El 30 de octubre de 2010, Luis Andrés Colmenares Escobar, un joven a la sazón de veinte años de edad, fue a una fiesta de Halloween con sus amigos de la Universidad de los Andes. Nunca volvió a casa: murió en extrañas circunstancias. Naturalmente, una cosa así no debería ocurrir. Lo que debe ocurrir es que un joven que va a una fiesta vuelva a su casa a descansar. Por eso la muerte de Colmenares ha sido un llamado de atención sobre la consciencia colectiva colombiana.
El caso de la muerte de Luis Andrés ha sido objeto de enorme especulación en corrillos y redes sociales, y de intenso seguimiento en los medios de comunicación. A pesar de la típica indolencia colombiana frente a los actos de violencia, los elementos de este caso se han prestado para una atención desmedida por parte de la ciudadanía y los medios, y para el morbo. Luis Andrés y su acompañante esa noche, Laura Milena Moreno, eran ambos jóvenes estudiantes de la elitesca Uniandes; ambos eran miembros de familias de provincia con éxito profesional en la capital; la de él, una familia guajira que ha llegado lejos a través de la contaduría y la revisoría fiscal, y la de ella, una familia con vínculos en Casanare, que ha hecho fortuna en el negocio petrolero; hay algunos elementos que hacen creer que, detrás de la muerte de Luis Andrés, existe un crimen
pasional.
Si hubiera que ponerle un título a la telenovela que se está formando, tal vez no sería "Los ricos también lloran", sino "Los ricos también se ponen los cachos y se matan". Puede que este título falte a la verdad, pero satisface plenamente las ansias de telenovela que se han formado en torno de este caso. Y hacerle justicia a la verdad parece difícil porque, aunque la historia es bien conocida, también es muy confusa: solo la conocemos por boca de dos jovencitas, la ya mentada Laura Moreno y otra amiga de Luis Andrés, Jessy Mercedes Quintero, que hoy tienen casa por cárcel por encubrir los hechos.
Según ellas, Luis Andrés fue con sus amigos de universidad a una fiesta de Halloween; a altas horas de la madrugada salió de la fiesta en compañía de Laura y Jessy a comprar un perro caliente; luego Jessy quedó atrás y, solo en presencia de Laura, Luis Andrés cayó al caño del parque El Virrey en Bogotá y, en teoría, las lesiones causadas por la caída le provocaron la muerte. Laura dice que lo
vio caer.
La primera pregunta es: ¿por qué cayó Luis Andrés al caño? Algunas versiones apuntaron a un suicidio. Laura y Jessy defienden la hipótesis de que la caída fue un accidente, probablemente debido a que Luis Andrés estaba alicorado y no en pleno control de sus facultades. La implicación es que, si la caída de Luis Andrés fue un accidente, entonces no hay responsables por su muerte.
Pero hay varios problemas con esa historia. El primero es que cualquiera que conozca el caño de El Virrey sabe que es muy improbable matarse por una caída ahí.
El segundo es que el cuerpo de Colmenares no fue encontrado inmediatamente después de que supuestamente cayó al caño, sino muchas horas después. Colmenares habría caído hacia las tres de la mañana del 31 de octubre, y solo fue encontrado entre las siete y nueve de la noche de ese mismo día. Es decir, el cuerpo estuvo perdido más de 12 horas. Y estuvo perdido, no porque no se lo buscara (tarea que en efecto llevaron a cabo los bomberos), sino porque no apareció. Nuevamente, cualquiera que conozca el caño sabe que ese no es un lugar donde un cuerpo se pierda fácilmente.
El hecho de que el cuerpo hubiera estado perdido por tanto tiempo le añade un toque de incredulidad a la historia de Laura y Jessy. Yo sé, por experiencia propia, que, si voy con una amiga y caigo a una quebrada, lo típico que sucede es que la amiga me ayuda a levantarme de mi caída y atiende mis lesiones. Mas Laura Moreno dice que vio caer a su amigo pero que lo perdió de vista, y por tanto no lo pudo ayudar, en un lugar donde es muy difícil perder de vista a una persona.
Un tercer problema de la historia de Laura y Jessy es que los dictámenes de Medicina Legal indican que Luis Andrés murió de forma violenta. La pregunta es si la violencia que el cuerpo revela es consistente con un accidente. Infortunadamente, la primera necropsia que se le practicó al cuerpo no pareció ser muy detallada, y simplemente señaló que la muerte de Luis Andrés se debió a un trauma en la cabeza y una asfixia por inmersión en líquido, lo cual podría ser consistente con la hipótesis de una caída voluntaria o accidental. Sin
embargo, una segunda necropsia, al parecer contratada por lo padres de la víctima, mostró que el cuerpo de Luis Andrés no tenía una herida sino siete, y que además tenía heridas producidas con arma blanca. En este caso la hipótesis del accidente queda completamente descartada.
Pero no hay sino que ver las fotos de la cara del cadáver de Luis Andrés para convencerse de que él no murió por una caída. Es manifiesto que fue sometido a un período de intensa violencia, que le costó la vida. Uno de los amigos de Luis Andrés y Laura, Guillermo Alfonso Martínez, que decía que no tenía por qué dudar de la versión de su amiga Laura, cambió de opinión cuando vio las fotos. La defensa ha dicho que este uso de las fotos ha sido una manipulación de la fiscalía, pero yo debo confesar que tuve una reacción similar a la de Guillermo cuando vi las fotos, y no me siento particularmente manipulado. Me parece que es perfectamente legítimo preguntarse si esas fotos son consistentes con la historia que se está contando.
Ahora, si Luis Andrés murió porque fue sometido a una golpiza, la pregunta es por qué Laura y Jessy insisten en la hipótesis del accidente. Es esa insistencia la que las tiene en la situación de casa por cárcel, y podría implicar una severa condena
para ellas.
El caso está rodeado de una serie de aspectos llamativos. El primero es la aparente negligencia del trabajo inicial adelantado por Medicina Legal y la Fiscalía. Es increíble que la primera evidencia que aportó Medicina Legal haya servido para apuntalar el tratamiento que la Fiscalía le dio inicialmente al caso, que fue el de un suicidio o accidente. Tuvo que cambiarse al fiscal del caso para que empezara a explorarse la hipótesis del homicidio.
Lesly del Pilar Rodríguez fue la médica forense que practicó la primera necropsia. Ella explica los resultados de su trabajo con base en las debilidades de los procedimientos de la policía judicial (CTI), la sobrecarga de trabajo y la evidencia de la situación, que a su juicio hizo innecesarios procedimientos adicionales. Según reportes de prensa, la médica afirmó que la de Luis Andrés fue una "muerte
violenta a determinar" debido a un trauma en cráneo y asfixia por sumersión en líquido. Debido a la notoriedad del caso, el director de Medicina Legal se vio obligado a expedir un comunicado, defendiendo la reputación de su entidad, afirmando que los hallazgos de la primera necropsia no fueron desmentidos por la segunda, y sosteniendo que Medicina Legal siempre ha dicho
que la muerte de Luis Andrés fue una muerte violenta.
El segundo aspecto llamativo es la injerencia de terceros en el caso, lo cual ha servido para mucha especulación. La mamá y la abogada de Carlos Cárdenas, un joven del cual ya hablaremos más adelante, en este momento tienen medida de aseguramiento domiciliaria por entorpecer la investigación y tratar de cambiar el fiscal que está llevando el caso. La pregunta es por qué la mamá de Cárdenas estaría interesada en hacer una cosa así. Al parecer, Carlos Cárdenas es un exnovio de Laura Moreno que estuvo en la fatídica fiesta de Halloween. Eso ha servido para alimentar la especulación de que la muerte de Luis Andrés fue un crimen pasional en el que Laura complotó con una de sus parejas, Carlos, para deshacerse de la otra, Luis Andrés.
La especulación ha llegado a afirmar que el grado de influencia de Cárdenas y su mamá se debe a que el joven sería familiar de Jorge y Mauricio Cárdenas, el anterior director de la Federación Nacional de Cafeteros y el actual Ministro de Minas. El Ministro, en su cuenta de Twitter, ha desmentido esa especie, lo cual muestra que aquí se está hablando más de lo que se debe. Yo creo que lo del complot de Carlos, Laura y Jessy para matar a Luis Andrés está lejos de ser probado, pero sin lugar a dudas un sector de la opinión ya condenó a los tres por la muerte de Colmenares. Aquí la fuerza de
los rumores ha sido increíble.
Por último, está el papel de la Universidad de los Andes. El caso ha alcanzado una gran notoriedad en parte porque muchos de los implicados eran estudiantes de esa Universidad, la cual supuestamente educa la élite de este país, y a mí me afecta personalmente, no solo porque soy su egresado, sino porque recientemente he sido profesor de ética allá. Al parecer, la universidad ha escogido mantener
el más riguroso silencio sobre el tema. Su posición no es fácil. Sin embargo, surgen dos tipos de preguntas: uno, ¿qué clase de ciudadanos está formando los Andes, supuestamente la mejor universidad del país?, y dos, ¿cómo se debería
comportar la universidad en este terrible caso?
Sobre lo primero, lo mínimo que uno debiera esperar es que todos salieran vivos de una fiesta de uniandinos. Ese es un estándar de comportamiento que uno esperaría que se cumpliera en toda ocasión. La universidad no se puede convertir simplemente en el reflejo de la decadencia moral de la sociedad colombiana. La universidad debe hacer saber que ser uniandino exige unos estándares de comportamiento que están por encima de lo que se ha vuelto común en la sociedad. Si la universidad está haciendo bien su tarea, entonces no puede ser
un espejo de la sociedad, sino un faro para ella.
Sobre lo segundo, me parece que la universidad debería exigir claridad sobre los hechos y justicia. Al fin y al cabo, uno de sus estudiantes, según la mejor evidencia disponible, fue asesinado. Yo soy de la opinión, que puede ser equivocada, de que Luis Andrés no murió de forma accidental. Como uniandino, como profesor de ética de esa universidad, creo que los Andes deberían tener un papel más activo en reclamar verdad y justicia en el caso de Luis Andrés, e insto a todos los que saben una parte de la verdad a que la revelen, y a aquellos que no la saben a que no la inventen. La aterradora sensación de encubrimiento que rodea a este caso debe ser removida.
Sunday, April 1, 2012
Saturday, March 17, 2012
12-03-17: Sobre la desaparición de la versión impresa de la Encyclopaedia Britannica
Hace muy pocos días se hizo el anuncio
público de que la versión impresa de la Encyclopaedia
Britannica (EB) iba a desaparecer. Para los nostálgicos como yo, ese
anuncio no dejó de causar pesar. En el artículo del New York Times donde leí por primera vez esa noticia, había una
descripción precisa del tipo de comprador promedio de la EB: fuera de las
bibliotecas y las universidades, los individuos de clase media que querían
señalar su ascenso socio-intelectual exhibiendo en su casa los bellos y
costosos volúmenes de la EB, así les tocara pagarlos a cuotas. Conozco la
sensación, porque yo, hace quizás unos 15 años, me compré una de esas
enciclopedias. Fue una sensación de logro, y todavía hoy me siento orgulloso de
exhibir esos libros en la biblioteca de mi casa de campo. Son unos libros
bellos, y es hermoso leerlos.
Mi fascinación con las enciclopedias comenzó en la niñez. En la casa de mis padres había dos enciclopedias, que todavía andan por ahí. Una era una versión en español de la EB. La otra era una enciclopedia producida por una editorial española. La EB en español era una versión reducida del original en inglés, pero a mí me parecía maravillosa. Tenía unas imágenes traslúcidas sobre el cuerpo humano y un atlas que me fascinaban. Nada qué ver con la enciclopedia española. Eran dos formas distintas de registrar el conocimiento. Cuando aprendí a montar en bicicleta, leí la Britannica en español para ver si eso me facilitaba el equilibrio. Cuando, con un conjunto de amigos de barrio, pintamos una cancha de tenis en la calle cerrada de en frente de mi casa, consulté en la enciclopedia de mi casa las medidas de la cancha.
Pero la EB ha sucumbido a la presión de los tiempos, la Internet y Wikipedia. Toda una época ha pasado. Naturalmente, la noción de una enciclopedia fue popularizada por los franceses, con Le Breton, Diderot, D’Alembert y Jaucourt a la cabeza. El logro de Jaucourt es especialmente notable: se dice que aportó 17.266 artículos a la Enciclopedia, lo que significa que escribió en promedio ocho artículos al día entre 1759 y 1765. La Enciclopedia francesa fue quizás el mayor símbolo de la Ilustración y del Siglo de las Luces, y un motor detrás de la Revolución Francesa. Pero fue la EB, inicialmente publicada en 1768, la que trajo ese espíritu hasta el presente. De “Britannica” la EB ya no tenía mucho, pues fue comprada en 1901 por unos editores norteamericanos. A pesar de que ellos, para popularizarla, le redujeron el tono académico, también contribuyeron a consolidar la reputación de que la EB es la mejor enciclopedia de referencia general que existe.
Así que lo que está muriendo no es solo un conjunto de libros impresos. Esta muriendo una ambición. La ambición de reunir todo el conocimiento del mundo en un solo lugar. El sueño de creer que el conocimiento es socialmente transformador. La estética del libro impreso. La noción de que el conocimiento está definido por lo que los expertos dicen que es el conocimiento.
