La Revista del Buen Gobierno muy amablemente nos pidió a trece colombianos una colaboración, de máximo una página, en torno a “visiones sobre el futuro del desarrollo económico y social colombiano”. Este fue el texto que envié.
Cite un fragmento de la literatura que recoge ese concepto que considera absolutamente central para encauzar el desarrollo colombiano.
“Nada contraría tanto a nuestros amigos economistas como recordarles que la teoría económica es una disciplina profundamente reaccionaria. [...] Sin embargo, no está definitivamente condenada la lúgubre ciencia, como la llamó Thomas Carlyle. [...] Para que funcione hoy una teoría económica, ha de constituirse alrededor de lo común, lo global, y la cooperación social. En otras palabras, debe convertirse en una ciencia biopolítica. Como dice Amartya Sen, la ingeniería económica debe volver la vista hacia la ética” (Hardt y Negri (2005), Multitud).
Comente brevemente el párrafo. ¿Cuál podría ser la mejor forma de implementarlo?
(1) Creo en la dignidad y el valor fundamental de cada ser humano: abomino de la desigualdad humana en términos económicos o de poder, pero la valoro en términos de opciones de vida. (2) Creo que no se puede ignorar la responsabilidad individual de los seres humanos. Como dijo John D. Rockefeller, Jr., “yo creo […] que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida”. (3) Creo que la violencia no tiene cabida ni en el proceso político ni en la sociedad en su conjunto. (4) Creo que el crecimiento económico es necesario para el desarrollo. Es mentira eso de que primero hay que repartir para luego sí crecer. Lo primero es generar riqueza: creo en la importancia de la libertad de empresa y de un ambiente adecuado para los negocios. (5) Creo que no cualquier crecimiento es deseable: el crecimiento económico debe ser social, política y ambientalmente sostenible. (6) Creo que es un error entorpecer el funcionamiento y la disciplina de los mercados y el sistema de precios, pero también creo que los mercados, por sí solos, no son capaces de producir justicia social. Creo que la falta de justicia social es la principal amenaza para un crecimiento sostenible. (7) Creo en la necesidad del Estado para proteger a los más débiles, y no para promover los intereses de los más fuertes. (8) Creo que la principal función de la democracia es (a) proveer un espacio donde todos los individuos tengan el mismo poder, y (b) contener las inequidades que producen los mercados. (9) Creo que la ley debe ser igual para todo el mundo, y no sólo para “los de ruana”. (10) Creo en un Estado respetuoso de las libertades individuales. (11) Creo que los técnicos no pueden sustituir al proceso político. (12) Creo que la política está mal cuando para hacerse elegir se requiere más plata o influencias que ideas, y que el Estado está mal cuando no representa el interés general. (13) Creo en una socialdemocracia heterodoxa, es decir, creo en la búsqueda del socialismo a través de métodos democráticos, pero creo en el funcionamiento de los mercados, es decir, creo en un socialismo de mercado. (14) Creo que los requerimientos mínimos de un socialismo moderno son (a) imponer una tributación progresiva, que pese más sobre el individuo que sobre la empresa (porque la desigualdad social es entre individuos y porque hay que fomentar la empresa) y más sobre el capital que sobre el trabajo (porque el acceso desigual al capital es la principal fuente de desigualdad), y (b) garantizar el derecho al trabajo. Esto, me parece, es la principal responsabilidad de la seguridad social (no la salud, o las pensiones, o la vivienda, porque todas esas cosas las debe poder pagar quien tiene empleo): creo que una sociedad justa es una donde toda la gente puede derivar ingresos de su trabajo. (15) Creo que, hacia el futuro, se debe estudiar si es viable una socialdemocracia más progresista, en la cual toda la gente pueda derivar ingresos únicamente de su trabajo.
Thursday, August 23, 2007
07-08-23: El credo de los Rockefeller
Preparando un texto para la Revista del Buen Gobierno, releí (en William Safire (1992), Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, New York: W. W. Norton & Company) un discurso de John D. Rockefeller, Jr., uno de los millonarios más famosos de Estados Unidos, que pronunció por radio el 8 de julio de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, pero antes del ataque japonés a Pearl Harbor. Rockefeller, Jr., heredó su fortuna del conocido magnate petrolero, pero, mutando de los negocios a la filantropía le dio aceptabilidad a la misma. Fue el padre de Nelson Rockefeller, político republicano que repitió durante su campaña para la gobernación de Nueva York una de las frases de ese discurso ("brotherhood of man, fatherhood of God") tan intensamente que su sigla (bomfog) empezó a significar en inglés algo así como "retórica política bien intencionada pero vacía"; y fue tío abuelo de Jay Rockefeller, político demócrata que dijo: “usted no debería ser un Rockefeller para tener servicio médico”.
El discurso de Rockefeller, que hoy está escrito en piedra en la pista de patinaje del Rockefeller Center de Nueva York, tiene una cierta belleza que lo rescata de la ingenuidad, y es difícil estar en desacuerdo con él. Sólo hay un punto en el que no me identifico del todo, y aquellos que conozcan mis posiciones religiosas no tendrán dificultad en saber cuál es. He pensado que vale la pena añadirlo a mi blog.
“Estos son los principios con base en los cuales mi esposa y yo hemos tratado de criar nuestra familia. Estos son los principios en los cuales mi padre creía y con los cuales guiaba su vida. Estos son los principios que aprendí al lado de mi madre.
“Ellos señalan la vía hacia la utilidad y la felicidad en la vida, y hacia el valor y la paz en la muerte”.
“Si ellos significan para usted lo que significan para mí, quizás ellos también puedan ayudar a nuestros hijos para su guía e inspiración.
“Permítanme mencionarlos:
“Yo creo en el valor supremo del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
“Yo creo que cada derecho implica una responsabilidad; cada oportunidad, una obligación; cada posesión, un deber.
“Yo creo que la ley fue hecha para el hombre y no el hombre para la ley; que el gobierno es el siervo de la gente y no su maestro.
“Yo creo en la dignidad del trabajo, ya sea con la cabeza o con la mano; que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida.
“Yo creo que el ahorro es esencial para un vivir ordenado y que la economía es un requisito primordial de una estructura financiera sana, ya sea en el gobierno, en los negocios o en los asuntos personales.
“Yo creo que la verdad y la justicia son fundamentales para un orden social perdurable.
“Yo creo en la santidad de una promesa, que la palabra de un hombre debería ser su mejor compromiso, que el carácter —no la riqueza ni el poder ni el cargo— es de supremo valor.
“Yo creo que la producción de un servicio útil es el deber común de la humanidad y que sólo en el fuego purificador del sacrificio se consume el egoísmo y se libera la grandeza del alma humana.
