Thursday, April 22, 2010
10-04-22: Elegía de Lina Marulanda
En un país obsesionado con la belleza femenina, donde son comunes las cirugías estéticas para alcanzar lo que la naturaleza no dio o lo que la naturaleza quita, donde los medios de comunicación están dominados por presentadoras que, más que comunicadoras, son modelos, Lina Marulanda brilló con luz propia. Qué belleza la que tenía. Lina era de una belleza tranquila, que podía competir sin complejos con la belleza elegante de Claudia Bahamón, o con la belleza irreverente de Laura Acuña, o con la belleza latina de Carolina Cruz, para no hablar de otras bellezas de menos gusto, como la de esa otra paisa, Natalia París. De todas ellas, Lina Marulanda era mi favorita.
No conocí a la Marulanda. Nunca hablé con ella. Compré algunas revistas solo por el placer de ver sus fotos. Una vez la tuve muy cerca: yo manejaba por la Circunvalar y, en un trancón, ella, al volante de un Mercedes, quedó al lado mío. La miré, pero no le dije nada. No le dije lo que pensaba. Que era la bella entre las bellas. Que no era de una belleza tonta. No le dije nada. Ella tomó su rumbo, y yo el mío. Por un momento nuestras vidas se cruzaron, y solo fue un momento. Hoy ella está muerta, y yo miro a la vida de frente. Un mundo sin Lina Marulanda es ciertamente menos bello y más incompleto. Duraste lo que dura la belleza: un suspiro. Y quedamos nosotros, para reflexionar sobre eso. Para pensar sobre la vida y sobre la muerte. Sobre lo intenso y breve que es este momento en el que estamos vivos. Adiós, Lina. Adiós para siempre.
Saturday, April 17, 2010
10-04-18: La Universidad de los Andes y la participación en política
¿Cómo debe manejar una universidad no confesional y pluralista como la Universidad de los Andes el tema de la participación política? El Estatuto Profesoral de la Universidad (capítulo 6, numeral 5, p. 48) dice que: “Con el fin de preservar la independencia política de la Universidad, los Profesores de Planta no podrán ocupar posiciones de dirección en partidos políticos ni postularse a cargos públicos de elección”. Mi impresión es que la Universidad maneja ese tema con una orientación que es excesivamente pacata, si se puede usar la palabra. La Universidad no debería ver con malos ojos la participación en política de sus profesores y alumnos. Por el contrario, debería verla con buenos ojos. Mientras que la Constitución Política de Colombia les prohíbe a los congresistas desempeñar cargo o empleo público o privado, excepto el ejercicio de la cátedra universitaria (art. 180), el Estatuto Profesoral de los Andes no les permite a los profesores ser congresistas. En otras palabras, el Estatuto es más restrictivo que la Constitución.
Una de las desgracias de la mentalidad colombiana es que ve la política como algo “malo”. No hay una actitud que valorice la participación en política. Ésta no se fomenta, sino que se deprecia. Hablar de política en una reunión social no es considerado de buen gusto. No está bien hablar de política, pues la conversación no puede llevar a nada bueno. En Colombia se devalúa a la política y a los políticos. Uno no respeta a un congresista, sino que lo desprecia. Uno no dice “honorable senador” sino con ironía. El político es sinónimo de ladrón, de tramposo, de ser sin principios. Ya se ha dicho muchas veces que, en Colombia, lo público parece no tener dueño, porque no tiene dolientes. Lo colectivo, lo social, lo político, son anatemas para el modo de reflexionar colombiano. Sólo importa el individuo. Sólo importa que cada cual se salve como pueda. Y la Universidad de los Andes, en cuanto forma parte de la sociedad colombiana, parece participar de esos prejuicios.
Esta actitud cultural —pues no es otra cosa— es mala para el país, pues así la política no atrae a los mejores, sino que los repele. La política queda, en efecto, de gente sin principios ni escrúpulos. La profecía de que la política es mala termina por autocumplirse.
Aristóteles, quien pensaba que la política es el más alto ejercicio de la inteligencia, vería con sorpresa la forma como se trata la política en Colombia. Y vería absurdo que una Universidad, donde se debe llevar a cabo el más alto ejercicio de la inteligencia, proscriba la discusión política. En este contexto, el papel de la Universidad debería ser proveer un espacio para el debate político civilizado y con altura. La Universidad no debería pedirles a sus miembros ser seres apolíticos, o ser seres políticos sólo por fuera de la Universidad, seres esquizofrénicos que son una cosa en la Universidad y otra por fuera. La Universidad debería invitar la controversia política, no disimularla.
