Thursday, September 8, 2016

El Jesús histórico

Hace muchos años, me interesé por el tema del Jesús histórico. Mi interés se despertó por un libro que hablaba del hermano de Jesús. Yo nunca había oído hablar de que Jesús tuviera hermanos (¿no era su madre virgen?). Y, sin embargo, ese libro afirmaba que Jesús había tenido hermanos, y que la fuente de esa información era la Biblia. Leí la Biblia de mi casa, que estaba en español, y ahí decía que Jesús tenía "primos hermanos", no hermanos. ¿Sería solo un problema de traducción? ¿Qué diría la "verdadera" Biblia? Descubrí que esas no eran preguntas fáciles de contestar. Definir qué es la verdadera Biblia no es fácil. Aprendí que el Nuevo Testamento original (probablemente) estaba escrito en griego, y que las Biblias más viejas que tenemos son del siglo IV (demasiado tarde para mi gusto). Desde entonces, he comprado muchos libros sobre el tema y he visitado muchos lugares. He estado en Jerusalén y Roma. Conozco varios de los lugares a donde San Pablo mandó epístolas. Estuve donde Juan probablemente escribió el Apocalipsis. Visité el monasterio donde se conservó una de las dos Biblias más antiguas con que contamos en la actualidad. Me excité con el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto y visité Qumrán. En fin. Hace un par de años, escribí un artículo resumen de todo lo que había aprendido. Lo mandé a una revista académica. Me lo rechazaron. ¿Una de las razones? Que yo no era un erudito capaz de leer el Nuevo Testamento en griego. Es verdad. El artículo durmió el sueño de los justos. Hoy publico aquí una versión de ese artículo. ¿Por qué? Una discusión con unos amigos muy especiales precipitó esta decisión. Descargue el artículo aquí. Ojalá le interese y le guste. La verdadera historia de Jesús es de lo más apasionante que hay.

Monday, August 22, 2016

En la clausura de los olímpicos de Río

Los olímpicos siempre son un evento maravilloso. Por su compromiso con la excelencia humana, por el sentimiento de unidad planetaria a pesar de las diferencias culturales, por el respeto a una tradición heredada de los antiguos griegos. No hay nada más emocionante que ver llorar a un atleta olímpico cuando logra un desempeño asombroso, o cuando suena el himno de su país. Uno sabe que él celebra por su gente, pero, independientemente de dónde sea, uno siente que su triunfo es también un poco de uno. Puede que uno tenga unos kilos de más, o unas articulaciones ya muy oxidadas, o, simplemente, unos años de más, pero ver a esos muchachos intentando hacer lo imposible es francamente conmovedor. Los olímpicos son una gran fiesta de la juventud, la paz mundial y la humanidad.

El triunfo de Estados Unidos, con 46 medallas de oro y 121 medallas en total, fue contundente e inobjetable. Lo de Gran Bretaña, destacadísimo. China, con su tercer lugar, quizás estuvo por debajo de las expectativas. Rusia, golpeada por su escándalo de dopaje en su atletismo, con su cuarto lugar, muestra que ya no es lo que era antes. Resulta que predecir los resultados de los Olímpicos es un poco aburrido, porque son altamente predecibles. Desde un punto de vista agregado, casi todo lo que uno tiene que saber es cuál es la población del país y cuál es su ingreso per cápita. Lo anterior sugiere que Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del planeta; que Gran Bretaña sigue pegando por encima de su peso; y que la promesa china aún está por realizar. El día de China llegará algún día, pero todavía no. Los 10 primeros países en los olímpicos son todos potencias mundiales: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Rusia, Alemania, Japón, Francia, Corea del Sur, Italia y Australia.

Los olímpicos sugieren que un país es grande también por su deporte. Los países socialistas tuvieron eso claro. Por eso Cuba, aún hoy, sigue siendo una potencia deportiva, aunque cada vez menos. Un país grande tiene un deporte grande. Tener un deporte grande es una consecuencia de ir logrando la grandeza. La grandeza se mide en la industria, en la ciencia, en las artes y, por supuesto, también en el deporte.