“Yo creo en un Dios todo sabiduría y todo amor, denominado por cualquier nombre, y que el más alto logro del individuo, su mayor alegría y su mayor utilidad se encuentran en vivir en armonía con su voluntad.
“Yo creo que el amor es la cosa más grande del mundo; que sólo él puede superar el odio; que el derecho puede y va a triunfar sobre la fuerza.
“Estos son los principios, independientemente de cómo estén formulados, que todos los hombres y mujeres buenos a través del mundo, sin importar la raza o el credo, la educación, la posición social o la ocupación, sostienen, y por los cuales muchos de ellos están sufriendo y muriendo.
“Estos son los únicos principios sobre los cuales un nuevo mundo que reconozca la hermandad de los seres humanos y la paternidad de Dios puede ser establecido”.
El discurso de Rockefeller, que hoy está escrito en piedra en la pista de patinaje del Rockefeller Center de Nueva York, tiene una cierta belleza que lo rescata de la ingenuidad, y es difícil estar en desacuerdo con él. Sólo hay un punto en el que no me identifico del todo, y aquellos que conozcan mis posiciones religiosas no tendrán dificultad en saber cuál es. He pensado que vale la pena añadirlo a mi blog.
“Estos son los principios con base en los cuales mi esposa y yo hemos tratado de criar nuestra familia. Estos son los principios en los cuales mi padre creía y con los cuales guiaba su vida. Estos son los principios que aprendí al lado de mi madre.
“Ellos señalan la vía hacia la utilidad y la felicidad en la vida, y hacia el valor y la paz en la muerte”.
“Si ellos significan para usted lo que significan para mí, quizás ellos también puedan ayudar a nuestros hijos para su guía e inspiración.
“Permítanme mencionarlos:
“Yo creo en el valor supremo del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
“Yo creo que cada derecho implica una responsabilidad; cada oportunidad, una obligación; cada posesión, un deber.
“Yo creo que la ley fue hecha para el hombre y no el hombre para la ley; que el gobierno es el siervo de la gente y no su maestro.
“Yo creo en la dignidad del trabajo, ya sea con la cabeza o con la mano; que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida.
“Yo creo que el ahorro es esencial para un vivir ordenado y que la economía es un requisito primordial de una estructura financiera sana, ya sea en el gobierno, en los negocios o en los asuntos personales.
“Yo creo que la verdad y la justicia son fundamentales para un orden social perdurable.
“Yo creo en la santidad de una promesa, que la palabra de un hombre debería ser su mejor compromiso, que el carácter —no la riqueza ni el poder ni el cargo— es de supremo valor.
“Yo creo que la producción de un servicio útil es el deber común de la humanidad y que sólo en el fuego purificador del sacrificio se consume el egoísmo y se libera la grandeza del alma humana.
“Yo creo en un Dios todo sabiduría y todo amor, denominado por cualquier nombre, y que el más alto logro del individuo, su mayor alegría y su mayor utilidad se encuentran en vivir en armonía con su voluntad.
“Yo creo que el amor es la cosa más grande del mundo; que sólo él puede superar el odio; que el derecho puede y va a triunfar sobre la fuerza.
“Estos son los principios, independientemente de cómo estén formulados, que todos los hombres y mujeres buenos a través del mundo, sin importar la raza o el credo, la educación, la posición social o la ocupación, sostienen, y por los cuales muchos de ellos están sufriendo y muriendo.
“Estos son los únicos principios sobre los cuales un nuevo mundo que reconozca la hermandad de los seres humanos y la paternidad de Dios puede ser establecido”.
07-08-23: Kate Hudson sobre la monogamia
Leí en la revista Carrusel (17 de agosto de 2007, No. 1429) esta cita de la actriz Kate Hudson, y me pareció divertido añadirla a mi blog.
“Como los primates que somos, el ser humano no está hecho para ser monógamo. Cuando la gente me pregunta si creo en la fidelidad, mi respuesta siempre es la misma. Obviamente sería el ideal y es lo que en el fondo todos quisiéramos pero, de cierta forma, lo que amo y admiro de los hombres es que es difícil para ellos ser monógamos y sin embargo, por amor, están dispuestos a intentarlo siquiera”.
“Como los primates que somos, el ser humano no está hecho para ser monógamo. Cuando la gente me pregunta si creo en la fidelidad, mi respuesta siempre es la misma. Obviamente sería el ideal y es lo que en el fondo todos quisiéramos pero, de cierta forma, lo que amo y admiro de los hombres es que es difícil para ellos ser monógamos y sin embargo, por amor, están dispuestos a intentarlo siquiera”.
Wednesday, July 18, 2007
07-07-18: Sobre los retornos a escala
El mundo (¡quién iba a creerlo!) está dividido en dos tipos de personas: las que creen en los retornos constantes a escala y las que creen en los retornos crecientes a escala. Los retornos a escala son una propiedad de los procesos productivos. Intuitivamente, hay retornos constantes a escala si trabajar dos horas produce el doble que trabajar una hora. Y hay retornos crecientes a escala si trabajar dos horas produce más del doble que trabajar una hora (de manera similar uno podría definir retornos decrecientes a escala).
Los retornos constantes a escala tienen una implicación: da lo mismo tener una empresa que contrate a cien personas que tener cien empresas que contraten sólo a una persona. Bajo retornos constantes a escala, ambas organizaciones deben producir lo mismo. Eso no ocurre con los retornos crecientes a escala: la empresa con cien personas debe producir más que las cien empresas con una persona. Eso es lo que retornos crecientes a escala significa: entre mayor sea la escala, mejor.
En economía, la existencia de retornos constantes a escala está asociada con unas propiedades muy deseables de los mercados. En particular, se ha podido demostrar que los mercados son eficientes (producen lo máximo que se puede producir con los insumos disponibles) bajo un conjunto de condiciones especiales, dentro de las cuales se cuentan los retornos constantes a escala. Por esta razón, los economistas que tienden a creer en la eficiencia de los mercados tienden a pensar que el mundo está razonablemente bien caracterizado por la existencia de retornos constantes a escala.
Por el contrario, la existencia de retornos crecientes a escala está asociada con la conformación de monopolios, que son una “imperfección” de los mercados.
La economía de los retornos crecientes a escala estaba, hasta hace unas pocas décadas, prácticamente sin desarrollar. Sin embargo, en los últimos años ha tenido un desarrollo notable. En la teoría del comercio internacional, el trabajo de Paul Krugman, en los 1970s y 1980s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala ayudan a explicar el comercio intraindustrial entre países ricos, y, en la teoría del crecimiento, el trabajo de Paul Romer, en los 1980s y 1990s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala en la producción de conocimiento ayudan a explicar el proceso de crecimiento económico. Un libro muy interesante que describe el “triunfo” de la idea de retornos crecientes a escala en economía, y sobre todo en la teoría del crecimiento económico, es el de Warsh (Knowledge and the Wealth of Nations: A Story of Economic Discovery, 2006, Norton).
