Wednesday, October 5, 2016

Si Santos y Timochenko pudieron llegar a un acuerdo, ¿por qué Santos y Uribe no?

Se podría decir que los resultados del plebiscito del 2 de octubre dejaron un país dividido. Medio país quedó saltando de la dicha de que se le dijo “no” al “castrochavismo”, y medio país en lágrimas por haber desperdiciado semejante oportunidad para la paz.

Yo, como bien se sabe, estaba comprometido con el “sí”. Y perdí. Y la derrota fue como un puñetazo de Mike Tyson: me dejó pasmado y tendido en la lona. He tratado de, como se dice ahora, en un horrible anglicismo, “hacer sentido” de lo ocurrido, y estas son mis reflexiones.

En primer lugar, creo que las principales responsables del resultado del 2 son las Farc. Ellas, con su accionar demente durante más de 50 años, han logrado alejarse de manera absoluta del pueblo colombiano. Y, a la hora de pedir un poco de comprensión por parte de ese mismo pueblo, no la han obtenido. Más de 50 años de embarradas no se borran de un plumazo. El hecho mondo y lirondo, el hecho tozudo, es que mi posición perdió. No me queda sino respetar a los ganadores, y pedir respeto por mi posición. En Colombia hay dos posiciones cuyo empate virtual fuerza a que ambas sean tenidas en cuenta.

Y, tratando de ponerle buena cara al mal tiempo, creo que en todo esto hay una oportunidad. El gran logro de Santos fue volver el proceso de paz un proceso prácticamente ineludible. El gran logro de Uribe fue mostrar que ese proceso avanzó por una ruta inaceptable para la mitad de los colombianos (ya sé que algunos dirán que no fue la mitad, que la abstención fue de más del 60%, etc. Lo cierto es que esa es la abstención normal en Colombia, y no creo que haya que interpretarla, como algunos han querido hacerlo, diciendo que al 60% le importa un bledo lo que pasa en este país. Yo creo que la interpretación es otra, pero esa es otra discusión).

La lección que saco de todo esto es que hay que integrar la “derecha” (perdón si la expresión no es la más adecuada, pero voy a usarla por conveniencia) al proceso de paz. Algunos dirán que eso es ilusorio: que, si la derecha se incorpora al proceso de paz, lo acaba. Es posible. Pero quiero creer en la buena voluntad de la derecha: es su hora de demostrar que sí quieren paz. Tienen dos opciones: confirmar que sí quieren, como lo pregonaron, “paz sin impunidad”, paz con los debidos ajustes; o confirmar, como lo sospechan muchos, que no quieren paz. Yo creo que la derecha no tiene más remedio, a estas alturas del juego, que escoger la primera opción. Si la derecha “corrige” los acuerdos, sería la gran salvadora y quedaría bien posicionada para la carrera presidencial de 2018. En cambio, todo lo demás sería confirmar la división de Colombia, y sería un albur político de grandes proporciones. Sería confirmar, también, que la mayor oportunidad de paz en Colombia fue arruinada por la derecha.

Confío en que nada de eso va a pasar. Confío en que la derecha va a querer enderezar el proceso, no acabarlo. Al fin y al cabo, tiene sentido. No tiene sentido que medio “establecimiento” logre ponerse de acuerdo con las Farc, pero no con el otro medio “establecimiento”. Si Santos pudo llegar a un acuerdo con Timochenko, tiene que ser posible llegar a un acuerdo con Uribe. El orden de las cosas es que todo el “establecimiento” se ponga de acuerdo primero entre sí, para luego hacer frente, de manera coordinada, a las Farc. Porque una cosa que sí tengo en común con la derecha es que creo que la actividad ilegal y armada de la guerrilla es nefasta.

Sé que lo que digo no es fácil. Aún no están precisas las condiciones que la derecha va a plantear para rectificar los acuerdos. Es posible que las Farc no las acepte. Pero la posición negociadora de las Farc en este momento no es la más fuerte. No creo yo que sea correcto abusar de la posición en que quedaron las Farc después del 2, pero ellas tienen que entender que, si el país le dijo “no” al acuerdo alcanzado, este tiene que ser modificado. Me dirán que estoy loco. Que nada de eso va a pasar. Que se acabó el proceso, y que Colombia perdió una oportunidad de oro. No sé. La lección que saco de todo esto es que la verdadera paz también implica ciertos gestos de grandeza de nuestra dirigencia, de la guerrilla y de toda la sociedad. Difícilmente habrá paz en Colombia si la sociedad misma está dividida. Hoy, por primera vez en seis años, Santos y Uribe van a hablar. Esperemos que nuestros dirigentes estén a la altura de las circunstancias.