La nueva era quizás no rompe del todo con esas ambiciones, pero sí las modifica. La Internet ha puesto a disposición de todos prácticamente toda la información disponible. Antes, tener información era símbolo de cultura. Hoy, tener información ya no es tan importante, porque la Internet y Google la han democratizado. Hoy lo importante es cómo procesar esa información. Hoy importa más, no el que sabe, sino el que entiende qué quiere decir la información.
Wikipedia ha alterado radicalmente la noción de qué debe ser una enciclopedia. En primer lugar, tiene muchos más artículos que los que la EB puede aspirar a tener. En segundo lugar, es gratis. Esto implica que el modelo de negocio de Wikipedia tiene que ser muy distinto del de, por ejemplo, la EB. A mí me parece radical la idea de Wikipedia de que el conocimiento no es para venderlo, sino para ponerlo a disposición de todos de manera gratuita. En tercer lugar, cualquiera puede escribir un artículo en Wikipedia. Esto sirvió mucho para desprestigiarla frente a las enciclopedias tradicionales, pero creo que hoy esa actitud se está revaluando. Para comenzar, Wikipedia ha definido unas guías editoriales. Adicionalmente, parece haber estudios que sugieren que la confiabilidad de los artículos de Wikipedia no es inferior a la de otras enciclopedias más tradicionales, que cuentan con editores y procesos editoriales más reconocidos. Por último, hay una pregunta de fondo: ¿qué es el conocimiento? ¿Lo que un grupo cerrado de expertos dice que es conocimiento, o lo que la gente en su conjunto, en una discusión abierta, define como conocimiento?
Esta discusión me parece del mayor interés. Cuando estaba en la Universidad, me tocó leer sobre la metodología de la ciencia. ¿Cuál es el método científico? Yo, un racionalista, siempre admiré el poder de la ciencia. Por tanto, desprecié un libro de Paul Feyerabend que se llamaba Contra el método. Me pareció la típica basura seudointelectualoide opuesta a lo cierto y a lo correcto.
Hoy, debo admitir, tengo mis dudas. Detrás del discurso “científico” de los científicos sociales muchas veces hay de todo, menos ciencia. A veces hay intereses manifiestamente políticos. A veces hay, en analogía con lo que en el sicoanálisis freudiano se llama “envidia del pene” (el momento de reacción de las niñas cuando descubren que no tienen pene), “envidia de la física”, que sugiere que no puede haber ciencia social si esta no sigue las formas de la física, en particular la tendencia a ser expresada en abstrusas expresiones matemáticas. Las mejores teorías de los economistas son embestidas por violentas crisis económicas y financieras. En fin.
El problema que quiero plantear es cómo se deben relacionar la ciencia y la democracia en una sociedad moderna. Philip Kitcher ha escrito un interesante libro sobre eso. La ciencia moderna se ha vuelto autoritaria y tiránica. Ciencia es lo que los expertos dicen que es ciencia. ¿Pero cómo son elegidos los expertos? Ahí hay una sociología que merece ser estudiada, porque los expertos son un club que vigila cuidadosamente su membresía. ¿Citas Wikipedia y no Nature en tus trabajos académicos? ¿No tienes PhD? ¿Tu PhD es de una universidad dudosa? ¿No publicas mucho? ¿Tu trabajo no ha sido revisado por pares? ¿Solo publicas en revistas de segundo nivel? La EB de alguna manera representa la noción del conocimiento como un club. Pero el modelo Wikipedia sugiere que nada de esas cosas es realmente relevante. El modelo Wikipedia es un modelo democrático del conocimiento.
De otra parte, ¿qué hacer cuando una sociedad desarrolla una mentalidad anticientífica? Por ejemplo, ¿qué hacer cuando en Estados Unidos se extiende un conservatismo basado en un fundamentalismo religioso, que se opone a la teoría de la evolución y a la investigación con células madre? El modelo Wikipedia sugiere que el conocimiento es lo que la comunidad abierta define qué es conocimiento. Esto genera unas dinámicas muy interesantes. Esas dinámicas pueden, ciertamente, conducir a grandes transformaciones sociales, en la misma línea de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII. La Internet fue clave para activar a los “indignados” o a los miembros del movimiento “Occupy Wall Street”, y está siendo clave para pedir que se capture a Joseph Kony. De modo que quizás lo único que estamos perdiendo con la desaparición de la versión impresa de la EB son unos bellos libros con letras doradas en los lomos. Siento nostalgia por esos tiempos, pero quizás el futuro habrá de traernos mejores cosas.
Mi fascinación con las enciclopedias comenzó en la niñez. En la casa de mis padres había dos enciclopedias, que todavía andan por ahí. Una era una versión en español de la EB. La otra era una enciclopedia producida por una editorial española. La EB en español era una versión reducida del original en inglés, pero a mí me parecía maravillosa. Tenía unas imágenes traslúcidas sobre el cuerpo humano y un atlas que me fascinaban. Nada qué ver con la enciclopedia española. Eran dos formas distintas de registrar el conocimiento. Cuando aprendí a montar en bicicleta, leí la Britannica en español para ver si eso me facilitaba el equilibrio. Cuando, con un conjunto de amigos de barrio, pintamos una cancha de tenis en la calle cerrada de en frente de mi casa, consulté en la enciclopedia de mi casa las medidas de la cancha.
Pero la EB ha sucumbido a la presión de los tiempos, la Internet y Wikipedia. Toda una época ha pasado. Naturalmente, la noción de una enciclopedia fue popularizada por los franceses, con Le Breton, Diderot, D’Alembert y Jaucourt a la cabeza. El logro de Jaucourt es especialmente notable: se dice que aportó 17.266 artículos a la Enciclopedia, lo que significa que escribió en promedio ocho artículos al día entre 1759 y 1765. La Enciclopedia francesa fue quizás el mayor símbolo de la Ilustración y del Siglo de las Luces, y un motor detrás de la Revolución Francesa. Pero fue la EB, inicialmente publicada en 1768, la que trajo ese espíritu hasta el presente. De “Britannica” la EB ya no tenía mucho, pues fue comprada en 1901 por unos editores norteamericanos. A pesar de que ellos, para popularizarla, le redujeron el tono académico, también contribuyeron a consolidar la reputación de que la EB es la mejor enciclopedia de referencia general que existe.
Así que lo que está muriendo no es solo un conjunto de libros impresos. Esta muriendo una ambición. La ambición de reunir todo el conocimiento del mundo en un solo lugar. El sueño de creer que el conocimiento es socialmente transformador. La estética del libro impreso. La noción de que el conocimiento está definido por lo que los expertos dicen que es el conocimiento.
La nueva era quizás no rompe del todo con esas ambiciones, pero sí las modifica. La Internet ha puesto a disposición de todos prácticamente toda la información disponible. Antes, tener información era símbolo de cultura. Hoy, tener información ya no es tan importante, porque la Internet y Google la han democratizado. Hoy lo importante es cómo procesar esa información. Hoy importa más, no el que sabe, sino el que entiende qué quiere decir la información.
Wikipedia ha alterado radicalmente la noción de qué debe ser una enciclopedia. En primer lugar, tiene muchos más artículos que los que la EB puede aspirar a tener. En segundo lugar, es gratis. Esto implica que el modelo de negocio de Wikipedia tiene que ser muy distinto del de, por ejemplo, la EB. A mí me parece radical la idea de Wikipedia de que el conocimiento no es para venderlo, sino para ponerlo a disposición de todos de manera gratuita. En tercer lugar, cualquiera puede escribir un artículo en Wikipedia. Esto sirvió mucho para desprestigiarla frente a las enciclopedias tradicionales, pero creo que hoy esa actitud se está revaluando. Para comenzar, Wikipedia ha definido unas guías editoriales. Adicionalmente, parece haber estudios que sugieren que la confiabilidad de los artículos de Wikipedia no es inferior a la de otras enciclopedias más tradicionales, que cuentan con editores y procesos editoriales más reconocidos. Por último, hay una pregunta de fondo: ¿qué es el conocimiento? ¿Lo que un grupo cerrado de expertos dice que es conocimiento, o lo que la gente en su conjunto, en una discusión abierta, define como conocimiento?
Esta discusión me parece del mayor interés. Cuando estaba en la Universidad, me tocó leer sobre la metodología de la ciencia. ¿Cuál es el método científico? Yo, un racionalista, siempre admiré el poder de la ciencia. Por tanto, desprecié un libro de Paul Feyerabend que se llamaba Contra el método. Me pareció la típica basura seudointelectualoide opuesta a lo cierto y a lo correcto.
Hoy, debo admitir, tengo mis dudas. Detrás del discurso “científico” de los científicos sociales muchas veces hay de todo, menos ciencia. A veces hay intereses manifiestamente políticos. A veces hay, en analogía con lo que en el sicoanálisis freudiano se llama “envidia del pene” (el momento de reacción de las niñas cuando descubren que no tienen pene), “envidia de la física”, que sugiere que no puede haber ciencia social si esta no sigue las formas de la física, en particular la tendencia a ser expresada en abstrusas expresiones matemáticas. Las mejores teorías de los economistas son embestidas por violentas crisis económicas y financieras. En fin.
El problema que quiero plantear es cómo se deben relacionar la ciencia y la democracia en una sociedad moderna. Philip Kitcher ha escrito un interesante libro sobre eso. La ciencia moderna se ha vuelto autoritaria y tiránica. Ciencia es lo que los expertos dicen que es ciencia. ¿Pero cómo son elegidos los expertos? Ahí hay una sociología que merece ser estudiada, porque los expertos son un club que vigila cuidadosamente su membresía. ¿Citas Wikipedia y no Nature en tus trabajos académicos? ¿No tienes PhD? ¿Tu PhD es de una universidad dudosa? ¿No publicas mucho? ¿Tu trabajo no ha sido revisado por pares? ¿Solo publicas en revistas de segundo nivel? La EB de alguna manera representa la noción del conocimiento como un club. Pero el modelo Wikipedia sugiere que nada de esas cosas es realmente relevante. El modelo Wikipedia es un modelo democrático del conocimiento.
De otra parte, ¿qué hacer cuando una sociedad desarrolla una mentalidad anticientífica? Por ejemplo, ¿qué hacer cuando en Estados Unidos se extiende un conservatismo basado en un fundamentalismo religioso, que se opone a la teoría de la evolución y a la investigación con células madre? El modelo Wikipedia sugiere que el conocimiento es lo que la comunidad abierta define qué es conocimiento. Esto genera unas dinámicas muy interesantes. Esas dinámicas pueden, ciertamente, conducir a grandes transformaciones sociales, en la misma línea de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII. La Internet fue clave para activar a los “indignados” o a los miembros del movimiento “Occupy Wall Street”, y está siendo clave para pedir que se capture a Joseph Kony. De modo que quizás lo único que estamos perdiendo con la desaparición de la versión impresa de la EB son unos bellos libros con letras doradas en los lomos. Siento nostalgia por esos tiempos, pero quizás el futuro habrá de traernos mejores cosas.
Saturday, February 4, 2012
12-02-04: ¿Qué es lo malo, exactamente, del capitalismo?
La crisis económica y financiera mundial
que comenzó en 2007 ha tenido diversos efectos. En un plano teórico, ha
cuestionado las doctrinas neoliberales y ha ayudado a revivir el pensamiento
keynesiano. También ha servido para resaltar la importancia de la regulación en
el sistema financiero. Es famosa la declaración de Alan Greenspan ante el
Congreso de Estados Unidos, cuando afirmó que se equivocó al creer que los
mercados financieros eran capaces de autorregularse.
En un plano práctico, la crisis ha puesto
en aprietos a algunas de las economías más importantes del mundo, ha puesto un
signo de interrogación sobre la sobrevivencia del euro, ha hecho volver los
ojos a los méritos del denominado “capitalismo de estado”, que se practica
particularmente en algunas economías emergentes, especialmente China, y ha
desatado un movimiento mundial de inconformidad con el “sistema”, que en
Estados Unidos se ha denominado “Occupy Wall Street” y en Europa “los
indignados”. Este movimiento reclama, de manera vaga, una verdadera democracia,
y resiente el excesivo poder de las grandes corporaciones y las entidades
financieras. Es indudable que el sistema financiero suscita particular
animadversión. Según ese movimiento, el “sistema” debe funcionar a favor del
99%, y no a favor del 1% que supuestamente se está beneficiando ahora.
Yo no creo que los movimientos de
“Occupy” y de “los indignados” sean una amenaza real al capitalismo sin una
elaboración teórica más profunda. Sin embargo, sería un error ignorarlos
completamente. Las señales de inconformidad con el “sistema” no se pueden pasar
por alto. El problema es entender qué es, exactamente, lo que está mal con el
capitalismo actual. La revista “The Economist”, de forma no muy sorprendente,
señala que el “capitalismo de estado” no es una alternativa real al
“capitalismo de mercado”.
Un problema que me parece importante del
capitalismo actual, y que es particularmente agudo en los mercados financieros,
es la tendencia a la especulación. En teoría, una virtud de los mercados es que
hallan por sí mismos el “precio correcto” de las cosas. Sin embargo, es
evidente que los mercados fallan en esa tarea, y en ningún lugar de manera más
clara que en los mercados financieros. El problema es que la lógica de mercado
no excluye la especulación, sino que la incentiva. Un especulador es una
persona que compra hoy un bien con la expectativa de que suba de precio mañana,
para poder venderlo con ganancia. De esta manera, las expectativas de cómo se
comportarán los precios son determinantes en el comportamiento de los
especuladores. Por ejemplo, si yo creo que los precios de las viviendas
seguirán subiendo, es buen negocio comprar una casa hoy. Si todos creemos que
los precios de las viviendas seguirán subiendo, los precios subirán, así solo
sea porque todos creemos que así será: es el fenómeno de las profecías
autocumplidas. En estos casos, como dicen los economistas, los precios se
separan de sus “fundamentales”, y se forman unas “burbujas” de precios. Estas
fluctuaciones de los precios, muy lejos de sus “verdaderos” niveles de
equilibrio, pueden causar violentas fluctuaciones económicas, que generan la
ilusión de progreso en épocas de auge, y un dolor muy real en épocas de crisis.