Mi intuición es que los retornos crecientes a escala están mucho más extendidos en el mundo de lo que los economistas ortodoxos tenderían a ver. Como uno sólo ve el mundo a través de la teoría que tiene en la cabeza, si la teoría le dice a uno que el mundo funciona muy bien si está caracterizado por retornos constantes a escala, uno termina por ver sólo los casos en los cuales el mundo está efectivamente caracterizado por ese tipo de retornos.
Sin embargo, mi intuición es que el mundo está mucho más caracterizado por los retornos crecientes que por los retornos constantes. Piense por ejemplo en la existencia de ciudades, o de conciertos de rock. ¿Por qué la gente se aglomera? Tiene que haber alguna ventaja en eso. Y en el caso de los conciertos de rock la ventaja es simple: es mucho más divertido oír una canción de rock en vivo, rodeado de miles o millones de personas, que solo y en el equipo de sonido de la casa.
O piense en la existencia de ricos y pobres. La pobreza debe ser persistente si ganar el primer peso es mucho más difícil que ganar el peso número 1.000 millones (tener 1.000 millones es muy fácil cuando uno ya tiene 999 millones. Tener un millón cuando uno no tiene ninguno es mucho más difícil). Y ese parece ser el caso. A quienes les queda más fácil montar un negocio son los que ya tienen plata. Además, es frecuente oír que los bancos sólo le prestan plata a uno si uno demuestra que ya la tiene. Los retornos crecientes a escala explicarían por qué hay pocos ricos y muchos pobres (y no al revés, por ejemplo).
Sería más o menos la misma razón que explicaría por qué tiene que haber muchas más plantas que animales herbívoros, y muchos más animales herbívoros que animales carnívoros. O mucho más gente con educación básica que con PhD. O por qué la gente de los países ricos tiende a tener menos hijos que la gente de los países pobres.
O piense en la riqueza de Bill Gates. ¿Cómo llegó a ser el hombre más rico del mundo en relativamente poco tiempo? Gracias a una industria, la del software, que es el ejemplo paradigmático de los retornos crecientes a escala (incluidas las demandas por monopolio): no sólo yo me beneficio de que tú uses los mismos programas que yo uso (yo aprendía a hablar inglés como segunda lengua porque supuse que era lo más parecido a una lengua universal, lo cual contribuye a volverla universal), sino también sucede que producir la segunda copia del programa es mucho más barato que la primera, y la tercera mucho más barato que la segunda.
Por lo tanto, yo creo que el mundo está caracterizado más por los retornos crecientes a escala que por los retornos constantes a escala. Esta creencia tiene un precio: me obliga a desconfiar de la teoría económica tradicional, que supone que los mercados son perfectos. Si los retornos crecientes son la norma, vivimos en un mundo imperfecto. Entender las implicaciones de ese mundo imperfecto es la tarea que tenemos por delante.
Los retornos constantes a escala tienen una implicación: da lo mismo tener una empresa que contrate a cien personas que tener cien empresas que contraten sólo a una persona. Bajo retornos constantes a escala, ambas organizaciones deben producir lo mismo. Eso no ocurre con los retornos crecientes a escala: la empresa con cien personas debe producir más que las cien empresas con una persona. Eso es lo que retornos crecientes a escala significa: entre mayor sea la escala, mejor.
En economía, la existencia de retornos constantes a escala está asociada con unas propiedades muy deseables de los mercados. En particular, se ha podido demostrar que los mercados son eficientes (producen lo máximo que se puede producir con los insumos disponibles) bajo un conjunto de condiciones especiales, dentro de las cuales se cuentan los retornos constantes a escala. Por esta razón, los economistas que tienden a creer en la eficiencia de los mercados tienden a pensar que el mundo está razonablemente bien caracterizado por la existencia de retornos constantes a escala.
Por el contrario, la existencia de retornos crecientes a escala está asociada con la conformación de monopolios, que son una “imperfección” de los mercados.
La economía de los retornos crecientes a escala estaba, hasta hace unas pocas décadas, prácticamente sin desarrollar. Sin embargo, en los últimos años ha tenido un desarrollo notable. En la teoría del comercio internacional, el trabajo de Paul Krugman, en los 1970s y 1980s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala ayudan a explicar el comercio intraindustrial entre países ricos, y, en la teoría del crecimiento, el trabajo de Paul Romer, en los 1980s y 1990s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala en la producción de conocimiento ayudan a explicar el proceso de crecimiento económico. Un libro muy interesante que describe el “triunfo” de la idea de retornos crecientes a escala en economía, y sobre todo en la teoría del crecimiento económico, es el de Warsh (Knowledge and the Wealth of Nations: A Story of Economic Discovery, 2006, Norton).
Mi intuición es que los retornos crecientes a escala están mucho más extendidos en el mundo de lo que los economistas ortodoxos tenderían a ver. Como uno sólo ve el mundo a través de la teoría que tiene en la cabeza, si la teoría le dice a uno que el mundo funciona muy bien si está caracterizado por retornos constantes a escala, uno termina por ver sólo los casos en los cuales el mundo está efectivamente caracterizado por ese tipo de retornos.
Sin embargo, mi intuición es que el mundo está mucho más caracterizado por los retornos crecientes que por los retornos constantes. Piense por ejemplo en la existencia de ciudades, o de conciertos de rock. ¿Por qué la gente se aglomera? Tiene que haber alguna ventaja en eso. Y en el caso de los conciertos de rock la ventaja es simple: es mucho más divertido oír una canción de rock en vivo, rodeado de miles o millones de personas, que solo y en el equipo de sonido de la casa.
O piense en la existencia de ricos y pobres. La pobreza debe ser persistente si ganar el primer peso es mucho más difícil que ganar el peso número 1.000 millones (tener 1.000 millones es muy fácil cuando uno ya tiene 999 millones. Tener un millón cuando uno no tiene ninguno es mucho más difícil). Y ese parece ser el caso. A quienes les queda más fácil montar un negocio son los que ya tienen plata. Además, es frecuente oír que los bancos sólo le prestan plata a uno si uno demuestra que ya la tiene. Los retornos crecientes a escala explicarían por qué hay pocos ricos y muchos pobres (y no al revés, por ejemplo).
Sería más o menos la misma razón que explicaría por qué tiene que haber muchas más plantas que animales herbívoros, y muchos más animales herbívoros que animales carnívoros. O mucho más gente con educación básica que con PhD. O por qué la gente de los países ricos tiende a tener menos hijos que la gente de los países pobres.