Sunday, October 2, 2016

Voto "sí" por la construcción de una nueva Colombia

Y bien, llegó el gran día. En pocas horas sabremos el resultado del plebiscito por la paz en Colombia, decisión que no vacilo en calificar como una de las más trascendentales en nuestra historia. Yo, como he tratado de hacerlo saber según mis modestos medios, no soy objetivo en la materia: estoy intelectual y emocionalmente comprometido con la paz.

He tratado de evaluar desapasionadamente los argumentos de los del “no”. El más sonoro que presentan es que vamos a entregar el país al comunismo. Eso simplemente no es verdad. Yo no le temo a 10, o si ustedes quieren, en una interpretación amañada de los acuerdos, 26 congresistas de las Farc por dos períodos. Y no solo no es verdad sino que demuestra una gran estrechez de criterio, al suponer implícitamente que nuestras instituciones, tal como están, están bien, y que transformarlas es un error. Nuestra democracia está tomada por el clientelismo y la corrupción; nuestra sociedad está fracturada por la desigualdad; nuestra cultura es la del avivato. Así que no vamos a entregar nuestro país al comunismo, pero sí tenemos que abrir las puertas para reflexionar sobre cómo tener una mejor democracia y una mejor economía de mercado.

Otro argumento importante de los del “no” es el de la impunidad: unos de los principales criminales de Colombia no solo no recibirán penas proporcionales sino que mantendrán sus derechos políticos. Eso es cierto. El sentido de repugnancia frente a las Farc es legítimo. Pero insistir en la “impunidad” que implican los acuerdos sigue reflejando una gran estrechez de miras. Aunque muy seguramente los diálogos de paz se dieron porque las Farc se persuadieron de que no podían ganar la guerra, no se puede tratar a los adversarios en un acuerdo de paz como se trata a los enemigos que han sido derrotados en una campaña militar de tierra arrasada.

Tienen razón los del “no” cuando señalan que muchos de las Farc merecerían grandes sanciones. Pero insistir en eso implica seguir sumiendo al país en el conflicto. Así que hay que tener la inteligencia de percibir que no siempre la justicia es revancha. Habrá justicia, aunque no será punitiva, sino restaurativa. Los vampiros deseosos de sangre en sus dientes dirán que eso no es suficiente. Pero ya somos muchos los que no deseamos vivir de la sangre. En todos los procesos de paz exitosos es necesario dejar el pasado atrás. Es mucho más importante mirar hacia adelante y construir unas nuevas condiciones para Colombia. Es muy importante evitar que una justicia entendida como venganza se interponga en el camino de la paz. 

Ciertos cristianos han pretendido presentar el voto por el “no” como un asunto de fe. Curiosa forma de entenderla. Según mi comprensión de la figura de Jesús, él es paz y amor. En varios pasajes del Nuevo Testamento Jesús dice que habrá más alegría en el cielo por encontrar una oveja descarriada que por no perder 99 (Mt 18:12-14). Porque “No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9:12-13). Los acuerdos de paz lo que confirman es la admisión de las Farc de que la transformación social no se logra por la vía de la violencia, el delito y el narcotráfico. Difícil conciliar el cristianismo, incluido el catolicismo, con el “no”. Si había alguna duda, afortunadamente el mismísimo papa la ha disipado. Gracias, Francisco, por apoyar el proceso de paz en Colombia. Tengo fe de que Dios habla por tu boca.

Hoy votaré “sí”, razonablemente confiado de no estarme equivocando, y me conmueve profundamente que una mayoría de colombianos se exprese de la misma manera: sería un triunfo de la sensatez y del sentido de humanidad.

Sé que el camino que abre un triunfo del “sí” no está exento, ni mucho menos, de dificultades. El triunfo del “sí” no elimina la violencia. Algunos de las Farc seguirán delinquiendo. El ELN continúa, aunque ya se ha anunciado que comienza la fase pública de las negociaciones con ellos. El narcotráfico y las bandas criminales no están todavía erradicados. La delincuencia común sigue siendo un azote. El triunfo del “sí” dejará, en todo caso, una Colombia dividida. La ampliación democrática no será fácil. Garantizar el desarrollo del campo tampoco. Requerimos, ni más ni menos, una nueva democracia. Una en la que quepan las Farc, y los paramilitares, ahora sin armas. Una que extirpe el asesinato, el secuestro, el robo, el narcotráfico. Una que elimine la corrupción. Una que sea capaz de atender las necesidades sociales de los más abandonados en Colombia. Y una que sea capaz de preservar las condiciones de libertad y ambiente para el crecimiento económico. Nada fácil lo que se nos viene.