No estoy pidiendo la politización de la Universidad. Estoy de acuerdo en que una universidad politizada es un desastre. Me parece bien que la Universidad, en cuanto Universidad, sea no confesional y no partidista. Pero una cosa es la Universidad y otra cosa son sus miembros. No quiero que la Universidad diga por quién votar, pero sí quiero que uno de los criterios bajo los cuales opere la Universidad sea el pluralismo político. ¿Por qué alguien no puede decir dentro de la Universidad que es marxista y que apoya al Partido Comunista? ¿Por qué Sergio Fajardo no puede ser candidato a la presidencia de la República y profesor de los Andes? ¿Por qué Juan Carlos Echeverry no puede ser profesor de Economía y candidato a la alcaldía de Bogotá? Una cosa es que, por estar metidos en esas actividades, no puedan cumplir sus obligaciones académicas. Me parece injustificada la excusa de decir que, porque estoy metido en política, no puedo cumplir con mis obligaciones académicas. En este caso, la Universidad debe echarme, pero no por participar en política: debe echarme por no cumplir mis obligaciones con la Universidad. Otra cosa, muy distinta, es que uno, por estar metido en tareas académicas, no pueda participar en política. La participación en política debe ser vista como un derecho fundamental. Lo que está mal es que los miembros de la Universidad, al hablar de política, lo hagan a nombre de la Universidad. Pero no le veo nada de malo a que los miembros de la Universidad hablen de política a nombre propio, bajo el proviso de que “las opiniones son personales y no comprometen a la institución para la cual se trabaja”.
La objeción de que la participación en política de sus miembros compromete la objetividad, la independencia y la neutralidad de la Universidad es equivocada. La Universidad no gana neutralidad por pedirles a sus miembros que no hablen de política. La Universidad gana neutralidad por garantizar un foro para el debate civilizado a todas las corrientes políticas. No veo mal que la Universidad tenga sociedades de izquierda, liberales o conservadoras. No veo mal que los candidatos puedan distribuir sus volantes en la Universidad. Si la Universidad no provee el espacio para que tradiciones políticas distintas dialoguen sin matarse, ¿entonces qué lugar en la sociedad puede hacerlo?
La pregunta es dónde se traza la línea que garantiza que la Universidad no se politice. Hay por lo menos dos propuestas. Una dice que una cosa es la Universidad como institución y otra cosa son los individuos que conforman la institución, individuos que están dotados de derechos inalienables, incluido el derecho de la participación política. En este caso la línea dice que toda participación política de los individuos, en cuanto individuos, no sólo no debe ser prohibida, sino que tiene que ser estimulada. Por otro lado, toda toma de partido por parte de la Universidad debe ser enfáticamente rechazada. Si Carlos Caballero escribe una columna repudiando la reelección, vale. Si la Escuela de Gobierno repudia la elección, no vale.
Otra propuesta dice que la Universidad no debe ser campo para el proselitismo. Que un profesor no debe poder escribir una columna en un periódico apoyando a un candidato o atacando a otro, así sea a nombre propio. Que los conservadores no pueden distribuir volantes o formar su sociedad en la Universidad, es decir, que no puede haber algo así como “los conservadores de los Andes”. Que tal persona no puede ser profesora por ser del Opus Dei. Que el profesor marxista no puede decir en clase que él considera que el socialismo es superior al capitalismo.
Mi posición es clara. Yo creo que la línea demarcatoria es la primera, y que la Universidad no tiene ningún papel en decirles a sus miembros cuál es el tipo de participación política que pueden tener. El problema no es que uno contrete un profesor del Opus Dei, sino que uno lo contrate por ser del Opus Dei. La neutralidad se logra con el pluralismo, no pidiéndoles a los miembros de la comunidad uniandina que sean seres apolíticos, como si tal cosa existiera. Quizás el único decoro que pediría, más por pudor que por cualquier otra cosa, es que el proselitismo político esté proscrito del salón de clase.