O piense en la riqueza de Bill Gates. ¿Cómo llegó a ser el hombre más rico del mundo en relativamente poco tiempo? Gracias a una industria, la del software, que es el ejemplo paradigmático de los retornos crecientes a escala (incluidas las demandas por monopolio): no sólo yo me beneficio de que tú uses los mismos programas que yo uso (yo aprendía a hablar inglés como segunda lengua porque supuse que era lo más parecido a una lengua universal, lo cual contribuye a volverla universal), sino también sucede que producir la segunda copia del programa es mucho más barato que la primera, y la tercera mucho más barato que la segunda.
Por lo tanto, yo creo que el mundo está caracterizado más por los retornos crecientes a escala que por los retornos constantes a escala. Esta creencia tiene un precio: me obliga a desconfiar de la teoría económica tradicional, que supone que los mercados son perfectos. Si los retornos crecientes son la norma, vivimos en un mundo imperfecto. Entender las implicaciones de ese mundo imperfecto es la tarea que tenemos por delante.
Monday, July 16, 2007
07-07-16: Economistas contra administradores
Cuando yo era estudiante de economía en la universidad, a principios de los años 80, tenía una particular aversión por los administradores de empresas. La razón era que los estudiantes de administración estudiaban para volverse ricos, y me parecían indolentes frente a los problemas de la sociedad. Los economistas, en cambio, sí teníamos “conciencia social”. Gracias a ella, algunos administradores nos llamaban, en vez de economistas, “ecomunistas”.
Mi forma de pensar ha cambiado mucho desde esas épocas. Ahora pienso que los administradores de empresas son esenciales para el desarrollo social, y que los economistas somos bastante inútiles. Un administrador de empresas exitoso genera riqueza y empleo; un economista exitoso quizás sea ministro de hacienda o produzca un artículo académico (o paper, como nos gusta decir) tras otro. No quiero llegar al extremo de renegar de mi profesión, pero ahora me parece que una sociedad requiere pocos economistas; que los economistas tienden a desarrollar un sentido de la arrogancia que va mucho más allá de su aporte social; y que muchos de los debates entre economistas es mejor ignorarlos.
Una pregunta interesante es qué tipo de profesiones promover para el desarrollo social. La primera vez que vi una respuesta “científica” a esa pregunta fue en un trabajo económico de Magee, Brock y Young (Black Hole Tariffs and Endogenous Policy Theory, 1989, Cambridge University Press) que sostenía que las sociedades que se dedicaban a las actividades redistributivas lo hacían peor que las sociedades que se dedicaban a las actividades productivas. Ellos presentaban un gráfico convincente, que mostraba que el crecimiento del ingreso per cápita está negativamente correlacionado con la proporción de abogados en la sociedad. La idea es que el grado de actividades redistributivas en una sociedad puede ser indirectamente medido por el número de abogados que hay en ella: los abogados no generan valor; sólo logran que cambie de manos. En cambio, otras profesiones sí generarían valor.
No sé si la visión negativa sobre los abogados que surge del trabajo de Magee, Brock y Young (y de muchos otros que han seguido por esa línea) sea enteramente correcta. Para comenzar, Estados Unidos es un país con muchos abogados, y es un país rico. De otra parte, quizás sea la claridad en la repartición de la riqueza la que facilita la generación de la misma. En otras palabras, quizás Estados Unidos sea rico porque existe un entorno regulatorio que resuelve, más o menos eficientemente, las disputas distributivas. Pero la intuición de que un país, para tener éxito, requiere científicos e ingenieros, es una difícil de disipar. En la teoría económica hoy en boga el crecimiento es resultado del conocimiento y la innovación, y estas dos cosas son producidas de manera profesional a través de la inversión en investigación y desarrollo (R+D, como dicen en inglés, por “research and development”, o “i+d+i”, como se está poniendo de moda en español, para señalar que hay investigación, desarrollo e innovación).
Sin embargo, yo me atrevo a creer que, sobre todos en las fases iniciales del desarrollo, lo esencial es que haya empresarios y emprendedores. Además, uno tiende a ignorar el papel que, en materia de innovación práctica, tienen los emprendedores. Casi se podría decir que quienes hicieron la revolución industrial fueron hombres que estaban tratando de resolver problemas prácticos, que no se veían a sí mismos perdidos en complejas discusiones teóricas. La teoría económica ha explorado poco la relación que existe entre crecimiento y emprendimiento (una excepción es el libro de Baumol, Litan y Schramm ―Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity, 2007, Yale University Press―, pero este libro no alcanza el nivel de rigor de la teoría económica moderna). Sin embargo, me parece que la relación entre emprendimiento y crecimiento es una relación obvia.
Creo que en muchos países el subdesarrollo se asienta por una inadecuada interpretación del emprendimiento, y en particular por una nociva noción del papel del Estado. En Colombia es común oír que las cosas no ocurren porque el Estado no presta la ayuda adecuada. La queja frecuente es que “el Estado no nos colabora”. Esta queja se puede oír en boca del empresario más encopetado, o de la víctima de un desastre natural. No importa: todos esperan que el Estado los ayude. En síntesis, la gente ha delegado su responsabilidad individual al Estado. De otra parte, hay una desconfianza “natural” frente a los ricos. Rara vez se percibe que los ricos “merecen” su fortuna. Son, más bien, unos “de buenas” que unos ricos con merecimientos. Las fortunas aparecen, no se trabajan. Esperamos que un golpe de suerte nos saque de la mala fortuna, o nos dedicamos a actividades ilícitas, pero muy rentables. Tal vez estas actitudes se deban al hecho de que el feudalismo (es decir, el régimen en el cual la fortuna personal está ligada a la propiedad de la tierra) en América Latina todavía no está del todo enterrado en el pasado, y al hecho de que nadie nunca percibió la distribución de la tierra, arrebatada por los europeos a los indios, como justa. Tal vez a estas razones se deba esa odiosa actitud latinoamericana de hablar mal de los ricos a sus espaldas, y de ser absolutamente serviles frente a ellos.
El caso es que la mentalidad de hacer empresa está muy poco extendida. Los universitarios piensan más en buscar empleo que en hacer empresa (aunque, para hacer honor a la verdad, esta mentalidad está cambiando). Hernando de Soto creyó encontrar un germen de emprendimiento en la extendida economía informal, pero ésta es incapaz de generar riqueza, agobiada por la abundancia de reglas de la economía formal y la falta de preparación de los potenciales empresarios. Por lo tanto, la tesis de Baumol, Litan y Schramm, aunque expresada en un lenguaje que a un economista académico quizás no satisfaga, a mí me parece persuasiva. Hay una relación clara entre emprendimiento y crecimiento, y el emprendimiento florece más fácilmente en un tipo de capitalismo que premie la iniciativa y la innovación, lejos del capitalismo oligárquico que predomina en América latina. Quizás un país no pueda ser todo de emprendedores, quizás no muchos estén interesados en ser emprendedores, pero hoy estoy convencido de que un país, sobre todo un país subdesarrollado, requiere, más que economistas, o abogados, o científicos o ingenieros, administradores de empresas: seres humanos que se dediquen activamente a ver cómo generar riqueza y empleo.