Pero el triunfo del “sí” abre la esperanza de una nueva Colombia, gracias a la posibilidad de pensar y hacer las cosas distinto. Nada más noble que dedicarse a ayudar a construir esa nueva Colombia. Estoy en desacuerdo con el guerrillero, y con el paramilitar, pero, si deja de matar, no por eso tengo que matarlo, ni tengo que temer que me mate o me secuestre. Y estoy dispuesto a discutir con él, políticamente, para encontrar unas reglas del juego que nos beneficien a todos, y un discurso común que nos oriente como país. El mensaje que daremos al mundo será excepcional, y el mensaje que nos daremos a nosotros mismos será renovador y refundacional. Pasaremos de ser una Colombia avergonzada a ser una Colombia orgullosa de sí misma. A la construcción de esa nueva Colombia quiero dedicarme con todas mis energías.

Thursday, September 8, 2016

El Jesús histórico

Hace muchos años, me interesé por el tema del Jesús histórico. Mi interés se despertó por un libro que hablaba del hermano de Jesús. Yo nunca había oído hablar de que Jesús tuviera hermanos (¿no era su madre virgen?). Y, sin embargo, ese libro afirmaba que Jesús había tenido hermanos, y que la fuente de esa información era la Biblia. Leí la Biblia de mi casa, que estaba en español, y ahí decía que Jesús tenía "primos hermanos", no hermanos. ¿Sería solo un problema de traducción? ¿Qué diría la "verdadera" Biblia? Descubrí que esas no eran preguntas fáciles de contestar. Definir qué es la verdadera Biblia no es fácil. Aprendí que el Nuevo Testamento original (probablemente) estaba escrito en griego, y que las Biblias más viejas que tenemos son del siglo IV (demasiado tarde para mi gusto). Desde entonces, he comprado muchos libros sobre el tema y he visitado muchos lugares. He estado en Jerusalén y Roma. Conozco varios de los lugares a donde San Pablo mandó epístolas. Estuve donde Juan probablemente escribió el Apocalipsis. Visité el monasterio donde se conservó una de las dos Biblias más antiguas con que contamos en la actualidad. Me excité con el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto y visité Qumrán. En fin. Hace un par de años, escribí un artículo resumen de todo lo que había aprendido. Lo mandé a una revista académica. Me lo rechazaron. ¿Una de las razones? Que yo no era un erudito capaz de leer el Nuevo Testamento en griego. Es verdad. El artículo durmió el sueño de los justos. Hoy publico aquí una versión de ese artículo. ¿Por qué? Una discusión con unos amigos muy especiales precipitó esta decisión. Descargue el artículo aquí. Ojalá le interese y le guste. La verdadera historia de Jesús es de lo más apasionante que hay.

Monday, August 22, 2016

En la clausura de los olímpicos de Río

Los olímpicos siempre son un evento maravilloso. Por su compromiso con la excelencia humana, por el sentimiento de unidad planetaria a pesar de las diferencias culturales, por el respeto a una tradición heredada de los antiguos griegos. No hay nada más emocionante que ver llorar a un atleta olímpico cuando logra un desempeño asombroso, o cuando suena el himno de su país. Uno sabe que él celebra por su gente, pero, independientemente de dónde sea, uno siente que su triunfo es también un poco de uno. Puede que uno tenga unos kilos de más, o unas articulaciones ya muy oxidadas, o, simplemente, unos años de más, pero ver a esos muchachos intentando hacer lo imposible es francamente conmovedor. Los olímpicos son una gran fiesta de la juventud, la paz mundial y la humanidad.

