Saturday, May 12, 2007

07-05-12: ¿Hacia el centro, o hacia la izquierda?

Estoy obsesionado por tratar de explicar una contradicción: en la vida diaria estoy haciendo todos los esfuerzos que puedo, que no son muchos, para contribuir a que el Partido Liberal vuelva a una posición de centro, que le permita recuperar el favor popular. De otra parte, desde un punto de busca conceptual, estoy haciendo todos los esfuerzos que puedo, que tampoco son muchos, para reconstruir una visión de izquierda realmente vanguardista y atractiva. Estas dos cosas pueden parecer, a primera vista, contradictorias, y quizás lo sean. Es un dilema que tengo que explicar.

¿Por qué creo que el Partido Liberal se tiene que mover al centro? Bien, básicamente por dos razones: uno, porque ahí están los votos, y dos, porque ahí está las propuestas serias. Miremos en primer lugar lo de los votos. Hace muy pocos días, El Tiempo (10 de mayo de 2005, p. 1-4) publicó los resultados de un estudio de las universidades Externado de Colombia y Wisconsin Madison, que muestra que los colombianos se sienten mayoritariamente de centro (42,2%), con un segundo lugar para la derecha (37,4%) y un tercer lugar para la izquierda (20,2%). Sin embargo, mientras los colombianos se asientan en el centro-derecha, el Partido Liberal escogió moverse hacia la izquierda. Por lo menos desde 1994 el Partido Liberal quedó dominado por sus vertientes más de izquierda. No es de sorprender que haya perdido el favor popular. Hoy, con la jefatura única de Gaviria aprobada en el Congreso de Medellín, el Partido parece empezar a librarse del dominio total de la izquierda, pero todavía la influencia de ésta es poderosa: por ejemplo, mientras el expresidente Gaviria quiere comprometer al liberalismo a apoyar a Enrique Peñalosa en su candidatura para la alcaldía de Bogotá, según un informe de El Tiempo (12 de mayo de 2007, p. 1-4), un sector del liberalismo, en el que estarían Ernesto Samper, Piedad Córdoba y Alfonso Gómez, pretendería conformar formalmente una tendencia de izquierda dentro del Partido, que apoyaría a la alcaldía de Bogotá al candidato del Polo Democrático Alternativo.

Ahora miremos lo de las propuestas serias. El Partido se afilió a la Internacional Socialista, y en el dilema socialdemocracia-neoliberalismo se alineó firmemente con la primera tendencia, aunque también había liberales neoliberales. Es interesante notar que en Colombia el debate entre socialdemocracia y neoliberalismo se inició al interior del Partido Liberal, pero luego, cuando la socialdemocracia fue adquiriendo el control del Partido, fue un debate que se dio entre partidos políticos, sin mucho éxito político para el liberalismo. Por otra parte, en una de sus peores facetas, al Partido cada vez más le costó distinguir entre izquierda y populismo. Hoy no es quizás exagerado decir que el Partido no tiene verdaderos izquierdistas, sino populistas. Los verdaderos izquierdistas se sienten más cómodos en el Polo.

De otra parte, creo que la izquierda tiene que reconstruirse conceptualmente. Desde la caída de la Cortina de Hierro, la izquierda no ha tenido la vanguardia ideológica. En estos días en que termina la era Blair en Gran Bretaña, es bueno recordar que su laborismo tuvo éxito porque abandonó muchos dogmas de izquierda y, en cierto sentido, se "thatcherizó". Creo que el mundo y Colombia requieren una reconstrucción de las ideas de izquierda, porque la idea de la justicia social, aunque ha sido relegada, no puede ser abandonada.

Mi hipótesis es la siguiente: al interior del Partido Liberal, siempre se ha entendido que el debate es entre socialdemocracia y neoliberalismo. Sin embargo, de manera polémica, yo creo que lo mejor es pensar que no hay contradicción entre las dos vertientes.

La idea es la siguiente: uno puede entender la socialdemocracia como la búsqueda del socialismo por medio de métodos democráticos. A mí me parece esencial la búsqueda de una sociedad más justa, y me parece que las peores injusticias del mundo surgen del acceso diferencial a los bienes materiales y a la generación de ingresos. Es decir, me parece que la injusticia social es esencialmente un fenómeno económico. Una pregunta clave es si la injusticia social se corrige por medio del socialismo. Yo, en una hipótesis que merece mucho más estudio, creo que sí. Creo que la sociedad sería más justa si los medios de producción no pudieran ser propiedad privada.

Sin embargo, muchos argumentan, quizás con razón, que el capitalismo (o por lo menos alguna variedad del capitalismo), tan hábil para generar riqueza, no podría ni siquiera funcionar si no existe la propiedad privada de los medios de producción. Yo no estoy tan seguro. En las grandes corporaciones capitalistas modernas, la propiedad está separada del control, y el sistema parece funcionar. A veces hay abusos de los gerentes, qué duda cabe de ello, pero en general no son los propietarios quienes manejan las grandes compañías por acciones. Por lo tanto, me parece que es posible que, en la socialdemocracia, las empresas sean manejadas por unos gerentes, mientras que la propiedad sigue recayendo en algún mecanismo colectivo. Lo clave es que los gerentes de las compañías mantengan los mismos incentivos que tienen en un sistema capitalista tradicional: las compañías son para hacer plata.

Más en general, me parece que el socialismo tiene que funcionar en un régimen de mercado completamente operativo. No entiendo por qué en el socialismo las empresas deben perder los incentivos para producir utilidades, o por qué los precios de los bienes y servicios no pueden ser fijados por el mercado. En síntesis, me parece que el socialismo moderno debe hacer uso de los mercados; no debe tratar de sustituirlos. Es en este sentido, me parece a mí, que la socialdemocracia debe reencontrarse con el neoliberalismo. Importantes socialistas modernos, como Felipe González en España, Tony Blair en Gran Bretaña o Francois Mitterrand en Francia, nunca pretendieron acabar con los mercados (pero, hay que admitirlo, tampoco intentaron acabar con la propiedad privada de los medios de producción). De otra parte, me parece que la parte de "democracia" de la palabra "socialdemocracia" no se puede olvidar. Me parece que un socialismo moderno tiene que ser impecablemente democrático.

