Realmente lo creo, Marie Claire. Colombia no será nunca un país civilizado si no tiene paz, y no tendrá paz por la vía del genocidio de los contradictores. ¿La razón? Uno no puede matar a media Colombia. Israel y Palestina así lo prueban: mientras la lógica sea responder a la muerte con muerte, la guerra se perpetúa por décadas. El único modo de lograr una paz duradera y estable es reconocer que nadie tiene la verdad absoluta, que todos tienen su parte de verdad.
Yo no defiendo a la guerrilla, Marie Claire: sus métodos y su visión para Colombia me parecen abominables. Las Farc son, entre otras cosas, asesinas y narcotraficantes: ahí la embarraron hondo, muy hondo. Y con su brutalidad fomentaron la aparición de la brutalidad de los
paramilitares. Y con esa guerra irregular, a Colombia le fue peor, no mejor. El país se dejó meter en ese juego, y hasta el Estado se volvió asesino. Qué terrible, qué dolorosa, qué triste, por ejemplo, la historia de los falsos positivos: jóvenes pobres que son asesinados para ser mostrados como éxitos del Estado frente a la guerrilla. No. El Estado tiene que estar en un plano moral superior. El Estado tiene derecho a defenderse de la amenaza guerrillera, pero la fuerza de las armas tiene que estar controlada por una fuerza superior: la fuerza de la democracia. Y la democracia es, entre otras cosas, el respeto a los derechos de los demás. Y las Fuerzas Armadas han ido aprendiendo: que no
pueden reclutar menores de edad, que no pueden poner minas antipersonas, que no pueden violar los derechos humanos. Yo estoy con mis Fuerzas Armadas, el brazo armado legítimo de la democracia.
Por su parte, tanto la guerrilla como los paramilitares son una bestias. Y tampoco anhelo un régimen chavista-madurista para Colombia. Pero uno no puede dejar de ver que Colombia es un país dividido por profundas contradicciones. Que Bogotá es una cosa y que la provincia es
otra. Fui al Cauca la semana pasada, a volver a visitar los hipogeos de Tierradentro, y volví al medioevo. No sorprende que allá medre la guerrilla. No podemos olvidar que Colombia es uno de los 12 países más desiguales del mundo; que no se puede viajar de Popayán a la costa pacífica, porque no hay carretera; que en este país millones de personas no tienen derechos efectivos.
Por eso hay que volver a recuperar la política como método para tramitar nuestras diferencias. Un pacto de paz con la guerrilla es una admisión de la guerrilla de que la vía armada está equivocada.
Está bien que el Estado se fortalezca, y que le dé a la guerrilla el claro
mensaje de que ella, por la vía armada, nunca va a tener éxito. Pero también es necesario que Colombia amplíe sus canales democráticos, que los excluidos sean oídos. Qué duro es hablar con asesinos. Creo que entiendo a todos los que dicen que cómo voy a hablar con el que me ha matado, me ha robado, me ha secuestrado. Es cierto: es terrible. Pero ahí están ciertas víctimas, encarando a las Farc para decirles: “lo que ustedes me hicieron a mí no está bien, y no debe repetirse”. Yo no sé si María Fernanda Cabal sea una víctima más del conflicto armado. Sé
que Álvaro Uribe lo es. Frente a eso, solo puedo decir: cada uno es dueño de su dolor, y sabrá cómo lo administra. Pero el odio perpetuo es una esclavitud, y nos condena a una situación de guerra eterna que no sirve para el progreso.
A veces, una victoria militar asegura la desaparición del enemigo. Con la Segunda Guerra Mundial se logró la desaparición del nazismo. Era, sin lugar a dudas, como en el título del libro, “la guerra que había que ganar”. Pero la guerra que tenemos nosotros no podemos ganarla, porque es una guerra contra nosotros mismos. Para ganarla, no podemos exterminarnos, sino que tenemos que aprender a ser otros. Tenemos que
reinventarnos. Tenemos que sustituir nuestra mentalidad excluyente por una mentalidad incluyente. Tenemos que cambiar nuestros puntos de vista personales por unos puntos de vista morales. Tenemos que cambiar la actitud guerrerista por una actitud democrática. Uno tiene que dejar de pelear hasta con la sombra. Y tenemos que recordar que un mal arreglo es mejor que un buen pleito.
Colombia ya ha hecho pactos de paz. Con el M-19, por ejemplo. Y de ese pacto de paz salió la Constitución de 1991, y la alcaldía de Petro. No todo ha sido maravilla. Pero no me cabe duda de que el país con Constitución de 1991 y alcaldía de Petro es mejor que el país con el asesinato de José Raquel Mercado, la toma de la Embajada de la República Dominicana y la toma del Palacio de Justicia. No podemos negar que existen distintos tipos de colombianos, con distintas visiones para Colombia. Pero, si nos ponemos de acuerdo en que la lucha armada no es la vía para tramitar nuestras diferencias, habremos dado un gigantesco paso hacia adelante. Toca darle plomo al que solo quiere dar plomo, pero también hay que dejar la puerta abierta para todo aquel que quiere pasar del plomo a la palabra. Y, al que habla, hay que escucharlo:
hay que integrarlo dentro del proceso de toma de decisiones colectivas. No hay otro remedio.
Von Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pues bien, nosotros, si queremos ser civilizados, no podemos continuar la política por esos medios. Toca volver a los otros. Toca reinventar el diálogo. Toca volver a darle dignidad a la vida humana. Es lo humano y lo cristiano de hacer. Es el imperativo moral. Está en nuestras manos escoger la civilización o la barbarie.
Friday, August 22, 2014
Tuesday, August 19, 2014
25 años del asesinato de Galán
Se cumplen por estos días 25 años del asesinato de Luis Carlos
Galán, el líder político liberal. En un juicio personal, se puede decir que su
asesinato fue uno de los tres magnicidios más importantes del siglo XX en
Colombia. Los otros dos serían el de Rafael Uribe Uribe, en 1914, y el de Jorge
Eliécer Gaitán, en 1948. Casualmente, o quizás no, todos fueron liberales. Como
los otros, el asesinato de Galán marcaría la historia de Colombia.
Galán se destacó por buscar la renovación liberal y política. Buscó que la política estuviera libre de las influencias de la corrupción y el narcotráfico. En una palabra, intentó separar a las mafias de la política. Ese esfuerzo le costó la vida.
La muerte de Galán fue un golpe de desesperanza para toda una generación. Yo recuerdo vívidamente cuando recibí la noticia, y esperaba absurdamente que hubiera un error en ella. De origen llerista, Galán creó su propio movimiento disidente liberal, el Nuevo Liberalismo, después de que Carlos Lleras, a quienes muchos veían como “el mejor presidente de Colombia en el siglo XX”, perdió la posibilidad de volverse a presentar como candidato a la presidencia de la República por el Partido Liberal en las elecciones de 1978, al ser derrotado por Julio César Turbay, un candidato que muchos veían como intelectualmente inferior, pero políticamente más hábil, que Lleras.
Irónicamente, la mayor efectividad de la disidencia galanista se vivió en las elecciones presidenciales de 1982, cuando fue elegido como presidente de la República el candidato de origen conservador Belisario Betancur. Y digo “irónicamente” porque en esas elecciones el principal derrotado fue Alfonso López Michelsen, el candidato liberal que también había comenzado su carrera política con una disidencia frente al Partido Liberal, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), una de cuyas principales banderas era la oposición al Frente Nacional. Para muchos, la división en 1982 entre el lopismo y el galanismo fue la causa de la derrota liberal, y muchos liberales “oficialistas” o lopistas culparon de “traición” a Galán. Pero, para ese entonces, ya era evidente la necesidad de la depuración liberal.
Para el momento de su muerte, Galán ya había pactado su retorno al Partido Liberal (los galanistas más fanáticos también considerarían esto una traición a los ideales del Nuevo Liberalismo), era candidato a la presidencia de la República por ese partido, e iba a ser, con casi total seguridad, presidente de Colombia. Pero las mafias lo mataron. Aún hoy no está plenamente esclarecida su muerte. Y uno puede preguntarse: si el Estado no ha sido capaz de esclarecer el asesinato más importante de Colombia en los últimos 25 años, ¿qué tipo de justicia pueden esperar los colombianos?
