caycedo señala que poco sabemos lo que sucedió entre 1936 y 1937. Pero parece claro que Reichel-Dolmatoff, en su juventud, fue nazi, y que luego cambió completamente de opinión. Sin lugar a dudas, Reichel-Dolmatoff creció en un ambiente en el cual era muy difícil no ser pro-nazi. Oyuela-Caycedo provee evidencia de que un primo de él murió en los campos de batalla rusos luchando a favor del nazismo. Pero algo hizo cambiar de opinión a Reichel-Dolmatoff. Sobre eso sabemos muy poco. Es de sabios rectificar, digo yo. Además, Reichel-Dolmatoff había dejado de ser nazi antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, es decir, no fue uno de los que abandonó el barco solo cuando ya era evidente que se estaba hundiendo. No. Algo lo hizo recapacitar, y asumir el costo de huir del nazismo, antes de que este provocara la catástrofe. Una vez en Colombia se volvió miembro de Francia Libre, un movimiento de apoyo al esfuerzo antinazi en América.

Así que el caso de Reichel abre preguntas éticas interesantes: ¿debemos perdonar a un asesino solo porque se arrepintió y llevó después una vida ejemplar? ¿Manchan las nuevas revelaciones la vida y obra del hombre? Yo pienso que cada cual debe pagar por lo que hace. Si Reichel-Dolmatoff fue nazi, y fue asesino por ser nazi, él debe ser responsable por eso. Pero Reichel-Dolmatoff fue más que eso. Quizás lo que fue después tuvo mucho qué ver con lo que fue antes. Quizás sus investigaciones académicas tenían una motivación personal insospechada. Qué curiosa sería la historia si así fuera: por una vía extraña, el nazismo, proponente de la superioridad racial aria, tuvo como consecuencia la exploración y celebración de la diversidad racial colombiana. Reichel-Dolmatoff dijo que Colombia debía sentirse orgullosa de ser una nación mestiza. Nadie mejor que él para decirlo.

Para los que ven a Reichel-Dolmatoff como el maestro, estas nuevas revelaciones sobre su vida deben caer como un baldado de agua fría. Pero, bien vistas las cosas, quizás no debería ser así. El caso de Reichel-Dolmatoff solo personifica los terribles dilemas a los que se vieron sometidos millones de personas por culpa del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Algunos fueron nazis convencidos, y murieron en los campos de batalla. Algunos no murieron, y se vieron obligados a cambiar su ideología con la derrota. Otros, en medio del camino, se dieron cuenta de que el nazismo necesitaba, cuando menos rectificaciones. Ahí estaban, por ejemplo, Rommel, y von Stauffenberg, y ambos pagaron con sus vidas. El viraje de Reichel-Dolmatoff fue más temprano. Mi ejemplo favorito es, sin embargo, el de Ernesto Bein, el “prof”, que huyó de Alemania cuando el nazismo se expandía, y encontró refugio, para siempre, en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Conocí al “prof” y tuve que investigar sobre su vida para el número de El Aguilucho, la revista de los estudiantes del Moderno, cuando el “prof” murió, pero nunca tuve la suerte de ir como estudiante a su finca en Tabio: ya estaba muy enfermo. Bein, como Reichel-Dolmatoff, fueron exiliados de la gran Alemania que terminaron en Colombia huyendo del nazismo. Ambos hombres sabios. Ambos hicieron mejor a Colombia. Reichel de manera más pública y Bein de manera más discreta. Siempre he creído que a los hombres hay que juzgarlos en su mejor luz. Quizás la juventud de Reichel-Dolmatoff no fue su mejor momento. Pero supo sobreponerse y llevar posteriormente una vida ejemplar, que lo honra a él y que nos beneficia a nosotros los colombianos. Sepamos que fue un hombre, un ser humano, sometido a presiones terribles, y que fue capaz de liberarse de ellas. Dejémoslo descansar en paz.

Sunday, August 12, 2012

12-08-12: Londres 2012

Los juegos olímpicos tienen una magia especial. Su lema, citius, altius, fortius (más rápido, más rápido, más fuerte), habla de la naturaleza indomable del espíritu humano. En los juegos se compite contra otros, pero principalmente contra uno mismo.

En los juegos olímpicos compiten los países, y uno llora emocionado cuando alguien del propio país logra algún éxito, pero también cuando alguien de otro país logra una marca que parecía imposible. Así triunfa, no solo ese país, sino todo el género humano.