Para resumir, me parece que hay un socialismo "pragmático", que ha abandonado toda pretensión de acabar con la propiedad privada de los medios de producción, que respeta el funcionamiento de los mercados, y que busca la justicia social, tímidamente, a través de los mecanismos que provee la política fiscal: la tributación y el gasto. Pero también podría haber un socialismo "experimental", que, respetando el funcionamiento de los mercados y siendo plenamente democrático, buscaría acabar con la propiedad privada de los medios de producción. Esta, sostengo, es la utopía que la socialdemocracia moderna debe buscar. El primer paso en esa ruta, me parece, es abandonar el izquierdismo populista, que es incapaz de entender el funcionamiento de los mercados y la importancia de las restricciones presupuestales.

Tuesday, May 8, 2007

07-05-08: Contra el populismo

Una característica general de los partidos políticos en el mundo es que los partidos de izquierda no le temen a un Estado muy activo, que ejecute muchos gastos y cobre muchos impuestos, mientras que los partidos de derecha, que prefieren un Estado pequeño, buscan bajo gasto público y baja tributación. Un amigo mío de izquierda, ya desaparecido, decía que, si a los ricos no se les puede expropiar el capital, que por lo menos sí paguen impuestos. La regla general, de mínima consistencia, es que los grandes gastadores defiendan la alta tributación, mientras que los enemigos del gasto busquen una tributación baja.

Esta regla, como toda regla que se respete, tiene sus excepciones. Internacionalmente, las más notables tienen que ver con los gobiernos conservadores recientes de Estados Unidos, que bajaron los impuestos pero subieron el gasto público, sobre todo en defensa, provocando un déficit fiscal considerable. En Estados Unidos, de manera paradójica, ahora el Partido Demócrata es el que suena defensor de la responsabilidad fiscal. Sin embargo, Colombia tiene que clasificar como una excepción notable a la regla: aquí es frecuente que los partidos políticos, todos los partidos, inconsistentemente pidan mucho gasto público y pocos impuestos. Pocos perciben que esta es una receta segura para el déficit fiscal. Y el déficit fiscal sólo se puede financiar con emisión monetaria o con endeudamiento público. En Colombia, está constitucionalmente prohibido emitir para financiar directamente el déficit, de modo que éste se traduce enteramente en mayor endeudamiento. Para enrevesar las cosas, muchos entienden que el déficit existe porque existe una gran deuda, cuando la cosa es exactamente al revés. Para estar seguros, es verdad que los intereses de la deuda incrementan el déficit fiscal, pero la existencia de la deuda siempre requiere un déficit previo. Es decir, hoy hay deuda porque ayer hubo déficit fiscal.

En síntesis, en Colombia parece legítimo pedir mucho gasto público y pocos impuestos. Esto, obviamente, genera déficit, que a su vez genera deuda. Entonces algún "inteligente" viene y propone que, como un remedio para combatir el déficit, no se pague la deuda, lo cual "liberaría" recursos para el gasto social. Frente a la insistencia ortodoxa de que la deuda pública hay que pagarla, algún "pensador" de izquierda se inventó el concepto de la "deuda social": si hay una deuda con las entidades financieras, también hay una deuda con los pobres, que esperan alimentación, educación, vestido, techo, salud y trabajo. El argumento es que, si pagar la deuda pública es prioritario, lo es aún más pagar la deuda social. Así queda cuadrado el círculo: la lección es que es posible gastar la plata que no hay.

Toda esta forma de pensar me parece absurda, por decir lo menos. Una buena definición de populismo es prometer resolver los problemas sociales con la plata que no hay. Por eso, si usted es de izquierda, y cree que el Estado debe gastar más en temas sociales, por lo menos sea consistente: pida que se paguen más impuestos, como mi amigo de marras.

Valga esta perorata para advertir de un mal muy frecuente en Colombia: hay quienes creen que el progreso social se puede hacer a costa de la racionalidad económica. Hay "valientes" que declaran que "el ser humano está por encima de la economía". Que, si de atender necesidades sociales se trata, uno no debería preocuparse por un mayor déficit fiscal, o por un poco más de inflación, o por cualquier otra enfermedad económica que se pueda producir como daño colateral. Si el costo de "lo social" es perjudicar lo económico, "lo social" lo vale todo.

Pamplinas. No he visto, no hay, no puede haber, progresos sociales donde no hay una economía capaz de producir riqueza. Lo económico no es enemigo de lo social. Todo lo contrario: es su requisito indispensable. Me parece que si la izquierda quiere progresar en un país como Colombia, tiene que separarse por completo del populismo. El populismo es un freno al progresismo, porque el progresismo populista es peor que la charlatanería: es un positivo peligro para quienes dice beneficiar.

Tuesday, May 1, 2007

07-05-01: Evaluando el congreso liberal

Por primera vez en mi vida, fui a un congreso del Partido Liberal, el que se celebró los pasados 28 y 29 de abril. Fue una buena diversión, aunque supongo que ese tipo de certámenes es sólo para aquellos a quienes les gusta la política.

En cuanto liberal que no se siente muy bien representado por el Partido Liberal, y que la última vez que votó por él en unas elecciones presidenciales fue en 1990 (en 1994 el liberalismo se logró mantener en el poder, pero financiándose con el narcotráfico, y en 1998, 2002 y 2006 fue derrotado), mi esperanza en este congreso era que el Partido diera muestras de modernizarse, para que pueda volver a ser elegible. Modernizarse, para mí, significa abandonar la posición de izquierda populista, de antiuribismo y de distanciamiento de la opinión en la que se ha refugiado en los últimos años, que le ha valido dejar de ser la mayoría política.