En ese contexto, lo de Colombia, con sus tres medallas de oro y sus ocho medallas en total, fue extraordinario. Con ese resultado, Colombia, en América Latina, solo queda detrás de Brasil, una gran potencia emergente y el país sede, y Cuba, una potencia deportiva que empieza a demostrar sus fragilidades. Con nuestro puesto 23 entre más de 200 países, fuimos más grandes que México, que fue un absoluto fracaso, y que Argentina, que tuvo unos juegos aceptables. Los olímpicos van señalando que Colombia, en el contexto latinoamericano y mundial, se abre paso, y no solo en el aspecto deportivo. Los triunfos deportivos nos convencen de que la excelencia también está a nuestro alcance, y de que un futuro mejor es posible para nuestro país.

Gloria a nuestros medallistas. Gloria a Mariana Pajón, a Caterine Ibargüen y a Óscar Figueroa. Gloria a Yuri, a Yuberjen, a Carlos Alberto, a Luis Javier, a Ingrit. Gloria, en general, a nuestros deportistas olímpicos, que nos recuerdan que la gloria no siempre está en ganar, sino en intentarlo, en tener siempre la ambición de superarse a sí mismo. Gloria a la mujer colombiana; a nuestras minorías étnicas, que han visto en el deporte una posibilidad cierta de redención; a nuestros nombres raros, que identifican una nueva Colombia, que busca y merece nuevas oportunidades.

Es imposible ver a los atletas olímpicos y no considerarlos un poco superhumanos. En un cierto sentido lo son. ¿Cómo hace alguien para correr 100 metros en menos de 10 segundos, o saltar por encima de dos metros, o correr 42 km en el filo de las dos horas? Eso es extraordinario, y es el fruto de esfuerzos constantes, de años de entrenamiento y privaciones. Uno se pregunta: ¿cuál es el límite?, y se abren paso especulaciones filosóficas: ¿Pueden seguir cayendo indefinidamente las marcas olímpicas y mundiales? ¿Qué pasará cuando el dopaje sea tan sofisticado que sea indetectable? ¿Qué pasará cuando los humanos sean genéticamente modificados? ¿Qué es más meritorio: atletas extraordinariamente dotados para una especialidad, como Usain Bolt o Michael Phelps, o atletas que, como los decatlonistas, no son extraordinarios en ninguna prueba específica, pero que son grandes deportistas de conjunto? El hecho de que probablemente sabemos quién es Usain Bolt o Michael Phelps, pero no sabemos el nombre del ganador de la medalla de oro en decatlón, sugiere que el signo de los tiempos es la especialización. La pasión por la excelencia ha terminado por enterrar el ideal olímpico del amateurismo. En los olímpicos queremos ver a los mejores, y para ser el mejor en algo tienes que dedicar tu vida a ello. El deporte olímpico ya no es de aficionados.

Los juegos olímpicos también son una vitrina para celebrar al país organizador y la diversidad humana en un marco de respeto. Ayer fue la hora de Brasil, antes de Gran Bretaña y de China. Ojalá, en un futuro no muy lejano, Colombia pueda celebrar unos juegos olímpicos. Sería un deseable reconocimiento mundial. Mientras eso ocurre, tenemos que seguir trabajando en reconocernos nosotros mismos. Ojalá no tengan que pasar muchas olimpíadas antes de llegar a ser lo que podemos ser como pueblo y como país.

Saturday, August 13, 2016

A propósito de una malhadada cartilla

El 4 de agosto de 2014, un joven de 16 años, Sergio Urrego, decidió poner fin a su vida, debido al acoso que recibió por su condición homosexual. Se lanzó desde lo alto de un centro comercial, no sin antes dejar unas dramáticas cartas justificando su decisión. Fue acosado por sus compañeros, por los directivos de su colegio y por los padres de un muchacho que fue su pareja.