La Universidad debe demostrar que incluso los debates más apasionados se pueden dar en un ambiente de civilidad, de respeto por el otro, de razonabilidad, de altura. El papel de la Universidad debe ser aconductar las pasiones políticas, no suprimirlas, entre otras razones porque seres humanos sin pasión, sin pasión política, no son seres humanos. La universidad no es ni puede ser una torre de marfil que está por encima del debate social y político. Por el contrario, la universidad tiene que ser el lugar donde ese debate se lleva a cabo con más decoro, altura e inteligencia.
10-04-17: Cómo no hablar de política estos días
Para comenzar, diré que estoy de acuerdo con la decisión de la Corte. Con ella, el Estado de Derecho se colocó por encima del Estado de Opinión. Es imposible describir con justicia lo importante que fue eso para el desarrollo institucional del país. Las encuestas dijeron que el país recibió esa noticia con decepción. Sin embargo, la decisión fue acatada sin reparo, lo cual habla muy bien de la madurez institucional de Colombia. Lo que es notable ahora es cómo el país se desuribiza rápidamente: si antes se buscaba el continuador de Uribe, hoy la tendencia es buscar algo nuevo. Antes parecía que el uribismo dominaría la primera vuelta presidencial, con dos candidatos uribistas pasando a la segunda vuelta. Hoy parece que el concepto mismo de "continuación del uribismo" se desmorona.
Una lucha por la presidencia que en un principio se presagió pareja rápidamente ha dejado graves bajas por el camino. Candidatos muy buenos se desinflaron rápidamente: Petro, Pardo, Vargas Lleras. Malo por la izquierda y malo por el Partido Liberal. Yo soy de los que cree que esas dos colectividades, fortalecidas, le hacen bien al país. La única colectividad que parecía ser capaz de pescar en río revuelto era el Partido Conservador. Sin embargo, eso, que parecía obvio hace unos días, hoy ya no lo es tanto. La candidatura de Noemí Sanín y el vigor del Partido Conservador se han venido desinflando por igual. Yo creo que lo de Sanín es irreversible. Me da mucho pesar por ella, a quien en el plano personal le debo tanto.
Mi interpretación de lo que está pasando es la siguiente: yo creo que Uribe fue eficaz en proporcionar una visión al país que, aunque polarizante, fue políticamente muy efectiva. Pero, desaparecido Uribe del mapa político, la gente está empezando a descubrir que no es necesario mirar al país con la visión que construyó Uribe. La distinción entre uribismo y antiuribismo se está volviendo irrelevante para entender la realidad política. La distinción que parece estar surgiendo con fuerza es la de continuidad o cambio. La desgracia para los uribistas acérrimos es que parece haber mucho uribismo que, enfrentado a la realidad de que Uribe ya es pasado, parece pedir cambio en vez de continuidad. Y no ayuda que el final del gobierno Uribe está siendo lánguido. La última perla fue, naturalmente, la caída de la emergencia social. En la lucha que Uribe sostuvo con la rama judicial, el perdedor de largo plazo fue, sin duda, Uribe. Pero no hay que ser desagradecidos con Uribe. Sin duda, fue un presidente excepcional. Se merece la marcha de agradecimiento que algunos uribistas están proponiendo, aunque no es de mi talante asistir a ese tipo de cosas. Sin embargo, la actitud reinante parece ser "gracias, pero hay que seguir adelante".
La gente, libre de la visión uribista, está imaginando que otra Colombia es posible. Y se está aferrando a una nueva visión esperanzada, construida quizás por un voto urbano, joven, adicto a la tecnología. Es una voz de esperanza. Frente a la noción de miedo que hay detrás del concepto de seguridad democrática, surge la esperanza de una Colombia que hace énfasis en la educación, en la cultura ciudadana, en la lucha contra la corrupción y la politiquería. Se está proponiendo un país imaginado. Y la atracción de la Utopía se está volviendo irrefrenable. Yo soy de los que todavía albergan dudas sobre la capacidad de los nefelibatas para gobernar un país de verdad con los problemas que tiene Colombia, pero negar que aquí está surgiendo una ola de esperanza contra el miedo es una tontería. Hoy no suena improbable que la alternativa independiente sea capaz de derrotar tanto a los partidos tradicionales como al uribismo. Tal como dice una vieja canción de R.E.M., "it’s the end of the world as we know it… and I feel fine".