Los años en el desierto le han servido, sin embargo, y es claro que el Partido se está repensando y reorganizando. No tanto como yo quisiera, pero ahí va avanzando. Me parecía que en el congreso la mejor esperanza para la modernización política radicaba en que el ex presidente César Gaviria se mantuviera como jefe único de la colectividad, y eso se logró. Otras cosas necesarias para su modernización, como la reforma de los estatutos, no se lograron de inmediato, pero se avanzó en ellas.

El congreso en sí mismo fue un evento muy interesante. En el primer día, el sábado 28, hubo discursos. Los primeros fueron los de los miembros de la mesa principal, en la que, notablemente, no había ni una sola mujer. En su orden, habló César Gaviria como director del Partido, Juan Fernando Cristo y Guillermo Rivera como voceros de las bancadas del Partido en el Congreso, Alfonso Gómez, realmente no sé muy bien a título de qué, Rafael Pardo, Rodrigo Rivera y Horacio Serpa como pre o candidatos liberales a la presidencia, y Eduardo Sarmiento, como presidente del consejo programático del Partido. Entre Rodrigo Rivera y Horacio Serpa hubo una pequeña alteración de la agenda para permitir que hablara una vocera a favor del acuerdo humanitario, la esposa del congresista Jorge Eduardo Gechem, secuestrado hace cinco años.

Hubo discursos llenos de contenido, pero mal echados o mal recibidos, como los de César Gaviria, Juan Fernando Cristo, Guillermo Rivera, Rafael Pardo y Eduardo Sarmiento. El discurso de Gaviria, notablemente, fue silbado en algunos apartes. Las barras ruidosas claramente no eran gaviristas. Alfonso Gómez se atrevió a improvisar, y su discurso, vacío de contenido, no tuvo más méritos que algunos pasajes de oratoria veintejuliera. Aunque no soy objetivo, Rodrigo Rivera pronunció uno de los dos mejores discursos de la mesa principal. Logró que un público disperso e impaciente, y no necesariamente amigo, se calmara, le prestara atención y le aplaudiera de vez en cuando. Además, marcó una posición dentro del Partido. El otro gran discurso fue el de Horacio Serpa. En medio de un público amigo, produjo un discurso impresionante, no tanto por su contenido, frente al cual tengo serias reservas, sino por el fervor que despertó en la audiencia. Serpa se movió en su ambiente y produjo una actuación magistral. Ahora, lo que dijo fue, por lo menos, preocupante. Hizo una interpretación de la historia política en la cual las derrotas recientes del liberalismo no tienen nada que ver con él, no le reconoció ningún mérito al gobierno de Uribe, e hizo un emocionante, hay que admitirlo, llamado a la juventud para pertenecer a la izquierda liberal. Sólo Pardo y Rodrigo Rivera aludieron al hecho de que el liberalismo ha perdido las tres últimas elecciones presidenciales como un llamado a la necesidad de cambiar, pero me parece, nuevamente sin ninguna objetividad, que de los discursos sólo quedaron dos posiciones claras para el Partido: la izquierda serpista y el centro "riveral". Por último, habló Eduardo Sarmiento, después de Serpa. Quizás no es ninguna exageración decir que el único que lo oyó con atención fui yo, y quizás su éxito es que nadie lo oye. Es un pesar que el consejo programático del Partido esté totalmente dominado por la economía de Eduardo Sarmiento, que es de un intervencionismo totalmente pasado de moda. Uno de los aspectos que revelan la falta de modernización del Partido es que Eduardo Sarmiento es su economista de cabecera. Yo tengo mucho respeto por el doctor Sarmiento, pero ya es hora de que, al menos, le pongan alguna compañía que cante otra tonada.

Después de los discursos de la mesa principal hablaron quienes pidieron la palabra. Ya pocos los oyeron. Sin embargo, Piedad Córdoba, muy en su estilo, logró armar polvareda, hablando del gobierno "ilegítimo" de Uribe y de que ella podrá ser negra y mal hablada pero que no puede hablar de otra manera porque le duele la miseria y el hambre. Sin embargo, su perla fue proponer a Serpa como jefe único del Partido. Algunos comentaron que lo mejor del discurso de Piedad fue lo que no dijo, es decir, lo mejor fue que no se puso a atacar a Gaviria con fuego amigo. El caso es que, después de los discursos de Serpa y Córdoba, hay que admitir que la posición de Gaviria lucía debilitada.

Desde el punto de vista ideológico, las cosas lucen preocupantes para el Partido. Los dos grandes documentos ideológicos que circularon fueron el "manifiesto de Medellín", leído en su discurso por Juan Fernando Cristo, y el documento que leyó Eduardo Sarmiento en su discurso. De este último no pude conseguir copia; del primero sí (es increíble que, en el momento de escribir estas líneas, sólo el primero, y para esa gracia ninguno de los discursos, excepto el de Gaviria y el de Pardo, se pueden hallar en la página web, ya sea del Partido Liberal o del Instituto del Pensamiento Liberal). El manifiesto de Medellín tiene los siguientes puntos:

  1. Un referendo contra el acto legislativo que reforma el Sistema General de Participaciones.
  2. El apoyo al acuerdo humanitario.
  3. El rechazo a la posible injerencia de los grupos armados por fuera de la ley en las elecciones regionales de octubre.
  4. El apoyo a la reforma urbana.
  5. El apoyo a una política social distinta del "asistencialismo" y "paternalismo" del gobierno nacional.
  6. La necesidad de corregir las desigualdades, no sólo entre ciudadanos, sino entre regiones.
  7. La preocupación por los recursos naturales.
  8. La crítica a la forma como fue negociado el TLC.
  9. El apoyo a una salida negociada al conflicto.
  10. La crítica a la corrupción.
  11. La oposición al gobierno de Álvaro Uribe.