La posibilidad de la especulación, sobre todo financiera, crea la sensación en
mucha gente de que los financieros pueden enriquecerse sin generar ningún valor
real para la economía.
Pero un problema más de fondo se ha
puesto de presente con la discusión de las llamadas leyes SOPA y PIPA en
Estados Unidos (SOPA es la sigla de Stop Online Piracy Act y PIPA es la sigla
de Protect IP Act). Estas leyes tienen como objetivo detener la piratería
digital. La Internet ha puesto al alcance de todos unos volúmenes de
información antes inimaginables, y hoy es muy fácil tener acceso a un libro,
una canción, una película, en Internet, sin tener que pagar un peso. Esas leyes
pretendían cambiar este estado de cosas. Sin embargo, varios gigantes de la
informática se opusieron a esas leyes, y por el momento su paso por el Congreso
ha sido suspendido.
Yo creo que esa no es una discusión
menor. En el pasado no se cuestionaba que los medios de producción debían ser
privados. La tierra se privatizó, y los medios de producción producidos por el
hombre también se privatizaron. Con la creación de las sociedades anónimas, el
capital físico se volvió capital financiero, negociable en bolsas de valores.
También se desarrolló la convención de que eran los dueños del capital los que
contrataban al trabajo, y no al revés. Esto dio un poder muy real a los dueños
del capital sobre los dueños del trabajo. Una empresa es usualmente todo menos
un lugar democrático: una empresa es un lugar muy jerárquico, donde la voluntad
que es ley es la voluntad de los dueños del capital de la empresa, y los
trabajadores simplemente obedecen o se marchan.
La era digital ha revitalizado la idea de
que las ideas no deben tener dueño. Esta es una noción revolucionaria. El autor
de un libro o de una película no podría beneficiarse por vender su obra. Las
ideas serían propiedad de todos. Pero, si las ideas pueden ser propiedad de
todos, ¿por qué no puede serlo el capital físico o la tierra? La tecnología ha
abaratado tanto la difusión de las ideas que ya parece impráctico querer
impedir su difusión por medio de patentes y derechos de propiedad.
Monday, January 16, 2012
12-01-16: Diatriba contra el socialismo cubano
Pasé el fin de año en Cuba. Fue mi segunda visita a la isla. La primera la hice en 2005, cuando Fidel todavía gobernaba. Mis impresiones sobre ese primer viaje las consigné en este blog (ver la entrada del 07-02-20). Aquí quiero consignar mis impresiones sobre el segundo. En síntesis, Cuba es una bella isla, y su gente es encantadora, pero sus sistemas político y económico no funcionan. Políticamente, Cuba es una tiranía. Económicamente, el socialismo en Cuba puede haber tenido algunos logros, pero ha pospuesto el desarrollo de la isla por más de medio siglo, y mantiene a todos los cubanos en la pobreza. En síntesis, el arreglo político-económico cubano no es uno que pueda servir como ejemplo para el mundo en general, y para América Latina en particular. Incluso, no veo razón para que sus logros no puedan ser alcanzados por Estados no socialistas, siempre que tengan una clara vocación de atención de las necesidades sociales.
El primer problema es político. Creo que nada justifica que una persona se mantenga casi medio siglo en el poder. Ese hecho señala que los mecanismos democráticos no funcionan. Claro: yo soy de los que creen que la democracia es buena. Es cierto que la democracia no es un sistema perfecto, pero una tiranía es un sistema mucho peor. Usualmente, los problemas de la democracia se arreglan con más democracia, no con menos. En el caso concreto de Cuba, lo que percibe es que Fidel es una persona obstinada y dogmática. Tiene un tipo de carácter que quizás es muy bueno para hacer líderes (imagino que Napoleón tenía un carácter similar), pero que es un desastre para ponderar opciones, para valorar alternativas, en fin, para el arte político de conciliar intereses distintos.
De otra parte, es claro que en Cuba no hay más opinión que la del régimen. La única propaganda aceptada es la del régimen. En todos lados hay vallas o letreros con frases célebres, no tan célebres o francamente estúpidas de Fidel, Raúl y el Che. El régimen idoliza a sus líderes. Los vuelve santos de una religión secular. Políticamente, hay dos santos: Fidel y Raúl. La revolución tiene otros dos: Ernesto "el Che" Guevara y Camilo Cienfuegos. Camilo Cienfuegos es un santo reciente. La primera vez que fui a Cuba su efigie no adornaba la Plaza de la Revolución. Hoy sí. Es claro que Camilo Cienfuegos está en proceso de santificación, para tener un santo cubano al lado de la figura mítica del Che.
La figura del Che es extremadamente compleja y enigmática. Ella se ha vuelvo un ícono de la cultura pop. Yo creo que en Occidente hay gente que se pone camisetas con la efigie del Che solo porque es "cool", pero que ignora completamente quién fue el personaje. Incluso para los iniciados es difícil conocerlo. El Che hablaba del Hombre Nuevo, ese nuevo tipo de ser humano que produciría la revolución, que no estaría contaminado por intereses materiales. Es claro que la revolución no cambió la naturaleza humana. El Che hablaba del valor de la vida humana, pero era despiadado en combate y con sus prisioneros de guerra. Fue el Che quien, sin ninguna clemencia, se encargó de fusilar a los oficiales del régimen prerrevolucionario. Él no veía ningún punto medio para el revolucionario: éste vence o muere. El Che venció en Cuba, pero no se pudo adaptar a las tareas más prosaicas del ejercicio del poder. Entonces escogió morir en Congo o en Bolivia, donde finalmente lo mataron.
El segundo problema es económico. Fidel no llegó al poder siendo comunista. Él se volvió comunista una vez en el poder. A esa evolución ayudaron, sin duda, los excesos y errores norteamericanos. En buena parte, Fidel fue una reacción a los intentos neocolonialistas e imperialistas de Estados Unidos en Cuba. De eso no cabe duda. Una vez Fidel llegó al poder, Estados Unidos tampoco jugó sus cartas bien. Pero lo que es claro es que el comunismo castrista no le ha traído desarrollo a Cuba. De hecho, la isla parece una foto foto deslucida de sí misma, en la que toda grandeza es prerrevolucionaria y el presente luce en ruinas. La Cuba de hoy es la Cuba de hace cincuenta años, pero sin ningún mantenimiento en el entretanto. Es evidente que en Cuba, para todos los efectos prácticos, la creación de riqueza está prohibida. La distribución de la riqueza domina tanto a su creación que la única riqueza que existe es la que se acumuló antes de Castro y que no alcanzaron a sacar los cubanos que emigraron a Estados Unidos.
En ese sentido, el comunismo castrista luce desbalanceado. Uno no puede hacer una propuesta económica que ignore tan olímpicamente la eficiencia económica. Así uno quiera calificar con muy buenas notas los éxitos de la revolución en materia de justicia social, creo que no alcanzan a compensar el desastre que es la revolución en materia de eficiencia económica, generación de riqueza y desarrollo: si la igualdad impera en Cuba, es gracias a que la revolución ha logrado mantener a todos los cubanos en la pobreza.
Uno de los problemas manifiestos del sistema económico castrista es que las cosas no valen lo que cuestan. El Estado ha decidido subsidiar todos los bienes básicos a la población, lo cual permite que pueda pagar salarios muy bajos a sus trabajadores, en un lugar donde el Estado es el único empleador posible. Como toda la producción es estatal, las unidades productivas no tienen ningún incentivo para ser eficientes. El resultado es que en Cuba todo es muy barato, incluso regalado, para los cubanos, pero la otra cara de la moneda es que no hay nada en Cuba. Las escaseces de todo son evidentes. De transporte, de carne, de energía, de bienes básicos. La Cuba castrista ha vivido más de la solidaridad política que de la racionalidad económica. Como nos dijo un cubano, la isla vivió de "la teta de la URSS" hasta 1991, cuando el colapso de este país produjo una crisis económica profunda en Cuba, conocida como el "período especial". Hoy Cuba envía sus médicos para obtener petróleo venezolano, pero los estragos del "período especial" siguen, en alguna medida, vigentes.
Después del colapso de la URSS, Cuba ha tenido que hacerle algunas concesiones a la racionalidad económica. Ha permitido que los dólares entren a la isla, y ha permitido un cierto desarrollo de la industria turística. Hasta donde entiendo, esta industria se ha convertido en la principal fuente de las necesitadas divisas para el país. La economía está montada para aprovecharse de esa nueva teta. El país tiene dos monedas: el peso convertible y el peso local. Los extranjeros solo pueden comprar pesos convertibles. Su tasa de cambio es a la par con el dólar (aunque, por traer la moneda del "imperio", los turistas deben pagar un impuesto extra). El peso local se cambia a una tasa de 25 pesos locales por un peso convertible. Esto obliga a los turistas a pagar todo 25 veces más caro que los cubanos. En pesos convertibles, La Habana no es barata. Pero los pesos convertibles son la única esperanza de acceder a tiendas con algún surtido mínimo.
El hecho de que exista una moneda dual ilustra el tipo de distorsiones económicas que imperan en Cuba. Con la moneda dual, el Estado puede comprar divisas mucho más barato que si aceptara la racionalidad del mercado. En condiciones normales, la moneda local debería sufrir una fuerte depreciación, lo cual haría a Cuba muy barata para los turistas y haría los bienes o los viajes al extranjero muy costosos para los cubanos, pero generaría estímulos para que los cubanos exportaran al exterior. Sin embargo, como toda la producción es estatal, los beneficios de la depreciación no pueden ser percibidos por ninguna unidad productiva. Por lo tanto, el régimen prefiere mantener la moneda dual, para poder seguir comprando divisas baratas. La moneda dual no quiere decir que los bienes o los viajes al exterior sean baratos para los cubanos, porque para eso están los precios y sueldos en moneda local: si no fueran prohibidos por el régimen, los viajes de los cubanos al extranjero seguirían siendo impensables por razones económicas. Con un sueldo promedio de unos 20 o 25 pesos convertibles al mes, los cubanos no pueden soñar con viajar al extranjero. He aquí por qué un régimen económico absurdo requiere un régimen político dictatorial: se tiene que lograr por la fuerza lo que el sistema de precios haría de manera natural.
Surge entonces la pregunta: si por cualquiera de las dos vías, la socialista y la de mercado, los cubanos no pueden soñar ni con bienes ni con viajes al extranjero, ¿por qué preocuparse por una u otra? La diferencia crucial está en que por la vía del mercado los recursos son asignados a sus usos más productivos. Si no hubiera moneda dual, Cuba debería estar inundada de turistas, porque sería muy barato ir a Cuba. Si los cubanos fueran libres de hacerlo, prestarían más servicios para los turistas, y por esa vía ganarían las divisas que les permitiría comprar bienes y hacer viajes al extranjero. Pero la ridiculez de fondo no es que exista una moneda dual. La ridiculez de fondo es que toda la producción tenga que ser llevada a cabo por el Estado.
Es cierto que, después de 1991, y en especial después de que Raúl asumió el poder, ha habido un cierto grado de liberalización económica. Ahora los cubanos pueden entrar a los hoteles de turistas o a los almacenes que tienen los precios marcados en pesos convertibles, tener teléfonos celulares, poseer sus propias casas, recibir dólares. Pero las reformas son todavía muy tímidas. Los únicos negocios privados son los paladares (restaurantes privados) y las casas particulares (alojamientos en casas de familia), ambos negocios cuidadosamente controlados por el Estado, porque en los dos se reciben pesos convertibles. La iniciativa privada todavía no puede surgir en toda su extensión. Todavía tener un carro, un computador, un teléfono celular es un lujo.
De modo que surge la pregunta: ¿es posible tener justicia social sin pobreza? Se dice que en Cuba ningún niño se levanta sin su vaso de leche, que todos tienen educación y vivienda gratuitas, que la salud es gratis para todos. Los socialistas creen que el Estado debe garantizar los "derechos básicos" de la gente, pero no se dan cuenta de que lo que el Estado da gratis en realidad a alguien le está costando. Como bien dicen los economistas, no hay almuerzos gratis. El costo de la "justicia social" para los cubanos ha sido una pobreza generalizada. Mi segundo viaje a Cuba me ha persuadido de que el sueño de la justicia social se logra mejor dentro de una economía de mercado con un Estado redistribuidor fuerte y democrático. Alguien podría decir que eso es, más o menos, lo que tenemos en Colombia, y que nuestro país tampoco es que sea una maravilla. No hay una receta fácil para el desarrollo. Es claro que ni los mercados ni el Estado funcionan bien si no existen las condiciones sociales adecuadas. Nuestro Estado, por ejemplo, todavía es demasiado ineficiente y corrupto, y la iniciativa privada todavía halla muchos obstáculos y no está abierta para todo el mundo. En Colombia todavía no hay consenso sobre el régimen democrático y el sistema de mercado. La violencia es generalizada y el Estado no la logrado controlar todo el territorio. Sin embargo, a pesar de todos los problemas, no cabe duda de que Colombia ha logrado mucho más desarrollo en los últimos 50 años que Cuba. Sé que Colombia no es ninguna maravilla, pero, al menos, al que no le guste puede irse. Bueno, más o menos: por lo menos el régimen no le prohíbe irse. Incluso a Cuba, si quiere.