No cabe duda de que cosas así no deben ocurrir. Nadie debe ser molestado por su condición sexual. En particular Sergio era un joven brillante (uno de los 10 mejores Icfes del país), con un gran futuro por delante, de modo que los matices trágicos de su muerte se acentúan por la pérdida de un ser especialmente valioso. El tema llegó a los estrados judiciales y, después de los usuales ires y venires, la Corte Constitucional falló, como debía ser, a favor de la familia de Urrego. Para vergüenza de la Procuraduría, esta hizo todo lo posible para entorpecer el fallo. Dentro de las disposiciones de la Corte estuvo obligar al colegio a dar una declaración pública “donde se reconozca que la orientación que asumió Sergio debía ser plenamente respetada por el ámbito educativo” y exhortar al Ministerio de Educación a revisar si los manuales de convivencia de los distintos colegios del país están dentro del marco legal. De manera ilegal, el manual de convivencia del colegio donde estudiaba Sergio tipificaba como “falta grave” la conducta homosexual.

El Ministerio de Educación, acatando el fallo de la Corte, produjo una cartilla, titulada “Ambientes escolares libres de discriminación: 1. Orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas en la Escuela: Aspectos para la reflexión”. La cartilla contó con el apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa), el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas (Unicef) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

La cartilla ha desatado la más increíble reacción adversa por parte de sectores conservadores y diversas denominaciones confesionales de la sociedad colombiana, incluida la Iglesia Católica. Hubo multitudinarias manifestaciones en diversas ciudades de Colombia en contra de la denominada “ideología de género”. Hubo comentarios abusivos en contra de la ministra de Educación, cuyas inclinaciones homosexuales son bien conocidas, lo cual hace preguntar: si la ministra puede ser acosada por su orientación sexual, ¿qué cosas terribles no pasarán con miles de jóvenes homosexuales en los colegios colombianos?

La triste verdad es que, a mi juicio, la famosa cartilla no está bien orientada. Esta comienza por hacer una distinción entre el “sexo” y el “género” de una persona: el sexo sería una condición biológica, que se manifestaría principalmente a través de los genitales, y el género sería una condición sociocultural, según la cual uno “escoge” ser hombre o mujer.

Tal vez la distinción entre sexo y género tenga alguna validez. Tal vez mi sexo es masculino si, simplificadamente, yo tengo genitales masculinos, y mi género es femenino si yo me siento mujer (independientemente de cómo sean mis genitales). Sin embargo, lo que sí me parece completamente equivocado es adscribir el sexo al ámbito de lo biológico y el género al ámbito de lo sociocultural. Me parece que esta es una aplicación inadecuada del debate pasado de moda entre naturaleza y crianza. Esto sugiere que las conductas homosexuales son aprendidas, y que, si son aprendidas, pueden ser enseñadas, y que, en una interpretación extrema, el ámbito escolar es un ámbito adecuado para enseñar las tendencias de género de las personas. No es sorprendente que esta visión equivocada levante la ira de los sectores conservadores.

La verdad es que me parece evidente que las definiciones de género no son definiciones socioculturales, sino que pertenecen al fuero interno más íntimo de las personas, donde operan factores tanto biológicos como psicológicos, que no creo que a la fecha de hoy estén totalmente entendidos. Muy pocos maricas, si es que alguno, lo son porque los “educaron” para ser maricas. Por el contrario, muchos homosexuales lo son a pesar de la presión social para no serlo. Sugerir que las definiciones de género son definiciones socioculturales es completamente equivocado, y, como vimos con las marchas de días pasados, es un error frente al cual la sociedad es muy sensible.