El asesinato de Galán fue una señal clara de la fragilidad institucional colombiana. Muerto Galán, y prematuramente puesto César Gaviria en la presidencia de la república por delegación del entonces adolescente hijo de Galán, Juan Manuel, en el entierro del líder (delegación que no satisfizo a todos los galanistas, pues los más fanáticos no veían a Gaviria como galanista), Colombia se embarcó en una reforma institucional profunda, caracterizada por una nueva Constitución y un proceso de apertura económica, en un contexto de promoción de políticas económicas de corte neoliberal.
De la Constitución de 1991 se pueden decir muchas cosas: que fue una renovación necesaria de nuestro marco institucional, para superar de una buena vez la mentalidad frentenacionalista y desarrollar nuestra democracia; que fue un pacto de paz (el M-19 sacó buena ventaja de su reincorporación a la vida civil en el proceso constituyente); que fue un acuerdo de minorías (mucha gente ha señalado la baja votación que obtuvo la Asamblea Constituyente y la alta participación de dos grupos minoritarios: el M-19 y el Movimiento de Salvación Nacional de Álvaro Gómez Hurtado); que fue el resultado de una alianza con el narcotráfico (muchos han señalado la coincidencia de que las discusiones al interior de la Asamblea se destrabaron cuando esta aprobó la prohibición de extraditar nacionales, que era la forma más efectiva que tenía el Estado colombiano de castigar a los mafiosos narcotraficantes). Sin lugar a dudas, la Constitución de 1991 no fue la panacea que imaginamos los que, en esa época, como jóvenes, la defendimos, y ha traído muchos problemas. Pero fue un paso adelante en el desarrollo institucional colombiano, el cual tal vez se pueda corregir, pero no se puede reversar: ese patrimonio, aunque imperfecto, hay que cuidarlo.
Del proceso de apertura se puede decir que el gobierno de César Gaviria marcó la división del liberalismo en dos tendencias: la neoliberal, liderada por César Gaviria, y la socialdemócrata, liderada por Ernesto Samper. Gaviria no consiguió un sucesor para su mandato. Por el contrario, fue sucedido por Ernesto Samper, quien, aunque de su mismo partido, intentó reversar las políticas neoliberales, pero que, en la práctica, no hizo sino ratificar la profunda decadencia del Partido Liberal y, en general, de la política colombiana, al confirmar los vínculos entre las mafias y la política. El gobierno de Samper no fue sino un desastre de ingobernabilidad, por las acusaciones que recibió de aceptar dineros del narcotráfico para financiar su campaña presidencial.
De esta manera, se puede hacer una alegoría simple: el país empezaba a mirar el neoliberalismo como respuesta a los excesos del estatismo socialdemócrata. No es que el Estado fuera fuerte en esa época (más bien, todo lo contrario: la tributación como proporción del PIB era aún más baja que ahora, y la incapacidad del Estado para hacer presencia en todo el territorio nacional era todavía más manifiesta que ahora), sino que era percibido como corrupto: la gente empezó a mirar el mercado como una alternativa a los vínculos manifiestos entre política, corrupción y mafias. Duele constatar hoy que uno de los pocos condenados por el asesinato de Galán es uno de los políticos más brillantes de su generación, Alberto Santofimio Botero, pero también unos de los más pérfidos. Y aquí cabe preguntarse por qué parece ser que los colombianos tenemos tanta inteligencia para el mal.
Después de Samper, el liberalismo perdió el poder. A pesar de la amplia acogida del liberalismo, no podía ser de otra manera. El país empezó a virar a la derecha. Vino el gobierno de Andrés Pastrana, una especie de neoliberalismo light en el cual el país se sumió en la más profunda sima: las crisis económica y de seguridad más agudas que haya vivido el país. Los años 90 fueron, prácticamente, una década perdida para Colombia, y para el año 2002 el país fácilmente clasificaba como un Estado fallido.
Luego vino Álvaro Uribe, y se concentró en mejorar las condiciones de seguridad. Los indicadores económicos también empezaron a mejorar. Si Uribe se hubiera contentado con un mandato, hoy sería recordado como el salvador de Colombia. Pero no se contentó. Al tiempo que el país mejoraba, Uribe se empezó a volver más mesiánico y fanático. Sus vínculos con la extrema derecha se fueron volviendo más fuertes, o por lo menos más claros. Y hoy muchos de los vicios de sus dos mandatos son recordados por los pleitos judiciales que han tenido que enfrentar muchos de sus segundos.
Hoy, a los 25 años de la muerte de Galán, cabe hacerse la eterna pregunta histórica de siempre: ¿qué hubiera pasado si no hubieran matado a Galán? Quizás la historia hubiera sido muy distinta. Estos últimos 25 años, que han sido los años de mi vida adulta, causan mucho dolor, pero también dan cierto pie para la esperanza. Ciertamente Colombia es hoy un país más desarrollado que el de hace un cuarto de siglo. Sin embargo, la pobreza, la desigualdad, el narcotráfico y la corrupción están a la orden del día. Estamos ad portas de un pacto de paz, pero quizás la violencia no se extinga de un momento a otro. No es fácil examinar lo que en efecto es la vida de uno. ¿Pudo Colombia ser mejor? Sin ninguna duda. ¿Ha vencido Colombia a los enemigos que mataron a Galán? No del todo. Pero no quisiera hacer una evaluación enteramente pesimista de estos 25 años. Tal vez con Galán las cosas hubieran salido mejor, pero el sueño y la posibilidad de un país mejor todavía están ahí, y, a pesar de las dificultades, el país sigue mirando para adelante. El mejor homenaje que se le puede hacer a Galán es mantener en alto sus banderas: porque la triste realidad es que aún son necesarias.
Galán se destacó por buscar la renovación liberal y política. Buscó que la política estuviera libre de las influencias de la corrupción y el narcotráfico. En una palabra, intentó separar a las mafias de la política. Ese esfuerzo le costó la vida.
La muerte de Galán fue un golpe de desesperanza para toda una generación. Yo recuerdo vívidamente cuando recibí la noticia, y esperaba absurdamente que hubiera un error en ella. De origen llerista, Galán creó su propio movimiento disidente liberal, el Nuevo Liberalismo, después de que Carlos Lleras, a quienes muchos veían como “el mejor presidente de Colombia en el siglo XX”, perdió la posibilidad de volverse a presentar como candidato a la presidencia de la República por el Partido Liberal en las elecciones de 1978, al ser derrotado por Julio César Turbay, un candidato que muchos veían como intelectualmente inferior, pero políticamente más hábil, que Lleras.
Irónicamente, la mayor efectividad de la disidencia galanista se vivió en las elecciones presidenciales de 1982, cuando fue elegido como presidente de la República el candidato de origen conservador Belisario Betancur. Y digo “irónicamente” porque en esas elecciones el principal derrotado fue Alfonso López Michelsen, el candidato liberal que también había comenzado su carrera política con una disidencia frente al Partido Liberal, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), una de cuyas principales banderas era la oposición al Frente Nacional. Para muchos, la división en 1982 entre el lopismo y el galanismo fue la causa de la derrota liberal, y muchos liberales “oficialistas” o lopistas culparon de “traición” a Galán. Pero, para ese entonces, ya era evidente la necesidad de la depuración liberal.
Para el momento de su muerte, Galán ya había pactado su retorno al Partido Liberal (los galanistas más fanáticos también considerarían esto una traición a los ideales del Nuevo Liberalismo), era candidato a la presidencia de la República por ese partido, e iba a ser, con casi total seguridad, presidente de Colombia. Pero las mafias lo mataron. Aún hoy no está plenamente esclarecida su muerte. Y uno puede preguntarse: si el Estado no ha sido capaz de esclarecer el asesinato más importante de Colombia en los últimos 25 años, ¿qué tipo de justicia pueden esperar los colombianos?
El asesinato de Galán fue una señal clara de la fragilidad institucional colombiana. Muerto Galán, y prematuramente puesto César Gaviria en la presidencia de la república por delegación del entonces adolescente hijo de Galán, Juan Manuel, en el entierro del líder (delegación que no satisfizo a todos los galanistas, pues los más fanáticos no veían a Gaviria como galanista), Colombia se embarcó en una reforma institucional profunda, caracterizada por una nueva Constitución y un proceso de apertura económica, en un contexto de promoción de políticas económicas de corte neoliberal.