El 26 de julio de 1953 Fidel Castro inició su revolución con el intento de toma del cuartel Moncada. Ese intento fue un fracaso, y Fidel fue apresado. Pero, como bien corresponde al régimen, Fidel supo convertir ese fracaso en un éxito. En el juicio que siguió al fallido intento de toma, Fidel se defendió a sí mismo, y pronunció un discurso que luego la revolución ha distribuido como un panfleto bajo el título de una de sus frases: "La historia me absolverá". Quizás Fidel creía que el tribunal iba a condenarlo, pero que la historia lo absolvería. Lo cierto es que el régimen batistiano fue relativamente benigno con Fidel. Es la historia la que lo debe tratar duramente, por obstinado, por terco, por robarle 50 años de desarrollo a su país. No es cierto, Fidel: la historia no te absolverá.
El primer problema es político. Creo que nada justifica que una persona se mantenga casi medio siglo en el poder. Ese hecho señala que los mecanismos democráticos no funcionan. Claro: yo soy de los que creen que la democracia es buena. Es cierto que la democracia no es un sistema perfecto, pero una tiranía es un sistema mucho peor. Usualmente, los problemas de la democracia se arreglan con más democracia, no con menos. En el caso concreto de Cuba, lo que percibe es que Fidel es una persona obstinada y dogmática. Tiene un tipo de carácter que quizás es muy bueno para hacer líderes (imagino que Napoleón tenía un carácter similar), pero que es un desastre para ponderar opciones, para valorar alternativas, en fin, para el arte político de conciliar intereses distintos.
De otra parte, es claro que en Cuba no hay más opinión que la del régimen. La única propaganda aceptada es la del régimen. En todos lados hay vallas o letreros con frases célebres, no tan célebres o francamente estúpidas de Fidel, Raúl y el Che. El régimen idoliza a sus líderes. Los vuelve santos de una religión secular. Políticamente, hay dos santos: Fidel y Raúl. La revolución tiene otros dos: Ernesto "el Che" Guevara y Camilo Cienfuegos. Camilo Cienfuegos es un santo reciente. La primera vez que fui a Cuba su efigie no adornaba la Plaza de la Revolución. Hoy sí. Es claro que Camilo Cienfuegos está en proceso de santificación, para tener un santo cubano al lado de la figura mítica del Che.
La figura del Che es extremadamente compleja y enigmática. Ella se ha vuelvo un ícono de la cultura pop. Yo creo que en Occidente hay gente que se pone camisetas con la efigie del Che solo porque es "cool", pero que ignora completamente quién fue el personaje. Incluso para los iniciados es difícil conocerlo. El Che hablaba del Hombre Nuevo, ese nuevo tipo de ser humano que produciría la revolución, que no estaría contaminado por intereses materiales. Es claro que la revolución no cambió la naturaleza humana. El Che hablaba del valor de la vida humana, pero era despiadado en combate y con sus prisioneros de guerra. Fue el Che quien, sin ninguna clemencia, se encargó de fusilar a los oficiales del régimen prerrevolucionario. Él no veía ningún punto medio para el revolucionario: éste vence o muere. El Che venció en Cuba, pero no se pudo adaptar a las tareas más prosaicas del ejercicio del poder. Entonces escogió morir en Congo o en Bolivia, donde finalmente lo mataron.
El segundo problema es económico. Fidel no llegó al poder siendo comunista. Él se volvió comunista una vez en el poder. A esa evolución ayudaron, sin duda, los excesos y errores norteamericanos. En buena parte, Fidel fue una reacción a los intentos neocolonialistas e imperialistas de Estados Unidos en Cuba. De eso no cabe duda. Una vez Fidel llegó al poder, Estados Unidos tampoco jugó sus cartas bien. Pero lo que es claro es que el comunismo castrista no le ha traído desarrollo a Cuba. De hecho, la isla parece una foto foto deslucida de sí misma, en la que toda grandeza es prerrevolucionaria y el presente luce en ruinas. La Cuba de hoy es la Cuba de hace cincuenta años, pero sin ningún mantenimiento en el entretanto. Es evidente que en Cuba, para todos los efectos prácticos, la creación de riqueza está prohibida. La distribución de la riqueza domina tanto a su creación que la única riqueza que existe es la que se acumuló antes de Castro y que no alcanzaron a sacar los cubanos que emigraron a Estados Unidos.
En ese sentido, el comunismo castrista luce desbalanceado. Uno no puede hacer una propuesta económica que ignore tan olímpicamente la eficiencia económica. Así uno quiera calificar con muy buenas notas los éxitos de la revolución en materia de justicia social, creo que no alcanzan a compensar el desastre que es la revolución en materia de eficiencia económica, generación de riqueza y desarrollo: si la igualdad impera en Cuba, es gracias a que la revolución ha logrado mantener a todos los cubanos en la pobreza.
Uno de los problemas manifiestos del sistema económico castrista es que las cosas no valen lo que cuestan. El Estado ha decidido subsidiar todos los bienes básicos a la población, lo cual permite que pueda pagar salarios muy bajos a sus trabajadores, en un lugar donde el Estado es el único empleador posible. Como toda la producción es estatal, las unidades productivas no tienen ningún incentivo para ser eficientes. El resultado es que en Cuba todo es muy barato, incluso regalado, para los cubanos, pero la otra cara de la moneda es que no hay nada en Cuba. Las escaseces de todo son evidentes. De transporte, de carne, de energía, de bienes básicos. La Cuba castrista ha vivido más de la solidaridad política que de la racionalidad económica. Como nos dijo un cubano, la isla vivió de "la teta de la URSS" hasta 1991, cuando el colapso de este país produjo una crisis económica profunda en Cuba, conocida como el "período especial". Hoy Cuba envía sus médicos para obtener petróleo venezolano, pero los estragos del "período especial" siguen, en alguna medida, vigentes.
Después del colapso de la URSS, Cuba ha tenido que hacerle algunas concesiones a la racionalidad económica. Ha permitido que los dólares entren a la isla, y ha permitido un cierto desarrollo de la industria turística. Hasta donde entiendo, esta industria se ha convertido en la principal fuente de las necesitadas divisas para el país. La economía está montada para aprovecharse de esa nueva teta. El país tiene dos monedas: el peso convertible y el peso local. Los extranjeros solo pueden comprar pesos convertibles. Su tasa de cambio es a la par con el dólar (aunque, por traer la moneda del "imperio", los turistas deben pagar un impuesto extra). El peso local se cambia a una tasa de 25 pesos locales por un peso convertible. Esto obliga a los turistas a pagar todo 25 veces más caro que los cubanos. En pesos convertibles, La Habana no es barata. Pero los pesos convertibles son la única esperanza de acceder a tiendas con algún surtido mínimo.
El hecho de que exista una moneda dual ilustra el tipo de distorsiones económicas que imperan en Cuba. Con la moneda dual, el Estado puede comprar divisas mucho más barato que si aceptara la racionalidad del mercado. En condiciones normales, la moneda local debería sufrir una fuerte depreciación, lo cual haría a Cuba muy barata para los turistas y haría los bienes o los viajes al extranjero muy costosos para los cubanos, pero generaría estímulos para que los cubanos exportaran al exterior. Sin embargo, como toda la producción es estatal, los beneficios de la depreciación no pueden ser percibidos por ninguna unidad productiva. Por lo tanto, el régimen prefiere mantener la moneda dual, para poder seguir comprando divisas baratas. La moneda dual no quiere decir que los bienes o los viajes al exterior sean baratos para los cubanos, porque para eso están los precios y sueldos en moneda local: si no fueran prohibidos por el régimen, los viajes de los cubanos al extranjero seguirían siendo impensables por razones económicas. Con un sueldo promedio de unos 20 o 25 pesos convertibles al mes, los cubanos no pueden soñar con viajar al extranjero. He aquí por qué un régimen económico absurdo requiere un régimen político dictatorial: se tiene que lograr por la fuerza lo que el sistema de precios haría de manera natural.
Surge entonces la pregunta: si por cualquiera de las dos vías, la socialista y la de mercado, los cubanos no pueden soñar ni con bienes ni con viajes al extranjero, ¿por qué preocuparse por una u otra? La diferencia crucial está en que por la vía del mercado los recursos son asignados a sus usos más productivos. Si no hubiera moneda dual, Cuba debería estar inundada de turistas, porque sería muy barato ir a Cuba. Si los cubanos fueran libres de hacerlo, prestarían más servicios para los turistas, y por esa vía ganarían las divisas que les permitiría comprar bienes y hacer viajes al extranjero. Pero la ridiculez de fondo no es que exista una moneda dual. La ridiculez de fondo es que toda la producción tenga que ser llevada a cabo por el Estado.
Es cierto que, después de 1991, y en especial después de que Raúl asumió el poder, ha habido un cierto grado de liberalización económica. Ahora los cubanos pueden entrar a los hoteles de turistas o a los almacenes que tienen los precios marcados en pesos convertibles, tener teléfonos celulares, poseer sus propias casas, recibir dólares. Pero las reformas son todavía muy tímidas. Los únicos negocios privados son los paladares (restaurantes privados) y las casas particulares (alojamientos en casas de familia), ambos negocios cuidadosamente controlados por el Estado, porque en los dos se reciben pesos convertibles. La iniciativa privada todavía no puede surgir en toda su extensión. Todavía tener un carro, un computador, un teléfono celular es un lujo.
De modo que surge la pregunta: ¿es posible tener justicia social sin pobreza? Se dice que en Cuba ningún niño se levanta sin su vaso de leche, que todos tienen educación y vivienda gratuitas, que la salud es gratis para todos. Los socialistas creen que el Estado debe garantizar los "derechos básicos" de la gente, pero no se dan cuenta de que lo que el Estado da gratis en realidad a alguien le está costando. Como bien dicen los economistas, no hay almuerzos gratis. El costo de la "justicia social" para los cubanos ha sido una pobreza generalizada. Mi segundo viaje a Cuba me ha persuadido de que el sueño de la justicia social se logra mejor dentro de una economía de mercado con un Estado redistribuidor fuerte y democrático. Alguien podría decir que eso es, más o menos, lo que tenemos en Colombia, y que nuestro país tampoco es que sea una maravilla. No hay una receta fácil para el desarrollo. Es claro que ni los mercados ni el Estado funcionan bien si no existen las condiciones sociales adecuadas. Nuestro Estado, por ejemplo, todavía es demasiado ineficiente y corrupto, y la iniciativa privada todavía halla muchos obstáculos y no está abierta para todo el mundo. En Colombia todavía no hay consenso sobre el régimen democrático y el sistema de mercado. La violencia es generalizada y el Estado no la logrado controlar todo el territorio. Sin embargo, a pesar de todos los problemas, no cabe duda de que Colombia ha logrado mucho más desarrollo en los últimos 50 años que Cuba. Sé que Colombia no es ninguna maravilla, pero, al menos, al que no le guste puede irse. Bueno, más o menos: por lo menos el régimen no le prohíbe irse. Incluso a Cuba, si quiere.
El 26 de julio de 1953 Fidel Castro inició su revolución con el intento de toma del cuartel Moncada. Ese intento fue un fracaso, y Fidel fue apresado. Pero, como bien corresponde al régimen, Fidel supo convertir ese fracaso en un éxito. En el juicio que siguió al fallido intento de toma, Fidel se defendió a sí mismo, y pronunció un discurso que luego la revolución ha distribuido como un panfleto bajo el título de una de sus frases: "La historia me absolverá". Quizás Fidel creía que el tribunal iba a condenarlo, pero que la historia lo absolvería. Lo cierto es que el régimen batistiano fue relativamente benigno con Fidel. Es la historia la que lo debe tratar duramente, por obstinado, por terco, por robarle 50 años de desarrollo a su país. No es cierto, Fidel: la historia no te absolverá.
Monday, January 9, 2012
12-01-09: Informe sobre Sudáfrica
En octubre o noviembre pasado estuve en Sudáfrica. Solo hasta ahora cuelgo mi "informe" sobre ese viaje.
Aquí estoy, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Aquí estoy, como diría la canción de Paul Simon, bajo cielos africanos. El cielo es azul y bello, con nubes como motas de algodón blanco. Así como Bogotá está tutelada por el cerro de Monserrate, Ciudad del Cabo está tutelada por la Table Mountain, una meseta con laderas talladas por el viento y, quizás, hace muchos años, por el mar. Los capetonianos dicen que es una de las montañas más viejas del mundo (260 millones de años. Los Andes -las montañas, no la universidad- tendrían 250 millones de años). También dicen que es una de las más bellas. A los colombianos nos gusta decir que tenemos la montaña costera más alta del mundo (la Sierra Nevada de Santa Marta, que es ciertamente espectacular), pero los 1.000 metros sobre el nivel del mar de la Table Mountain no dejan de impresionar. Yo, naturalmente, llegué a su cúspide, aunque el mérito de tal hazaña está un poco disminuido por el hecho de que hay un teleférico que ahorra buena parte de las dificultades. Mi mayor mérito fue no haber añadido mi nombre a la lista de personas que han muerto en la montaña, seguramente por no haber seguido las obvias recomendaciones de seguridad que uno encuentra por todas las rutas. Yo tampoco las seguí, pero viví para contarlo. La diferencia entre Bogotá y Ciudad del Cabo es que, mientras el cielo en Bogotá es frecuentemente gris, aquí, en Ciudad del Cabo, es azul, abierto e infinito. Solo en la cumbre de Table Mountain el cielo es encapotado.