Lo que la sociedad y la cultura sí pueden ofrecer es un ambiente tolerante u hostil para quienes su sexo no coincide con su género. La lección que el caso de Sergio Urrego nos debió haber enseñado es que nadie puede ser molestado por su condición sexual. Otras lecciones a partir de ese caso no solo pueden ser equivocadas, sino que además pueden no contribuir a la causa del reconocimiento de los derechos de los homosexuales.

Hay que admitirlo, la famosa cartilla está desenfocada. Pero ese desenfoque no nos debe hacer perder de vista el enfoque fundamental: la diversidad sexual debe ser reconocida y respetada. No vale la pena, con los instrumentos diseñados para promover la tolerancia sexual, terminar promoviendo una homofobia que en estos tiempos ya debería estar completamente enterrada.

Saturday, July 30, 2016

Saturday, July 23, 2016

¿Qué está mal, exactamente, con el capitalismo?

A lo largo de su historia, el capitalismo ha tenido tanto defensores como detractores. En su defensa priman la riqueza que crea y la libertad que respeta. Sus acusadores destacan, en cambio, su explotación e injusticia.

Soy de la opinión de que las sociedades que han tratado de superar las manifiestas debilidades del capitalismo no han producido sociedades mejores que las sociedades capitalistas. En política, han traído dictaduras; en economía, no han resultado particularmente eficientes.

Uno pudiera concluir, entonces, que es mejor no tratar de arreglar lo que no se ha dañado, y que es mejor dejar las cosas como están. Esta forma de pensar ignora, sin embargo, que sí hay cosas profundamente dañadas en el capitalismo. Pero, al tratar de botar el agua sucia del capitalismo, ¿cómo estar seguros de que no estamos botando al bebé con la bañera?

Yo creo que hay cosas del capitalismo que es bueno preservar, o por lo menos que no hay que desechar a la ligera. La primera es el sistema de precios, entendido como que los precios deben variar libremente para reflejar adecuadamente las condiciones de la oferta y la demanda. La segunda es la libertad de empresa, entendida como que cada cual es libre de montar su negocio, y que los negocios que no son capaces de superar la prueba del mercado deben desaparecer. La tercera es la propiedad privada. La cuarta, que no es propiamente capitalismo, es un entorno de libertad individual y política, mejor conocido como democracia.

Entonces, ¿qué es lo que está mal con el capitalismo, exactamente? Yo creo que son varias cosas, pero en esta nota, en aras de la brevedad, solo voy a discutir una: la que denomino “superioridad” o “primacía del capital”. La idea es la siguiente: todo esfuerzo económico es, fundamentalmente, un esfuerzo cooperativo. La economía no se puede entender con el símil de Robinson Crusoe solo en una isla: nada de lo que producimos y consumimos lo producimos y consumimos solos. Las economías más desarrolladas son las que permiten mayor interacción económica, no menos. Ahora, si los esfuerzos cooperativos son exitosos, se genera un excedente. La pregunta clave es: ¿cómo se reparte ese excedente? En el capitalismo, el excedente del esfuerzo cooperativo no se reparte equitativamente. La regla es simple: en una unidad productiva, después de pagar el valor de los insumos y el “valor de mercado” del trabajo, el excedente que se genere es por completo propiedad de los dueños del capital. Y se afirma que esa es la remuneración “justa” del capitalista por su emprendimiento, organización de la actividad productiva y asunción de riesgos. Es a esta regla a la que denomino “superioridad” o “primacía del capital”.

Bien, el punto es que esta regla me parece absurda. La organización económica sería muy distinta si, en vez de que hubiera primacía del capital, hubiera primacía del trabajo. Esto querría decir que al capital se le paga su “valor de mercado”, pero es el trabajo el que se apropia del excedente generado en el proceso productivo. Es el trabajo el que controla el proceso productivo, el que alquila el capital y el que se apropia del excedente generado. En síntesis, aquí el capital no “manda” al trabajo, sino que es el trabajo el que “manda” al capital. Esto implica que las empresas deberían ser, de alguna forma, empresas controladas por los trabajadores, no por los capitalistas. Esto no quiere decir que todos los trabajadores deban ganar lo mismo. Los “jefes” podrían ganar más que los “subalternos”. Pero todos se beneficiarían, quizás en las proporciones de sus salarios, del excedente generado por la empresa en la que trabajan.