Mi forma de pensar ha cambiado mucho desde esas épocas. Ahora pienso que los administradores de empresas son esenciales para el desarrollo social, y que los economistas somos bastante inútiles. Un administrador de empresas exitoso genera riqueza y empleo; un economista exitoso quizás sea ministro de hacienda o produzca un artículo académico (o paper, como nos gusta decir) tras otro. No quiero llegar al extremo de renegar de mi profesión, pero ahora me parece que una sociedad requiere pocos economistas; que los economistas tienden a desarrollar un sentido de la arrogancia que va mucho más allá de su aporte social; y que muchos de los debates entre economistas es mejor ignorarlos.
Una pregunta interesante es qué tipo de profesiones promover para el desarrollo social. La primera vez que vi una respuesta “científica” a esa pregunta fue en un trabajo económico de Magee, Brock y Young (Black Hole Tariffs and Endogenous Policy Theory, 1989, Cambridge University Press) que sostenía que las sociedades que se dedicaban a las actividades redistributivas lo hacían peor que las sociedades que se dedicaban a las actividades productivas. Ellos presentaban un gráfico convincente, que mostraba que el crecimiento del ingreso per cápita está negativamente correlacionado con la proporción de abogados en la sociedad. La idea es que el grado de actividades redistributivas en una sociedad puede ser indirectamente medido por el número de abogados que hay en ella: los abogados no generan valor; sólo logran que cambie de manos. En cambio, otras profesiones sí generarían valor.
No sé si la visión negativa sobre los abogados que surge del trabajo de Magee, Brock y Young (y de muchos otros que han seguido por esa línea) sea enteramente correcta. Para comenzar, Estados Unidos es un país con muchos abogados, y es un país rico. De otra parte, quizás sea la claridad en la repartición de la riqueza la que facilita la generación de la misma. En otras palabras, quizás Estados Unidos sea rico porque existe un entorno regulatorio que resuelve, más o menos eficientemente, las disputas distributivas. Pero la intuición de que un país, para tener éxito, requiere científicos e ingenieros, es una difícil de disipar. En la teoría económica hoy en boga el crecimiento es resultado del conocimiento y la innovación, y estas dos cosas son producidas de manera profesional a través de la inversión en investigación y desarrollo (R+D, como dicen en inglés, por “research and development”, o “i+d+i”, como se está poniendo de moda en español, para señalar que hay investigación, desarrollo e innovación).
Sin embargo, yo me atrevo a creer que, sobre todos en las fases iniciales del desarrollo, lo esencial es que haya empresarios y emprendedores. Además, uno tiende a ignorar el papel que, en materia de innovación práctica, tienen los emprendedores. Casi se podría decir que quienes hicieron la revolución industrial fueron hombres que estaban tratando de resolver problemas prácticos, que no se veían a sí mismos perdidos en complejas discusiones teóricas. La teoría económica ha explorado poco la relación que existe entre crecimiento y emprendimiento (una excepción es el libro de Baumol, Litan y Schramm ―Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity, 2007, Yale University Press―, pero este libro no alcanza el nivel de rigor de la teoría económica moderna). Sin embargo, me parece que la relación entre emprendimiento y crecimiento es una relación obvia.
Creo que en muchos países el subdesarrollo se asienta por una inadecuada interpretación del emprendimiento, y en particular por una nociva noción del papel del Estado. En Colombia es común oír que las cosas no ocurren porque el Estado no presta la ayuda adecuada. La queja frecuente es que “el Estado no nos colabora”. Esta queja se puede oír en boca del empresario más encopetado, o de la víctima de un desastre natural. No importa: todos esperan que el Estado los ayude. En síntesis, la gente ha delegado su responsabilidad individual al Estado. De otra parte, hay una desconfianza “natural” frente a los ricos. Rara vez se percibe que los ricos “merecen” su fortuna. Son, más bien, unos “de buenas” que unos ricos con merecimientos. Las fortunas aparecen, no se trabajan. Esperamos que un golpe de suerte nos saque de la mala fortuna, o nos dedicamos a actividades ilícitas, pero muy rentables. Tal vez estas actitudes se deban al hecho de que el feudalismo (es decir, el régimen en el cual la fortuna personal está ligada a la propiedad de la tierra) en América Latina todavía no está del todo enterrado en el pasado, y al hecho de que nadie nunca percibió la distribución de la tierra, arrebatada por los europeos a los indios, como justa. Tal vez a estas razones se deba esa odiosa actitud latinoamericana de hablar mal de los ricos a sus espaldas, y de ser absolutamente serviles frente a ellos.
El caso es que la mentalidad de hacer empresa está muy poco extendida. Los universitarios piensan más en buscar empleo que en hacer empresa (aunque, para hacer honor a la verdad, esta mentalidad está cambiando). Hernando de Soto creyó encontrar un germen de emprendimiento en la extendida economía informal, pero ésta es incapaz de generar riqueza, agobiada por la abundancia de reglas de la economía formal y la falta de preparación de los potenciales empresarios. Por lo tanto, la tesis de Baumol, Litan y Schramm, aunque expresada en un lenguaje que a un economista académico quizás no satisfaga, a mí me parece persuasiva. Hay una relación clara entre emprendimiento y crecimiento, y el emprendimiento florece más fácilmente en un tipo de capitalismo que premie la iniciativa y la innovación, lejos del capitalismo oligárquico que predomina en América latina. Quizás un país no pueda ser todo de emprendedores, quizás no muchos estén interesados en ser emprendedores, pero hoy estoy convencido de que un país, sobre todo un país subdesarrollado, requiere, más que economistas, o abogados, o científicos o ingenieros, administradores de empresas: seres humanos que se dediquen activamente a ver cómo generar riqueza y empleo.
Saturday, May 12, 2007
07-05-12: ¿Hacia el centro, o hacia la izquierda?
Estoy obsesionado por tratar de explicar una contradicción: en la vida diaria estoy haciendo todos los esfuerzos que puedo, que no son muchos, para contribuir a que el Partido Liberal vuelva a una posición de centro, que le permita recuperar el favor popular. De otra parte, desde un punto de busca conceptual, estoy haciendo todos los esfuerzos que puedo, que tampoco son muchos, para reconstruir una visión de izquierda realmente vanguardista y atractiva. Estas dos cosas pueden parecer, a primera vista, contradictorias, y quizás lo sean. Es un dilema que tengo que explicar.