El triunfo de Estados Unidos, con 46 medallas de oro y 121 medallas en total, fue contundente e inobjetable. Lo de Gran Bretaña, destacadísimo. China, con su tercer lugar, quizás estuvo por debajo de las expectativas. Rusia, golpeada por su escándalo de dopaje en su atletismo, con su cuarto lugar, muestra que ya no es lo que era antes. Resulta que predecir los resultados de los Olímpicos es un poco aburrido, porque son altamente predecibles. Desde un punto de vista agregado, casi todo lo que uno tiene que saber es cuál es la población del país y cuál es su ingreso per cápita. Lo anterior sugiere que Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del planeta; que Gran Bretaña sigue pegando por encima de su peso; y que la promesa china aún está por realizar. El día de China llegará algún día, pero todavía no. Los 10 primeros países en los olímpicos son todos potencias mundiales: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Rusia, Alemania, Japón, Francia, Corea del Sur, Italia y Australia.

Los olímpicos sugieren que un país es grande también por su deporte. Los países socialistas tuvieron eso claro. Por eso Cuba, aún hoy, sigue siendo una potencia deportiva, aunque cada vez menos. Un país grande tiene un deporte grande. Tener un deporte grande es una consecuencia de ir logrando la grandeza. La grandeza se mide en la industria, en la ciencia, en las artes y, por supuesto, también en el deporte.

En ese contexto, lo de Colombia, con sus tres medallas de oro y sus ocho medallas en total, fue extraordinario. Con ese resultado, Colombia, en América Latina, solo queda detrás de Brasil, una gran potencia emergente y el país sede, y Cuba, una potencia deportiva que empieza a demostrar sus fragilidades. Con nuestro puesto 23 entre más de 200 países, fuimos más grandes que México, que fue un absoluto fracaso, y que Argentina, que tuvo unos juegos aceptables. Los olímpicos van señalando que Colombia, en el contexto latinoamericano y mundial, se abre paso, y no solo en el aspecto deportivo. Los triunfos deportivos nos convencen de que la excelencia también está a nuestro alcance, y de que un futuro mejor es posible para nuestro país.

Gloria a nuestros medallistas. Gloria a Mariana Pajón, a Caterine Ibargüen y a Óscar Figueroa. Gloria a Yuri, a Yuberjen, a Carlos Alberto, a Luis Javier, a Ingrit. Gloria, en general, a nuestros deportistas olímpicos, que nos recuerdan que la gloria no siempre está en ganar, sino en intentarlo, en tener siempre la ambición de superarse a sí mismo. Gloria a la mujer colombiana; a nuestras minorías étnicas, que han visto en el deporte una posibilidad cierta de redención; a nuestros nombres raros, que identifican una nueva Colombia, que busca y merece nuevas oportunidades.

Es imposible ver a los atletas olímpicos y no considerarlos un poco superhumanos. En un cierto sentido lo son. ¿Cómo hace alguien para correr 100 metros en menos de 10 segundos, o saltar por encima de dos metros, o correr 42 km en el filo de las dos horas? Eso es extraordinario, y es el fruto de esfuerzos constantes, de años de entrenamiento y privaciones. Uno se pregunta: ¿cuál es el límite?, y se abren paso especulaciones filosóficas: ¿Pueden seguir cayendo indefinidamente las marcas olímpicas y mundiales? ¿Qué pasará cuando el dopaje sea tan sofisticado que sea indetectable? ¿Qué pasará cuando los humanos sean genéticamente modificados? ¿Qué es más meritorio: atletas extraordinariamente dotados para una especialidad, como Usain Bolt o Michael Phelps, o atletas que, como los decatlonistas, no son extraordinarios en ninguna prueba específica, pero que son grandes deportistas de conjunto? El hecho de que probablemente sabemos quién es Usain Bolt o Michael Phelps, pero no sabemos el nombre del ganador de la medalla de oro en decatlón, sugiere que el signo de los tiempos es la especialización. La pasión por la excelencia ha terminado por enterrar el ideal olímpico del amateurismo. En los olímpicos queremos ver a los mejores, y para ser el mejor en algo tienes que dedicar tu vida a ello. El deporte olímpico ya no es de aficionados.

Los juegos olímpicos también son una vitrina para celebrar al país organizador y la diversidad humana en un marco de respeto. Ayer fue la hora de Brasil, antes de Gran Bretaña y de China. Ojalá, en un futuro no muy lejano, Colombia pueda celebrar unos juegos olímpicos. Sería un deseable reconocimiento mundial. Mientras eso ocurre, tenemos que seguir trabajando en reconocernos nosotros mismos. Ojalá no tengan que pasar muchas olimpíadas antes de llegar a ser lo que podemos ser como pueblo y como país.