De la Constitución de 1991 se pueden decir muchas cosas: que fue una renovación necesaria de nuestro marco institucional, para superar de una buena vez la mentalidad frentenacionalista y desarrollar nuestra democracia; que fue un pacto de paz (el M-19 sacó buena ventaja de su reincorporación a la vida civil en el proceso constituyente); que fue un acuerdo de minorías (mucha gente ha señalado la baja votación que obtuvo la Asamblea Constituyente y la alta participación de dos grupos minoritarios: el M-19 y el Movimiento de Salvación Nacional de Álvaro Gómez Hurtado); que fue el resultado de una alianza con el narcotráfico (muchos han señalado la coincidencia de que las discusiones al interior de la Asamblea se destrabaron cuando esta aprobó la prohibición de extraditar nacionales, que era la forma más efectiva que tenía el Estado colombiano de castigar a los mafiosos narcotraficantes). Sin lugar a dudas, la Constitución de 1991 no fue la panacea que imaginamos los que, en esa época, como jóvenes, la defendimos, y ha traído muchos problemas. Pero fue un paso adelante en el desarrollo institucional colombiano, el cual tal vez se pueda corregir, pero no se puede reversar: ese patrimonio, aunque imperfecto, hay que cuidarlo.
Del proceso de apertura se puede decir que el gobierno de César Gaviria marcó la división del liberalismo en dos tendencias: la neoliberal, liderada por César Gaviria, y la socialdemócrata, liderada por Ernesto Samper. Gaviria no consiguió un sucesor para su mandato. Por el contrario, fue sucedido por Ernesto Samper, quien, aunque de su mismo partido, intentó reversar las políticas neoliberales, pero que, en la práctica, no hizo sino ratificar la profunda decadencia del Partido Liberal y, en general, de la política colombiana, al confirmar los vínculos entre las mafias y la política. El gobierno de Samper no fue sino un desastre de ingobernabilidad, por las acusaciones que recibió de aceptar dineros del narcotráfico para financiar su campaña presidencial.
De esta manera, se puede hacer una alegoría simple: el país empezaba a mirar el neoliberalismo como respuesta a los excesos del estatismo socialdemócrata. No es que el Estado fuera fuerte en esa época (más bien, todo lo contrario: la tributación como proporción del PIB era aún más baja que ahora, y la incapacidad del Estado para hacer presencia en todo el territorio nacional era todavía más manifiesta que ahora), sino que era percibido como corrupto: la gente empezó a mirar el mercado como una alternativa a los vínculos manifiestos entre política, corrupción y mafias. Duele constatar hoy que uno de los pocos condenados por el asesinato de Galán es uno de los políticos más brillantes de su generación, Alberto Santofimio Botero, pero también unos de los más pérfidos. Y aquí cabe preguntarse por qué parece ser que los colombianos tenemos tanta inteligencia para el mal.
Después de Samper, el liberalismo perdió el poder. A pesar de la amplia acogida del liberalismo, no podía ser de otra manera. El país empezó a virar a la derecha. Vino el gobierno de Andrés Pastrana, una especie de neoliberalismo light en el cual el país se sumió en la más profunda sima: las crisis económica y de seguridad más agudas que haya vivido el país. Los años 90 fueron, prácticamente, una década perdida para Colombia, y para el año 2002 el país fácilmente clasificaba como un Estado fallido.
Luego vino Álvaro Uribe, y se concentró en mejorar las condiciones de seguridad. Los indicadores económicos también empezaron a mejorar. Si Uribe se hubiera contentado con un mandato, hoy sería recordado como el salvador de Colombia. Pero no se contentó. Al tiempo que el país mejoraba, Uribe se empezó a volver más mesiánico y fanático. Sus vínculos con la extrema derecha se fueron volviendo más fuertes, o por lo menos más claros. Y hoy muchos de los vicios de sus dos mandatos son recordados por los pleitos judiciales que han tenido que enfrentar muchos de sus segundos.
Hoy, a los 25 años de la muerte de Galán, cabe hacerse la eterna pregunta histórica de siempre: ¿qué hubiera pasado si no hubieran matado a Galán? Quizás la historia hubiera sido muy distinta. Estos últimos 25 años, que han sido los años de mi vida adulta, causan mucho dolor, pero también dan cierto pie para la esperanza. Ciertamente Colombia es hoy un país más desarrollado que el de hace un cuarto de siglo. Sin embargo, la pobreza, la desigualdad, el narcotráfico y la corrupción están a la orden del día. Estamos ad portas de un pacto de paz, pero quizás la violencia no se extinga de un momento a otro. No es fácil examinar lo que en efecto es la vida de uno. ¿Pudo Colombia ser mejor? Sin ninguna duda. ¿Ha vencido Colombia a los enemigos que mataron a Galán? No del todo. Pero no quisiera hacer una evaluación enteramente pesimista de estos 25 años. Tal vez con Galán las cosas hubieran salido mejor, pero el sueño y la posibilidad de un país mejor todavía están ahí, y, a pesar de las dificultades, el país sigue mirando para adelante. El mejor homenaje que se le puede hacer a Galán es mantener en alto sus banderas: porque la triste realidad es que aún son necesarias.
Friday, June 13, 2014
La Silla Vacía: una aclaración necesaria
Me acabo de enterar, a través de Twitter, de que el portal La silla vacía publicó un artículo, “Los
expertos que se le escaparon a Buen Gobierno”, que afirma que muchos
expertos que estuvieron vinculados con la Fundación Buen Gobierno terminaron en
otras campañas, en particular la de OIZ, y mencionan mi caso. Quiero precisar
la información, por lo menos en lo que a mí concierne. Para comenzar, siento
una profunda simpatía por Santos. A finales del año pasado, pensaba que, si el
país estaba abocado a una polarización entre el uribismo y el antiuribismo, yo
me inclinaría por lo segundo. Pero también pensaba que estaban dadas todas las
condiciones para una tercería, y, es más, la deseaba. Sin embargo, en ausencia
de esa tercería, no me quedaba duda de que yo debía apoyar el antiuribismo, o,
si ustedes quieren, el santismo.
Supe que la Fundación Buen Gobierno había organizado unas
mesas para estudiar temas programáticos, pero nunca asistí a sus reuniones.
Ahora me entero de que yo formaba parte de la lista de la mesa de empleo. Si me
hubiera enterado a tiempo, hubiera ido con gusto. Hice algunos intentos para
vincularme con la campaña: llamé a Juan José Echavarría algunas veces, pero
nunca obtuve respuesta. Quizás nunca recibió mis mensajes. Entiendo lo difícil
que es administrar a todas las personas que quieren vincularse a una campaña, y
supuse que ya tenían equipos lo suficientemente bien conformados. O quizás
simplemente hubo problemas de comunicación: la realidad es que nunca hice nada
en la campaña de Santos, aunque, lo reconozco, me hubiera gustado.
El tiempo pasó, y la campaña de Santos empezó a
desdibujarse. Empecé a creer en la posibilidad de una tercería. Aprovechando la
coincidencia de mi salida de Asobancaria, fui invitado a participar en la
campaña de Marta Lucía Ramírez, pero terminé vinculándome a la campaña de
Peñalosa. Pensé que tendría valor trabajar en una tercería que sería
refrescante para la política, y que incluso podría tener éxito político.
Trabajé breve pero lealmente en la campaña de Peñalosa, y, desde mi punto de
vista, esa es la única campaña en la que he trabajado en estas elecciones
presidenciales.
Después de la derrota de Peñalosa en primera vuelta, algunos
peñalosistas se han ido para donde Santos, otros al voto en blanco y otros
donde Zuluaga. Tal vez sería justo decir que algunos peñalosistas “políticos”
se han ido donde Santos, y algunos peñalosistas “técnicos” han sido invitados a
formar parte de la campaña de Zuluaga. Yo quiero dejar claro que, hasta hoy, no
me he ido a ninguna campaña. Entiendo que hoy (viernes 13 de junio) hay una
reunión entre peñalosistas “técnicos” y Zuluaga. Yo estoy invitado y, si voy,
sería mi primer contacto con Zuluaga en esta campaña, y sin lugar a dudas mi
presencia no podría ser interpretada como una “adhesión” a su campaña.
A Zuluaga como persona le tengo aprecio. Trabajé cerca de él
cuando fui coordinador del Plan Nacional de Desarrollo 2006-2010 y luego
gerente nacional de competitividad. Tengo la mejor opinión de él como
individuo. Entiendo que la política lo ha puesto en una posición que no me
gusta, y me dolió mucho verlo diciéndole a Santos que es una persona a la cual
no se le puede tener respeto. Eso habló más mal de Zuluaga que de Santos. Pero
en fin. La política tiene ese tipo de cosas, y no hay que darle más importancia
de la que tiene.