De esos 11 puntos, estoy francamente en desacuerdo con el primero, el nueve y el once, y tengo mis reservas con los puntos dos y ocho. Tener reparos sobre cinco de los once puntos del manifiesto de Medellín señala que la ideología liberal todavía tiene mucho por hacer para seducirme totalmente.

No aprobar el acto legislativo que reforma el Sistema General de Participaciones compromete la salud fiscal del país, y sería una irresponsabilidad mayúscula. Sería el más típico populismo, que promete más descentralización y más recursos para la educación y la salud con la plata que no hay. Para ponerlo claramente, según cálculos del propio Partido Liberal, si el acto legislativo se aprueba, entonces el gobierno "dejaría" de transferirles a las regiones unos 50 billones de pesos entre 2008 y 2016. Una reforma tributaria exitosa recoge unos dos billones de pesos. Entonces, no aprobar el acto legislativo costaría unas 25 reformas tributarias exitosas. Es decir, casi que habría que hacer tres reformas tributarias exitosas por año entre 2008 y 2016 para poder financiar la no aprobación del acto legislativo. Es este tipo de irresponsabilidades lo que francamente no me gusta del Partido Liberal. No dudo que la descentralización tiene que fortalecerse, pero es claro que, si seguimos pensando que descentralización es lo mismo que más gasto fiscal, es que no hemos pensado la descentralización lo suficiente, y lo único que estamos haciendo es proponer una ruta segura hacia el descalabro económico.

El apoyo a una salida negociada al conflicto es un error tanto estratégico como político. Estratégico, porque el conflicto no tiene salida negociada si la guerrilla no quiere negociar. El gobierno debe hablar si la guerrilla, con sinceridad, quiere hablar, pero el Estado no debe insistir en el diálogo si la guerrilla no quiere hablar. Si la guerrilla no quiere hablar, al Estado no le queda más remedio que usar la fuerza legítima de la democracia. Y es un error político porque yo sí quiero ver, en esta época derechizada, quién va a ganar las elecciones diciendo que la paz se gana con diálogo en vez de con una estrategia de fortalecimiento de la capacidad disuasiva del Estado.

En tercer lugar está el tema de la oposición a Uribe. Me parece ridículo que el liberalismo se siga definiendo por su antiuribisimo. Mientras el Partido Liberal siga haciendo política contra alguien, y en particular desconociendo los obvios avances hechos durante las administraciones Uribe, no será más que un partido del resentimiento, indigno de dirigir el país. Ser un mal perdedor no es una buena razón para ser ganador. Me parece mucho más sensato tener una posición de independiencia que una de oposición.

Con respecto al tema del acuerdo humanitario, vacilo entre dos posiciones. De una parte, entiendo perfectamente la necesidad de hacer algo por los secuestrados, que llevan años en esa situación. De otra parte, me parece muy difícil que el Estado muestre debilidad en este tema, haciendo así que el secuestro se convierta en un arma legítima de presión política. Aunque la situación de los secuestrados es un horror, no estoy seguro de que el tiempo del acuerdo humanitario ya ha llegado.

Por último, el Partido Liberal es vago frente al TLC. Por una parte, se declara amigo del libre comercio. Por otra, denuncia que la forma como se negoció el TLC no consulta los intereses del país. Todavía no es claro que el Partido esté a favor o en contra del TLC. A mí me parece que el país debe tener TLC, y que, si el Partido Liberal considera que algunos aspectos de su negociación son inconvenientes, debe aprovechar su cercanía con el Partido Demócrata para resolverlos. Pero el país no se puede quedar sin TLC. Me parece que éste es el criterio último.

Me gustaría hacer comentarios específicos sobre las propuestas del consejo programático leídas por Eduardo Sarmiento, pero, como dije antes, me fue imposible obtener el documento.

En síntesis, el Partido se sigue debatiendo entre la izquierda serpista y el centro que ahora mejor encarnan Rodrigo Rivera y, de manera menos rutilante en el congreso, Rafael Pardo. Algunos dirán que Gaviria está buscando su reelección, pero yo creo que él es honesto cuando dice que no es así. La izquierda no tiene candidatos creíbles para el 2010. Alfonso Gómez no es el gallo para la pelea. El tránsito hacia el centro es inevitable, no sólo porque la izquierda no tiene con quién, a menos que quiera volver a perder con Serpa, sino también porque es en el centro donde están los votos. Las barras del congreso liberal fueron serpo-cordobistas, pero los votos fueron gaviristas: el Partido se está moviendo en la dirección correcta. Lentamente, pero en la dirección correcta.

Wednesday, April 25, 2007

07-04-25: Sobre el amor

Cuando estaba en el colegio, mis profesores me recordaban que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esos cuatro episodios en la vida de los seres humanos se convierten en puntos cenitales. ¿Quién no dice que el nacimiento de un niño, o la conversión de un niño en adulto, o tener un hijo, o morir, son de las cosas más importantes de la experiencia humana? Más tarde, cuando estudié algo de la teoría de la evolución, aprendí que lo clave para la teoría de la selección natural era sobrevivir y reproducirse. Quien no alcanza a sobrevivir y reproducirse no cuenta para la selección natural.

La reproducción, pues, juega un papel muy importante en la vida. La sicología y la cultura humanas reconocen ese hecho. Los seres humanos piensan mucho en el sexo y en los dramas asociados con formar una pareja. Desde Romeo y Julieta hasta Betty la fea, mucha actividad artística se concentra en ese tema. De otra parte, las sociedades desarrollan un complejo conjunto de normas para regular la formación de las parejas. El vestido más célebre que uno se pone probablemente en toda la vida es el vestido del matrimonio. La reproducción no es, pues, un tema que tomamos a la ligera.

Lo que me parece interesante de la reproducción es la compleja sicología que, montada sobre ese tema, se ha desarrollado en los seres humanos. Si el asunto es de reproducción, ¿por qué los seres humanos no se aparean y ya? ¿Por qué tienen que enamorarse? El sentimiento del amor puede llegar hasta el éxtasis y el arrebato, hasta la sensación de que la vida no vale nada sin la figura de la persona amada.