Es imposible venir a Sudáfrica y no pensar en los orígenes de la humanidad. África en general, y Sudáfrica en particular, son una rica fuente de fósiles de homínidos. Fue aquí, en 1924 o 1925, donde encontraron el primer Australopithecus (el "mono del sur"), el niño de Taung. El ser humano moderno también proviene de África, y no puedo evitar sentir una profunda emoción al volver al sitio de donde surgimos, hace unos 150 mil o 200 mil años. Imagino el larguísimo viaje que los seres humanos siguieron desde África hasta América, vía el congelado estrecho de Behring, que comenzó hace unos 50.000 años y terminó hace unos 20.000. Mis ancestros directos, aquellos por los cuales llevo mis apellidos, debieron haber cruzaron el Atlántico hace menos de 500 años. Supongo que mis casi 24 horas de viaje para llegar a Ciudad del Cabo son una molestia menor, comparada con el tiempo que les tomó a mis antepasados llegar a Colombia. De hecho, mi padre fue el primer Castellanos en llegar a Bogotá. Con esto no quiero decir que sea el único Castellanos en esa ciudad, sino que yo mismo soy un inmigrante tanto en Bogotá como en Ciudad del Cabo. Solo 10.000 generaciones me separan de los primeros humanos, mil generaciones de los primeros americanos y máximo 20 o 25 generaciones de los primeros americanos con mis apellidos. Todos estamos de paso en este planeta.
Ciudad del Cabo se llama así porque está vinculada con un cabo que su descubridor, el portugués Bartolomé Díaz, denominó el Cabo de las Tormentas. Nombre premonitorio, porque una tormenta en ese lugar le costó la vida. La importancia de ese cabo es que señala el fin del viaje hacia el sur cuando se viaja por la costa occidental de África. Por eso el rey portugués decidió rebautizarlo, y llamarlo Cabo de Buena Esperanza, porque con ese lugar los portugueses de finales del siglo XV, como Vasco de Gama, siguiendo el sueño del rey Enrique el Navegante, probaron que el viaje al oriente por mar era posible, con lo cual se rompía el monopolio de la República de Venecia en el comercio con el oriente. En el cabo, pues, se juntan dos océanos: el Atlántico y el Índico. Como la ruta hacia el oriente por el sur estaba tomada por los portugueses, a los españoles, con Colón, no les quedó más remedio que viajar hacia el oeste con la esperanza de toparse con el oriente. No lo encontraron: a cambio, nos hallaron a nosotros. Pero no fueron los portugueses los que se establecieron en lo que hoy es la Ciudad del Cabo. Ellos tuvieron que contentarse con controlar Angola y Mozambique.
Fueron los holandeses quienes, en el siglo XVII, establecieron una base de abastecimiento para sus flotas de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en Ciudad del Cabo. Los colonos holandeses prosperaron en la región, sin mezclarse con la población indígena, pero sí usándola como fuerza de trabajo. Surgieron así unos africanos blancos (afrikaners) que aún hoy hablan un dialecto del holandés, el afrikaans, junto con una buena proporción de gente de color que aprendió (y le aportó a) esa lengua.
Los nativos que los holandeses encontraron fueron, esencialmente, dos grupos humanos cuyos nombres recuerdo desde pequeño, porque su sonoridad me encanta: los hotentotes y los bosquimanos, hottentots y bushmen (hombres de los arbustos). Se supone que estos hombres, que más que negros son cobrizos, llevan unos estilos de vida muy primitivos, porque no practican la agricultura: los bosquimanos son un pueblo de cazadores-recolectores, como se supone que fueron los primeros seres humanos, y los hotentotes un pueblo de pastores. Aquí en Suráfrica he aprendido que los bosquimanos se llaman San y los hotentotes Khoe, o Khoi, o Khoikhoi, y que los dos pueblos juntos se llaman Khoisan. También he aprendido que no es que el estilo de vida de los Khoisan sea primitivo, sino que es perfectamente adaptado a las condiciones ecológicas de las tierras donde viven. Quién sabe si todavía quedan Khoisan por ahí, con sus estilos de vida tradicionales. No lo creo.
Cuando los holandeses, que eran granjeros, se expandieron, convirtiéndose en "granjeros en carretas" (trekboers), se encontraron con pueblos más negros que cobrizos, los bantúes. Así, los colonos holandeses encontraron los dos grupos a quienes iban a dirigir su racismo: los negros bantúes, y los "coloured". Yo también aprendí hace tiempo otro nombre para los bantúes, que utilizamos mucho en Colombia. Hoy, en Colombia, le decimos "cafre", no al bantú original, sino al colombiano maleducado. Pero, seguramente, cuando decimos "cafre", decimos tanto de la persona a quien así denominamos como de nosotros mismos: usar la palabra "cafre", en el sentido en el que la utilizamos, es una medida de nuestro racismo e ignorancia, un racismo inconsciente importado de Suráfrica, y una ignorancia que nos impide saber que "cafre" realmente significa "bantú" (o negro), y no otra cosa. Qué lástima que en Colombia decir "usted es mucho indio", o "mucho cafre", siga siendo un término despectivo.
Ciudad del Cabo fue conquistada por los británicos a principios del siglo XIX, cuando se convirtió en un lugar estratégico para controlar el imperio de la Inglaterra victoriana. La ciudad es, pues, una ciudad europea enclavada en suelo africano. Algunos dicen que es la única ciudad que vale la pena conocer de Sudáfrica. No me quiero imaginar qué quieren decir con eso. Ciertamente es una bella ciudad, con su arquitectura, su puerto, sus montañas, sus cabos y sus playas. Dicen que, en Sudáfrica, los blancos viven en ciudades, y que los negros viven en el campo. Ciertamente Cape Town es una ciudad de blancos atendida por negros. Todavía hay un barrio, District Six, donde solo quedan los pastizales de las casas de los negros que fueron arrasadas para expulsarlos de la ciudad.
La tradición portuaria de la ciudad es manifiesta. Es fácil imaginar a los barcos portugueses, holandeses o ingleses parando acá, en su ruta a la India, Java, Macao, Hong Kong o Australia. Imagino el alivio de los cansados navegantes cuando veían la Table Mountain. Sir Francis Drake (nuestro Francis Drake), dijo que el cabo de esta ciudad era "el mejor en todo el mundo". Al parecer, no quedó muy impresionado por Cartagena. El hotel en el que estoy alojado, construido sobre el viejo puerto de Ciudad del Cabo, guarda como decoración una vieja ancla del siglo XIX, que recuerda la naturaleza portuaria de esta ciudad.
Entre los colonos holandeses y los conquistadores ingleses había una diferencia profunda: los primeros sí eran esclavistas y los segundos no, pero, naturalmente, eso no quiere decir que los británicos no albergaran sentimientos de superioridad frente a los africanos. Todos sabemos que los ingleses victorianos fueron la cúspide de la civilización. La persecución de los ingleses a los holandeses africanos y el descubrimientos de las minas de oro y diamante más importantes del planeta indujeron a los afrikaners a desplazarse hacia el noreste, quienes, en el proceso, se enfrentaron con las tribus nativas, más notablemente los zulus; fundaron un conjunto de "estados libres"; y desarrollaron un síndrome de minoría perseguida, que luego sería muy importante para justificar el apartheid como una medida necesaria para garantizar la seguridad de la minoría blanca en África: el mismo argumento que hoy utilizan los israelíes para oprimir a los palestinos. Espero que los negros, en el futuro, no se vuelvan un pueblo opresor, como los judíos, que pasaron de sufrir el Holocausto a subyugar a los palestinos.
Los zulus fueron unos guerreros formidables, que opusieron grandes dificultades a la expansión anglo-afrikaner. Recuerdo que, cuando pequeño, coleccioné figuritas de guerreros de diversas culturas que venían en las cajas de Corn Flakes. Había, si recuerdo bien, samurais, mongoles, vikingos y zulus. El guerrero zulu, con su escudo y su lanza, me fascinó. Así fue como aprendí del gran jefe Chaka de los zulus. Luego, en la universidad, tuvo un compañero y amigo que se llamaba Andrés Zuluaga. A un Zuluaga, naturalmente, le dicen zulu en el colegio, y a Andrés le decían chaka zulu. No cabe duda: mi generación, de niña, sabía de los zulus.
Finalmente, los ingleses arrebataron el control de Sudáfrica a los colonos de origen holandés a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en la dos "guerras de los boers". Recuerdo que a mí me costó entender quiénes eran los boers. Yo imaginaba que eran otra tribu africana, como los zulus. Pero no. Eran africanos, pero blancos. El joven Winston Churchill participó en la segunda de esas guerras, y sus memorias sobre esos eventos estuvieron entre sus primeras obras literarias, que después le ganarían el premio Nobel de literatura.
Por esa misma época, un joven abogado indio también vivía en Sudáfrica. Fue allí donde tuvo una experiencia de vida transformadora: fue forzado a bajarse de un tren por ser una persona de color. En menos de medio siglo, ese mismo joven, ya convertido en un anciano inofensivo, arrebataría la joya más preciada de la corona imperial británica: en efecto, fue en Sudáfrica donde Mohandas Gandhi, el Mahatma, adquirió su consciencia india y no violenta, con la cual habría de lograr la independencia de India del Reino Unido en 1948.
Sudáfrica no se independizaría del Reino Unido sino hasta 1961. Pero en 1910 había nacido como país unificado dentro de la Mancomunidad Británica de Naciones: the Union of South Africa, cuyas lealtades al Reino Unido no siempre fueron firmes: algunos afrikaners estuvieron tentados a apoyar a Alemania en la Primera Guerra Mundial, y derivaron lecciones de los nazis en la Segunda.
En 1948 los afrikaners introdujeron el régimen que habría de traerle un oprobio profundo a Suráfrica: el apartheid. En 1964, después de levantamientos y masacres, un joven negro, Nelson Mandela, fue encarcelado por oponerse al apartheid. Iba a durar 27 años en prisión: fue liberado en 1991. De ellos, estuvo 18 en la prisión de Robben Island, una isla que queda muy cerca de Ciudad del Cabo. Yo sabía de antemano que podría hacer muy poco turismo en Sudáfrica, pero estaba determinado a que, si solo podía ver una cosa, ella sería la cárcel de Mandela. La celda de Mandela sigue como él la dejó, tan grande como el baño del cuarto del hotel donde me estoy quedando, pero sin las facilidades propias de un baño, y sin cama. Hoy exconvictos políticos sirven de guías en el tour por la prisión. A mi guía tuve ganas de preguntarle qué se siente. Qué se siente todo ello: preferir ser prisionero que humillado, los años de prisión, Sudáfrica libre, trabajar como hombre libre en el mismo lugar donde uno estuvo encarcelado. No fui capaz. Solo le pregunte si todos los prisioneros eran políticos. Me dijo que sí.
En la cárcel, Mandela tuvo una transformación impresionante. De revoltoso, pasó a ser una figura de una autoridad moral tan grande que su salida de prisión significó el colapso del sistema del apartheid. Con todas las razones para odiar a los blancos, propuso en cambio una Sudáfrica unida, una nación arco iris (a rainbow nation), como el mismo la llamó. Una nación con 11 lenguas oficiales, de las cuales solo dos son europeas, el afrikaans y el inglés, y todo el mundo habla inglés con un acento tan fuerte que mi inglés suena como el más impecable British English. Mandela trabajó en que Sudáfrica tuviera una de las constituciones más progresistas del planeta (con Colombia, se podría decir). A los tres años de haber salido de prisión, Sudáfrica tuvo las primeras elecciones libres de su historia, y Mandela, con 76 años, fue elegido presidente en las primeras elecciones en que pudo votar. Recuerde: las mujeres solo pudieron votar en Colombia a partir de 1957. Los negros, en Sudáfrica, solo a partir de 1994.
El genio de Mandela se cuenta con una anécdota. En 1995, el campeonato mundial de rugby tuvo lugar en Sudáfrica. Esto era un reconocimiento internacional al país por haber eliminado el apartheid. Antes, como una sanción a ese sistema, a los deportistas sudafricanos se les prohibía participar en competencias internacionales. En Inglaterra, el rugby es un deporte de clase alta, y el fútbol un deporte de la clase trabajadora. Alguna vez un inglés definió el fútbol como un deporte de caballeros jugado por villanos, y el rugby como un deporte de villanos jugado por caballeros. En ningún lugar ese dicho aplicaba mejor que en Sudáfrica. Allí, el rugby era un deporte de blancos. Solo un negro había sido incorporado como jugador al equipo. No había posibilidad de que los negros fueran al estadio a apoyar al equipo de blancos que representaba a su país. Mandela fue al estadio. Fue con la camiseta de los springboks (el springbok es una gacela cuyo nombre también se utiliza para designar a los jugadores sudafricanos de rugby). La multitud, en su mayoría blanca, rugió de emoción al ver a su presidente, el primer presidente negro en la historia de Sudáfrica, vestido con los colores de los springboks. El mensaje del presidente era claro: "desde hoy, los springboks no solo representan a los blancos de Sudáfrica, sino a toda Sudáfrica. Toda Sudáfrica, la blanca y la negra, está detrás de ustedes". Y los springboks respondieron a la confianza depositada ganando el campeonato del mundo. La historia es cierta, y está contada en una película de Clint Eastwood, Invictus, basada en un libro, Playing with the Enemy, de John Carling, un exjugador de rugby inglés. 16 años después, una confiada Sudáfrica fue capaz de organizar el campeonato mundial de fútbol, el deporte de los negros. No ganó, pero dejó su mensaje: "nos estamos convirtiendo en la única potencia económica de África: ya no pueden ignorarnos". Shakira cantó en Sudáfrica el waka waka, una canción africana tradicional, y hoy todos vamos a los estadios con vuvuzelas.