¿Por qué creo que el Partido Liberal se tiene que mover al centro? Bien, básicamente por dos razones: uno, porque ahí están los votos, y dos, porque ahí está las propuestas serias. Miremos en primer lugar lo de los votos. Hace muy pocos días, El Tiempo (10 de mayo de 2005, p. 1-4) publicó los resultados de un estudio de las universidades Externado de Colombia y Wisconsin Madison, que muestra que los colombianos se sienten mayoritariamente de centro (42,2%), con un segundo lugar para la derecha (37,4%) y un tercer lugar para la izquierda (20,2%). Sin embargo, mientras los colombianos se asientan en el centro-derecha, el Partido Liberal escogió moverse hacia la izquierda. Por lo menos desde 1994 el Partido Liberal quedó dominado por sus vertientes más de izquierda. No es de sorprender que haya perdido el favor popular. Hoy, con la jefatura única de Gaviria aprobada en el Congreso de Medellín, el Partido parece empezar a librarse del dominio total de la izquierda, pero todavía la influencia de ésta es poderosa: por ejemplo, mientras el expresidente Gaviria quiere comprometer al liberalismo a apoyar a Enrique Peñalosa en su candidatura para la alcaldía de Bogotá, según un informe de El Tiempo (12 de mayo de 2007, p. 1-4), un sector del liberalismo, en el que estarían Ernesto Samper, Piedad Córdoba y Alfonso Gómez, pretendería conformar formalmente una tendencia de izquierda dentro del Partido, que apoyaría a la alcaldía de Bogotá al candidato del Polo Democrático Alternativo.
Ahora miremos lo de las propuestas serias. El Partido se afilió a la Internacional Socialista, y en el dilema socialdemocracia-neoliberalismo se alineó firmemente con la primera tendencia, aunque también había liberales neoliberales. Es interesante notar que en Colombia el debate entre socialdemocracia y neoliberalismo se inició al interior del Partido Liberal, pero luego, cuando la socialdemocracia fue adquiriendo el control del Partido, fue un debate que se dio entre partidos políticos, sin mucho éxito político para el liberalismo. Por otra parte, en una de sus peores facetas, al Partido cada vez más le costó distinguir entre izquierda y populismo. Hoy no es quizás exagerado decir que el Partido no tiene verdaderos izquierdistas, sino populistas. Los verdaderos izquierdistas se sienten más cómodos en el Polo.
De otra parte, creo que la izquierda tiene que reconstruirse conceptualmente. Desde la caída de la Cortina de Hierro, la izquierda no ha tenido la vanguardia ideológica. En estos días en que termina la era Blair en Gran Bretaña, es bueno recordar que su laborismo tuvo éxito porque abandonó muchos dogmas de izquierda y, en cierto sentido, se "thatcherizó". Creo que el mundo y Colombia requieren una reconstrucción de las ideas de izquierda, porque la idea de la justicia social, aunque ha sido relegada, no puede ser abandonada.
Mi hipótesis es la siguiente: al interior del Partido Liberal, siempre se ha entendido que el debate es entre socialdemocracia y neoliberalismo. Sin embargo, de manera polémica, yo creo que lo mejor es pensar que no hay contradicción entre las dos vertientes.
La idea es la siguiente: uno puede entender la socialdemocracia como la búsqueda del socialismo por medio de métodos democráticos. A mí me parece esencial la búsqueda de una sociedad más justa, y me parece que las peores injusticias del mundo surgen del acceso diferencial a los bienes materiales y a la generación de ingresos. Es decir, me parece que la injusticia social es esencialmente un fenómeno económico. Una pregunta clave es si la injusticia social se corrige por medio del socialismo. Yo, en una hipótesis que merece mucho más estudio, creo que sí. Creo que la sociedad sería más justa si los medios de producción no pudieran ser propiedad privada.
Sin embargo, muchos argumentan, quizás con razón, que el capitalismo (o por lo menos alguna variedad del capitalismo), tan hábil para generar riqueza, no podría ni siquiera funcionar si no existe la propiedad privada de los medios de producción. Yo no estoy tan seguro. En las grandes corporaciones capitalistas modernas, la propiedad está separada del control, y el sistema parece funcionar. A veces hay abusos de los gerentes, qué duda cabe de ello, pero en general no son los propietarios quienes manejan las grandes compañías por acciones. Por lo tanto, me parece que es posible que, en la socialdemocracia, las empresas sean manejadas por unos gerentes, mientras que la propiedad sigue recayendo en algún mecanismo colectivo. Lo clave es que los gerentes de las compañías mantengan los mismos incentivos que tienen en un sistema capitalista tradicional: las compañías son para hacer plata.
Más en general, me parece que el socialismo tiene que funcionar en un régimen de mercado completamente operativo. No entiendo por qué en el socialismo las empresas deben perder los incentivos para producir utilidades, o por qué los precios de los bienes y servicios no pueden ser fijados por el mercado. En síntesis, me parece que el socialismo moderno debe hacer uso de los mercados; no debe tratar de sustituirlos. Es en este sentido, me parece a mí, que la socialdemocracia debe reencontrarse con el neoliberalismo. Importantes socialistas modernos, como Felipe González en España, Tony Blair en Gran Bretaña o Francois Mitterrand en Francia, nunca pretendieron acabar con los mercados (pero, hay que admitirlo, tampoco intentaron acabar con la propiedad privada de los medios de producción). De otra parte, me parece que la parte de "democracia" de la palabra "socialdemocracia" no se puede olvidar. Me parece que un socialismo moderno tiene que ser impecablemente democrático.
Para resumir, me parece que hay un socialismo "pragmático", que ha abandonado toda pretensión de acabar con la propiedad privada de los medios de producción, que respeta el funcionamiento de los mercados, y que busca la justicia social, tímidamente, a través de los mecanismos que provee la política fiscal: la tributación y el gasto. Pero también podría haber un socialismo "experimental", que, respetando el funcionamiento de los mercados y siendo plenamente democrático, buscaría acabar con la propiedad privada de los medios de producción. Esta, sostengo, es la utopía que la socialdemocracia moderna debe buscar. El primer paso en esa ruta, me parece, es abandonar el izquierdismo populista, que es incapaz de entender el funcionamiento de los mercados y la importancia de las restricciones presupuestales.