Mi punto de fondo es el siguiente: prefiero para el país el
tipo de proyecto político que
representa Santos que el que representa Zuluaga. Algunos han dicho que aquí se
enfrentan los hombres auto-hechos de provincia contra los hombres herederos de
la oligarquía bogotana; los dueños del capital contra los dueños de la tierra; la
modernidad contra el feudalismo. Creo que hay algo de razón en todo eso. Pero,
como dijo Marcela Prieto, directora del Instituto de Ciencia Política, en una
entrevista reciente, los dos proyectos políticos no son tan distintos. Sin
embargo, sí se diferencian en un punto clave: la voluntad de una mayor apertura
democrática para lograr la paz. Yo creo profundamente en la necesidad de esa
mayor apertura democrática. Por eso voy a votar por Santos. Pero no por esa
razón voy a volver a Zuluaga mi enemigo. No sería coherente. Él y yo
compartiremos el futuro de nuestro país. Y, es más, si él logra desmarcarse de
Uribe, hasta no sería mal presidente de Colombia.
Sunday, September 9, 2012
12-09-09: Un cuento de conquista imperial
A comienzos de este año intenté hacer una especialización en narración creativa en la Universidad Central. Fue una experiencia fallida, porque no pude conciliar el trabajo con el estudio. Pero este fue uno de los resultados de ese esfuerzo.
Quién sabe el momento exacto.
Quizás fue en 1588, cuando la Armada Invencible de Felipe II de España no pudo
derrotar a la marina inglesa de la reina Isabel. O tal vez fue en 1805, cuando
la flota británica comandada por Horacio Nelson derrotó a la flota
franco-española en Trafalgar. El caso es que Inglaterra se convirtió en la
reina de los mares, y sus barcos sirvieron para establecer las más extensas
rutas comerciales y el más grande imperio sobre la tierra. En su momento de mayor
expansión, el imperio británico gobernó sobre un cuarto del territorio del
planeta y sobre un quinto de su población. Desde la caída de Napoleón, en 1815,
hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, en lo que se conoce
como el “siglo imperial”, Gran Bretaña fue el poder global por excelencia.
Durante buena parte de ese período, el Reino Unido de Gran Bretaña (que reúne a
Inglaterra, Escocia y Gales) e Irlanda del Norte fue regentado por Victoria,
que fue reina durante el período 1837-1901, de modo que el esplendor inglés más
o menos coincide con el período victoriano.
El poder británico no solo era
económico, tecnológico y militar. Es cierto que los barcos ingleses llegaron a
todos los rincones del planeta en busca de oportunidades comerciales, y que ese
afán comercial era visto con desprecio por los enemigos de Inglaterra. Se
cuenta que Napoleón, refiriéndose despectivamente de los británicos, repetía
una frase que se encuentra publicada en La riqueza de las naciones de Adam Smith: la Inglaterra no es más que una
nación de tenderos. Los franceses empezaron a llamar a esos nuevos ricos, a
esos parvenus, “la pérfida Albión”.
Pero fue sobre la base de las riquezas que produjo el comercio que Inglaterra
construyó su imperio.
El imperio no fue solo comercial,
sino que fue resultado de una feliz coincidencia de situaciones. Otro factor
que contribuyó a su conformación fue el desarrollo tecnológico. Al tiempo con
el desarrollo comercial, hubo un desarrollo tecnológico sin precedentes que
luego fue bautizado en los libros de historia económica como la “revolución
industrial”. Esta revolución tuvo como símbolos la máquina hiladora, la máquina
de vapor y el ferrocarril. Así, el “centro” empezó a producir bienes
manufacturados, y la “periferia” debió contentarse con producir las materias
primas indispensables para el “centro”. El imperio fue el resultado de la
reorganización a escala planetaria de la actividad económica.
De esta manera, Inglaterra no solo
inventó el capitalismo industrial mundial, sino la justificación teórica de por
qué ese arreglo estaba bien. Marx escribió, desde la British Library, que el hogar clásico del régimen capitalista de
producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden
era Inglaterra, y David Ricardo escribió que el libre comercio es bueno para
todos los que participan en él, y que ese principio explica por qué Francia y
Portugal deben producir vino; América y Polonia, maíz; e Inglaterra, bienes manufacturados.
Y de la mano del comercio, la economía
y la tecnología vino el poder militar. La superioridad militar siempre se ha
basado en la superioridad tecnológica. Pizarro y Cortés sometieron a incas y
aztecas, a pesar de una apabullante inferioridad numérica, gracias
esencialmente a tecnologías que los americanos desconocían: el barco
trasatlántico, el caballo, el acero de la espada, la pólvora. Igual pasó con el
imperio británico. Los ingleses llegaron con una tecnología que superaba todo
lo conocido por los locales. Como escribió el poeta victoriano Hilaire Belloc,
“Whatever happens, we have got / The Maxim gun and they have not” (suceda lo
que suceda, nosotros tenemos / la ametralladora Maxim y ellos no).
Pero la más aterradora de las
superioridades imperiales no era comercial, tecnológica o militar. Era moral. Para los británicos imperiales el
mundo se dividía en dos: los civilizados y los salvajes. En la cúspide del
mundo civilizado se hallaba el gentleman
británico. Así como la Roma clásica se concebía a sí misma como una isla de
civilización en un mar de barbarie, la Inglaterra victoriana se concebía a sí
misma como un faro de civilización que debía orientar al resto del mundo. No se
trataba solo de incorporar a los lugares más remotos del mundo a los flujos de
comercio; se trataba de civilizarlos.
El programa era simple. Había que
rellenar el mapa del mundo. Había que ir a todos los lugares de la tierra, y mapearlos.
Y, en ese proceso, había que abrir nuevas rutas de comercio, y civilizar a los
salvajes. Para este programa, el conocimiento geográfico era central. En 1830,
los británicos crearon la Royal Geographic
Society (RGS) en una usanza no muy distinta de la ya venerable Royal Society, creada en 1660 para
promover el avance científico. Ya no era tolerable tener mapas de continentes
de los que solo se conocían las costas. Había que mapear completamente el
mundo. Y la RGS se dedicó a patrocinar expediciones para obtener el
conocimiento geográfico del que se carecía.
Una
de esas expediciones fue el viaje del Beagle
alrededor del mundo. En 1825 el almirantazgo británico ordenó un viaje de
reconocimiento de las costas meridionales de América del Sur. En 1826 dos
barcos acometieron el viaje: el Adventure,
bajo el mando de Phillip Parker King, quien además era el comandante en jefe de
la expedición, y el Beagle, bajo el
mando de Pringle Stokes. Durante el viaje, Stokes se suicidó, y, después de un
período en el que King había designado como comandante del Beagle al segundo a bordo, el contraalmirante Robert Otway,
Comandante en Jefe de la Estación Naval Sudamericana, localizada en Río de
Janeiro, impuso como comandante del Beagle
a su ayuda de órdenes, el joven teniente de 23 años Robert FitzRoy.
El
nombramiento de FitzRoy como comandante del Beagle
habría de tener consecuencias inesperadas. El joven comandante continuó con el
trabajo científico del Beagle,
concentrado en temas cartográficos e hidrográficos. Pero también embarcó a
cuatro jóvenes indígenas de la Tierra del Fuego, tres hombres y una niña, se
dice que como castigo porque su gente había robado un bote ballenero de la
marina británica.
Así
se inició un curioso experimento de ingeniería social. Los indígenas fueron
bautizados con nombres ingleses (York Minster, Boat Memory, Jeremy —Jemmy—
Button y Fuegia Basket) y llevados a Inglaterra. La idea era educarlos en las
maneras inglesas y luego devolverlos al Cabo de Hornos, para que ellos se
encargaran de llevar a su pueblo la civilización y el cristianismo. Boat Memory
pronto sucumbió a la viruela en Inglaterra. Pero los otros tres fueron objeto
de un considerable interés. Casi nadie en Inglaterra había visto de primera
mano a un “salvaje”, de modo que su presencia en Londres causó sensación. De
hecho fueron recibidos por el mismísimo rey de Inglaterra, Guillermo IV, y su
esposa Adelaida.
Pero
el experimento de ingeniería social no salió bien. Los problemas comenzaron
cuando encontraron a York Minster y a Fuegia Basket “abrazándose amorosamente”.