La idea fundamental es que la propiedad del capital no tiene por qué conducir automáticamente al control empresarial y a la propiedad del excedente generado en el proceso productivo. Esto no quiere decir que el capital no tenga ningún valor. Por el contrario, lo tiene y se le debe reconocer. Pero el capitalista que viene a poner la plata para un negocio no podría decir que el negocio es de él. Todo lo que podría decir es que él merece una remuneración de mercado por prestar o arrendar su capital.

Lo anterior conduciría a una sociedad más justa, y no veo por qué sería menos eficiente que una economía capitalista tradicional.

Thursday, July 21, 2016

Reflexiones sobre la próxima reforma tributaria

Hace pocos días, Fescol invitó a un interesante conversatorio, con invitados de lujo, sobre la reforma tributaria, que merece más debate público. El conversatorio se basó en un documento, preparado por la Red de Justicia Tributaria, crítico de las propuestas de reforma que presentó la Comisión de Expertos reunida para tal fin por el gobierno. Leonardo Villar y Ricardo Bonilla, dos de los comisionados, criticaron, creo yo con justicia, el documento de la Red, pero el mérito de este está, creo yo, no en la agudeza de sus planteamientos, sino en haber provocado la discusión.

Yo quisiera elaborar brevemente sobre cinco puntos que de alguna manera fueron debatidos por los panelistas y la audiencia, entre la que se contaba la senadora Claudia López. El primero es la cuestión de la legitimidad tributaria. En Colombia la carga tributaria, medida como impuestos pagados como proporción del PIB, es baja en una comparación internacional. Adicionalmente, la gente se ve frecuentemente tentada a evadir o eludir sus obligaciones tributarias. Todo esto sugiere que la legitimidad tributaria en Colombia es baja. Eso hace pensar en una Dian con mayor capacidad institucional e, incluso, en un régimen penal para los evasores de impuestos. Sin embargo, el tema de la legitimidad tributaria va más allá. Yo creo que un punto de fondo tiene que ver con la creencia popular de que uno para qué paga impuestos si al final los van a despilfarrar, o se los van a robar, o uno igual, si tiene los medios, va a tener que pagar privadamente los bienes públicos que los impuestos debieron haber pagado. En otras palabras, la disponibilidad a pagar impuestos depende de la percepción sobre la calidad de su uso. Por tanto, una reforma tributaria que no aborde temas como la corrupción y la mayor trazabilidad y transparencia entre el pago de los impuestos y su uso siempre será incompleta.

En particular, una doctrina presupuestal extendida en Colombia es la de la flexibilidad presupuestal, que dice que quienes apropian recursos en el presupuesto deben tener la libertad para asignarlos al tipo de gasto que juzguen más conveniente, sin restricciones de tipo normativo. Sin embargo, esa doctrina se opone a la trazabilidad tributaria, porque implica que los ciudadanos deben pagar impuestos sin poder preguntar en qué van a ser gastados. En Colombia se necesita que la gente vea un mayor vínculo entre impuestos y gastos, y para eso se podría comenzar por exigir que todas las reformas tributarias tuvieran que ser discutidas en el marco de las discusiones presupuestales. Pero no: en Colombia los impuestos se discuten por un lado, y el presupuesto por otro. Mala idea: si queremos que los colombianos paguen sus impuestos con gusto, debemos mostrar con más claridad cómo la plata que pagan se gasta. Esa trazabilidad y transparencia es fundamental para ganar legitimidad tributaria.