Saturday, March 27, 2010
09-07-28: El pobre Partido Liberal
Tal como están las cosas hoy, Rafael Pardo será elegido candidato oficial del Partido Liberal a la presidencia de la República. Si eso pasa, será una buena cosa: Rafael Pardo es una de las mejores caras que el liberalismo tiene hoy para mostrar.
Sin embargo, muy probablemente Rafael Pardo no será presidente en 2010. Quizás ni siquiera pase a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Las encuestas, que siempre pueden cambiar, indican hoy que a la segunda vuelta pasarían Juan Manuel Santos y Sergio Fajardo. Desafío a los liberales a que desmientan la siguiente afirmación: “el Partido Liberal volverá a ser derrotado en las elecciones presidenciales de
Si el Partido Liberal vuelve a perder, no será por las falencias de su candidato, que, por el contrario, es uno muy bueno. Tampoco será por las falencias de su director, que es un hombre de Estado como ninguno, y al cual el Partido le debe más de un agradecimiento por los sacrificios recientes. Pero sí perderá por haber perdido la capacidad para interpretar a la sociedad y entender a Colombia. El viejo Partido Liberal, que en los años 1990 se dejó enredar por el clientelismo, el populismo y la mafia, hoy se enconcha en una posición de oposición ideologizada y obtusa que le impide ser alternativa de poder, y de la cual sus mejores hombres no pueden hacer nada distinto que escapar. Uribe, Santos, Vargas Lleras, Rivera, son apenas algunos de los nombres de gente que entendió que, dentro del Partido, tal como está, no había futuro. El Partido Liberal hoy no está en la vanguardia de la historia, sino en la retaguardia, avasallado por ella, perdido, tratando de entenderla. Sus representantes más visibles serían los candidatos menos elegibles. Es un pesar.
Las ideas liberales son necesarias para Colombia. El pesar es que el Partido Liberal ya no las representa. Las ideas liberales se han quedado expósitas, huérfanas. El Partido Liberal tiene que rearmar su doctrina alrededor de los tres temas sobre los cuales el presidente Uribe repite con insistencia: seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social.
Sobre los dos primeros, el Partido todavía debe desarrollar una doctrina creíble. El Partido Liberal no luce hoy un continuador adecuado de las políticas de seguridad democrática. Continuar esas políticas no significa mantenerlas al pie de la letra. Esas políticas deben ser ajustadas en muchos frentes, incluyendo el respeto a los derechos humanos y la incorporación de la seguridad ciudadana. Sin embargo, sería un error abandonar las políticas de seguridad democrática justo ahora. Empero, pareciera que el Partido Liberal es incapaz de interpretar creíblemente la partitura de la seguridad democrática.
Sobre el tema de la confianza inversionista, hace mucho que el Partido Liberal dejó de representar una opción de desarrollo económico creíble. No hay desarrollo sin creación de empresa y emprendimiento, pero el Partido Liberal de hoy no parece entender el papel que el sector privado juega en el desarrollo. En consecuencia, ignora ese papel completamente.
Por último, sobre el tema de la cohesión social, el Partido Liberal no tiene mejor propuesta que criticar los programas sociales del gobierno. El partido de lo social no tiene propuestas sociales, sino críticas a los ambiciosos programas sociales del gobierno. No es que estos programas no estén libres de críticas (uno, en efecto, les puede hacer muchas glosas), pero al partido de lo social no le luce nada bien criticar esos esfuerzos sociales por la inconfesable razón de que los réditos políticos de esos programas se los están llevando otros.
El dilema que enfrenta el Partido Liberal es simple: o se reinventa o se muere. Por el bien de Colombia, esperemos que no escoja la segunda opción.
Friday, May 8, 2009
09-05-08: El crimen del padre Alberto
Yo creo que el padre Alberto merece más compasión que otra cosa, y que la Iglesia no merece ser estigmatizada por este nuevo "escándalo". Es cierto que la Iglesia ya no aguanta un escándalo más de padres que tienen hijos, como se sabe ahora del obispo Lugo, hoy presidente de Paraguay, o de padres con tendencias homosexuales o de pederastia. En perspectiva, el pecado del padre Alberto es un pecado menor. Como dijo algún comentarista electrónico, es mejor que el padre sea heterosexual a pederasta. Es una lástima que algunos aprovechen un pecado menor para crear escándalo.