La noticia afectó profundamente a FitzRoy. Todo lo que les había enseñado, al
parecer, no había servido para nada. Además, Fuegia tenía solo 11 años, y
FitzRoy temía que un embarazo de una niña de esa edad fuera un escándalo
nacional. Fitzroy decidió que había que devolverlos a su tierra.
Así
nació el segundo viaje del Beagle,
que terminaría por darle la vuelta al mundo. En ese viaje FitzRoy vio cómo su
experimento de ingeniería social terminó por deshacerse en pedazos. Recién
desembarcados, York Minster y Fuegia Basket robaron a Jemmy Button; el pueblo
de Button arrasó la misión que los británicos establecieron en el Cabo de
Hornos; el hijo de Button terminó como asesino de los marineros que se
aventuraban por esas latitudes; y Fuegia Basket, convertida ya en una mujer
madura, se encargaba de darles alivio sexual a esos mismos marineros.
Quizás
haya servido como consuelo para FitzRoy que, durante el segundo viaje del Beagle, el hombre de ciencia que había
buscado para que lo acompañara en el viaje, Charles Darwin, recopiló la
abundante evidencia que después le serviría para formular la teoría de la
evolución. Esta misma teoría, en manos de mentes victorianas tendenciosas,
también serviría tanto para que los clérigos se burlaran de los antepasados
simiescos de los evolucionistas, como para dar sustento teórico a la idea de la
supremacía británica: esta no sería más que otro ejemplo de la “supervivencia
de los más aptos”.
Otra
de las expediciones patrocinadas por la RGS fueron los viajes de exploración de
David Livingstone por el continente africano, con la esperanza de abrir el río
Zambezi para el comercio y de descubrir el nacimiento del río Nilo. Livingstone
“descubrió” las cataratas Victoria y duró “perdido” durante seis años en África
hasta que Henry Morton Stanley, en una expedición financiada por el New York Herald, lo halló, saludándolo con
una frase que haría historia: “Dr. Livingstone, I presume?” (¿El Dr.
Livingstone, supongo?). El mote de Livingstone era “cristianismo, comercio y
civilización”: un resumen perfecto de la mentalidad victoriana.
Para finales del siglo XIX, muy
poco del mundo quedaba por mapear. Solo faltaban los polos y los Himalayas.
Llegar a los polos se convirtió en una obsesión. Y ya no era solo una obsesión
británica. Entre 1908 y 1909 dos americanos, Frederick Cook y Robert Peary,
afirmaron haber llegado al polo norte, pero la afirmación de Cook pronto fue
cuestionada, y la misma suerte corrió la afirmación de Peary, aunque un poco
más tarde. Se volvió entonces un asunto de honor para los británicos llegar al
polo sur. Había que hacerlo, además, al modo británico. Era una carrera, es
cierto, pero no debía parecer una carrera. Se trataba de llegar primero, pero
dando la apariencia de que el propósito prosaico de ser el primero en el polo
sur estaba envuelto en un manto de investigación científica y de juego limpio.
Robert Falcon Scott hizo un primer
intento. Luego Ernest Shackleton hizo un segundo. Estuvo a solo cien millas su
objetivo, pero no lo logró. Entonces Scott lanzó su segunda expedición al polo
sur, que lo haría eternamente famoso. Después de haber partido, recibió un
telegrama del explorador noruego Roald Amundsen, quien había aparentado hacer
un inofensivo viaje por aguas árticas, pero que ahora informaba que su
verdadera meta era el polo sur. La conquista del polo sur era ahora una
carrera.
El caso es que Amundsen llegó de
primero al polo sur, el 14 de diciembre de 1911. Su viaje fue rápido y libre de
peligros. Scott también llegó al polo sur, unos 30 días después que Amundsen,
el 17 de enero de 1912. El viaje de Scott, a diferencia del de Amundsen, no solo
estuvo marcado por la decepción, sino también por la tragedia. No solo Scott
vio que había sido derrotado en su intento por llegar al polo de primero, sino
que, además, él y su grupo no fueron capaces de retornar con vida del intento.
Scott vio morir a sus hombres uno a uno. Primero fue Edgar Evans quien cayó en
un coma profundo y no se volvió a recuperar. Luego fue Lawrence Oates, quien
sabía que estaba mal físicamente y que estaba demorando a sus compañeros.
Decidió entonces cometer uno de los suicidios más famosos de la historia. El 16
de marzo de 1912 les dijo a sus compañeros que iba a dar una vuelta y que
quizás le iba a tomar algún tiempo. Luego, el grupo restante fue atrapado por
una tormenta que terminó por minar todas las provisiones y energías. Los tres
hombres que quedaban murieron de frío, cansancio y hambre extremos en el refugio precario de su tienda, a
solo 11 millas de un depósito de abastecimientos que hubiera podido salvarles
las vidas. Sus cuerpos, sus diarios, sus fotografías, fueron descubiertos
posteriormente, y hoy son parte de la leyenda. Una cruz en Observation Hill, en
la Antártida, recuerda a Scott y sus hombres. Está marcada con unas palabras de
un poema de Tennyson: "One equal temper of heroic hearts, / Made weak by
time and fate, but strong in will / To strive, to seek, to find, and not to
yield" ("un temperamento similar de corazones heroicos / debilitados
por el tiempo y la fortuna, pero fuertes en voluntad / Luchar, buscar,
encontrar, y no ceder").
El
éxito de Amundsen y el fracaso trágico de Scott han sido ampliamente
discutidos. Amundsen fue al polo y volvió en trineos tirados por perros, que
convenientemente iba sacrificando en la medida en que se agotaban las
provisiones, para obtener carne fresca. Sus hombres dominaban la técnica del
ski. Scott, por su parte, consideró todas las tecnologías posibles, incluidos
los tractores mecánicos, los ponis siberianos y los perros, pero, al final,
fueron sus hombres los que jalaron los trineos de provisiones por más de tres
cuartas partes del viaje, una caminata de unas 1.600 millas en el frío
antártico. Mil otros factores han sido considerados: el vestuario, la comida,
el clima. Al final, Scott hizo responsable de su infortunio a la mala suerte.
Amundsen, en cambio, sugirió que la mala suerte de Scott fue resultado de su
mala preparación. El logro de Amundsen fue el resultado de una concentración
exclusiva en el objetivo de llegar al polo, sin ninguna arandela científica, y
de una cuidadosa preparación. Scott, por su parte, se convirtió en el símbolo
del estoicismo británico frente a la adquisición de conocimiento y la
adversidad. Desde el punto de vista británico, Amundsen no jugó limpio. No solo
anunció que estaba en el juego solo hasta el último minuto, sino que hizo un
uso de los perros de los trineos que era inconcebible para los británicos:
Amundsen tenía previsto usar los perros, no solo como medio de locomoción,
sino, horror de los horrores, también como alimento. Lord Curzon, el director
de la RGS, al brindar por el éxito de Amundsen, lo hizo sarcásticamente en
nombre de sus perros, un desplante que Amundsen respondería renunciando a la
membresía honoraria de la Sociedad.
Conquistado
el polo sur por los noruegos, a los británicos ya solo les quedaban dos metas:
cruzar la Antártida por el polo y escalar el Everest. Shackleton intentó hacer
lo primero, sin éxito, pero su viaje, que comenzó el 5 de diciembre de 1914,
entró en la leyenda. Su barco, el Endurance,
quedó atrapado en el hielo, que terminó despedazando la embarcación. La
tribulación hizo campamento en el hielo, donde sobrevivió por casi dos años.
Después de alcanzar tierra firme, Shackleton se lanzó al mar en un bote
salvavidas para buscar rescate. Navegó unas 800 millas para llegar a las isla
ballenera de South Georgia. Allí llegó en medio de un temporal. Tuvo que cruzar
la isla (51 km) a pie para encontrar la ayuda que buscaba, que le permitió
rescatar con vida, el 30 de agosto de 1916, a todos los hombres que había
dejado en la Antártida.
La Primera Guerra Mundial demoró
los intentos por conquistar el Everest. La guerra que habría de acabar todas
las guerras terminó siendo una carnicería que acabó con la inocencia de quienes
la sobrevivieron. El Everest era la última gran meta, el último gran objetivo
para el orgullo británico. Entre 1921 y 1924 los británicos mandaron tres
expediciones al Everest. De todas ellas formó parte George Mallory. La primera
sirvió para reconocer el terreno. La segunda para entender que un ascenso sin
oxígeno sería casi imposible. En la tercera se debía conquistar la cima. Poco
antes de esa tercera expedición, en una gira por los Estados Unidos, a Mallory
le preguntaron por qué quería ascender al Everest. Su respuesta se volvió
famosa: "Because it's there" (porque está allá). En la tercera expedición,
Mallory fue visto, junto con Sandy Irvine, "yendo fuerte hacia la
cima". No se sabe si la alcanzó. Ninguno de los dos bajó con vida del
intento.