El segundo tema es la cuestión de la complejidad tributaria. En Colombia pagar impuestos es complejo, y eso tiene que ver con varios factores: la dispersión entre cargas nacionales y regionales, los esfuerzos de control de la evasión y la elusión, las necesidades de caja del estado, etc. Sin embargo, hay un elemento que hay que destacar, y es la perforación del régimen tributario por intereses privados: así como sucede con nuestro régimen comercial, buena parte de la complejidad de nuestro régimen tributario se debe a las excepciones que son introducidas para beneficiar a agentes particulares. En este sentido, es urgente tener un régimen simple y universal. La Comisión de Expertos avanza en este sentido al proponer una tasa de renta empresarial única, calculada sobre las utilidades, que implícitamente elimina todas las excepciones con las que se pueden beneficiar las empresas. Pero es urgente que haya un estatuto para debatir con más transparencia los intereses particulares que se expresan en nuestro régimen tributario y en otros regímenes. El problema no es que haya intereses particulares. El problema es que ellos se puedan colar a nuestro régimen tributario y otros sin la debida transparencia y sin debate público.

El tercer tema es el de la equidad tributaria. Yo simplemente no creo que alguna vez vaya a haber equidad tributaria si el tema de las diferencias entre la tributación de las rentas de trabajo y de capital no se aborda con seriedad. Las rentas de trabajo son aproximadamente un tercio del PIB nacional, así que preguntarse cómo es la tributación de las rentas de capital es una pregunta importante. Algunos indicios señalan que las rentas de capital pagan muchos menos impuestos que las rentas de trabajo, y así es imposible que la estructura tributaria contribuya a la disminución de la desigualdad en el país. Solo tener el cálculo de cuál es la tasa de tributación efectiva de las rentas de trabajo y de capital ya sería muy ilustrativo. En términos generales, la pregunta de por qué las rentas de capital deben pagar distinto que las rentas de trabajo debe ser abordada. En principio, desde mi perspectiva, no debería haber ninguna diferencia y, si la hubiere, debería favorecer, por razones de equidad, al trabajo, no al capital. Pero, aparentemente, en Colombia tenemos todo lo contrario. Aquí debemos comenzar por producir las cifras necesarias para el análisis.

El cuarto tema es el de la tributación empresarial. Las empresas pagan demasiados impuestos en Colombia. Según algunos datos, aproximadamente el 75% de los impuestos en Colombia proviene de las empresas, y solo el 25% proviene de las personas. Exactamente lo contrario de lo que sucede en muchas sociedades desarrolladas. Esto es malo para la competitividad y para la equidad. Es urgente que las empresas paguen menos, y que las personas paguen más. Esto puede parecer contradictorio con mi solicitud del párrafo anterior de que el capital pague más impuestos, pero no lo es: yo lo que pido es que los dueños del capital paguen más impuestos, no que las empresas paguen más impuestos. No es lo mismo. Mientras en Colombia los impuestos provengan de las empresas, seguiremos castigando severamente el desarrollo económico.

El último tema es el IVA. Debido a presiones de recaudo, la gran pregunta es de dónde va a sacar más plata la reforma tributaria. La respuesta es del IVA. Subir tres puntos ese impuesto, como propone la Comisión de Expertos, según algunos cálculos, produciría un recaudo de unos nueve billones de pesos, de los 16 que produciría la reforma recomendada por la Comisión. En síntesis, la plata está en el IVA. Sin embargo, el IVA es un impuesto indirecto, con efectos complicados sobre la progresividad tributaria. Las soluciones a este problema, como no gravar la canasta familiar, o tener un esquema de devolución del IVA para las clases más desfavorecidas, o tener un gasto público progresivo, implican aumentar la complejidad tributaria, o simplemente no son discutidas por la Comisión. En el conversatorio, el comisionado Leonardo Villar admitió que la Comisión había fallado en hacer la pedagogía del IVA. Quizás esa pedagogía falla porque las razones para defender el aumento del IVA, más allá de la necesidad de los recursos, no han sido suficientemente elaboradas. Sin esas razones, y sin la adecuada pedagogía, es probable que la reforma fracase en el congreso, porque el aumento del IVA es merecidamente impopular. Es urgente que se elabore cómo se va a viabilizar el IVA, si es que esa va a ser la ruta para obtener más ingresos fiscales.