¿Por qué creo que el Partido Liberal se tiene que mover al centro? Bien, básicamente por dos razones: uno, porque ahí están los votos, y dos, porque ahí está las propuestas serias. Miremos en primer lugar lo de los votos. Hace muy pocos días, El Tiempo (10 de mayo de 2005, p. 1-4) publicó los resultados de un estudio de las universidades Externado de Colombia y Wisconsin Madison, que muestra que los colombianos se sienten mayoritariamente de centro (42,2%), con un segundo lugar para la derecha (37,4%) y un tercer lugar para la izquierda (20,2%). Sin embargo, mientras los colombianos se asientan en el centro-derecha, el Partido Liberal escogió moverse hacia la izquierda. Por lo menos desde 1994 el Partido Liberal quedó dominado por sus vertientes más de izquierda. No es de sorprender que haya perdido el favor popular. Hoy, con la jefatura única de Gaviria aprobada en el Congreso de Medellín, el Partido parece empezar a librarse del dominio total de la izquierda, pero todavía la influencia de ésta es poderosa: por ejemplo, mientras el expresidente Gaviria quiere comprometer al liberalismo a apoyar a Enrique Peñalosa en su candidatura para la alcaldía de Bogotá, según un informe de El Tiempo (12 de mayo de 2007, p. 1-4), un sector del liberalismo, en el que estarían Ernesto Samper, Piedad Córdoba y Alfonso Gómez, pretendería conformar formalmente una tendencia de izquierda dentro del Partido, que apoyaría a la alcaldía de Bogotá al candidato del Polo Democrático Alternativo.
Ahora miremos lo de las propuestas serias. El Partido se afilió a la Internacional Socialista, y en el dilema socialdemocracia-neoliberalismo se alineó firmemente con la primera tendencia, aunque también había liberales neoliberales. Es interesante notar que en Colombia el debate entre socialdemocracia y neoliberalismo se inició al interior del Partido Liberal, pero luego, cuando la socialdemocracia fue adquiriendo el control del Partido, fue un debate que se dio entre partidos políticos, sin mucho éxito político para el liberalismo. Por otra parte, en una de sus peores facetas, al Partido cada vez más le costó distinguir entre izquierda y populismo. Hoy no es quizás exagerado decir que el Partido no tiene verdaderos izquierdistas, sino populistas. Los verdaderos izquierdistas se sienten más cómodos en el Polo.
De otra parte, creo que la izquierda tiene que reconstruirse conceptualmente. Desde la caída de la Cortina de Hierro, la izquierda no ha tenido la vanguardia ideológica. En estos días en que termina la era Blair en Gran Bretaña, es bueno recordar que su laborismo tuvo éxito porque abandonó muchos dogmas de izquierda y, en cierto sentido, se "thatcherizó". Creo que el mundo y Colombia requieren una reconstrucción de las ideas de izquierda, porque la idea de la justicia social, aunque ha sido relegada, no puede ser abandonada.
Mi hipótesis es la siguiente: al interior del Partido Liberal, siempre se ha entendido que el debate es entre socialdemocracia y neoliberalismo. Sin embargo, de manera polémica, yo creo que lo mejor es pensar que no hay contradicción entre las dos vertientes.
La idea es la siguiente: uno puede entender la socialdemocracia como la búsqueda del socialismo por medio de métodos democráticos. A mí me parece esencial la búsqueda de una sociedad más justa, y me parece que las peores injusticias del mundo surgen del acceso diferencial a los bienes materiales y a la generación de ingresos. Es decir, me parece que la injusticia social es esencialmente un fenómeno económico. Una pregunta clave es si la injusticia social se corrige por medio del socialismo. Yo, en una hipótesis que merece mucho más estudio, creo que sí. Creo que la sociedad sería más justa si los medios de producción no pudieran ser propiedad privada.
Sin embargo, muchos argumentan, quizás con razón, que el capitalismo (o por lo menos alguna variedad del capitalismo), tan hábil para generar riqueza, no podría ni siquiera funcionar si no existe la propiedad privada de los medios de producción. Yo no estoy tan seguro. En las grandes corporaciones capitalistas modernas, la propiedad está separada del control, y el sistema parece funcionar. A veces hay abusos de los gerentes, qué duda cabe de ello, pero en general no son los propietarios quienes manejan las grandes compañías por acciones. Por lo tanto, me parece que es posible que, en la socialdemocracia, las empresas sean manejadas por unos gerentes, mientras que la propiedad sigue recayendo en algún mecanismo colectivo. Lo clave es que los gerentes de las compañías mantengan los mismos incentivos que tienen en un sistema capitalista tradicional: las compañías son para hacer plata.
Más en general, me parece que el socialismo tiene que funcionar en un régimen de mercado completamente operativo. No entiendo por qué en el socialismo las empresas deben perder los incentivos para producir utilidades, o por qué los precios de los bienes y servicios no pueden ser fijados por el mercado. En síntesis, me parece que el socialismo moderno debe hacer uso de los mercados; no debe tratar de sustituirlos. Es en este sentido, me parece a mí, que la socialdemocracia debe reencontrarse con el neoliberalismo. Importantes socialistas modernos, como Felipe González en España, Tony Blair en Gran Bretaña o Francois Mitterrand en Francia, nunca pretendieron acabar con los mercados (pero, hay que admitirlo, tampoco intentaron acabar con la propiedad privada de los medios de producción). De otra parte, me parece que la parte de "democracia" de la palabra "socialdemocracia" no se puede olvidar. Me parece que un socialismo moderno tiene que ser impecablemente democrático.
Para resumir, me parece que hay un socialismo "pragmático", que ha abandonado toda pretensión de acabar con la propiedad privada de los medios de producción, que respeta el funcionamiento de los mercados, y que busca la justicia social, tímidamente, a través de los mecanismos que provee la política fiscal: la tributación y el gasto. Pero también podría haber un socialismo "experimental", que, respetando el funcionamiento de los mercados y siendo plenamente democrático, buscaría acabar con la propiedad privada de los medios de producción. Esta, sostengo, es la utopía que la socialdemocracia moderna debe buscar. El primer paso en esa ruta, me parece, es abandonar el izquierdismo populista, que es incapaz de entender el funcionamiento de los mercados y la importancia de las restricciones presupuestales.
Tuesday, May 8, 2007
07-05-08: Contra el populismo
Una característica general de los partidos políticos en el mundo es que los partidos de izquierda no le temen a un Estado muy activo, que ejecute muchos gastos y cobre muchos impuestos, mientras que los partidos de derecha, que prefieren un Estado pequeño, buscan bajo gasto público y baja tributación. Un amigo mío de izquierda, ya desaparecido, decía que, si a los ricos no se les puede expropiar el capital, que por lo menos sí paguen impuestos. La regla general, de mínima consistencia, es que los grandes gastadores defiendan la alta tributación, mientras que los enemigos del gasto busquen una tributación baja.