Los juegos son una fiesta de las naciones, una afirmación de las costumbres, un abrazo multinacional y multicultural. Cuántos de nosotros no hemos aprendido que un país existe porque lo hemos visto desfilando en la apertura de unos juegos olímpicos.

Así como la llegada del hombre a la luna fue un logro de Estados Unidos, pero también un logro de toda la humanidad, cada atleta victorioso le da una medalla a su país, pero también a cada uno de nosotros. Ellos, los atletas, rompen marcas en nombre de nosotros, los que estamos fuera de forma, los que estamos viejos, los que tenemos alguna discapacidad, los que no poseemos una genética tan excepcional, o poseemos un kilo de más. Los juegos son para asombrarse de la perfección que los seres humanos pueden lograr.

Los juegos hablan de la dedicación a un objetivo, de dar todo de sí, de competir con todo, pero sin olvidar la gallardía. Los juegos hablan de esos conceptos tan inasibles que son el espíritu deportivo y el juego limpio.

Los juegos son una celebración de la juventud, de la belleza física, de lo que pueden hacer los seres humanos con sus cuerpos. Y uno se pregunta si hay límites a lo que los seres humanos pueden hacer. Claro que los hay, pero siempre nos preguntamos si una décima de segundo más, un centímetro más, un kilo más, son posibles. Y a veces los logramos.

Los juegos hablan del amor al deporte. De hecho, hasta hace no mucho tiempo, los deportistas debían ser amateurs, "amantes" del deporte. Hoy los jugadores olímpicos también pueden ser profesionales, porque los juegos también tienen la vocación de atraer a los mejores, y cada vez más es posible que los deportistas vivan del deporte.

El orgullo nacional está claramente asociado con los juegos. Los juegos olímpicos solo han sido suspendidos por las guerras mundiales, y no cabe duda sobre qué debería preferir un ser humano civilizado. Hitler quiso demostrar la superioridad del nazismo en los juegos de 1936, y no lo logró, porque un atleta negro norteamericano, el legendario Jesse Owens, demostró ser el mejor del mundo. Los negros norteamericanos quisieron llamar la atención sobre su lucha por los derechos civiles en Estados Unidos recibiendo, en los juegos de México de 1968, sus medallas con un puño, enfundado en un guante negro, levantado en alto. Los palestinos quisieron llamar la atención sobre su causa matando atletas israelíes en las olimpíadas de Munich de 1972. La guerra fría también se luchó en los olímpicos. Si los Estados Unidos no fueron a Moscú en 1980, la Unión Soviética no fue a Los Ángeles en 1984. Así como China mostró su ascenso a la supremacía mundial ganando los juegos de 2008, Estados Unidos demuestra que aún es el líder mundial ganando los juegos de 2012. Colombia dio muestras de lo que puede ser ocupando la posición 38 en los olímpicos, la tercera mejor en América Latina, después de Cuba y Brasil, y por encima de México y Argentina. Y qué orgullosos nos sentimos de Mariana Pajón y de nuestros otros atletas. Ellos nos han mostrado que un futuro mejor es posible. Y Gran Bretaña demuestra su civilidad y su decoro quedando de tercera en los juegos que ella misma, impecablemente, organizó. A veces hasta sospecho que ese error inicial de confundir la bandera de Corea del Norte con la del Sur fue premeditado, y tenía como objetivo mandar un mensaje subliminal. Y entre los más destacados atletas británicos estuvo un refugiado somalí, Mohamed Farah, un negro flaco y bello que se convirtió en medallista de oro en los 5.000 y 10.000 metros. Qué símbolo hermoso de lo que significa ser civilizado hoy en día.

Ciertos intelectuales han pensado mal del deporte. Del fútbol se ha dicho que son 22 tipos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. Todos los deportes podrían ser trivializados de igual manera. Lo cierto es que los seres humanos somos poco más que seres juguetones. En vez de Homo sapiens, podemos haber sido, como propone Johan Huizinga, Homo ludens. La vida es un juego. No más y no menos que eso. Y no hay mejores juegos que los juegos olímpicos.

Wednesday, July 18, 2012

12-07-18: Sobre la terrible situación en el Cauca

La situación en el Cauca es muy grave. En principio, la crisis se desató por la solicitud de los indígenas de que el conflicto no sea sobre sus cabezas. Es difícil no sentir cierta simpatía con esa solicitud. Si Pedro y Pablo vienen a pelear a mi casa, es normal que yo les diga: "¡váyanse a pelear a otra parte!".

Sin embargo, la situación no es tan fácil. El punto es que las "partes" del conflicto no son equiparables. No es posible que los indígenas pidan que los que están peleando se vayan, porque una de las partes es el Estado colombiano, y no se puede pedir que el Estado colombiano se retire de una parte de Colombia.