Thursday, June 23, 2016

El día más importante de mi vida

En una cierta perspectiva, hoy, 22 de junio de 2016, es el día más importante de la historia de Colombia que me ha tocado vivir. Hoy, como dice el comunicado 75 de la mesa de conversaciones en La Habana,  “Las delegaciones del Gobierno Nacional y de las FARC–EP  informamos a la opinión pública que hemos llegado con éxito al Acuerdo para el Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo; la Dejación de las armas; las garantías de seguridad y la lucha contra las organizaciones criminales responsables de homicidios y masacres o que atentan contra defensores de Derechos Humanos, movimientos sociales o movimientos políticos”. Con mucho que me moleste el uso ocioso de las mayúsculas, esa es probablemente la declaración nacional más importante que he oído en mi vida.

Tengo 52 años. Colombia, de vida independiente, lleva 197 años. Es decir, he sido testigo directo de aproximadamente un cuarto de la historia republicana de Colombia, y, repito, hoy es quizás el día más importante de la historia de Colombia que me ha tocado vivir. ¿Contra qué compite este día? Creo que solo dos cosas son apenas comparables: el fin del Frente Nacional y la expedición de la constitución de 1991. Otras memorias son abundantes, pero aciagas: la semana apocalíptica de la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero, el asesinato de Luis Carlos Galán, y tantas otras desgracias que han golpeado a este pobre país: el asesinato de José Raquel Mercado; la bomba del avión de Avianca, en el que murió mi amigo Andrés Alameda; el asesinato de Andrés Escobar; el asesinato de Enrique Low Murtra. La lista es interminable…

Algunos dirán que considerar al 22 de junio de 2016 como el día más importante de la historia de Colombia de los últimos 50 años es un exabrupto. No estoy tan seguro. Gústenos o no, una característica de la historia de Colombia ha sido su violencia política. En el siglo XIX, según ciertas referencias, Colombia tuvo nueve guerras civiles nacionales, 14 guerras civiles regionales e incontables revueltas. La transición del siglo XIX al XX la hicimos en medio de una guerra civil larga y cruenta, que terminó costándonos la pérdida de Panamá. En el siglo XX la violencia política continuó. Entre 1946 y 1958 tuvimos el período conocido como La Violencia; entre 1958 y 1974 tuvimos el período de democracia restringida del Frente Nacional; y en los años 1990 tuvimos el desborde de la violencia. Una serie de la tasa de homicidios desde 1964 muestra que Colombia nunca ha tenido una tasa de homicidios inferior a 20 por cada 100.000 habitantes, y que en los 1990 esa tasa subió a niveles de alrededor de 80 por cada 100.000 habitantes. Colombia fácilmente puede competir por el título del país más violento del mundo en una perspectiva de largo plazo.

Las Farc fueron fundadas en 1964, como una de las respuestas que se desataron frente al régimen de democracia restringida del Frente Nacional. Es decir, ellas y yo somos perfectamente contemporáneas. No he visto un solo día de mi vida sin conflicto. Entre 1964 y hoy el país ha visto muchos esfuerzos de paz fallidos. Quién puede olvidar, por ejemplo, la silla vacía al lado del presidente Pastrana. Fue esa imagen, quizás más que ninguna otra, la que catapultó a Uribe al poder.

En esta perspectiva, es fácil entender por qué el 22 de junio de 2016 es el día más importante de la historia de Colombia que me ha tocado vivir. Ese día abre la esperanza de que Colombia se piense y se viva distinto. Hasta hoy, el orden ha provenido de la represión, y las reglas sociales se han concebido como la imposición de los vencedores sobre los vencidos. Desde hoy, podemos pensar en un país distinto: un país donde el orden provenga de la inclusión, las reglas sociales den espacio para todas las manifestaciones sociales pacíficas, y la política pública se construya a través del diálogo.

