Wednesday, May 25, 2016

Democracia I-IV: La gran encuesta del proceso de paz

Tengo la fortuna de tener un chat de amigos de la universidad. A ese chat mando los vínculos a las entradas de mi blog. Frente a mi más reciente entrada, que hablaba de un método de votación que estoy proponiendo, alternativo al mayoritario usualmente usado, tuve una interesante reacción: “Si te estás inventando un método de votación alternativo, ¿cómo funcionaría en el caso práctico de los acuerdos de paz en La Habana?”. ¡Ja! Quién dijo: “¿para qué soy bueno?”. Inmediatamente les cogí la caña (hablando en sentido figurado, claro).

Lo primero era ponerse de acuerdo en las opciones disponibles. ¿Por qué se iba a votar? Después de alguna discusión, se convino en que las opciones eran aprobar lo acordado en La Habana y no aprobar lo acordado en La Habana. Al fin y al cabo, a esa decisión se someterá el pueblo colombiano en unos meses, si todo sale bien. Este tema merecerá más discusión adelante.

Lo segundo era explicar cómo funciona el método de votación. Yo traté de explicar que cada cual debía escoger, en abstracto, una nota máxima y una nota mínima, y que con respecto a esas dos notas debía calificar las dos opciones disponibles. Mi explicación no debió haber sido muy buena porque, debo decirlo, causó alguna confusión. Algunos pensaron que con señalar sus notas máximas y mínimas era suficiente; otros pensaron que calificar situaciones abstractas, que nunca se iban a dar, era una ridiculez; unos terceros pensaron que con dar una sola nota era suficiente, sin darse cuenta de que mi método exige poner una nota a todas las opciones disponibles, en nuestro caso dos; otros más dijeron que esas valoraciones eran filosóficamente imposibles. Así que me tocó ejercer bastante pedagogía, y tener algo de paciencia.

Al principio, la gente se mostró tímida frente al método, lo cual es normal cuando uno se enfrenta a un procedimiento nuevo. Tal vez uno no deba enredar el método de votación y deba anunciar de antemano cuáles son las notas máxima y mínima, pero una de las bellezas del método es que esa decisión no importa para nada, y cada cual puede escoger sus notas máxima y mínima como a bien tenga. En esta prueba, yo pedí que un voto válido tuviera cuatro números (la calificación máxima, la calificación mínima y las calificaciones de las dos opciones en juego: aprobar y no aprobar los acuerdos de La Habana). Sin embargo, acepté los votos de las personas que mandaron solo dos números cuando era razonablemente claro cuál era el marco de máximos y mínimos que estaban utilizando.

Después de algunas aclaraciones, la gente empezó a votar. Quizás aquí quepan algunos datos sociodemográficos. En el chat hay 17 personas. Ellas no fueron escogidas probabilísticamente: todos fuimos compañeros de estudio de economía en los Andes, hace ya unas tres décadas. 11 son hombres y seis son mujeres. Todos estamos en nuestros “early fifties” de edad. Pertenecemos a un estrato socioeconómico medio-alto (en mi caso más medio; en el del resto, extraordinariamente alto). Somos altamente educados: todos fuimos, por lo menos, a la universidad (aunque allí unos mamamos más gallo que otros). En síntesis, la muestra no es ni cinco representativa. Un estadístico bobo diría que de los resultados no se puede derivar ninguna conclusión confiable. Y, sin embargo…

Después del plazo de escrutinio, se emitieron 13 votos, de los cuales 12 fueron válidos, lo cual equivale a una abstención del 29%. Los votos, a diferencia de una elección de verdad, se emitieron de manera pública, lo cual pudo haber inhibido a algunos a votar, para así no revelar frente a sus amigos sus verdaderas preferencias. Eso puede causar una distorsión adicional en los resultados.