Saturday, August 13, 2016

A propósito de una malhadada cartilla

El 4 de agosto de 2014, un joven de 16 años, Sergio Urrego, decidió poner fin a su vida, debido al acoso que recibió por su condición homosexual. Se lanzó desde lo alto de un centro comercial, no sin antes dejar unas dramáticas cartas justificando su decisión. Fue acosado por sus compañeros, por los directivos de su colegio y por los padres de un muchacho que fue su pareja.

No cabe duda de que cosas así no deben ocurrir. Nadie debe ser molestado por su condición sexual. En particular Sergio era un joven brillante (uno de los 10 mejores Icfes del país), con un gran futuro por delante, de modo que los matices trágicos de su muerte se acentúan por la pérdida de un ser especialmente valioso. El tema llegó a los estrados judiciales y, después de los usuales ires y venires, la Corte Constitucional falló, como debía ser, a favor de la familia de Urrego. Para vergüenza de la Procuraduría, esta hizo todo lo posible para entorpecer el fallo. Dentro de las disposiciones de la Corte estuvo obligar al colegio a dar una declaración pública “donde se reconozca que la orientación que asumió Sergio debía ser plenamente respetada por el ámbito educativo” y exhortar al Ministerio de Educación a revisar si los manuales de convivencia de los distintos colegios del país están dentro del marco legal. De manera ilegal, el manual de convivencia del colegio donde estudiaba Sergio tipificaba como “falta grave” la conducta homosexual.

El Ministerio de Educación, acatando el fallo de la Corte, produjo una cartilla, titulada “Ambientes escolares libres de discriminación: 1. Orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas en la Escuela: Aspectos para la reflexión”. La cartilla contó con el apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa), el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas (Unicef) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

La cartilla ha desatado la más increíble reacción adversa por parte de sectores conservadores y diversas denominaciones confesionales de la sociedad colombiana, incluida la Iglesia Católica. Hubo multitudinarias manifestaciones en diversas ciudades de Colombia en contra de la denominada “ideología de género”. Hubo comentarios abusivos en contra de la ministra de Educación, cuyas inclinaciones homosexuales son bien conocidas, lo cual hace preguntar: si la ministra puede ser acosada por su orientación sexual, ¿qué cosas terribles no pasarán con miles de jóvenes homosexuales en los colegios colombianos?

La triste verdad es que, a mi juicio, la famosa cartilla no está bien orientada. Esta comienza por hacer una distinción entre el “sexo” y el “género” de una persona: el sexo sería una condición biológica, que se manifestaría principalmente a través de los genitales, y el género sería una condición sociocultural, según la cual uno “escoge” ser hombre o mujer.

Tal vez la distinción entre sexo y género tenga alguna validez. Tal vez mi sexo es masculino si, simplificadamente, yo tengo genitales masculinos, y mi género es femenino si yo me siento mujer (independientemente de cómo sean mis genitales). Sin embargo, lo que sí me parece completamente equivocado es adscribir el sexo al ámbito de lo biológico y el género al ámbito de lo sociocultural. Me parece que esta es una aplicación inadecuada del debate pasado de moda entre naturaleza y crianza. Esto sugiere que las conductas homosexuales son aprendidas, y que, si son aprendidas, pueden ser enseñadas, y que, en una interpretación extrema, el ámbito escolar es un ámbito adecuado para enseñar las tendencias de género de las personas. No es sorprendente que esta visión equivocada levante la ira de los sectores conservadores.

La verdad es que me parece evidente que las definiciones de género no son definiciones socioculturales, sino que pertenecen al fuero interno más íntimo de las personas, donde operan factores tanto biológicos como psicológicos, que no creo que a la fecha de hoy estén totalmente entendidos. Muy pocos maricas, si es que alguno, lo son porque los “educaron” para ser maricas. Por el contrario, muchos homosexuales lo son a pesar de la presión social para no serlo. Sugerir que las definiciones de género son definiciones socioculturales es completamente equivocado, y, como vimos con las marchas de días pasados, es un error frente al cual la sociedad es muy sensible.

Lo que la sociedad y la cultura sí pueden ofrecer es un ambiente tolerante u hostil para quienes su sexo no coincide con su género. La lección que el caso de Sergio Urrego nos debió haber enseñado es que nadie puede ser molestado por su condición sexual. Otras lecciones a partir de ese caso no solo pueden ser equivocadas, sino que además pueden no contribuir a la causa del reconocimiento de los derechos de los homosexuales.