Sé que la paz tiene enemigos en Colombia. Sé que incluso los que no son enemigos de la paz reciben la noticia con escepticismo. Sé que los acuerdos de paz no son lo mismo que la paz. ¿Las guerrillas desmovilizadas constituirán sus propias bandas criminales, como ocurrió con los paramilitares? ¿Asesinarán a los líderes guerrilleros desmovilizados? ¿Continuará el narcotráfico? ¿Habrá justicia, verdad y reparación con las víctimas de la guerrilla? ¿Seguirá operando el ELN? Cabe ser pesimista en todos esos aspectos. Y, sin embargo, los acuerdos de paz valen la pena. Estos son la oportunidad para un país distinto, difícil de imaginar para nosotros los colombianos, tan acostumbrados a otra realidad. Después de casi 200 años de vida republicana, ha llegado el momento de decir: ¡basta! Ha llegado el momento de decir que las diferencias políticas no se resuelven con violencia. Ha llegado el momento de concebir una nueva democracia, una apta no solo para los vencedores.

Quienes hoy abrazamos la paz no somos amigos de la guerrilla. Por el contrario. La rechazamos vehementemente, al igual que rechazamos la acción paramilitar. Colombia no está para extremismos armados de izquierda y de derecha. Que haya izquierda y derecha tal vez sea un designio inevitable de la diversidad social. Pero no que la izquierda y la derecha tengan que matarse. Hoy el mensaje queda claro: la justicia social no se logra justificando el asesinato, el secuestro, el narcotráfico, la explotación de menores, la destrucción de la infraestructura nacional.

Hoy celebramos, no la paz de Santos, sino la paz de todos los colombianos. Pero, a todo señor, todo honor. Gracias al presidente Santos y a su equipo por haber perseguido la paz con constancia, por haberla impulsado en un entorno adverso. Gracias, presidente Santos. Gracias, gracias, gracias. Ahora nos queda a los colombianos construir la paz de verdad, porque la cosa no termina con los acuerdos. La nueva Colombia todavía está por construirse. Sé que hay colombianos que no bajan a Santos de traidor y de hijueputa. Algunos son amigos míos. Parte de la contribución a la paz será la tolerancia. Es mi íntima convicción que hoy el mensaje correcto para el país es el de Santos, no el de Uribe. No podemos permitir que los mensajes disonantes rompan hoy el rumbo de la nueva Colombia. Llegó la hora de enterrar los odios.

A veces los economistas hablan de un índice de “miseria económica”, que suma el desempleo y la inflación, los dos males macroeconómicos por excelencia. De igual manera se podría hablar de un índice de miseria social, que sume la desigualdad y la violencia. En esta escala, Colombia sería uno de los peores países del mundo. Óigase bien: uno de los peores países del mundo. Colombia tiene que corregir tan graves y profundos males. Y para eso necesita un nuevo pacto social. No necesariamente una nueva constitución, pero sí una nueva mentalidad, una nueva cultura. La derecha tiene razón en que el país necesita orden y desarrollo económico. Y la izquierda tiene razón en que el país necesita inclusión y justicia social. Eso es lo que tenemos que inventar ahora. Un país que se dé cuenta de que los necesita a todos, y que no crea que los problemas sociales se resuelven matando a unos para que queden otros. Qué lindo es que el país se dé la oportunidad de cumplir 200 años de vida independiente, no reproduciendo los vicios del pasado, sino trabajando por el país del futuro. Yo soy loro viejo. Tengo 52 años. Pero hoy me siento con ganas de llorar y como volviendo a nacer. El día más importante de mi vida como miembro de la sociedad colombiana…