Esta regla, como toda regla que se respete, tiene sus excepciones. Internacionalmente, las más notables tienen que ver con los gobiernos conservadores recientes de Estados Unidos, que bajaron los impuestos pero subieron el gasto público, sobre todo en defensa, provocando un déficit fiscal considerable. En Estados Unidos, de manera paradójica, ahora el Partido Demócrata es el que suena defensor de la responsabilidad fiscal. Sin embargo, Colombia tiene que clasificar como una excepción notable a la regla: aquí es frecuente que los partidos políticos, todos los partidos, inconsistentemente pidan mucho gasto público y pocos impuestos. Pocos perciben que esta es una receta segura para el déficit fiscal. Y el déficit fiscal sólo se puede financiar con emisión monetaria o con endeudamiento público. En Colombia, está constitucionalmente prohibido emitir para financiar directamente el déficit, de modo que éste se traduce enteramente en mayor endeudamiento. Para enrevesar las cosas, muchos entienden que el déficit existe porque existe una gran deuda, cuando la cosa es exactamente al revés. Para estar seguros, es verdad que los intereses de la deuda incrementan el déficit fiscal, pero la existencia de la deuda siempre requiere un déficit previo. Es decir, hoy hay deuda porque ayer hubo déficit fiscal.
En síntesis, en Colombia parece legítimo pedir mucho gasto público y pocos impuestos. Esto, obviamente, genera déficit, que a su vez genera deuda. Entonces algún "inteligente" viene y propone que, como un remedio para combatir el déficit, no se pague la deuda, lo cual "liberaría" recursos para el gasto social. Frente a la insistencia ortodoxa de que la deuda pública hay que pagarla, algún "pensador" de izquierda se inventó el concepto de la "deuda social": si hay una deuda con las entidades financieras, también hay una deuda con los pobres, que esperan alimentación, educación, vestido, techo, salud y trabajo. El argumento es que, si pagar la deuda pública es prioritario, lo es aún más pagar la deuda social. Así queda cuadrado el círculo: la lección es que es posible gastar la plata que no hay.
Toda esta forma de pensar me parece absurda, por decir lo menos. Una buena definición de populismo es prometer resolver los problemas sociales con la plata que no hay. Por eso, si usted es de izquierda, y cree que el Estado debe gastar más en temas sociales, por lo menos sea consistente: pida que se paguen más impuestos, como mi amigo de marras.
Valga esta perorata para advertir de un mal muy frecuente en Colombia: hay quienes creen que el progreso social se puede hacer a costa de la racionalidad económica. Hay "valientes" que declaran que "el ser humano está por encima de la economía". Que, si de atender necesidades sociales se trata, uno no debería preocuparse por un mayor déficit fiscal, o por un poco más de inflación, o por cualquier otra enfermedad económica que se pueda producir como daño colateral. Si el costo de "lo social" es perjudicar lo económico, "lo social" lo vale todo.
Pamplinas. No he visto, no hay, no puede haber, progresos sociales donde no hay una economía capaz de producir riqueza. Lo económico no es enemigo de lo social. Todo lo contrario: es su requisito indispensable. Me parece que si la izquierda quiere progresar en un país como Colombia, tiene que separarse por completo del populismo. El populismo es un freno al progresismo, porque el progresismo populista es peor que la charlatanería: es un positivo peligro para quienes dice beneficiar.
Esta regla, como toda regla que se respete, tiene sus excepciones. Internacionalmente, las más notables tienen que ver con los gobiernos conservadores recientes de Estados Unidos, que bajaron los impuestos pero subieron el gasto público, sobre todo en defensa, provocando un déficit fiscal considerable. En Estados Unidos, de manera paradójica, ahora el Partido Demócrata es el que suena defensor de la responsabilidad fiscal. Sin embargo, Colombia tiene que clasificar como una excepción notable a la regla: aquí es frecuente que los partidos políticos, todos los partidos, inconsistentemente pidan mucho gasto público y pocos impuestos. Pocos perciben que esta es una receta segura para el déficit fiscal. Y el déficit fiscal sólo se puede financiar con emisión monetaria o con endeudamiento público. En Colombia, está constitucionalmente prohibido emitir para financiar directamente el déficit, de modo que éste se traduce enteramente en mayor endeudamiento. Para enrevesar las cosas, muchos entienden que el déficit existe porque existe una gran deuda, cuando la cosa es exactamente al revés. Para estar seguros, es verdad que los intereses de la deuda incrementan el déficit fiscal, pero la existencia de la deuda siempre requiere un déficit previo. Es decir, hoy hay deuda porque ayer hubo déficit fiscal.
En síntesis, en Colombia parece legítimo pedir mucho gasto público y pocos impuestos. Esto, obviamente, genera déficit, que a su vez genera deuda. Entonces algún "inteligente" viene y propone que, como un remedio para combatir el déficit, no se pague la deuda, lo cual "liberaría" recursos para el gasto social. Frente a la insistencia ortodoxa de que la deuda pública hay que pagarla, algún "pensador" de izquierda se inventó el concepto de la "deuda social": si hay una deuda con las entidades financieras, también hay una deuda con los pobres, que esperan alimentación, educación, vestido, techo, salud y trabajo. El argumento es que, si pagar la deuda pública es prioritario, lo es aún más pagar la deuda social. Así queda cuadrado el círculo: la lección es que es posible gastar la plata que no hay.
Toda esta forma de pensar me parece absurda, por decir lo menos. Una buena definición de populismo es prometer resolver los problemas sociales con la plata que no hay. Por eso, si usted es de izquierda, y cree que el Estado debe gastar más en temas sociales, por lo menos sea consistente: pida que se paguen más impuestos, como mi amigo de marras.
Valga esta perorata para advertir de un mal muy frecuente en Colombia: hay quienes creen que el progreso social se puede hacer a costa de la racionalidad económica. Hay "valientes" que declaran que "el ser humano está por encima de la economía". Que, si de atender necesidades sociales se trata, uno no debería preocuparse por un mayor déficit fiscal, o por un poco más de inflación, o por cualquier otra enfermedad económica que se pueda producir como daño colateral. Si el costo de "lo social" es perjudicar lo económico, "lo social" lo vale todo.
Pamplinas. No he visto, no hay, no puede haber, progresos sociales donde no hay una economía capaz de producir riqueza. Lo económico no es enemigo de lo social. Todo lo contrario: es su requisito indispensable. Me parece que si la izquierda quiere progresar en un país como Colombia, tiene que separarse por completo del populismo. El populismo es un freno al progresismo, porque el progresismo populista es peor que la charlatanería: es un positivo peligro para quienes dice beneficiar.
Subscribe to:
Posts (Atom)