Que un hombre ame a una mujer es muy humano. No hay nada de malo en eso. Es cierto que el padre Alberto es más que un ser humano: es un sacerdote. Pero que el padre Alberto no haya podido cumplir todos los votos de su sacerdocio no lo convierten en un mal ser humano. Quizás ni siquiera lo convierten en un mal sacerdote. Quizás el problema no es del padre Alberto, sino de la institución de la castidad en el sacerdocio católico. Quizás la Iglesia debería tener espacio para aquellos que quieren trabajar por la Iglesia sin dejar de amar a una mujer. Sin embargo, no quiero entrar en el papel de decirle a la Iglesia Católica qué es lo que tiene que hacer. Dejemos al padre Alberto, y a la Iglesia Católica, en paz por esta "indiscreción". No condenemos al hombre por ser hombre.
Wednesday, March 4, 2009
09-03-04: ¿Qué es el liberalismo?
Sin embargo, no todo el liberalismo es derecha. En Estados Unidos el calificativo "liberal" designa a alguien más de izquierda que de derecha. En Colombia también se sigue esa convención, quizás como resultado de la influencia de líderes históricos como Rafael Uribe Uribe, Alfonso López Pumarejo y Jorge Eliécer Gaitán, que eran liberales de izquierda. Se dice que Rafael Uribe Uribe sostenía que "el liberalismo debe amamantar en los abrevaderos del socialismo". Este liberalismo de izquierda estaría más preocupado por la justicia social que por la libertad. O, más bien, reconocería que una excesiva libertad económica genera para muchos una libertad más formal que real. Como me enseñaba mi entrañable profesor de filosofía en el colegio (que, curiosamente, era conservador), "la única libertad real de muchos en el capitalismo es la libertad de morirse de hambre". Bajo esta lógica, algunos liberales colombianos hacen el tránsito a la izquierda, como Carlos Gaviria o María Emma Mejía, o se sienten cómodos interlocutando con la izquierda, como Piedad Córdoba.
De modo, pues, que el liberalismo da para todo. En el contexto colombiano, una forma más estrecha de entender el liberalismo es la que lo colocaría entre la izquierda y el conservatismo. El liberalismo no sería de izquierda, ya que respetaría las convenciones básicas de la economía de mercado, y no sería de derecha, ya que afirmaría, en todo caso, la primacía de la igualdad o la justicia social sobre la libertad, y la importancia de lo que la Constitución colombiana denomina "el libre desarrollo de la personalidad", es decir, la libre expresión de la individualidad personal.
En este escenario, ¿yo dónde me coloco? Yo creo que soy un liberal de centro. Creo que, entre justicia social y libertad, prima la justicia social. Sin embargo, también creo que la promoción de la justicia social debe hacerse de forma cuidadosa, para no perjudicar el funcionamiento de los mercados. No más hoy veo en la prensa que Hugo Chávez, el presidente venezolano, "obligará" a los productores de 12 alimentos básicos a "mantener una producción mínima que garantice el abastecimiento interno a precios controlados". Es absurdo esperar que alguien quiera mantenerse en un proceso productivo a pérdida, y por lo tanto la medida de Chávez, que ignora completamente los incentivos que operan en una economía de mercado, está condenada a fracasar: con ella no conseguirá abastecimiento a precios bajos, sino desabastecimiento. En este sentido, puede decirse que un liberal de centro es un tipo con conciencia social, pero no iletrado en asuntos económicos.
Un liberal de centro aprecia la libertad, pero entiende que la aspiración de libertad individual no es absoluta. La libertad individual puede ser coartada siempre que esa restricción de la libertad individual promueva el bien común. Sólo con ese pretexto se le imponen límites a la libertad individual. Ese espíritu quedaba recogido en algún texto constitucional colombiano bajo la fórmula de que "se respeta la propiedad privada con responsabilidad social". Para el liberal conservador, la intervención estatal que recorte la libertad individual es anatema. Bajo esta lógica, los impuestos no son una contribución individual al bien común, sino la expresión de un Estado desbordado en sus funciones, que por lo tanto se convierte en una amenaza para la libertad individual. El liberal de centro reconoce que las apelaciones frecuentes al bien común se pueden convertir en una fuente de totalitarismo. No es casual que los regímenes que han hecho de la igualdad social un valor absoluto, como la Unión Soviética, Cuba o Corea del Norte, sean también totalitarios. A uno se le puede ir la mano promoviendo la justicia social a expensas de la libertad. Un verdadero liberal trata de conciliar ambas, no de someter la segunda a la primera. Es un balance delicado, que trata de hacer honor a la doctrina aristotélica de que la virtud se halla en el justo medio.