Solo hasta 1953 se escaló el
Everest. Para esa fecha, ya la India no formaba parte del Imperio Británico.
Cinco años antes, el poderío británico había sido derrotado por un indio
flacuchento que pregonaba la no violencia. La conquista del Everest, por un
neozelandés y un nepalés, Edmund Hillary y Tenzing Norgay, no fue anunciada
inmediatamente en el Reino Unido, para no opacar la ceremonia de coronación de
la reina Isabel II. En 1978 Reinhold Messner, un italiano tirolés, escalaría
por primera vez el Everest sin oxígeno suplementario, en lo que algunos
consideran el primer "verdadero" ascenso de esa montaña. En 1996 un
ascenso al Everest altamente comercializado cobró la vida de ocho personas en
un solo día y de 15 en toda la temporada de escalada, lo que abrió un enorme
debate sobre el propósito de subir a la montaña más alta del mundo.
En 1999 se armó una expedición
sobre la idea de que, si Mallory en efecto había sido el primero en escalar el
Everest, había una forma de saberlo: si había llegado a la cima, seguramente se
habría tomado una foto, y la cámara, a esas alturas, debía haberse conservado.
El propósito de la expedición era encontrar la cámara y, por esa vía, resolver
de una vez por todas la pregunta de si Mallory había llegado a la cima del
Everest. La cámara no fue encontrada, así que el misterio permanece. Pero la
expedición encontró lo que es quizás un mayor trofeo: el cuerpo de Mallory.
Alejado de la ruta que debía seguir, es claro que Mallory, el escalador por
excelencia, había caído por una ladera y se había roto una pierna. Boca abajo,
seguía aferrado a la montaña que le había costado la vida. Parte de su precario
equipo ha sido después exhibido en algunos museos del mundo. Quizás es el cuerpo
de Irvine el que tenga la cámara que devele el misterio de quién escaló el
Everest primero. Pero, aunque su hacha fue hallada en 1933 y su cuerpo fue
aparentemente visto por un escalador chino en 1975, nadie lo ha vuelto a ver.
En 1997 Gran Bretaña devolvió el
control de Hong Kong a los chinos. Hace casi exactamente 100 años Scott murió
en el polo sur. Quién sabe cuándo se acabaron los sueños imperiales británicos
de conquistar todos los rincones del mundo. Pero todos los seres humanos
seguimos, con diversos grados de éxito, en la tarea que Tennyson describió tan
bien: luchar, buscar, encontrar y no ceder.
Sunday, September 2, 2012
12-09-02: En defensa del proceso de paz de Santos
El
presidente Santos ha decidido dar uno de los pasos más audaces de su gobierno:
iniciar un proceso de paz con las Farc y el ELN. El paso es audaz por muchas
razones, pero una de las principales es que hay un numeroso e influyente grupo
de enemigos de la paz dentro del establecimiento, que se opone a la estrategia
de una paz negociada con la guerrilla. Sin embargo, según una encuesta reciente, una
mayoría de
la población (el
60 por ciento) apoya los acercamientos con la guerrilla.
Escribo
esta nota porque, en mi opinión, el proceso de paz del presidente Santos merece apoyo.
Creo que no hay que dejarse apabullar por las voces del establecimiento que se
oponen al proceso de paz, que provienen especial, pero no únicamente, de la derecha. Que
la derecha se oponga al proceso de paz no es sorprendente. Al fin y al cabo,
ellos creen que el único guerrillero bueno es un guerrillero muerto, y que la única paz posible es la de la
victoria militar.
A la
derecha hay que reconocerle que nos enseñó que no había que ser derrotistas frente a la guerrilla, y que podíamos hacerle frente con un
fortalecimiento del Estado. Y se alcanzaron logros notables, como las bajas de
Raúl
Reyes, el Mono Jojoy y Alfonso Cano. Las Farc están disminuidas, pero no
derrotadas. La pregunta es si este es un buen momento para iniciar un proceso
de paz, o si, por el contrario, iniciando conversaciones echamos para atrás todos los avances militares.
Yo
convengo en que nuestra experiencia con los procesos de paz no ha sido la más favorable. Creo que el
problema ha estado en la ingenuidad del establecimiento, que ha creído que la guerrilla quiere la
paz. Yo creo que para la guerrilla las opciones tienen que ser claras: o acepta
la paz o el Estado la destruye. Las negociaciones tienen que hacerse con la
perspectiva clara de que, si la guerrilla no las acepta, el único futuro que le espera es
un Estado decidido a perseguirlas y aniquilarlas.
Entonces,
¿para qué un proceso de paz? En síntesis, para ahorrarle
sufrimiento al país. Si
no hay proceso de paz, el Estado tendrá que ganar la guerra, y ese será un proceso doloroso. Si es
posible, es preferible ahorrarse ese dolor. Además, un proceso de paz quizás sirva para tener una
democracia más
amplia, una cosa muy necesaria en una de las sociedades más desiguales del mundo.
Sin
embargo, este proceso de paz se tiene que hacer recordando las lecciones del
pasado. En particular, el Estado no debe hacer concesiones mientras se llega a
los acuerdos, y mucho menos concesiones tan absurdas como el Caguán. Las Fuerzas Armadas deben
seguir confrontando a la guerrilla. Las Fuerzas Armadas no deben entender un
proceso de paz como un desprecio a su gestión. Por el contrario, si un
proceso de paz es hoy posible, es porque la guerrilla está más arrinconada que en el
pasado.
Incluso
si no cometemos los errores del pasado, existe la posibilidad de que cometamos
errores nuevos. Por lo tanto, algunos criterios de negociación son indispensables. De otra
parte, algún
tipo de veeduría
ciudadana del proceso también lo es. Es bueno que el gobierno se mueva oyendo las críticas. Algunas serán paralizantes, y el gobierno
tendrá que
saber cuándo
ignorarlas y cuándo
no. Pero, incluso si todo el proceso requiere alguna dosis de discreción y aun de confidencialidad,
eso tendrá que
combinarse con una ciudadanía informada y consultada.
De otra
parte, no se debe esperar demasiado del proceso de paz. Aun si es muy
exitoso, habrá
formas de violencia que no se erradicarán, porque dependen de la existencia del narcotráfico y de una sociología de la violencia muy difícil de erradicar. Sin embargo, un
mundo sin guerrilla pero con narcotráfico y bacrim es mejor que uno con guerrilla, narcotráfico y bacrim.
Santos
tiene toda la legitimidad y la sapiencia para adelantar el proceso de paz. Él ha sido el más acérrimo enemigo de la guerrilla.
No se puede decir que él negocia desde una posición de debilidad. Quizás tenga la vanidad de querer
ser el presidente que trajo la paz a Colombia, y esa vanidad no es buena.
Buscar la paz no se puede hacer con el incentivo de esperar un Nobel como
recompensa. Pero Santos ha sido, si no el principal contradictor de la
guerrilla, sí por
lo menos el segundo, y es, por decir algo, más "jodido" que el
primero, que en estos asuntos es más primario y básico.
Yo
entiendo que haya quienes quieran ponerle condiciones a la paz. Yo entiendo a
los que dicen "paz sí, pero con condiciones". A esos hay que oírlos. Pero a aquellos que dicen "yo soy enemigo de la
paz", o "yo soy amigo de la paz pero en abstracto, porque en concreto
sigo siendo amigo de la guerra", hay que ignorarlos. Si Colombia está en guerra, tiene que ser
porque la guerrilla quiere la guerra, no porque el establecimiento la quiera.
Si la guerrilla quiere guerra, no hay más remedio que combatirla y ganarla. Si la guerrilla no
quiere guerra, tiene que haber los instrumentos democráticos para incorporarla a la
sociedad.
La decisión de Santos de arrancar un
proceso de paz es valiente y digna de un estadista. Quizás el proceso fracase, pero hay
que intentarlo. Lo peor que nos puede pasar, si no se hacen egregias
embarradas, es quedar en el statu quo actual. La guerra es una desgracia y hay
que intentar la paz. La paz es civilización; la guerra es barbarie. Y, si nos mantenemos en la
barbarie, que sea por ellos, no por nosotros.