Hay que admitirlo, la famosa cartilla está desenfocada. Pero ese desenfoque no nos debe hacer perder de vista el enfoque fundamental: la diversidad sexual debe ser reconocida y respetada. No vale la pena, con los instrumentos diseñados para promover la tolerancia sexual, terminar promoviendo una homofobia que en estos tiempos ya debería estar completamente enterrada.

Saturday, July 30, 2016

Saturday, July 23, 2016

¿Qué está mal, exactamente, con el capitalismo?

A lo largo de su historia, el capitalismo ha tenido tanto defensores como detractores. En su defensa priman la riqueza que crea y la libertad que respeta. Sus acusadores destacan, en cambio, su explotación e injusticia.

Soy de la opinión de que las sociedades que han tratado de superar las manifiestas debilidades del capitalismo no han producido sociedades mejores que las sociedades capitalistas. En política, han traído dictaduras; en economía, no han resultado particularmente eficientes.

Uno pudiera concluir, entonces, que es mejor no tratar de arreglar lo que no se ha dañado, y que es mejor dejar las cosas como están. Esta forma de pensar ignora, sin embargo, que sí hay cosas profundamente dañadas en el capitalismo. Pero, al tratar de botar el agua sucia del capitalismo, ¿cómo estar seguros de que no estamos botando al bebé con la bañera?

Yo creo que hay cosas del capitalismo que es bueno preservar, o por lo menos que no hay que desechar a la ligera. La primera es el sistema de precios, entendido como que los precios deben variar libremente para reflejar adecuadamente las condiciones de la oferta y la demanda. La segunda es la libertad de empresa, entendida como que cada cual es libre de montar su negocio, y que los negocios que no son capaces de superar la prueba del mercado deben desaparecer. La tercera es la propiedad privada. La cuarta, que no es propiamente capitalismo, es un entorno de libertad individual y política, mejor conocido como democracia.

Entonces, ¿qué es lo que está mal con el capitalismo, exactamente? Yo creo que son varias cosas, pero en esta nota, en aras de la brevedad, solo voy a discutir una: la que denomino “superioridad” o “primacía del capital”. La idea es la siguiente: todo esfuerzo económico es, fundamentalmente, un esfuerzo cooperativo. La economía no se puede entender con el símil de Robinson Crusoe solo en una isla: nada de lo que producimos y consumimos lo producimos y consumimos solos. Las economías más desarrolladas son las que permiten mayor interacción económica, no menos. Ahora, si los esfuerzos cooperativos son exitosos, se genera un excedente. La pregunta clave es: ¿cómo se reparte ese excedente? En el capitalismo, el excedente del esfuerzo cooperativo no se reparte equitativamente. La regla es simple: en una unidad productiva, después de pagar el valor de los insumos y el “valor de mercado” del trabajo, el excedente que se genere es por completo propiedad de los dueños del capital. Y se afirma que esa es la remuneración “justa” del capitalista por su emprendimiento, organización de la actividad productiva y asunción de riesgos. Es a esta regla a la que denomino “superioridad” o “primacía del capital”.

Bien, el punto es que esta regla me parece absurda. La organización económica sería muy distinta si, en vez de que hubiera primacía del capital, hubiera primacía del trabajo. Esto querría decir que al capital se le paga su “valor de mercado”, pero es el trabajo el que se apropia del excedente generado en el proceso productivo. Es el trabajo el que controla el proceso productivo, el que alquila el capital y el que se apropia del excedente generado. En síntesis, aquí el capital no “manda” al trabajo, sino que es el trabajo el que “manda” al capital. Esto implica que las empresas deberían ser, de alguna forma, empresas controladas por los trabajadores, no por los capitalistas. Esto no quiere decir que todos los trabajadores deban ganar lo mismo. Los “jefes” podrían ganar más que los “subalternos”. Pero todos se beneficiarían, quizás en las proporciones de sus salarios, del excedente generado por la empresa en la que trabajan.

La idea fundamental es que la propiedad del capital no tiene por qué conducir automáticamente al control empresarial y a la propiedad del excedente generado en el proceso productivo. Esto no quiere decir que el capital no tenga ningún valor. Por el contrario, lo tiene y se le debe reconocer. Pero el capitalista que viene a poner la plata para un negocio no podría decir que el negocio es de él. Todo lo que podría decir es que él merece una remuneración de mercado por prestar o arrendar su capital.

Lo anterior conduciría a una sociedad más justa, y no veo por qué sería menos eficiente que una economía capitalista tradicional.