Aún más, expulsar a las Fuerzas Militares de las zonas indígenas puede ser interpretado como un ataque contra las primeras, ataque al que sería completamente legítimo responder con fuerza. Hasta el momento las Fuerzas Militares han respondido de manera admirable, resistiendo la tentación de usar la fuerza frente a lo que puede ser visto como un acto de provocación, pero tiene que llegar el momento en que los indígenas entiendan que sus acciones son ilegales, y que, de persistir, deben ser confrontadas por el Estado.

Retirar al Estado del Cauca indígena sería un error, además, porque, si se retira el Estado, campea la guerrilla. Creer que es posible estar libres del Ejército y la guerrilla es una ingenuidad de los indígenas. Es difícil decir hasta qué punto el movimiento indígena está permeado por la guerrilla, pero lo que sí está claro es que un retiro del Ejército la favorece. Por lo tanto, el movimiento indígena, ya sea por ingenuidad o por malicia, y probablemente por una combinación de las dos, está jugando a favor de la guerrilla.

La lógica indígena (que, yo sospecho, se extiende a otros grupos poblacionales) de que el Estado colombiano es una abstracción que no les compete a ellos es inaceptable. La excepcionalidad indígena no puede llegar hasta el punto de creer que las normas del Estado no les aplican a ellos. No podemos repetir en grande la imagen de Francisco Rojas Birry tratando de escabullirse de la justicia con el argumento de que a él le aplica un fuero indígena. Que viva el Estado pluriétnico y multicultural; no un Estado por cada etnia y cultura. En Colombia habrá paz cuando todos aceptemos la majestad del Estado. Para que todos la acepten, quizás será necesario hacer nuestra democracia más inclusiva. A mí me parece que nuestra democracia ya es suficientemente inclusiva, y nuestros indígenas son particularmente bien tratados por nuestras instituciones, pero, si ciertos grupos poblacionales se sienten agraviados por ellas, habrá que oír sus quejas y corregir las instituciones donde sea necesario.

El tema del Cauca se complica porque allá se concentran todos los problemas de Colombia: grupos armados, narcotráfico, pobreza, tensiones étnicas, etc. El problema es muy difícil, pero, si podemos resolverlo allá, podemos resolverlo en todas partes. El Gobierno tiene que ir allá a dialogar. La línea de base del diálogo tiene que ser que el Estado no se retira. El Estado se queda. Pero el Estado no pueden ser solo Fuerzas Militares. La forma de resolver este conflicto es "ganar" a los indígenas para las instituciones. La oferta para los indígenas tiene que ser: "el Estado se va a quedar acá. Para que ustedes acepten la presencia del Estado, ¿qué quieren a cambio?". Y ahí arranca la negociación.

Algunos dirán que los indígenas ya han recibido mucho. La controversia entre indígenas y blancos en el Cauca data de la Conquista. Los indígenas se sienten agraviados por injusticias de 500 años, y los blancos se sienten cada vez más acorralados y amenazados. El expresidente Uribe tuiteó que los indígenas son el 20 por ciento de la población en el Cauca pero que tienen el 60 por ciento de la tierra, y que son los protagonistas de las invasiones. Los blancos juzgan que los indígenas para qué quieren la tierra si no saben explotarla. Dentro de los blancos caucanos hay algunas de las mentalidades más retardatarias de Colombia.

El lío social del Cauca es supremamente grave. La derecha tiene razón en que la fuerza pública no puede ser retirada. La izquierda tiene razón en que se requiere más presencia del Estado, de todo el Estado, y no solo de las Fuerzas Militares. Yo sí quiero ver al Ministerio del Interior y a todas las agencias sociales del Estado metidos de cabeza resolviendo el lío caucano. Si este lío puede ser resuelto a satisfacción de todas las partes, el lío de Colombia tiene solución.

Saturday, July 7, 2012

12-07-07: La derecha se quita la piel de oveja


Se ha dicho que el reciente homenaje a Fernando Londoño, en el que Álvaro Uribe fue el orador destacado, marca la ruptura de la derecha con el centro. La derecha quiere romper con el centro. Quiere organizarse como opción de poder (aunque ha gobernado, diluida o pura, desde 1998, es decir desde hace 14 años), y Uribe le está poniendo todo el empeño a esa causa. ¿Probables candidatos? Fernando Londoño mismo, si no está inhabilitado, u Óscar Iván Zuluaga (quien, me parece, sería una buena alternativa para ellos, porque es un tipo decente).