Yo fui testigo en Inglaterra de todo el proceso de liberación y llegada al poder de Mandela en Sudáfrica, y vi allá cómo la solidaridad internacional fue crucial para poder fin al régimen del apartheid. Una canción del grupo Simple Minds, Mandela Day, se convirtió en un himno para mí: recordaba que Mandela, en 1989, llevaba 25 años en prisión por oponerse a la discriminación. Vi las manifestaciones en las calles. Británicos apoyando a los negros sudafricanos. Entendí lo humillante que era para los sudafricanos blancos que su equipo de rugby no pudiera jugar con Inglaterra, porque, por el apartheid, los deportistas sudafricanos estaban excluidos de todas las competencias internacionales. Leí el libro de Mandela, Long Walk to Freedom.
En Inglaterra, la cuna de la civilización moderna, de la mano de estas influencias, aprendí qué significa realmente ser civilizado. Y aquí va lo que ahora entiendo. Todos los seres humanos tenemos una dignidad intrínseca, que debe ser respetada. Usted no puede negar la humanidad de ningún ser humano. Negársela, o aceptar un régimen que se la niegue, es un pecado que se comete, no contra él, sino contra uno mismo.
Estoy sentado en una conferencia sobre educación financiera rodeado de negros (y algunos blancos): negros bellos, negros buenos, negros tratando de afirmar su lugar en el mundo. Eso es todo lo que veré de África. Habrá tantas cosas que no veré en este viaje. No veré la vida natural, ni la pobreza ni la violencia de África. Solo veré los cielos africanos, e imaginaré el resto. Sudáfrica es el país más rico del continente. Él solo explica el 25% del PIB continental. Esto no es mucho mérito, pues África es el continente más pobre sobre la faz de la tierra. Además tiene una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo. Pero en este viaje solo vi dos pobres (es decir, vi muchos más, todos negros, pero solo interactué con dos de ellos). Sé que al sur hay focas y ballenas y pingüinos y tiburones blancos, y que al norte hay elefantes, leones, hipopótamos, pobreza, sida y un continente sin esperanza. Hace unos días fue asesinado Gaddafi, y uno se pregunta si eso abrirá un nuevo futuro para Libia, o si, por el contrario, como tantas veces sucede en África, lo que inicialmente parece una esperanza, como el proceso de descolonización de los años 1960, se vuelve una nueva decepción. No olvido que lo que pago por una noche de hotel acá es igual al salario anual de muchos africanos. Pero veo a mi alrededor a todas esas "caras lindas de mi gente negra", y entiendo que su lucha no es muy distinta de la mía.
Aquí estoy, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Aquí estoy, como diría la canción de Paul Simon, bajo cielos africanos. El cielo es azul y bello, con nubes como motas de algodón blanco. Así como Bogotá está tutelada por el cerro de Monserrate, Ciudad del Cabo está tutelada por la Table Mountain, una meseta con laderas talladas por el viento y, quizás, hace muchos años, por el mar. Los capetonianos dicen que es una de las montañas más viejas del mundo (260 millones de años. Los Andes -las montañas, no la universidad- tendrían 250 millones de años). También dicen que es una de las más bellas. A los colombianos nos gusta decir que tenemos la montaña costera más alta del mundo (la Sierra Nevada de Santa Marta, que es ciertamente espectacular), pero los 1.000 metros sobre el nivel del mar de la Table Mountain no dejan de impresionar. Yo, naturalmente, llegué a su cúspide, aunque el mérito de tal hazaña está un poco disminuido por el hecho de que hay un teleférico que ahorra buena parte de las dificultades. Mi mayor mérito fue no haber añadido mi nombre a la lista de personas que han muerto en la montaña, seguramente por no haber seguido las obvias recomendaciones de seguridad que uno encuentra por todas las rutas. Yo tampoco las seguí, pero viví para contarlo. La diferencia entre Bogotá y Ciudad del Cabo es que, mientras el cielo en Bogotá es frecuentemente gris, aquí, en Ciudad del Cabo, es azul, abierto e infinito. Solo en la cumbre de Table Mountain el cielo es encapotado.
Es imposible venir a Sudáfrica y no pensar en los orígenes de la humanidad. África en general, y Sudáfrica en particular, son una rica fuente de fósiles de homínidos. Fue aquí, en 1924 o 1925, donde encontraron el primer Australopithecus (el "mono del sur"), el niño de Taung. El ser humano moderno también proviene de África, y no puedo evitar sentir una profunda emoción al volver al sitio de donde surgimos, hace unos 150 mil o 200 mil años. Imagino el larguísimo viaje que los seres humanos siguieron desde África hasta América, vía el congelado estrecho de Behring, que comenzó hace unos 50.000 años y terminó hace unos 20.000. Mis ancestros directos, aquellos por los cuales llevo mis apellidos, debieron haber cruzaron el Atlántico hace menos de 500 años. Supongo que mis casi 24 horas de viaje para llegar a Ciudad del Cabo son una molestia menor, comparada con el tiempo que les tomó a mis antepasados llegar a Colombia. De hecho, mi padre fue el primer Castellanos en llegar a Bogotá. Con esto no quiero decir que sea el único Castellanos en esa ciudad, sino que yo mismo soy un inmigrante tanto en Bogotá como en Ciudad del Cabo. Solo 10.000 generaciones me separan de los primeros humanos, mil generaciones de los primeros americanos y máximo 20 o 25 generaciones de los primeros americanos con mis apellidos. Todos estamos de paso en este planeta.
Ciudad del Cabo se llama así porque está vinculada con un cabo que su descubridor, el portugués Bartolomé Díaz, denominó el Cabo de las Tormentas. Nombre premonitorio, porque una tormenta en ese lugar le costó la vida. La importancia de ese cabo es que señala el fin del viaje hacia el sur cuando se viaja por la costa occidental de África. Por eso el rey portugués decidió rebautizarlo, y llamarlo Cabo de Buena Esperanza, porque con ese lugar los portugueses de finales del siglo XV, como Vasco de Gama, siguiendo el sueño del rey Enrique el Navegante, probaron que el viaje al oriente por mar era posible, con lo cual se rompía el monopolio de la República de Venecia en el comercio con el oriente. En el cabo, pues, se juntan dos océanos: el Atlántico y el Índico. Como la ruta hacia el oriente por el sur estaba tomada por los portugueses, a los españoles, con Colón, no les quedó más remedio que viajar hacia el oeste con la esperanza de toparse con el oriente. No lo encontraron: a cambio, nos hallaron a nosotros. Pero no fueron los portugueses los que se establecieron en lo que hoy es la Ciudad del Cabo. Ellos tuvieron que contentarse con controlar Angola y Mozambique.
Fueron los holandeses quienes, en el siglo XVII, establecieron una base de abastecimiento para sus flotas de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en Ciudad del Cabo. Los colonos holandeses prosperaron en la región, sin mezclarse con la población indígena, pero sí usándola como fuerza de trabajo. Surgieron así unos africanos blancos (afrikaners) que aún hoy hablan un dialecto del holandés, el afrikaans, junto con una buena proporción de gente de color que aprendió (y le aportó a) esa lengua.
Los nativos que los holandeses encontraron fueron, esencialmente, dos grupos humanos cuyos nombres recuerdo desde pequeño, porque su sonoridad me encanta: los hotentotes y los bosquimanos, hottentots y bushmen (hombres de los arbustos). Se supone que estos hombres, que más que negros son cobrizos, llevan unos estilos de vida muy primitivos, porque no practican la agricultura: los bosquimanos son un pueblo de cazadores-recolectores, como se supone que fueron los primeros seres humanos, y los hotentotes un pueblo de pastores. Aquí en Suráfrica he aprendido que los bosquimanos se llaman San y los hotentotes Khoe, o Khoi, o Khoikhoi, y que los dos pueblos juntos se llaman Khoisan. También he aprendido que no es que el estilo de vida de los Khoisan sea primitivo, sino que es perfectamente adaptado a las condiciones ecológicas de las tierras donde viven. Quién sabe si todavía quedan Khoisan por ahí, con sus estilos de vida tradicionales. No lo creo.
Cuando los holandeses, que eran granjeros, se expandieron, convirtiéndose en "granjeros en carretas" (trekboers), se encontraron con pueblos más negros que cobrizos, los bantúes. Así, los colonos holandeses encontraron los dos grupos a quienes iban a dirigir su racismo: los negros bantúes, y los "coloured". Yo también aprendí hace tiempo otro nombre para los bantúes, que utilizamos mucho en Colombia. Hoy, en Colombia, le decimos "cafre", no al bantú original, sino al colombiano maleducado. Pero, seguramente, cuando decimos "cafre", decimos tanto de la persona a quien así denominamos como de nosotros mismos: usar la palabra "cafre", en el sentido en el que la utilizamos, es una medida de nuestro racismo e ignorancia, un racismo inconsciente importado de Suráfrica, y una ignorancia que nos impide saber que "cafre" realmente significa "bantú" (o negro), y no otra cosa. Qué lástima que en Colombia decir "usted es mucho indio", o "mucho cafre", siga siendo un término despectivo.
Ciudad del Cabo fue conquistada por los británicos a principios del siglo XIX, cuando se convirtió en un lugar estratégico para controlar el imperio de la Inglaterra victoriana. La ciudad es, pues, una ciudad europea enclavada en suelo africano. Algunos dicen que es la única ciudad que vale la pena conocer de Sudáfrica. No me quiero imaginar qué quieren decir con eso. Ciertamente es una bella ciudad, con su arquitectura, su puerto, sus montañas, sus cabos y sus playas. Dicen que, en Sudáfrica, los blancos viven en ciudades, y que los negros viven en el campo. Ciertamente Cape Town es una ciudad de blancos atendida por negros. Todavía hay un barrio, District Six, donde solo quedan los pastizales de las casas de los negros que fueron arrasadas para expulsarlos de la ciudad.
La tradición portuaria de la ciudad es manifiesta. Es fácil imaginar a los barcos portugueses, holandeses o ingleses parando acá, en su ruta a la India, Java, Macao, Hong Kong o Australia. Imagino el alivio de los cansados navegantes cuando veían la Table Mountain. Sir Francis Drake (nuestro Francis Drake), dijo que el cabo de esta ciudad era "el mejor en todo el mundo". Al parecer, no quedó muy impresionado por Cartagena. El hotel en el que estoy alojado, construido sobre el viejo puerto de Ciudad del Cabo, guarda como decoración una vieja ancla del siglo XIX, que recuerda la naturaleza portuaria de esta ciudad.
Entre los colonos holandeses y los conquistadores ingleses había una diferencia profunda: los primeros sí eran esclavistas y los segundos no, pero, naturalmente, eso no quiere decir que los británicos no albergaran sentimientos de superioridad frente a los africanos. Todos sabemos que los ingleses victorianos fueron la cúspide de la civilización. La persecución de los ingleses a los holandeses africanos y el descubrimientos de las minas de oro y diamante más importantes del planeta indujeron a los afrikaners a desplazarse hacia el noreste, quienes, en el proceso, se enfrentaron con las tribus nativas, más notablemente los zulus; fundaron un conjunto de "estados libres"; y desarrollaron un síndrome de minoría perseguida, que luego sería muy importante para justificar el apartheid como una medida necesaria para garantizar la seguridad de la minoría blanca en África: el mismo argumento que hoy utilizan los israelíes para oprimir a los palestinos. Espero que los negros, en el futuro, no se vuelvan un pueblo opresor, como los judíos, que pasaron de sufrir el Holocausto a subyugar a los palestinos.
Los zulus fueron unos guerreros formidables, que opusieron grandes dificultades a la expansión anglo-afrikaner. Recuerdo que, cuando pequeño, coleccioné figuritas de guerreros de diversas culturas que venían en las cajas de Corn Flakes. Había, si recuerdo bien, samurais, mongoles, vikingos y zulus. El guerrero zulu, con su escudo y su lanza, me fascinó. Así fue como aprendí del gran jefe Chaka de los zulus. Luego, en la universidad, tuvo un compañero y amigo que se llamaba Andrés Zuluaga. A un Zuluaga, naturalmente, le dicen zulu en el colegio, y a Andrés le decían chaka zulu. No cabe duda: mi generación, de niña, sabía de los zulus.
Finalmente, los ingleses arrebataron el control de Sudáfrica a los colonos de origen holandés a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en la dos "guerras de los boers". Recuerdo que a mí me costó entender quiénes eran los boers. Yo imaginaba que eran otra tribu africana, como los zulus. Pero no. Eran africanos, pero blancos. El joven Winston Churchill participó en la segunda de esas guerras, y sus memorias sobre esos eventos estuvieron entre sus primeras obras literarias, que después le ganarían el premio Nobel de literatura.