Debe haber buenas razones evolutivas para explicar por qué eso es así, así como buenas razones neurocientíficas para explicar qué pasa dentro de nuestros cerebros cuando nos sentimos enamorados. Sin embargo, lo único que quiero resaltar aquí es que la experiencia del amor es una experiencia sublime para los seres humanos. Qué rico es amar, y ser amado. Y no me refiero sólo a esa experiencia del amor romántico, que uno tiende a sentir más cuando está joven. Me refiero también a esa experiencia del amor maduro, más cerebral, si se quiere, pero también más trascendente y más sólida. Qué rico es ver a un joven enamorado, sintiendo un amor apasionado, así sea que, por su propia pasión, ese amor se consuma más rápido que una vela de cebo. Y qué rico es ver a una persona que ha aprendido a amar sin pasión y sin condiciones, con un amor tranquilo, maduro, imperturbable, eterno. En su expresión más sublime, el amor se desprende del sexo y la reproducción, y uno puede llegar a dirigirlo a todos los seres humanos.

Yo no sé si sin amor no hay nada. Pero sí sé que una vida sin amor es mucho menos rica que una vida con amor abundante. El amor se refuerza a sí mismo: el más amable, el más amado, es el que más ama. Y uno tiene que aprender a darlo y a recibirlo. Y quizás tiene que aprender a darlo a distintas personas de distintas maneras. Uno tiene que aprender a dar un amor que no agobie sino que alivie, que no pese sino que conforte. Qué odioso es el amor posesivo, el que encarcela, el que no deja libre. Yo creo que uno nunca termina de aprender a amar. Por eso creo que el amor más hermoso no es el amor a primera vista, sino el amor que se construye, a pesar de las dificultades. Por eso me parece que el tiempo verbal correcto del amor no es el presente ("amo"), sino el presente perfecto indicativo, como lo conjuga el poeta ("he amado").

Saturday, April 21, 2007

07-04-21: Sobre la propiedad intelectual

Uno de los aspectos más criticados del tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos, hoy denominado "acuerdo de promoción del comercio" (APC), es el que tiene que ver con la protección a los derechos de propiedad intelectual. Y la crítica es bienvenida, porque el de la propiedad intelectual es un tema muy espinoso.

El problema es el siguiente: ya nadie discute que el conocimiento es el principal factor de crecimiento económico en el largo plazo: si usted acumula conocimiento, entonces usted crece. En todos los libros recientes sobre crecimiento económico el conocimiento juega un papel primordial.

El conocimiento, sin embargo, es un tipo de bien especial: es lo que los economistas llaman un "bien público". De manera muy general, un bien público es un bien que, si es consumido por una persona, queda en todo caso disponible para ser consumido por otras. Por ejemplo, una manzana no es un bien público (es un bien privado), porque, si yo me como la manzana, tú no te la puedes comer. El conocimiento, en cambio, es un bien público, porque el hecho de que tú entiendas el teorema de Pitágoras no implica que yo no pueda entenderlo.

El problema de los bienes públicos, como bien lo saben los economistas, es que no son producidos en las cantidades "eficientes" cuando se deja que el mercado sea el que provea los incentivos para producirlos. En otras palabras, ciertos tipos de bienes, como los bienes públicos, no son producidos en cantidades eficientes por los mercados: los bienes públicos son un caso de falla de los mercados. La intuición de por qué esto es así es muy fácil de asimilar. Cuando yo produzco una manzana para su venta, yo espero que un consumidor me pague un precio por ella. El precio que el consumidor paga le da derecho a él, y a nadie más, de consumir esa manzana. Si alguien más quiere manzana, tiene que comprar otra, porque la primera es de uso exclusivo del primer consumidor. Por lo tanto, un segundo consumidor de manzana también tiene que pagarme para que yo la produzca.

Con el conocimiento, en cambio, es distinto. Si yo soy Pitágoras, y alguien está tratando de encontrar una fórmula para garantizar que las paredes de una casa sean realmente verticales, yo produzco el teorema de Pitágoras, que será de suma utilidad para el interesado. Supongamos que yo le vendo esa información. Ahora él puede pasar esa información a otros sin ningún costo, porque esa información no se agota al traspasarla. En síntesis, los nuevos usuarios del conocimiento que yo he creado no tienen la necesidad de pagarme para usar mi producto. En conclusión, el mercado ofrece muy pocos incentivos a la generación de conocimiento, con lo cual éste se genera en cantidades que son subóptimas para la sociedad. Y, si hay poca generación de conocimiento, entonces hay poco crecimiento económico, de acuerdo con la actual teoría económica.

La pregunta, entonces, es: ¿cómo estimular la generación de conocimiento? Una forma es crear derechos de propiedad intelectual sobre el conocimiento: si tú usas mi conocimiento, estás usando algo que es mío, y por lo tanto tienes que pagarme por ello. Parece una solución obvia. Si tú disfrutas mi canción, págame por ella, cómprala, en vez de simplemente copiarla de alguna fuente "pirata". Lo mismo con las películas, el software y prácticamente todo lo que a uno se le pueda ocurrir. Si hay derechos de propiedad intelectual, con justicia Pitágoras podría cobrarme cada vez que yo use su teorema. Es muy sencillo: si el problema del conocimiento es que es un bien público, entonces privaticemos el conocimiento.

El lío de esta estrategia es que, si el conocimiento es un bien público, lo cual hace que los mercados fallen, volverlo privado lo convierte en un monopolio, y en este caso también se sabe que los mercados fallan: los consumidores reciben demasiado poco, demasiado caro, del bien que se produce bajo condiciones de monopolio.