Así que no basta con que Santos diga que no quiere pelear con Uribe. Uribe sí quiere pelear con Santos. Los uribistas no bajan a Santos de traidor. Esa pelea se va a dar, porque los uribistas quieren darla.

Es mejor aceptar ese hecho. Y, en consecuencia, no queda nada más que ponerse a armar el centro. El centro puede sonar medias tintas, y así quiere la derecha que suene. Es más: el gobierno Santos, que luce tan acomodaticio, está ayudando a que suene así. Peor aún, en este momento la única que suena con consistencia ideológica es la derecha. El centro está siendo acorralado y bombardeado.

Pero no tiene que ser así. Al centro hay que reconstruirlo, porque solo él nos va a salvar de los extremismos en Colombia. Con una derecha fortalecida, ¿a dónde va a voltear a mirar Colombia? ¿A un centro tan desorganizado que parece inexistente, o a una izquierda dividida entre un Polo desprestigiado y unos Progresistas inventándose, y tratando de acertar en Bogotá? El país tiene que volver a mirar al centro.

Para comenzar, hay que reconstruirlo ideológicamente. La primera premisa tiene que ser: “ni con la guerrilla ni con los paramilitares”. El enemigo de mi enemigo no es mi amigo. Aunque con una ideología propia, el centro tiene que aprender tanto de la derecha como de la izquierda, y convocarlas a ambas. El centro tiene que aprender de la derecha que la primera responsabilidad del Estado es defender la democracia. Pero la amenaza terrorista no proviene solo de la izquierda, y, más aún, no es legítimo promover el paramilitarismo y juntarse con el narcotráfico para combatir el terrorismo de izquierda.

El centro no puede ser visto como blandito con la violencia. Si bien la victoria militar no tiene que ser la única opción del Estado, sí tiene que ser una opción siempre disponible.

En el conflicto que se está luchando, el centro tiene que ser un escrupuloso defensor de los derechos humanos. Episodios como los de los falsos positivos no pueden ocurrir.

Otra premisa del centro tiene que ser la lucha contra el narcotráfico. El narcotráfico le ha hecho un enorme daño al país. Ha financiado la violencia y corrompido las instituciones. Así que el mensaje debe ser: “con los narcos, nada”.

Un mensaje clave del centro debe ser la unión. Uno de los lemas de Estados Unidos es “e pluribus unum”, que quiere decir algo así como que “de muchos hacemos uno”. La derecha en este momento está pregonando la división; el centro debe pregonar la unión. Uno puede pensar de Fernando Londoño lo que quiera, pero su atentado debe concitar un rechazo unánime, y la sanción social de ese hecho se debe dirigir a sus perpetradores, no al gobierno. La sociedad debe estar unida, no dividida, contra los retos.

El centro debe proponer una política social efectiva, financieramente viable y no asistencialista. El centro toma como muy grave el hecho de que Colombia sea uno de los países más desiguales del mundo.

Por último, el centro tiene que ser ejemplo de pulcritud en la política. Debe entender la política como un instrumento de promoción del bien común, no como un instrumento de promoción de intereses particulares. El centro debe expulsar a los hampones de la política. La reciente vergüenza de un Congreso de paramilitares no puede ocurrir con una victoria del centro.

Pero, más allá de la ideología, también hay que mirar de dónde va a salir el liderazgo político del centro. La derecha debe estar compuesta por el Partido Conservador y algunos sectores del Partido de la U. Otros sectores de este partido, el Partido Liberal, Cambio Radical y el Partido Verde tienen el compromiso de armar el centro. No hay un liderazgo obvio para hacerlo. ¿Santos, Vargas Lleras? El Partido Liberal, por ahora, no tiene nada qué ofrecer. Simón Gaviria todavía suena muy biche, y salió muy mal parado de la debacle de la reforma a la justicia. Dentro de los verdes (o, por lo menos, los exverdes), solo Fajardo suena con futuro presidencial, y no sin esfuerzo. Además, conocemos la tendencia de los (ex)verdes para dispararse en el pie. El centro, para ser viable, requiere urgentemente una renovación del liderazgo político: esa parece ser su mayor debilidad. Además, hay que resolver el balance entre “políticos” y “antipolíticos”, que puede dar al traste con la consolidación de un centro unificado.

El futuro político del centro no luce despejado. Pero, ahora que la derecha está dispuesta a despojarse de la piel de oveja, hay que preocuparse por cómo atajar al lobo. Lo peor que puede pasarle al país es que triunfe la polarización que la derecha está proponiendo.