Por esa misma época, un joven abogado indio también vivía en Sudáfrica. Fue allí donde tuvo una experiencia de vida transformadora: fue forzado a bajarse de un tren por ser una persona de color. En menos de medio siglo, ese mismo joven, ya convertido en un anciano inofensivo, arrebataría la joya más preciada de la corona imperial británica: en efecto, fue en Sudáfrica donde Mohandas Gandhi, el Mahatma, adquirió su consciencia india y no violenta, con la cual habría de lograr la independencia de India del Reino Unido en 1948.
Sudáfrica no se independizaría del Reino Unido sino hasta 1961. Pero en 1910 había nacido como país unificado dentro de la Mancomunidad Británica de Naciones: the Union of South Africa, cuyas lealtades al Reino Unido no siempre fueron firmes: algunos afrikaners estuvieron tentados a apoyar a Alemania en la Primera Guerra Mundial, y derivaron lecciones de los nazis en la Segunda.
En 1948 los afrikaners introdujeron el régimen que habría de traerle un oprobio profundo a Suráfrica: el apartheid. En 1964, después de levantamientos y masacres, un joven negro, Nelson Mandela, fue encarcelado por oponerse al apartheid. Iba a durar 27 años en prisión: fue liberado en 1991. De ellos, estuvo 18 en la prisión de Robben Island, una isla que queda muy cerca de Ciudad del Cabo. Yo sabía de antemano que podría hacer muy poco turismo en Sudáfrica, pero estaba determinado a que, si solo podía ver una cosa, ella sería la cárcel de Mandela. La celda de Mandela sigue como él la dejó, tan grande como el baño del cuarto del hotel donde me estoy quedando, pero sin las facilidades propias de un baño, y sin cama. Hoy exconvictos políticos sirven de guías en el tour por la prisión. A mi guía tuve ganas de preguntarle qué se siente. Qué se siente todo ello: preferir ser prisionero que humillado, los años de prisión, Sudáfrica libre, trabajar como hombre libre en el mismo lugar donde uno estuvo encarcelado. No fui capaz. Solo le pregunte si todos los prisioneros eran políticos. Me dijo que sí.
En la cárcel, Mandela tuvo una transformación impresionante. De revoltoso, pasó a ser una figura de una autoridad moral tan grande que su salida de prisión significó el colapso del sistema del apartheid. Con todas las razones para odiar a los blancos, propuso en cambio una Sudáfrica unida, una nación arco iris (a rainbow nation), como el mismo la llamó. Una nación con 11 lenguas oficiales, de las cuales solo dos son europeas, el afrikaans y el inglés, y todo el mundo habla inglés con un acento tan fuerte que mi inglés suena como el más impecable British English. Mandela trabajó en que Sudáfrica tuviera una de las constituciones más progresistas del planeta (con Colombia, se podría decir). A los tres años de haber salido de prisión, Sudáfrica tuvo las primeras elecciones libres de su historia, y Mandela, con 76 años, fue elegido presidente en las primeras elecciones en que pudo votar. Recuerde: las mujeres solo pudieron votar en Colombia a partir de 1957. Los negros, en Sudáfrica, solo a partir de 1994.
El genio de Mandela se cuenta con una anécdota. En 1995, el campeonato mundial de rugby tuvo lugar en Sudáfrica. Esto era un reconocimiento internacional al país por haber eliminado el apartheid. Antes, como una sanción a ese sistema, a los deportistas sudafricanos se les prohibía participar en competencias internacionales. En Inglaterra, el rugby es un deporte de clase alta, y el fútbol un deporte de la clase trabajadora. Alguna vez un inglés definió el fútbol como un deporte de caballeros jugado por villanos, y el rugby como un deporte de villanos jugado por caballeros. En ningún lugar ese dicho aplicaba mejor que en Sudáfrica. Allí, el rugby era un deporte de blancos. Solo un negro había sido incorporado como jugador al equipo. No había posibilidad de que los negros fueran al estadio a apoyar al equipo de blancos que representaba a su país. Mandela fue al estadio. Fue con la camiseta de los springboks (el springbok es una gacela cuyo nombre también se utiliza para designar a los jugadores sudafricanos de rugby). La multitud, en su mayoría blanca, rugió de emoción al ver a su presidente, el primer presidente negro en la historia de Sudáfrica, vestido con los colores de los springboks. El mensaje del presidente era claro: "desde hoy, los springboks no solo representan a los blancos de Sudáfrica, sino a toda Sudáfrica. Toda Sudáfrica, la blanca y la negra, está detrás de ustedes". Y los springboks respondieron a la confianza depositada ganando el campeonato del mundo. La historia es cierta, y está contada en una película de Clint Eastwood, Invictus, basada en un libro, Playing with the Enemy, de John Carling, un exjugador de rugby inglés. 16 años después, una confiada Sudáfrica fue capaz de organizar el campeonato mundial de fútbol, el deporte de los negros. No ganó, pero dejó su mensaje: "nos estamos convirtiendo en la única potencia económica de África: ya no pueden ignorarnos". Shakira cantó en Sudáfrica el waka waka, una canción africana tradicional, y hoy todos vamos a los estadios con vuvuzelas.
Yo fui testigo en Inglaterra de todo el proceso de liberación y llegada al poder de Mandela en Sudáfrica, y vi allá cómo la solidaridad internacional fue crucial para poder fin al régimen del apartheid. Una canción del grupo Simple Minds, Mandela Day, se convirtió en un himno para mí: recordaba que Mandela, en 1989, llevaba 25 años en prisión por oponerse a la discriminación. Vi las manifestaciones en las calles. Británicos apoyando a los negros sudafricanos. Entendí lo humillante que era para los sudafricanos blancos que su equipo de rugby no pudiera jugar con Inglaterra, porque, por el apartheid, los deportistas sudafricanos estaban excluidos de todas las competencias internacionales. Leí el libro de Mandela, Long Walk to Freedom.
En Inglaterra, la cuna de la civilización moderna, de la mano de estas influencias, aprendí qué significa realmente ser civilizado. Y aquí va lo que ahora entiendo. Todos los seres humanos tenemos una dignidad intrínseca, que debe ser respetada. Usted no puede negar la humanidad de ningún ser humano. Negársela, o aceptar un régimen que se la niegue, es un pecado que se comete, no contra él, sino contra uno mismo.
Estoy sentado en una conferencia sobre educación financiera rodeado de negros (y algunos blancos): negros bellos, negros buenos, negros tratando de afirmar su lugar en el mundo. Eso es todo lo que veré de África. Habrá tantas cosas que no veré en este viaje. No veré la vida natural, ni la pobreza ni la violencia de África. Solo veré los cielos africanos, e imaginaré el resto. Sudáfrica es el país más rico del continente. Él solo explica el 25% del PIB continental. Esto no es mucho mérito, pues África es el continente más pobre sobre la faz de la tierra. Además tiene una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo. Pero en este viaje solo vi dos pobres (es decir, vi muchos más, todos negros, pero solo interactué con dos de ellos). Sé que al sur hay focas y ballenas y pingüinos y tiburones blancos, y que al norte hay elefantes, leones, hipopótamos, pobreza, sida y un continente sin esperanza. Hace unos días fue asesinado Gaddafi, y uno se pregunta si eso abrirá un nuevo futuro para Libia, o si, por el contrario, como tantas veces sucede en África, lo que inicialmente parece una esperanza, como el proceso de descolonización de los años 1960, se vuelve una nueva decepción. No olvido que lo que pago por una noche de hotel acá es igual al salario anual de muchos africanos. Pero veo a mi alrededor a todas esas "caras lindas de mi gente negra", y entiendo que su lucha no es muy distinta de la mía.
Saturday, October 8, 2011
11-10-08: Sobre La búsqueda de Leonor Esguerra
En días recientes se le ha dado bastante difusión a un libro, escrito por Inés Claux Carriquiry, titulado La búsqueda y publicado de manera independiente, que cuenta la vida de Leonor Esguerra Rojas (ver la entrevista de María Jimena Duzán en la revista Semana del pasado 3 de octubre, o el artículo de Marianne Ponsford en la revista Arcadia no. 72 del pasado 19 de septiembre).
Leonor es una mujer colombiana de "buena familia" (su abuelo fue quien firmó el famoso tratado Esguerra-Bárcenas, que definió nuestra frontera con Nicaragua y nuestra soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia), nacida en 1930, que se metió a monja a los 17 años; fue educadora que logró conmocionar las estructuras establecidas en los colegios femeninos de clase alta Marymount; luego se metió a guerrillera; fue amante del jefe guerrillero Fabio Vásquez y condenada a muerte por él mismo, condena de la que se salvó por un pelo; y fue colaboradora de la revolución sandinista en Nicaragua, antes de asentarse en una vejez tranquila, sonriente y feminista.
Su vida es, pues, por lo menos tan interesante como la de otros religiosos que terminaron (y murieron) en la guerrilla, como Camilo Torres, Manuel Pérez o Domingo Laín. Al parecer, éste último fue crucial para que Leonor entrara al ELN.
Sin embargo, la vida de Leonor es relativamente desconocida en la sociedad colombiana, y La búsqueda quiere corregir esa situación. Llama la atención que ninguna editorial establecida haya querido publicar el volumen. El título es adecuado: la vida de Leonor ha sido una búsqueda de compromiso con altos principios y valores, y con nociones de fraternidad y solidaridad. Sin embargo, el libro también aporta indicios de dos cosas: (1) que la vida de Leonor de alguna manera merece la oscuridad en que se la tiene en la historia reciente de Colombia, y (2) que la búsqueda de Leonor nunca tuvo más posibilidades de éxito que cuando entró a la tercera edad y abandonó sus veleidades religiosas y políticas.
A Leonor hay que abonarle el compromiso: pocos tienen el valor de adoptar a plenitud la vida religiosa o guerrillera. Sin embargo, no hay que buscar en ella profundidad. Todo lo contrario: su vida lo que parece probar es que la complejidad colombiana no puede ser entendida con esquemas de análisis más bien simplistas e ingenuos.
Al final de su vida, uno puede preguntarle a Leonor: ¿y qué lograste? Y ella podrá podrá decir que vivió una vida intensamente vivida, y que experimentó momentos conmovedores de solidaridad y camaradería. Sin lugar a dudas, tuvo una vida excitante. Sin embargo, tampoco cabe duda de que le apostó al caballo equivocado. La pregunta fundamental es: ¿cómo es que una persona entrenada en altos estándares éticos, como un religioso, acepta la vía de las armas como un mecanismo legítimo de búsqueda de la justicia social? ¿Cómo una persona de Dios se vuelve contra uno de los primeros mandamientos, que es no matar? (quizás Leonor no mató a nadie, pero sí aceptó formar parte de una organización que incluía el crimen como uno de sus procedimientos aceptados).
Naturalmente, el compromiso con la justicia social es admirable. Si algo debe recordarnos la vida de Leonor es eso. Pero la pregunta es cómo buscamos la justicia social. Si algo nos han enseñado los últimos 50 años es que la vía de las armas para buscar la justicia social es ilegítima. La injusticia social no legitima la barbarie. Quizás así no se percibía en los años 60 y 70 del siglo pasado, pero hoy queda clarísimo que uno no puede tener altos fines con bajos medios. Si algo prueba la vida de Leonor es que la búsqueda de altos fines con bajos medios está condenada al fracaso.
Por eso la vida de Leonor se vive como una decepción. No queda claro que ella hoy defienda sus anteriores opciones de vida, pero sí parece evidente que ella cree que sus escogencias se excusan, en su momento, por la fuerza de la convicción. Ella estaba convencida de lo que hacía. Pero no basta tener fe ciega en lo que se cree; también se tiene que ser muy cuidadoso con lo que se cree. La vida de Leonor se lee como una lección de compromiso con lo que se cree, pero no como una lección de sano escepticismo frente a lo que se cree. Una fe ciega no parece ser el camino del progreso social.
Leonor es una mujer colombiana de "buena familia" (su abuelo fue quien firmó el famoso tratado Esguerra-Bárcenas, que definió nuestra frontera con Nicaragua y nuestra soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia), nacida en 1930, que se metió a monja a los 17 años; fue educadora que logró conmocionar las estructuras establecidas en los colegios femeninos de clase alta Marymount; luego se metió a guerrillera; fue amante del jefe guerrillero Fabio Vásquez y condenada a muerte por él mismo, condena de la que se salvó por un pelo; y fue colaboradora de la revolución sandinista en Nicaragua, antes de asentarse en una vejez tranquila, sonriente y feminista.
Su vida es, pues, por lo menos tan interesante como la de otros religiosos que terminaron (y murieron) en la guerrilla, como Camilo Torres, Manuel Pérez o Domingo Laín. Al parecer, éste último fue crucial para que Leonor entrara al ELN.
Sin embargo, la vida de Leonor es relativamente desconocida en la sociedad colombiana, y La búsqueda quiere corregir esa situación. Llama la atención que ninguna editorial establecida haya querido publicar el volumen. El título es adecuado: la vida de Leonor ha sido una búsqueda de compromiso con altos principios y valores, y con nociones de fraternidad y solidaridad. Sin embargo, el libro también aporta indicios de dos cosas: (1) que la vida de Leonor de alguna manera merece la oscuridad en que se la tiene en la historia reciente de Colombia, y (2) que la búsqueda de Leonor nunca tuvo más posibilidades de éxito que cuando entró a la tercera edad y abandonó sus veleidades religiosas y políticas.