Algunos dirán que crear monopolios es el costo que se tiene que pagar para crear los incentivos adecuados para la producción de conocimiento, que es tan importante para el crecimiento económico. Otros sostenemos que no parece tener mucho sentido tratar de corregir una falla del mercado (el conocimiento como bien público) con otra (el conocimiento como monopolio). Además, los efectos distribucionales de esto no son neutros: es claro que los derechos de propiedad intelectual benefician más a quienes tienen más posibilidades de producir conocimiento. Como son los países ricos postindustrializados quienes tienen más posibilidades de producir conocimiento, los derechos de propiedad intelectual parecen ir en desmedro de los países pobres. Un caso dramático ha tenido que ver con las drogas para combatir el sida en África. Las compañías productoras de drogas, que han invertido cuantiosos recursos en desarrollar el conocimiento necesario para producir las drogas que sirven para tratar el sida, esperan que a ellas se les pague, no sólo lo que vale hacer las drogas en sí, que no es mucho, sino también sus derechos de propiedad intelectual. Sin embargo, como el conocimiento es un bien público, una vez alguien sabe hacer una droga contra el sida, queda muy fácil que otros la reproduzcan a bajo costo, si no hubiera que pagar derechos de propiedad intelectual. Comprensiblemente, muchos países africanos han optado por pagar la droga barata, sin reconocer los derechos de propiedad intelectual. ¿Están haciendo algo incorrecto?

Yo creo que no. Yo creo que lo que está mal es la pretensión de que el problema de que el conocimiento sea un bien público se corrija por la vía de los derechos de propiedad intelectual. Es una vía que ya tiene mucho recorrido y que está firmemente respaldada por los países ricos, de modo que ya incluso existe la percepción de que respetarlos es "civilizado". Sin embargo, al menos conceptualmente, es posible resolver los problemas de los bienes públicos por otra vía: la receta ortodoxa de los libros de texto es su subsidio por parte de organismos públicos. En otras palabras, sería el Estado el que subsidie la creación de conocimiento. Algo así parece moralmente más correcto. Ciertas ciencias nunca se atreverían a cobrar por el conocimiento que generan. Así pasa con los físicos, los matemáticos y los economistas. El caso moral a favor de cobrarles a los africanos unas drogas caras para que puedan combatir su sida es, a primera vista, muy cuestionable. Parece moralmente mucho más aceptable que los Estados de los países ricos subsidien la generación de conocimiento: eso les permitirá mantenerse a la cabeza de la economía mundial, a la vez que no se ven conflictos tan severos entre los intereses de los ricos y de los pobres. Este me parece otro caso en el cual la definición de los derechos de propiedad no es sólo un mecanismo para garantizar la eficiencia de los mercados, sino también un mecanismo con consecuencias distributivas indeseables.

Friday, April 20, 2007

07-04-20: Arriba las tetas naturales

Uno de los devastadores efectos colaterales de la cultura mafiosa que se ha impuesto en el país es el gusto por cierto tipo de mujeres cuya característica más notable es tener las tetas infladas con silicona. Los mafiosos, todos lo sabemos, son lobos por naturaleza. Y, no por causalidad, las mujeres que son de su gusto son lobas, quizás doblemente lobas (ya saben a lo que me refiero), por naturaleza. La estética de la lobería se ha venido extendiendo más allá del ámbito mafioso como una epidemia entre las jóvenes colombianas, de modo que ahora, para ser bonita, es casi que una condición sine qua non tener las tetas operadas. Ahora, pues, a todos nos tienen que gustar tetonas. Sobra decir que eso es un desastre. No hay nada mejor que unas tetas naturales, del tamaño justo. Los franceses dicen que las tetas deben caber en una copa de champaña, y, aunque eso siempre me pareció un poco pequeño, yo tampoco estaba abogando por un par de melones capaces de dejarlo ahogado a uno al menor descuido.

Sin embargo, hay que aplaudirlo, ciertas mujeres se están empezando a liberar del yugo. En la edición 84 de la revista Soho una tal Marilyn Patiño se deja fotografiar con su busto inflado de silicona (antes) y natural (después). Un poco más pudorosa, pues sale con sus tetas cubiertas, Estefanía Borge hace lo mismo en la revista Carrusel. No hay que decirlo: las tetas naturales son mucho mejores. Las tetas artificiales son de un tamaño que borda en la desproporción y que no encaja con la belleza. Para uno estar atraído a ellas tiene que tener una cierta perversión a favor de la deformidad. Las tetas naturales son las de un ser humano que puede reclamar un cierto derecho a la belleza. Es más: hay una cierta belleza inherente a una mujer que ha decidido quitarse sus tetas artificiales. Hay algo de madurez que la vuelve automáticamente más atractiva.

Me dan pesar las mujeres que encuentran su feminidad en tetas de silicona. Digo esto de manera genérica, porque conozco mujeres que se han hecho las tetas y que son buenas amigas mías. Desde el punto individual, las respeto mucho (cada cual puede hacer con sus tetas lo que quiera), pero, desde el punto de vista social, me pregunto qué tipo de sociedad estamos construyendo para que todas las viejas quieran llevar silicona en el pecho. Mis amigas de tetas de mentira son mis amigas, no por las tetas, sino a pesar de ellas. Y me niego a creer que un solo hombre prefiera tocar, besar o morder una prótesis a la cosa real. Sé que hay hombres que disfrutan tener sexo con muñecas, pero eso es comprensible: después del sexo, esas muñecas no joden. Así que hay una ventaja en la artificialidad. Pero las mujeres con tetas de mentira ofrecen todos los problemas y ninguno de los beneficios.

No pienso llegar al extremo de Florence Thomas de sugerir que una vieja de 50 es más atractiva que una de 20. No. Pienso que cada cual compite con lo que tiene. La belleza de la mujer probablemente está en su cima en la primera mitad de los veintes, pero una mujer mayor puede ser muy atractiva por otras razones. Yo creo que cada cual debe parecerse a lo que es. Por ejemplo, me parecen horribles esos calvos que tratan de cubrirse toda la cabeza con un solo mechón de pelo, largo y engominado, para que no lo desacomode el viento. Hermano: si usted es calvo, es calvo y ya. No le meta más misterio al asunto. Parecerse a lo que uno es es la clave: una mujer con tetas que no son de ella no se parece a sí misma, y por lo tanto no puede ser tan atractiva como cuando es ella misma. Sin hacer una apología del descuido personal, al primero que uno debe lealtad es a uno mismo. Todo lo otro son, realmente, tonterías.