Monday, August 20, 2012
12-08-20: Reichel-Dolmatoff: ¿un nazi?
Vi la acusación esta mañana. Rocío Rubio
publicó en Facebook que no había que juzgar a Gerardo Reichel-Dolmatoff antes
de tiempo. No entendí muy bien la alusión. Busqué un poco, y ahí estaba. Un artículo
en la revista Arcadia señalaba que el
antropólogo más famoso de Colombia, Gerardo Reichel-Dolmatoff, ya fallecido, tenía
un pasado nazi. Las acusaciones no son ligeras: que formó parte del Partido
Nacional Socialista (nazi), de las SS y de la guardia personal de Hitler, y que
fue un asesino.
El artículo de Arcadia está basado en hallazgos
del antropólogo colombiano, radicado en La Florida, Estados Unidos, Augusto
Oyuela-Caycedo, expuestos el pasado 17 (o 18) de julio en el 54 Congreso
Internacional de Americanistas, que tuvo lugar en la Universidad de Viena, Austria
(ver la presentación aquí).
La cita no podía ser más adecuada, a los cien años del nacimiento de Reichel en
su país de origen. Sin embargo, quizás la conmemoración no salió del todo como
se esperaba, debido a la presentación de Oyuela-Caycedo. De alguna manera, el
mito se empezaba a desmoronar.
Lo primero que hay que decir es que tanto
el artículo de Arcadia como las
investigaciones de Oyuela-Caycedo parecen serios. Si ese es el caso, ¿qué
debemos pensar de Reichel-Dolmatoff? Es divertido leer lo que escriben los
comentaristas del caso en Internet, que revelan distintas opiniones: que
Reichel-Dolmatoff no es tan respetable como se pensaba (alguien más o menos
dice: “ya me lo imaginaba: yo sí recuerdo sus frases racistas”; otro señala,
más o menos, que “ahí está pintada la academia en Colombia: liderada por un
tipo —refiriéndose a Reichel— sin títulos académicos”); que Oyuela-Caycedo es
un pintado en la pared; o que el periodista que escribió el artículo de Arcadia, Camilo Jiménez Santofimio, solo
tiene propósitos amarillistas.
Culpar a Oyuela-Caycedo o a Jiménez
Santofimio por decir lo que dicen me parece estúpido. Ellos solo hacen su
trabajo, y me parece que lo están haciendo bien. Oyuela-Caycedo está
desenterrando una verdad incómoda, pero no por eso no había que desenterrarla.
Me imagino que para eso están los arqueólogos: para desenterrar verdades. Los
únicos puntos, me parece a mí, son si las acusaciones son verdaderas o no, y,
si lo son, cómo debemos reinterpretar al hombre.
Yo no soy experto ni en antropología ni
en Reichel-Dolmatoff. Sé que fue un antropólogo muy importante en Colombia,
quizás el más importante, y leí algunos textos de él. Recuerdo en particular su
artículo en la Nueva historia de Colombia.
Una búsqueda rápida en Internet revela que su biografía tiene vacíos
importantes. Esos vacíos son llenados en parte por las investigaciones de
Oyuela-Caycedo. Pero estas no nos cuentan toda la historia. Oyéndolas, parece
claro que Reichel-Dolmatoff sí tuvo un pasado nazi, y que alcanzó a ser asesino
por esa afiliación.
Sin embargo, también parece claro que
tuvo una crisis, que fue buscado y expulsado por el partido nazi, y que terminó
refugiándose al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, si entiendo bien, en
Colombia. No se cambió el nombre, pero dejó de utilizar su primer nombre y
españolizó su segundo nombre: pasó de ser Erasmus a Gerardo. Así que la
cuestión es la siguiente: ¿debemos condenarlo por su pasado nazi, a pesar de su
ilustre carrera en Colombia? ¿Qué hubiéramos pensado si, digamos, en 1980
hubiera aparecido un cazador judío de nazis que hubiera dicho que uno de
nuestros mayores intelectuales, que fue crucial para entender mejor la
diversidad de nuestro país, era en realidad, o por lo menos en una vida pasada,
un criminal nazi?
No conozco los detalles de la vida de
Reichel-Dolmatoff, y parece que no hay expertos en ella. Oyuela-Caycedo señala
que poco sabemos lo que sucedió entre 1936 y 1937. Pero parece claro que
Reichel-Dolmatoff, en su juventud, fue nazi, y que luego cambió completamente
de opinión. Sin lugar a dudas, Reichel-Dolmatoff creció en un ambiente en el
cual era muy difícil no ser pro-nazi. Oyuela-Caycedo provee evidencia de que un
primo de él murió en los campos de batalla rusos luchando a favor del nazismo.
Pero algo hizo cambiar de opinión a Reichel-Dolmatoff. Sobre eso sabemos muy
poco. Es de sabios rectificar, digo yo. Además, Reichel-Dolmatoff había dejado
de ser nazi antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, es decir, no fue
uno de los que abandonó el barco solo cuando ya era evidente que se estaba
hundiendo. No. Algo lo hizo recapacitar, y asumir el costo de huir del nazismo,
antes de que este provocara la catástrofe. Una vez en Colombia se volvió
miembro de Francia Libre, un movimiento de apoyo al esfuerzo antinazi en
América.
Así que el caso de Reichel abre preguntas
éticas interesantes: ¿debemos perdonar a un asesino solo porque se arrepintió y
llevó después una vida ejemplar? ¿Manchan las nuevas revelaciones la vida y
obra del hombre? Yo pienso que cada cual debe pagar por lo que hace. Si
Reichel-Dolmatoff fue nazi, y fue asesino por ser nazi, él debe ser responsable
por eso. Pero Reichel-Dolmatoff fue más que eso. Quizás lo que fue después tuvo
mucho qué ver con lo que fue antes. Quizás sus investigaciones académicas
tenían una motivación personal insospechada. Qué curiosa sería la historia si
así fuera: por una vía extraña, el nazismo, proponente de la superioridad
racial aria, tuvo como consecuencia la exploración y celebración de la
diversidad racial colombiana. Reichel-Dolmatoff dijo que Colombia debía
sentirse orgullosa de ser una nación mestiza. Nadie mejor que él para decirlo.
Para los que ven a Reichel-Dolmatoff como
el maestro, estas nuevas revelaciones sobre su vida deben caer como un baldado
de agua fría. Pero, bien vistas las cosas, quizás no debería ser así. El caso
de Reichel-Dolmatoff solo personifica los terribles dilemas a los que se vieron
sometidos millones de personas por culpa del nazismo y la Segunda Guerra
Mundial. Algunos fueron nazis convencidos, y murieron en los campos de batalla.
Algunos no murieron, y se vieron obligados a cambiar su ideología con la
derrota. Otros, en medio del camino, se dieron cuenta de que el nazismo
necesitaba, cuando menos rectificaciones. Ahí estaban, por ejemplo, Rommel, y
von Stauffenberg, y ambos pagaron con sus vidas. El viraje de Reichel-Dolmatoff
fue más temprano. Mi ejemplo favorito es, sin embargo, el de Ernesto Bein, el
“prof”, que huyó de Alemania cuando el nazismo se expandía, y encontró refugio,
para siempre, en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Conocí al “prof” y tuve que investigar
sobre su vida para el número de El
Aguilucho, la revista de los estudiantes del Moderno, cuando el “prof”
murió, pero nunca tuve la suerte de ir como estudiante a su finca en Tabio: ya
estaba muy enfermo. Bein, como Reichel-Dolmatoff, fueron exiliados de la gran
Alemania que terminaron en Colombia huyendo del nazismo. Ambos hombres sabios.
Ambos hicieron mejor a Colombia. Reichel de manera más pública y Bein de manera
más discreta. Siempre he creído que a los hombres hay que juzgarlos en su mejor
luz. Quizás la juventud de Reichel-Dolmatoff no fue su mejor momento. Pero supo
sobreponerse y llevar posteriormente una vida ejemplar, que lo honra a él y que
nos beneficia a nosotros los colombianos. Sepamos que fue un hombre, un ser
humano, sometido a presiones terribles, y que fue capaz de liberarse de ellas. Dejémoslo
descansar en paz.
Sunday, August 12, 2012
12-08-12: Londres 2012
Los juegos olímpicos tienen una magia especial. Su lema, citius, altius, fortius (más rápido, más rápido, más fuerte), habla de la naturaleza indomable del espíritu humano. En los juegos se compite contra otros, pero principalmente contra uno mismo.