A Leonor hay que abonarle el compromiso: pocos tienen el valor de adoptar a plenitud la vida religiosa o guerrillera. Sin embargo, no hay que buscar en ella profundidad. Todo lo contrario: su vida lo que parece probar es que la complejidad colombiana no puede ser entendida con esquemas de análisis más bien simplistas e ingenuos.
Al final de su vida, uno puede preguntarle a Leonor: ¿y qué lograste? Y ella podrá podrá decir que vivió una vida intensamente vivida, y que experimentó momentos conmovedores de solidaridad y camaradería. Sin lugar a dudas, tuvo una vida excitante. Sin embargo, tampoco cabe duda de que le apostó al caballo equivocado. La pregunta fundamental es: ¿cómo es que una persona entrenada en altos estándares éticos, como un religioso, acepta la vía de las armas como un mecanismo legítimo de búsqueda de la justicia social? ¿Cómo una persona de Dios se vuelve contra uno de los primeros mandamientos, que es no matar? (quizás Leonor no mató a nadie, pero sí aceptó formar parte de una organización que incluía el crimen como uno de sus procedimientos aceptados).
Naturalmente, el compromiso con la justicia social es admirable. Si algo debe recordarnos la vida de Leonor es eso. Pero la pregunta es cómo buscamos la justicia social. Si algo nos han enseñado los últimos 50 años es que la vía de las armas para buscar la justicia social es ilegítima. La injusticia social no legitima la barbarie. Quizás así no se percibía en los años 60 y 70 del siglo pasado, pero hoy queda clarísimo que uno no puede tener altos fines con bajos medios. Si algo prueba la vida de Leonor es que la búsqueda de altos fines con bajos medios está condenada al fracaso.
Por eso la vida de Leonor se vive como una decepción. No queda claro que ella hoy defienda sus anteriores opciones de vida, pero sí parece evidente que ella cree que sus escogencias se excusan, en su momento, por la fuerza de la convicción. Ella estaba convencida de lo que hacía. Pero no basta tener fe ciega en lo que se cree; también se tiene que ser muy cuidadoso con lo que se cree. La vida de Leonor se lee como una lección de compromiso con lo que se cree, pero no como una lección de sano escepticismo frente a lo que se cree. Una fe ciega no parece ser el camino del progreso social.
Saturday, July 23, 2011
11-07-23: El debate entre Araújo y Valencia
El pasado 14 de julio, Sergio Araújo publico una columna en el medio virtual Kien&ke (ver http://www.kienyke.com/2011/07/14/el-atajo-del-leon/), atacando a León Valencia. La W, en cabeza de Julio Sánchez, se hizo eco del debate planteado, y confrontó a los dos protagonistas (oír http://www.wradio.com.co/oir.aspx?id=1506913). Fue casi media hora de un debate que describe a las claras la tragedia y la esperanza de este país.
Lo primero es la tragedia. No sé si son, pero Araújo y Valencia sí representan un par de posiciones políticas muy encontradas en el país. Tan encontradas que en buena parte explican la ola de violencia que ha cubierto al país en las últimas décadas. La tragedia colombiana es que la confrontación entre izquierda y derecha es tan grande que ha terminado resolviéndose por la vía violenta.
En otros países hay una confrontación muy grande entre izquierda y derecha. En Estados Unidos, por ejemplo, la derecha es radical, y la izquierda no es una izquierda marxista, ni mucho menos. Pero el desencuentro político es tan grande que es capaz de paralizar al país. Mucho va de Bush a Obama, y en esa distancia quedan enterrados todo tipo de acuerdos, como por ejemplo el que permitiría dar salida a la crisis fiscal de Estados Unidos, o el que permitiría que hubiera un TLC entre ese país y Colombia.
La diferencia con Colombia es que en Estados Unidos no se matan entre sí. En Estados Unidos hay un debate ideológico, mientras que aquí hay un conflicto armado. El debate de las ideas en Colombia es muy sucio. En general, aquí no se debaten ideas, sino que se cuestionan individuos. De otra parte, la representación política de las ideas es deficiente. Uribe puede ser visto en Colombia como el principal promotor de las ideas de derecha en las últimas décadas, pero él provenía del Partido Liberal. Nuestro debate político no tiene altura intelectual, y por eso rápidamente conduce a la violencia.
Por eso oír hablando a Araújo y a Valencia tiene mucho de significativo. Fue un debate franco, pero con altura. Me gustó mucho oírlos hablar así. "A calzón quitao", como se dice, pero sin bajezas.
El punto de Araújo es que Valencia, con su pasado como guerrillero, no puede erigirse como estandarte moral de esta sociedad. Valencia admite que una persona que jamás ha delinquido tiene más pergaminos morales que una que sí, pero que él ha dejado su vida de guerrillero atrás e hizo un proceso de reincorporación a la vida civil y política aceptado por el Estado, con lo cual su voz no puede ser totalmente acallada. Valencia dice que él ha sido abierto sobre su pasado y le pide a Araújo que lo sea. Que la verdad es una parte fundamental de los procesos de reconciliación. Araújo responde que él nunca ha perdido su autoridad moral, que los crímenes de familia no existen, y que ni él ni su padre han sido condenados por la justicia.
Ambos tienen puntos. Está el punto del derecho a la presunción de la inocencia en una sociedad civilizada, y está el punto de la reincorporación plena a la vida civil. Al respecto, ¿tiene derecho un exguerrillero a volver a la vida civil? Yo no tengo el odio de que un guerrillero o un paramilitar hayan matado un miembro cercano de mi familia. Quizás soy demasiado urbano y no entiendo por lo que la gente de provincia ha tenido que pasar. Pero creo que la posibilidad de paz pasa por el hecho de que tanto exguerrilleros como exparamilitares genuinamente arrepentidos puedan reincorporarse a la vida civil y política. En un cierto sentido, eso me parece admirable. Me parece que personas como Gustavo Petro o León Valencia son muy importantes para nuestra sociedad. Hay gente que no puede perdonarlos. Sergio Araújo no puede perdonar a León Valencia. Yo creo que está en su derecho. Las acciones tienen consecuencias. Pero creo que esta sociedad no tendrá futuro si los antiguos adversarios no encuentran un terreno donde puedan discrepar sin asesinarse.
Uno no puede olvidar el punto fundamental de que la presencia de grupos guerrilleros y paramilitares es inadmisible. La violencia no es admisible. No es admisible el asesinato, el secuestro, la extorsión. Pero es necesario que los exasesinos, exsecuestradores y exextorsionistas puedan encontrar un terreno común de debate civilizado. Quizás, si abriéramos más esos espacios de debate, la violencia se volvería innecesaria.
Yo no sé si León Valencia asesinó. Pero sí hizo parte de una organización que asesinaba. Sergio Araújo dice que nunca ha asesinado, y hay que creerle. La pregunta es quién contribuye hoy más a la paz. Antes de este episodio, yo nunca había leído a Sergio Araújo. Se ve que es un tipo controversial. En sus últimas columnas en Kien&ke, casa pleitos, no solo con Valencia, sino también con José Félix Lafaurie y con Salud Hernández. Se ve que va más por las personas que por las ideas. El lenguaje de sus columnas no contribuye a la paz.
Es muy importante el clima que uno ayuda a crear. Arias dice que él no tuvo nada qué ver con los desafueros en el programa AIS. Pero el clima lo creó él. Uribe puede decir que él no tuvo nada que ver con los falsos positivos y las chuzadas. Pero el clima lo creó él. Con esto no quiero sonar de izquierda. Me parece que Uribe hizo una cosa muy importante para este país, que fue decirle a la guerrilla que no pasará. Pero unas cosas vienen acompañadas de otras, y el país tiene que encontrar su balance.
Sonará ridículo en mi boca, pero, en el actual clima de cosas, es muy importante recordar la oración de San Francisco: "Señor, hazme un instrumento de tu paz". Hoy me parece que León Valencia es inofensivo, y le doy la bienvenida a los desarrollos sociales que han permitido que él se incorpore a la sociedad. Sergio Araújo seguramente tiene una verdad que merece ser contada y oída. Son los discursos que han manejado personajes como ellos los que nos han llevado a la guerra. Somos todos los que tenemos que poner los discursos que nos lleven a la paz.
Lo primero es la tragedia. No sé si son, pero Araújo y Valencia sí representan un par de posiciones políticas muy encontradas en el país. Tan encontradas que en buena parte explican la ola de violencia que ha cubierto al país en las últimas décadas. La tragedia colombiana es que la confrontación entre izquierda y derecha es tan grande que ha terminado resolviéndose por la vía violenta.
En otros países hay una confrontación muy grande entre izquierda y derecha. En Estados Unidos, por ejemplo, la derecha es radical, y la izquierda no es una izquierda marxista, ni mucho menos. Pero el desencuentro político es tan grande que es capaz de paralizar al país. Mucho va de Bush a Obama, y en esa distancia quedan enterrados todo tipo de acuerdos, como por ejemplo el que permitiría dar salida a la crisis fiscal de Estados Unidos, o el que permitiría que hubiera un TLC entre ese país y Colombia.
La diferencia con Colombia es que en Estados Unidos no se matan entre sí. En Estados Unidos hay un debate ideológico, mientras que aquí hay un conflicto armado. El debate de las ideas en Colombia es muy sucio. En general, aquí no se debaten ideas, sino que se cuestionan individuos. De otra parte, la representación política de las ideas es deficiente. Uribe puede ser visto en Colombia como el principal promotor de las ideas de derecha en las últimas décadas, pero él provenía del Partido Liberal. Nuestro debate político no tiene altura intelectual, y por eso rápidamente conduce a la violencia.
Por eso oír hablando a Araújo y a Valencia tiene mucho de significativo. Fue un debate franco, pero con altura. Me gustó mucho oírlos hablar así. "A calzón quitao", como se dice, pero sin bajezas.
El punto de Araújo es que Valencia, con su pasado como guerrillero, no puede erigirse como estandarte moral de esta sociedad. Valencia admite que una persona que jamás ha delinquido tiene más pergaminos morales que una que sí, pero que él ha dejado su vida de guerrillero atrás e hizo un proceso de reincorporación a la vida civil y política aceptado por el Estado, con lo cual su voz no puede ser totalmente acallada. Valencia dice que él ha sido abierto sobre su pasado y le pide a Araújo que lo sea. Que la verdad es una parte fundamental de los procesos de reconciliación. Araújo responde que él nunca ha perdido su autoridad moral, que los crímenes de familia no existen, y que ni él ni su padre han sido condenados por la justicia.
Ambos tienen puntos. Está el punto del derecho a la presunción de la inocencia en una sociedad civilizada, y está el punto de la reincorporación plena a la vida civil. Al respecto, ¿tiene derecho un exguerrillero a volver a la vida civil? Yo no tengo el odio de que un guerrillero o un paramilitar hayan matado un miembro cercano de mi familia. Quizás soy demasiado urbano y no entiendo por lo que la gente de provincia ha tenido que pasar. Pero creo que la posibilidad de paz pasa por el hecho de que tanto exguerrilleros como exparamilitares genuinamente arrepentidos puedan reincorporarse a la vida civil y política. En un cierto sentido, eso me parece admirable. Me parece que personas como Gustavo Petro o León Valencia son muy importantes para nuestra sociedad. Hay gente que no puede perdonarlos. Sergio Araújo no puede perdonar a León Valencia. Yo creo que está en su derecho. Las acciones tienen consecuencias. Pero creo que esta sociedad no tendrá futuro si los antiguos adversarios no encuentran un terreno donde puedan discrepar sin asesinarse.
Uno no puede olvidar el punto fundamental de que la presencia de grupos guerrilleros y paramilitares es inadmisible. La violencia no es admisible. No es admisible el asesinato, el secuestro, la extorsión. Pero es necesario que los exasesinos, exsecuestradores y exextorsionistas puedan encontrar un terreno común de debate civilizado. Quizás, si abriéramos más esos espacios de debate, la violencia se volvería innecesaria.
Yo no sé si León Valencia asesinó. Pero sí hizo parte de una organización que asesinaba. Sergio Araújo dice que nunca ha asesinado, y hay que creerle. La pregunta es quién contribuye hoy más a la paz. Antes de este episodio, yo nunca había leído a Sergio Araújo. Se ve que es un tipo controversial. En sus últimas columnas en Kien&ke, casa pleitos, no solo con Valencia, sino también con José Félix Lafaurie y con Salud Hernández. Se ve que va más por las personas que por las ideas. El lenguaje de sus columnas no contribuye a la paz.
Es muy importante el clima que uno ayuda a crear. Arias dice que él no tuvo nada qué ver con los desafueros en el programa AIS. Pero el clima lo creó él. Uribe puede decir que él no tuvo nada que ver con los falsos positivos y las chuzadas. Pero el clima lo creó él. Con esto no quiero sonar de izquierda. Me parece que Uribe hizo una cosa muy importante para este país, que fue decirle a la guerrilla que no pasará. Pero unas cosas vienen acompañadas de otras, y el país tiene que encontrar su balance.
Sonará ridículo en mi boca, pero, en el actual clima de cosas, es muy importante recordar la oración de San Francisco: "Señor, hazme un instrumento de tu paz". Hoy me parece que León Valencia es inofensivo, y le doy la bienvenida a los desarrollos sociales que han permitido que él se incorpore a la sociedad. Sergio Araújo seguramente tiene una verdad que merece ser contada y oída. Son los discursos que han manejado personajes como ellos los que nos han llevado a la guerra. Somos todos los que tenemos que poner los discursos que nos lleven a la paz.
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