07-04-20: El sentido de la vida

Una cosa me preocupa: venía incorporando entradas a buen ritmo en mi blog, pero en abril me he detenido: estamos a 20 de este mes, y sólo he colgado dos entradas. Hay dos buenas razones: la primera es que mi tercera entrada del mes iba a ser sobre el sentido de la vida. Y ha sido notablemente difícil escribir sobre ese tema. La segunda es que estoy cogiendo la costumbre de escribir mis entradas primero en Word, para luego subirlas al blog. Creo que este procedimiento le quita frescura a lo que escribo. Me apresto, por tanto, a escribir de una manera (relativamente) espontánea sobre el sentido de la vida.

Esta es una cuestión difícil para mí, que no soy un hombre particularmente religioso. Creo que hay dos formas de ver la vida, y hay dos formas de justificarla. Las dos formas de ver la vida son: "la vida es un carnaval", como en la canción de Celia Cruz, y "la vida es un valle de lágrimas", como en la tradición cristiana (más probablemente católica). Y si la vida es un carnaval, pues es rico vivirla, y no tiene más justificación que ella misma. Pero, si la vida es un valle de lágrimas, vivirla es una pesadilla, y su justificación se tiene que hallar más allá de la vida misma.

Yo creo que la noción correcta de la vida se aproxima más a la canción de Celia Cruz que a las oraciones católicas: la vida es un carnaval. Con esto no quiero negar que la vida implica sufrimientos y sacrificios, pero, bien mirado todo, parece que la vida es un ejercicio que bien vale la pena, perdón la redundancia, vivir.

A mí me gusta el montañismo. Nunca he intentado subir el Everest, o algo así por el estilo, pero sí me he pegado mis caminatas por las montañas de Colombia. Y creo que subir montañas tiene algo similar al ejercicio de estar vivo. Subir una montaña es sacrificado; es esforzado. Quien sube una montaña se enfrenta contra sus propios límites, y requiere una fortaleza mental especial. Obviamente, se requiere una cierta aptitud física, pero eso no parece lo más importante: nadie piensa en los montañistas como atletas, aunque el estado físico importa. Otra característica importante de los montañistas es que muchos de ellos ven su oficio como una búsqueda interior. La posibilidad de la muerte está siempre presente. Se dice que, de cada 10 personas que intentan subir al Everest, sólo tres lo logran, y una muere. La posibilidad de éxito no es muy alta, y el riesgo de muerte es considerable. Pero la diversión está en el sacrificio. Y no hay diversión mayor que llegar a la cima de la montaña. Una buena amiga mía lo describió muy bien, cuando, después de muchos esfuerzos, subió conmigo a los cerros que conforman el páramo de Chingaza, el punto más alto de la cordillera oriental en las cercanías de Bogotá antes de descender a los Llanos Orientales: "las mejores vistas están reservadas a aquellos que son capaces de soportar el sacrificio de llegar a la cima". Llegar a la cima no es una carrera: no se trata de llegar primero que otros. No importa parar mucho, si eso permite recuperar el aliento y las fuerzas. Pero sí se trata de la convicción de seguir adelante. Eso me parece hermoso, y me parece muy parecido al ejercicio de vivir la vida.

Muchos han señalado que el propósito de la vida es huir del sufrimiento y buscar la felicidad. En términos generales, estoy de acuerdo. A veces hay que pagar un cierto sufrimiento para lograr una cierta felicidad, pero ese es el truco de la vida. Me parece que el truco de la vida está en sentir. Me parece que los seres humanos estamos hechos de emociones, y que lo más rico de la vida es sentir esas emociones. Esto puede sonar totalmente contradictorio en un tipo que se precia de ser profundamente racional, como yo, pero la verdad es que el triunfo de la razón no puede significar la muerte de la emoción, porque sin emociones no somos humanos.

Me parece perfectamente legítimo que tratemos de buscar la felicidad. Naturalmente, no el concepto hedónico de la felicidad, el asociado con placeres y dinero, que me parece vulgar y vacuo. No dudo que una cierta comodidad económica es muy importante para la vida, pero me parece totalmente equivocado volverla el objetivo principal de nuestras vidas. Aquí tengo que admitir que a veces siento que me pude haber equivocado al haber estudiado economía. Pensaba que lo primero para la felicidad era que todos pudieran llevar una vida digna desde el punto de vista material, y eso me llevó a estudiar economía. Pero hoy siento pasión por los sicólogos que se preguntan directamente por la medición y las causas de la felicidad. Siento que ellos se están haciendo la pregunta más importante: ¿qué nos hace felices?

Noten que hablo de sicólogos, es decir, de científicos. Me parece infortunado que la discusión sobre el tema de la felicidad esté dominada por escritores de superación personal y por iglesias de garaje. Pero el éxito de unos y otras indudablemente tiene que ver con que ellos no tienen vergüenza en hacerse preguntas que son fundamentales para los seres humanos: ¿cuál es el sentido de nuestras vidas? ¿En dónde radica nuestra felicidad?