En los juegos olímpicos compiten los países, y uno llora emocionado cuando alguien del propio país logra algún éxito, pero también cuando alguien de otro país logra una marca que parecía imposible. Así triunfa, no solo ese país, sino todo el género humano.
Los juegos son una fiesta de las naciones, una afirmación de las costumbres, un abrazo multinacional y multicultural. Cuántos de nosotros no hemos aprendido que un país existe porque lo hemos visto desfilando en la apertura de unos juegos olímpicos.
Así como la llegada del hombre a la luna fue un logro de Estados Unidos, pero también un logro de toda la humanidad, cada atleta victorioso le da una medalla a su país, pero también a cada uno de nosotros. Ellos, los atletas, rompen marcas en nombre de nosotros, los que estamos fuera de forma, los que estamos viejos, los que tenemos alguna discapacidad, los que no poseemos una genética tan excepcional, o poseemos un kilo de más. Los juegos son para asombrarse de la perfección que los seres humanos pueden lograr.
Los juegos hablan de la dedicación a un objetivo, de dar todo de sí, de competir con todo, pero sin olvidar la gallardía. Los juegos hablan de esos conceptos tan inasibles que son el espíritu deportivo y el juego limpio.
Los juegos son una celebración de la juventud, de la belleza física, de lo que pueden hacer los seres humanos con sus cuerpos. Y uno se pregunta si hay límites a lo que los seres humanos pueden hacer. Claro que los hay, pero siempre nos preguntamos si una décima de segundo más, un centímetro más, un kilo más, son posibles. Y a veces los logramos.
Los juegos hablan del amor al deporte. De hecho, hasta hace no mucho tiempo, los deportistas debían ser amateurs, "amantes" del deporte. Hoy los jugadores olímpicos también pueden ser profesionales, porque los juegos también tienen la vocación de atraer a los mejores, y cada vez más es posible que los deportistas vivan del deporte.
El orgullo nacional está claramente asociado con los juegos. Los juegos olímpicos solo han sido suspendidos por las guerras mundiales, y no cabe duda sobre qué debería preferir un ser humano civilizado. Hitler quiso demostrar la superioridad del nazismo en los juegos de 1936, y no lo logró, porque un atleta negro norteamericano, el legendario Jesse Owens, demostró ser el mejor del mundo. Los negros norteamericanos quisieron llamar la atención sobre su lucha por los derechos civiles en Estados Unidos recibiendo, en los juegos de México de 1968, sus medallas con un puño, enfundado en un guante negro, levantado en alto. Los palestinos quisieron llamar la atención sobre su causa matando atletas israelíes en las olimpíadas de Munich de 1972. La guerra fría también se luchó en los olímpicos. Si los Estados Unidos no fueron a Moscú en 1980, la Unión Soviética no fue a Los Ángeles en 1984. Así como China mostró su ascenso a la supremacía mundial ganando los juegos de 2008, Estados Unidos demuestra que aún es el líder mundial ganando los juegos de 2012. Colombia dio muestras de lo que puede ser ocupando la posición 38 en los olímpicos, la tercera mejor en América Latina, después de Cuba y Brasil, y por encima de México y Argentina. Y qué orgullosos nos sentimos de Mariana Pajón y de nuestros otros atletas. Ellos nos han mostrado que un futuro mejor es posible. Y Gran Bretaña demuestra su civilidad y su decoro quedando de tercera en los juegos que ella misma, impecablemente, organizó. A veces hasta sospecho que ese error inicial de confundir la bandera de Corea del Norte con la del Sur fue premeditado, y tenía como objetivo mandar un mensaje subliminal. Y entre los más destacados atletas británicos estuvo un refugiado somalí, Mohamed Farah, un negro flaco y bello que se convirtió en medallista de oro en los 5.000 y 10.000 metros. Qué símbolo hermoso de lo que significa ser civilizado hoy en día.
Ciertos intelectuales han pensado mal del deporte. Del fútbol se ha dicho que son 22 tipos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. Todos los deportes podrían ser trivializados de igual manera. Lo cierto es que los seres humanos somos poco más que seres juguetones. En vez de Homo sapiens, podemos haber sido, como propone Johan Huizinga, Homo ludens. La vida es un juego. No más y no menos que eso. Y no hay mejores juegos que los juegos olímpicos.
En los juegos olímpicos compiten los países, y uno llora emocionado cuando alguien del propio país logra algún éxito, pero también cuando alguien de otro país logra una marca que parecía imposible. Así triunfa, no solo ese país, sino todo el género humano.
Los juegos son una fiesta de las naciones, una afirmación de las costumbres, un abrazo multinacional y multicultural. Cuántos de nosotros no hemos aprendido que un país existe porque lo hemos visto desfilando en la apertura de unos juegos olímpicos.
Así como la llegada del hombre a la luna fue un logro de Estados Unidos, pero también un logro de toda la humanidad, cada atleta victorioso le da una medalla a su país, pero también a cada uno de nosotros. Ellos, los atletas, rompen marcas en nombre de nosotros, los que estamos fuera de forma, los que estamos viejos, los que tenemos alguna discapacidad, los que no poseemos una genética tan excepcional, o poseemos un kilo de más. Los juegos son para asombrarse de la perfección que los seres humanos pueden lograr.
Los juegos hablan de la dedicación a un objetivo, de dar todo de sí, de competir con todo, pero sin olvidar la gallardía. Los juegos hablan de esos conceptos tan inasibles que son el espíritu deportivo y el juego limpio.
Los juegos son una celebración de la juventud, de la belleza física, de lo que pueden hacer los seres humanos con sus cuerpos. Y uno se pregunta si hay límites a lo que los seres humanos pueden hacer. Claro que los hay, pero siempre nos preguntamos si una décima de segundo más, un centímetro más, un kilo más, son posibles. Y a veces los logramos.
Los juegos hablan del amor al deporte. De hecho, hasta hace no mucho tiempo, los deportistas debían ser amateurs, "amantes" del deporte. Hoy los jugadores olímpicos también pueden ser profesionales, porque los juegos también tienen la vocación de atraer a los mejores, y cada vez más es posible que los deportistas vivan del deporte.
El orgullo nacional está claramente asociado con los juegos. Los juegos olímpicos solo han sido suspendidos por las guerras mundiales, y no cabe duda sobre qué debería preferir un ser humano civilizado. Hitler quiso demostrar la superioridad del nazismo en los juegos de 1936, y no lo logró, porque un atleta negro norteamericano, el legendario Jesse Owens, demostró ser el mejor del mundo. Los negros norteamericanos quisieron llamar la atención sobre su lucha por los derechos civiles en Estados Unidos recibiendo, en los juegos de México de 1968, sus medallas con un puño, enfundado en un guante negro, levantado en alto. Los palestinos quisieron llamar la atención sobre su causa matando atletas israelíes en las olimpíadas de Munich de 1972. La guerra fría también se luchó en los olímpicos. Si los Estados Unidos no fueron a Moscú en 1980, la Unión Soviética no fue a Los Ángeles en 1984. Así como China mostró su ascenso a la supremacía mundial ganando los juegos de 2008, Estados Unidos demuestra que aún es el líder mundial ganando los juegos de 2012. Colombia dio muestras de lo que puede ser ocupando la posición 38 en los olímpicos, la tercera mejor en América Latina, después de Cuba y Brasil, y por encima de México y Argentina. Y qué orgullosos nos sentimos de Mariana Pajón y de nuestros otros atletas. Ellos nos han mostrado que un futuro mejor es posible. Y Gran Bretaña demuestra su civilidad y su decoro quedando de tercera en los juegos que ella misma, impecablemente, organizó. A veces hasta sospecho que ese error inicial de confundir la bandera de Corea del Norte con la del Sur fue premeditado, y tenía como objetivo mandar un mensaje subliminal. Y entre los más destacados atletas británicos estuvo un refugiado somalí, Mohamed Farah, un negro flaco y bello que se convirtió en medallista de oro en los 5.000 y 10.000 metros. Qué símbolo hermoso de lo que significa ser civilizado hoy en día.
Ciertos intelectuales han pensado mal del deporte. Del fútbol se ha dicho que son 22 tipos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. Todos los deportes podrían ser trivializados de igual manera. Lo cierto es que los seres humanos somos poco más que seres juguetones. En vez de Homo sapiens, podemos haber sido, como propone Johan Huizinga, Homo ludens. La vida es un juego. No más y no menos que eso. Y no hay mejores juegos que los juegos olímpicos.
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