Algunas personas, más que no preocuparse por votar, fueron renuentes a hacerlo. Según lo que se dijo en el chat, yo identifico al menos tres razones para esa renuencia: (1) había inconformidad con las opciones planteadas (es decir, a la gente le hubiera gustado que hubiera otras opciones para escoger); (2) había el sentimiento de que la información para votar era insuficiente; que no había suficiente información para votar (una pregunta que se formuló era: ¿quién sabe lo que se acordó en La Habana?); y (3) hubo el sentimiento de que darle un valor a las opciones era moral o filosóficamente complicado.

A pesar del tono con el que se expresaron las anteriores razones (al fin y al cabo hablamos en un chat de amigos), me parece que todas ellas son profundas. Con respecto a la primera (¿no sería mejor tener otras opciones?), la selección de opciones o candidatos es crucial. Mi primera condición para identificar un método de votación adecuado es que una elección está definida, entre otras cosas, por los candidatos que participan en ella. Una cosa es que uno elija entre aprobar o no aprobar los acuerdos de La Habana en un plebiscito; otra cosa es que uno elija entre un plebiscito, un referendo o una constituyente; y una tercera es que uno tenga que aprobar precisamente los términos del acuerdo alcanzado por los negociadores del gobierno y las Farc, y no otros términos. La escogencia de las opciones que entran en el proceso democrático también es parte del juego político, y ya desde ahí se pueden dar exclusiones que pueden dejar insatisfechos a los electores. La democracia no se empieza a ejercer cuando las opciones para votar están definidas, sino en el proceso mismo de definir las opciones por las cuales se va a votar.

La segunda razón señala que es muy difícil votar por opciones de las cuales uno está mal informado. Aquí, creo, hay más razones para el pesimismo. Mucha gente insiste en la importancia de tener una ciudadanía informada, participativa, empoderada y deliberativa para tener una buena democracia. Todo eso es verdad y hay que hacer más esfuerzos en ese sentido, pero, siendo honestos, nada de eso pasará en alto grado. Uno siempre vota con información incompleta. Un trabajo reciente de Achen y Bartels (2016), titulado Democracy for Realists, señala que la gente nunca vota como consecuencia de una decisión racional e informada, sino que vota, más bien, por afinidad grupal. Mejor dicho, uno vota por quien le parece chévere, no más. En particular, uno no vota como un acto racional, ponderado después de evaluar toda la información disponible, sino motivado por sentimientos más bien primarios. Quien quiera información sobre el proceso de paz puede hallarla en la página web www.mitosyrealidades.co, o en la app “mesa de conversaciones”, pero pocos absorberán la información necesaria para una decisión “informada”. Hay que reconocer que las elecciones, ningunas elecciones, se tratan de eso.

La tercera razón es que es difícil pasar de preferencias a números que expresan preferencias. En términos de economistas, es difícil pasar de relaciones de preferencia a funciones de utilidad. Yo sé que Paulina Vega me gusta más que Laura Acuña, pero ¿cuánto más? Es difícil de precisar. Adicionalmente, es repugnante valorar ciertas cosas. ¿Cuánto vale una vida humana, por ejemplo? ¿La paz no es el máximo bien? ¿La guerra no es el máximo mal? ¿No es estúpido tratar de valorar esas cosas? Por eso el supuesto de tener funciones de utilidad cardinales es exigente: porque pide más información. Las relaciones de preferencia (esto me gusta más que aquello) son menos exigentes, porque no tengo que decir por cuánto. Pero, si no preciso el cuánto, no puedo hablar de una función de utilidad social consistente (Arrow). En el fondo, toda la economía está basada en la idea de darle un valor a nuestras preferencias, así eso a veces suene repugnante. De esta manera, siempre seguirá existiendo gente que nos recuerde que hay cosas que el dinero no puede comprar (ver, por ejemplo, Sandel, 2012, What Money Can´t Buy). 

A pesar de todas las salvedades, los resultados del ejercicio fueron contundentes. Si la elección hubiera sido mayoritaria, aprobar los acuerdos de La Habana hubiera ganado por unanimidad, 12 votos contra cero.