Me parece que un liberalismo de centro es una posición pragmática, compasiva frente a la situación de los débiles en la sociedad, pero tambien enterada de las realidades del funcionamiento social.
Es posible que una situación más de izquierda también sea aceptable. Pero yo creo que sus bases teóricas todavía tienen que ser elaboradas. Creo que la base de esa situación más de izquierda debe ser un replanteamiento del papel de la propiedad privada. En la actualidad, la propiedad privada del capital cumple dos papeles principales: un papel de organización de la actividad productiva (el dueño del capital define cómo se organiza la actividad productiva), y un papel de distribución del excedente económico (el dueño del capital contrata al trabajo en el mercado de trabajo, y se apropia de todo el excedente que el proceso productivo pueda generar por encima de los salarios que se les paga a los trabajadores). Yo creo que esos dos papeles sólo están justificados por convenciones sociales. Quizás sea posible redefinir esos papeles sin afectar la operatividad de la economía de mercado.
Tuesday, March 3, 2009
09-03-03: Mis amigos los conservadores
Llámelo suerte, si quiere. O la rosca uniandina. En la Universidad de los Andes he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas influyentes en la vida social colombiana. En la universidad conocí a Mauricio Cárdenas, quien fue director de Fedesarrollo, director del Departamento Nacional de Planeación, y ministro de Comercio y Transporte, todo antes de cumplir los 40 años. Mauricio iba enrutado a ser Presidente de la República, hasta que una “indiscreción”, como dirían los gringos, lo alejó, quién sabe qué tan definitivamente, de esa ruta. Conocí también a Alberto Carrasquilla, uno de los economistas más brillantes de su generación, quien llegó a ser ministro de Hacienda. A otro que conocí en la universidad es Juan Carlos Echeverry, quien llegó a ser uno de mis amigos más cercanos. Él fue mi padrino de matrimonio. Últimamente no lo he visto mucho, pero el cariño sigue ahí. Acabo de oír que piensa lanzarse a la alcaldía de Bogotá. Y, por último, en la universidad conocí a Andrés Arias. Fui su profesor, y fui invitado a su primer matrimonio. En una carrera meteórica, fue ministro de Agricultura, y ahora quiere ser presidente de la República.
Todos ellos tienen varias cosas en común. Son economistas. Son uniandinos. Son muy brillantes. Son muy influyentes… Y son conservadores. Yo me pregunto por qué una generación de brillantes economistas uniandinos muy próxima a la mía estuvo destinada a ser conservadora. Puede ser que, si usted es verdaderamente inteligente, no tenga más remedio que ser conservador. Puede ser. O puede ser que ser economista uniandino conservatice. También puede ser. O puede ser que ninguna de las anteriores cosas tenga nada que ver. Rafael Nieto, el hoy comentarista de la FM en la mañana, también es de mi generación y también es conservador, pero no es economista uniandino. Pero es del Gimnasio Moderno, donde también estudié.
El caso es que los conservadores están viendo madurar una nueva generación de líderes que es justamente mi generación. Y lo que veo a mi alrededor es que mi generación es conservadora. Ay, Dios: es conservadora. Es curioso, porque la imagen que yo tenía de Colombia es que era un país más liberal que conservador. Desde 1974 hasta 1994, el Partido Liberal sólo perdió la presidencia cuando se dividió. Pero desde
Escribo esta pequeña nota para hacer una profesión de fe: a pesar de ser economista uniandino, no soy conservador. Puede ser que yo no sea tan brillante. Puede ser. Puede ser que yo no me sienta tan economista, o que los Andes no hicieron bien sobre mí su tarea de adoctrinamiento. Puede ser. Naturalmente, reconozco los méritos del mercado, lo cual me aleja de ser socialista, pero tampoco soy conservador. Para ser más preciso, soy liberal. Quizás ese no sea el signo de los tiempos, pero qué le voy a hacer. Todos mis amigos son conservadores, pero qué le voy a hacer. A pesar de todo, soy liberal, soy liberal…