Yo, por mi parte, pienso que el sentido de nuestras vidas está en ser lo que somos, en cumplir con nuestro fin, en un sentido aristotélico. Nosotros somos seres humanos. Yo, de acuerdo con los hallazgos recientes de la sicología evolutiva, creo firmemente que los seres humanos tenemos una naturaleza humana. Creo que la naturaleza humana está hecha de luces y de sombras. Acabo de leerme un libro, Our Inner Ape (Nuestro simio interior), de Frans de Waal, el famoso primatólogo holandés, que trata de entender la naturaleza humana a partir del estudio del comportamiento de nuestros familiares más cercanos en el reino animal: los chimpancés y los bonobos. Los chimpancés son agresivos y obsesionados con el poder. Los bonobos son extremadamente sensuales. De Waal dice que los chimpancés usan el poder para poder tener sexo, mientras que los bonobos usan el sexo para poder tener poder. De Waal argumenta que los seres humanos tenemos un poco de chimpancés y de bonobos, que somos un simio bipolar. Es cierto que en nuestra naturaleza humana hay cosas horribles, como la tendencia a la agresión, pero también hay cosas sublimes, como la tendencia a la cooperación y a la amabilidad. De hecho, hemos llevado nuestra tendencia a la cooperación tan lejos que ahora, como dice Paul Seabright, en su libro The Company of Strangers (En la Compañía de Extraños), somos capaces de cooperar con extraños, lo cual muchas veces nos hace sentir "deshumanizados", o controlados por las fuerzas complejas y "despersonalizadas" de la globalización.

Los budistas sostienen que el sufrimiento proviene del deseo insatisfecho, de modo que la felicidad proviene de suprimir los deseos. Yo no creo que el punto sea suprimir los deseos. En el límite, uno siempre tendrá los deseos de beber, de comer, de dormir y de evacuar, y no creo que el punto sea suprimir esos deseos. Pero sí creo que el punto es desear bien, con una cierta moderación, con una cierta templanza. Quien tiene apetitos desmedidos no puede ser feliz.

En síntesis, creo que el sentido de la vida consiste en cultivar lo mejor de nuestra naturaleza humana, y en controlar lo malo. Martin Seligman, el sicólogo de la Universidad de Pensilvania que es uno de los líderes en el estudio científico de la felicidad, afirma que las fortalezas claves de la naturaleza humana para la felicidad se pueden reunir en seis grupos:

  1. El conocimiento y la sabiduría
  2. El coraje
  3. El amor y la humanidad
  4. La justicia
  5. La moderación y la templanza
  6. La espiritualidad y la trascendencia

Parece obvio que, si uno cultiva esos seis grupos de fortalezas, vive una vida buena y feliz. El grupo que quizás más me llama la atención es el de la espiritualidad y la trascendencia, porque en otras entradas de este blog he negado la dimensión "espiritual" de los seres humanos, es decir, he dicho que no creo que exista un "alma" separable del cuerpo. Pero una cosa es espiritualidad y otra es trascendencia. Una recomendación tradicional que se les hace a los seres humanos es: "tener un hijo, escribir un libro y sembrar un árbol". Esta recomendación sugiere dejar algo que atestigüe nuestro paso por la vida: eso es trascendencia.

Seligman argumenta que hay tres tipos de felicidad: la placentera, la asociada con la buena vida y la que surge de tener sentido o significado. Él no le otorga mucho valor al primer tipo, pero sí a los otros dos. En particular el tercero consiste en estar vinculado a algo más grande que uno mismo. Evidentemente, quienes se sienten vinculados a Dios pueden sentirse perfectamente felices, pero el sentido o el significado de la vida no necesariamente se tiene que derivar del apego a una creencia religiosa. Yo hallo una clara relación entre la búsqueda de trascendencia y la búsqueda de sentido o significado para la vida.

Seligman se ha dedicado a identificar cosas que hacen a la gente positivamente feliz. Como una primera historia, Seligman cuenta que, en algún punto de su carrera profesional se interesó por la sensación de "helplessness", que se podría traducir como desatención, desconsuelo o desesperanza. Hay individuos, tanto humanos como de otras especies animales, que son más resistentes a esa condición. Los resistentes son los "optimistas", mientras que los que sucumben son los "pesimistas". Aproximadamente un décimo de los individuos, tanto humanos como de otras especies, tienen la condición de desesperanza sin tener que provocarla. Y cuando se la provocaba por medio de confrontar a los individuos a situaciones incontrolables, aproximadamente cinco de ocho individuos adquirían esa condición y un tercio de los individuos nunca la adquirían. ¿Quién resiste el colapso? Seligman encontró que los optimistas interpretaban esos eventos incontrolables como temporales, controlables, locales y fuera de su responsabilidad. Los pesimistas los interpretaban como permanentes, incontrolables, ubicuitos y causados por su culpa. Los datos impresionantes son que los optimistas tienen una menor tasa de depresión, tienen más éxito en la generalidad de las profesiones, tienen mejores sistemas inmunológicos y "probablemente" viven más años que los pesimistas.

Una segunda historia es que Seligman ha identificado que la gratitud es una de las cosas que positivamente incrementa la felicidad, tanto de quien la ejerce como de quien la recibe.

Por lo tanto, parece que, dentro de la receta de la felicidad, están el optimismo y la gratitud. Estas ideas parecen obvias. Más en general, parece obvio que quien vive una vida sabia, valiente, humana, justa, moderada y trascendente vive una vida feliz, que merece la pena vivirse.

Por lo tanto, me parece que el sentido de la vida se halla en un nivel a la vez más básico y más profundo que en el que frecuentemente buscamos. La vida es bella por sí misma, y no requiere más justificación que ella misma. El sentido de la vida en nosotros los humanos se halla en nuestra propia naturaleza, y en especial en lo mejor de nuestra propia naturaleza. El cultivo de nuestro lado claro requiere esfuerzo y disciplina. Yo tengo que admitir que, debido al agotamiento, muchas veces no le he hallado sentido al ejercicio vital. Sin embargo, el truco parece estar en saber detenerse y descansar. La vida provee unas recompensas que sólo son obvias para quien goza subiendo la montaña. Para quienes buscan atajos al sentido de la vida y quieren hallarlo sin subir la montaña, sólo cabe la frase célebre de George Mallory, el famoso montañista británico que murió en su tercer intento por subir al Everest. Cuando le preguntaron por qué quería escalar esa montaña, de manera inolvidable, respondió: "porque está ahí".