Con mi método de votación, aprobar los acuerdos de La Habana también hubiera ganado. ¿Por qué? Porque los votantes calificaron muy mal no aprobar los acuerdos. La nota relativa mínima de no aprobar los acuerdos fue más baja que la nota relativa mínima de aprobarlos. Los detalles de los cálculos los muestro en un cuadro abajo, que explico más adelante. Por lo tanto, según mi método, la opción ganadora fue aprobar los acuerdos de La Habana. La nota decisiva fue la de una persona cuyo nombre no puedo revelar por razones de habeas data, pero cuyo sistema de evaluación fue bastante creativo. Sin embargo, no creo que eso haya sesgado los resultados. 

Espero que una de las cosas para las cuales haya servido este experimento particular es para mostrar que la aplicación de mi método no es extraordinariamente difícil. Una de las cosas para las cuales NO sirvió fue para mostrar la superioridad de mi método de votación sobre el método mayoritario, ya que ambos, en este caso, dieron el mismo resultado. Pero no importa. El experimento sirvió para sacar otras conclusiones.

Adicionalmente, es fácil ver cómo hubiera podido haber una diferencia. Por ejemplo, suponga que hubiera habido una mayoría que votara en contra de los acuerdos, pero sin grandes diferencias entre rechazar y aprobar los acuerdos. Suponga, además, que la minoría que hubiera votado a favor de los acuerdos tuviera unas preferencias intensas a favor de los acuerdos (es decir, que no aprobarlos le pareciera fatal). Ahí los métodos de votación hubieran hecho una diferencia. 

Para terminar, yo no tomaría mi muestra tan en serio. Pero, con todo y sus limitaciones, tal vez sí se pueda sacar una lección de este experimento. Aún no puedes cantar victoria, pero puedes respirar tranquilo, Juan Manuel (me refiero a Santos, no a Soto). A pesar de todos los peros que se le pueda poner al proceso de La Habana, la gente no es boba, y sabe que un mal acuerdo es preferible a un buen pleito. Con la sabiduría infinita y mal informada de Pambelé, la paz es mejor que la guerra.

A continuación describo en detalle los resultados del experimento. En el siguiente cuadro hay 12 columnas. La primera es un identificador consecutivo de los votantes. Las columnas 2 a 5 contienen las calificaciones de cada votante: la 2 es la calificación del cielo de cada votante, la 3 es la calificación que se le da a la opción de aprobar los acuerdos, la 4 es la calificación que se le da a la opción de no aprobar los acuerdos, y la 5 es la calificación del infierno de cada votante. La columna 6 es la diferencia entre las columnas 3 y 5. La columna 7 es la diferencia entre las columnas 4 y 5. La columna 8 es la diferencia entre las columnas 2 y 5. Por lo tanto, las columnas 6, 7 y 8 son las "distancias" entre las opciones y el cielo con respecto al infierno. La mejor calificación que una opción puede sacar es que sea igual al cielo; la peor, que sea igual al infierno. Las columnas 9 y 10 son las columnas claves del método de votación que propongo. La columna 9 indica cuánto saca la opción de aprobar los acuerdos en una escala de 0 a 1, y se calcula dividiendo la columna 6 entre la columna 8. La columna 10 indica cuánto saca la opción de no aprobar los acuerdos en una escala de 0 a 1, y se calcula dividiendo la columna 7 entre la columna 8. En otras palabras, las columnas 9 y 10 califican cada opción en relación con la felicidad máxima que un individuo podría sacar en la sociedad. Esas calificaciones tienen que estar entre 0 y 1. Mi método de votación se pregunta cuál es la calificación mínima en las columnas 9 y 10 (leyenda "mínimo"), y luego se pregunta, de esas dos calificaciones mínimas, cuál es la mayor (leyenda "maximin"). Se puede ver que el maximin coincide con el mínimo de la columna 9; por lo tanto, la opción de aprobar los acuerdos de La Habana es la ganadora. Las columnas 11 y 12 se refieren a los votos de cada opción si la votación hubiera sido mayoritaria. Se imputa un voto a "aprobar" si la columna 3 es mayor que la 4, y se imputa un voto a "no aprobar" si la columna 4 es mayor que la 3.  





No comments: