Hace algunos años, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), unas de las guerrillas de izquierda del país, secuestraron a once diputados de la Asamblea Departamental del Valle del Cauca. Después de tenerlos en cautiverio largo tiempo, los asesinaron hace unos pocos meses. A pesar de que esta es una de las muchas barbaries a las cuales las Farc nos tienen acostumbrados, este acto generó una manifestación de la opinión pública como pocas veces se ha visto en el país. Ella exigió que, si las Farc no los habían devuelto vivos, por lo menos debían devolver los cadáveres. No fue fácil. Quizás a las Farc les costaba admitir que los había asesinado en contravía de las más mínimas consideraciones humanitarias. Reconocer que los habían asesinado seguramente era, para las Farc, perder una más de las muchas batallas de opinión que han librado frente a la ciudadanía, y que vuelven cada vez más ilegítima su ilegal lucha armada. Gracias a sus actos de barbarie, las Farc ya perdieron su guerra más importante: la del favor de la opinión.
Escribo estas líneas a pocos días de los cuarenta años de la captura y asesinato de Ernesto “el Che” Guevara. Hoy mismo tengo puesta una camiseta con su famosa foto. El aniversario de la muerte del Che ha servido para volver a reflexionar sobre su significado histórico. Como es usual, hubo al menos dos opiniones: los que lo ven como el santo mártir de la revolución cubana, y los que lo ven como un guerrillero despiadado, capaz de ordenar ejecuciones sumarias y demás. A mí, que crecí oyendo la famosa canción de Carlos Puebla (“aquí llega la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante Che Guevara”), la figura del Che me parece muy atractiva, pero a estas alturas de la vida me parece también que uno no puede seguir el ejemplo del guerrillero, el revolucionario armado. En una época, eso inspiraba una cierta dosis de idealismo; hoy no puede ser visto sino como barbarie. La figura del Che es probablemente fascinante por lo contradictoria: por una parte, es el profeta del “hombre nuevo” socialista. Por otra, es un asesino muchas veces dominado por la retórica del odio y de la guerra. Me parece bien que, si uno va a La Habana, se tome una foto con la efigie del Che en la Plaza de la Revolución, pero creo que ya no hay justificación para que esa efigie siga dominando la principal plaza del principal claustro universitario de Colombia, la Universidad Nacional, que es conocida informalmente como la “plaza del Che”.
Qué desgracia que la izquierda latinoamericana se haya dejado confundir por la violencia. Cuando las Farc mataron a los once diputados, la opinión pública exigió, con razón, que la izquierda democrática repudiara esos asesinatos. Para vergüenza del Polo Democrático Alternativo, el partido colombiano de izquierda, ese repudio no fue inmediato. Sólo un miembro lo hizo de manera categórica, el usualmente radical senador Gustavo Petro. Este acto, que lo enalteció a él, mostró lo lejos que está la izquierda “democrática” colombiana de ser verdaderamente democrática. El presidente del Polo, Carlos Gaviria, que llegó a ese cargo por toda una vida de humanismo que terminó por aproximarlo a la izquierda, no fue capaz de hacer ese repudio de manera convincente. El Polo sólo sacó un comunicado de repudio después de mucha vacilación, que le restó toda credibilidad al mismo.
Qué desgracia que uno tenga que repetir lo obvio: aquellos individuos de izquierda que persisten en la lucha armada no fortalecen a la izquierda sino que la debilitan. La nueva izquierda no puede ser una izquierda violenta. Si la izquierda no puede ser una doctrina de paz, entonces no merece su lugar sobre la tierra. Lo que más ha contribuido a que en Colombia en estos momentos no prime una visión social progresista han sido los errores de la misma izquierda.
Saturday, October 20, 2007
Thursday, August 23, 2007
07-08-23: La interpretación del terrorismo
¿Cómo interpretar el terrorismo? Esta es una pregunta crucial, tanto en la arena internacional como en la doméstica. Hay por lo menos dos interpretaciones posibles: (1) que el terrorismo es una forma de lucha inaceptable, que involucra al conflicto víctimas absolutamente inocentes, o (2) que es la única forma de lucha que les queda a los débiles cuando están siendo avasallados por una fuerza desproporcionadamente mayor. Mi percepción es que la primera interpretación es más correcta para el caso colombiano, mientras que la segunda es más correcta para el caso internacional.
En la arena internacional, el mundo occidental, liderado por los Estados Unidos de Bush, a raíz principalmente de los ataques del 11 de septiembre de 2001, están empeñado en librar una lucha contra el terrorismo, que ha tenido dos escenarios principales: primero Afganistán y luego Irak. Esa lucha no cuenta con respaldo unánime. En primer lugar, no es compartida por todos los países representativos de Occidente (por ejemplo, Francia o Alemania no apoyaron la intervención en Irak), y en segundo lugar no es compartida por toda la población de aquellos países que sí la han promovido: debido al rechazo interno, ya salieron del poder el Partido Popular y Aznar en España, y Tony Blair en el Reino Unido, al tiempo que la posición misma de Bush en Estados Unidos se vuelve más precaria.
La interpretación de estos líderes en retirada es que el terrorismo es irracional e inaceptable. Y quizás el terrorismo sea un curso de acción inaceptable, pero no necesariamente es irracional. La percepción de que algunos musulmanes son terroristas porque son unos fanáticos religiosos es profundamente equivocada. Y la percepción de que a los musulmanes hay que combatirlos porque sus valores son distintos de los nuestros también lo es. Nada es más antidemocrático que creer que la única salida con los distintos es el conflicto.
Es cierto que, por lo general, los países musulmanes no se destacan por su democracia, ni por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero estas son conquistas relativamente recientes de Occidente. A la gente se le olvida que Colombia fue república y democracia primero que Italia o Alemania, por decir alguna cosa. Y en cuanto a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pues ese también es un invento nuevo.
Mi sensación es que Occidente es incapaz de ver lo agraviantes que han sido para los musulmanes sus intervenciones en el Oriente Medio. Para mencionar sólo un ejemplo por cada uno de los tres principales pueblos musulmanes de esa región del mundo, los árabes, los turcos y los persas, en primer lugar está la creación del estado de Israel en el territorio de Palestina. En segundo lugar, está no permitir el acceso de la Turquía musulmana pero laica a la Unión Europea, mientras que otros países cristianos son admitidos más expeditamente. En tercer lugar están los permanentes desatinos en el manejo de Occidente con respecto a Irán e Irak.
Con respecto a este último tema, apoyar la dictadura del sha en Irán estuvo "bien" porque él era pro-norteamericano y garantizaba que la industria petrolera iraní no sería nacionalizada. Pero al pueblo iraní no tenía por qué agradarle la dictadura del sha. Eso generó la reacción islámica fundamentalista del ayatollah Khomeini, que derrocó al sha, adoptó una postura anti-norteamericana y contribuyó a desatar una grave guerra entre Irán e Irak, al estar el primero controlado por musulmanes chiítas fundamentalistas y el segundo por musulmanes sunitas laicos.
Estados Unidos trató de aprovechar la guerra entre Irán e Irak para debilitar al Irán anti-norteamericano armando a su enemigo Irak, controlado por Saddam Hussein. Posteriormente, cuando Estados Unidos tuvo que enfrentar a Hussein por haber invadido Kuwait, creó la paradoja de tener que enfrentar al mismo ejército que había ayudado a armar. Y la intervención para liberar a Irak de Hussein ha perturbado el delicado equilibrio que existía con las minorías chiítas y kurdas en ese país, de modo que Estados Unidos se ha colocado en una situación de la que no puede salir como ganador: si se queda, estará sometido a tratar de controlar una guerra civil en un país lejano con vidas norteamericanas, y si se retira no habrá traído estabilidad a Irak, sino todo lo contrario.
Una cosa es que Saddam Hussein no me guste. Otra, muy distinta, es que eso me dé el derecho de invadir a Irak. Hussein no fue derrocado por las fuerzas internacionales cuando había una justificación para eso: la invasión iraní de Kuwait. En cambio, fue derrocado cuando se le acusó falsamente de ser una amenaza por construir armas de destrucción masiva. La segunda guerra de Irak fue una guerra inmoral, que ha traído más inestabilidad al mundo, no menos. Por lo tanto, en la historia reciente Estados Unidos se ha equivocado tres veces con respecto a Irak: al armarlo para contener a un Irán anti-norteamericano, al no golpear con fuerza decisiva al régimen de Hussein cuando éste se colocó por fuera de las normas de convivencia internacional al invadir a Kuwait, y al derrocarlo con un pretexto falso y con un procedimiento desestabilizador.
Fuera de que derrocar a Hussein no significó ganar la guerra en Irak, tampoco significó ganar un amigo en Irán. Para los iraníes, el enemigo (Estados Unidos) de mi enemigo (Irak) no es mi amigo. Para ellos, Estados Unidos es el “demonio” (si usted fuera iraní, ¿qué pensaría de un país que sostuvo una dictadura en el suyo, que usted percibía como una humillación nacional?). Para Estados Unidos, Irán es el país más peligroso del mundo, porque ha decidido desarrollar un programa de armas nucleares. Irán se pregunta: “¿con qué derecho puede Estados Unidos, que tiene armas nucleares y que las ha usado, decirme a mí que no puedo tenerlas?”. De otro lado, si la imagen de Bush no estuviera tan golpeada en Irak, sin duda el mundo estaría esperando con ansiedad la intervención militar norteamericana en Irán también.
Es infortunado, pero todo esto revela que Occidente no ha hecho más que percibir a Medio Oriente con una mentalidad colonialista, en la que lo único que importa es si Occidente puede tener acceso a los recursos naturales de esta región, y en particular a su petróleo.
El terrorismo musulmán tiene, pues, una buena explicación. Occidente ha creído que puede intervenir en el Medio Oriente impunemente. Y se ha equivocado. El terrorismo musulmán es la respuesta a la violación de Occidente del principio de autodeterminación de los pueblos.
Y Colombia se ha equivocado al apoyar a Occidente en su lucha contra el terrorismo musulmán. No se trata de aplaudir actos como los del 11 de septiembre: todo lo contrario. Estados Unidos ganó con justicia la solidaridad del mundo después de esa fecha. De lo que se trata es de promover una comprensión mundial que permita que los pueblos musulmanes se sientan respetados en su autonomía, y que, en consecuencia, no se sientan obligados a apelar al terrorismo.
Colombia pensó que, si quería solidaridad mundial en su lucha interna contra el terrorismo, tenía que brindar solidaridad en la lucha mundial contra el terrorismo. Y no es así. No todos los terrorismos son iguales ni tienen la misma lógica. Además, no basta con ser antiterrorista para pertenecer al mismo bando. No siempre es cierto que el enemigo de mis amigos es mi enemigo. El terrorismo colombiano es bien distinto del musulmán. Ya se ha dicho que, en una democracia, el terrorismo es inaceptable. Así es, y así debe ser. Son poquísimos los colombianos que creen en la justicia de la causa terrorista de izquierda en nuestro país, pero, infortunadamente, muchos creyeron en la justicia de combatir terrorismo con terrorismo, al apoyar, por acción o por omisión, la conformación de fuerzas paramilitares de derecha. Esto es una desgracia.
El Estado y la democracia colombianos son propios de un país subdesarrollado: débiles, con muchas falencias. Pero eso no es una excusa para atacarlos. Todo lo contrario: si son débiles y presentan falencias, lo que hay que hacer es fortalecerlos.
Por tanto, me parece a mí, la lucha contra el terrorismo en la arena internacional pasa por empezar a respetar en serio el principio de autodeterminación de los pueblos y por promover la convivencia pacífica entre las naciones, así tengan creencias y valores distintos. La diferencia no puede ser una excusa para el conflicto. En la arena doméstica, la lucha contra el terrorismo pasa por fortalecer el Estado y la democracia. Si en Colombia el Estado y la democracia son atacados, yo creo que tienen todo el legítimo derecho de defenderse. Pero sólo ellos; no fuerzas paraestatales con procedimientos ilegales. Si el Estado es incapaz de cumplir esa tarea, lo único que le espera al país es el caos. Es un deber de las autoridades nacionales hacerle ver a la comunidad internacional las diferencias entre su terrorismo y el nuestro. Ayudar a precisar esas diferencias es contribuir a la paz, tanto internacional como doméstica.
En la arena internacional, el mundo occidental, liderado por los Estados Unidos de Bush, a raíz principalmente de los ataques del 11 de septiembre de 2001, están empeñado en librar una lucha contra el terrorismo, que ha tenido dos escenarios principales: primero Afganistán y luego Irak. Esa lucha no cuenta con respaldo unánime. En primer lugar, no es compartida por todos los países representativos de Occidente (por ejemplo, Francia o Alemania no apoyaron la intervención en Irak), y en segundo lugar no es compartida por toda la población de aquellos países que sí la han promovido: debido al rechazo interno, ya salieron del poder el Partido Popular y Aznar en España, y Tony Blair en el Reino Unido, al tiempo que la posición misma de Bush en Estados Unidos se vuelve más precaria.
La interpretación de estos líderes en retirada es que el terrorismo es irracional e inaceptable. Y quizás el terrorismo sea un curso de acción inaceptable, pero no necesariamente es irracional. La percepción de que algunos musulmanes son terroristas porque son unos fanáticos religiosos es profundamente equivocada. Y la percepción de que a los musulmanes hay que combatirlos porque sus valores son distintos de los nuestros también lo es. Nada es más antidemocrático que creer que la única salida con los distintos es el conflicto.
Es cierto que, por lo general, los países musulmanes no se destacan por su democracia, ni por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero estas son conquistas relativamente recientes de Occidente. A la gente se le olvida que Colombia fue república y democracia primero que Italia o Alemania, por decir alguna cosa. Y en cuanto a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pues ese también es un invento nuevo.
Mi sensación es que Occidente es incapaz de ver lo agraviantes que han sido para los musulmanes sus intervenciones en el Oriente Medio. Para mencionar sólo un ejemplo por cada uno de los tres principales pueblos musulmanes de esa región del mundo, los árabes, los turcos y los persas, en primer lugar está la creación del estado de Israel en el territorio de Palestina. En segundo lugar, está no permitir el acceso de la Turquía musulmana pero laica a la Unión Europea, mientras que otros países cristianos son admitidos más expeditamente. En tercer lugar están los permanentes desatinos en el manejo de Occidente con respecto a Irán e Irak.
Con respecto a este último tema, apoyar la dictadura del sha en Irán estuvo "bien" porque él era pro-norteamericano y garantizaba que la industria petrolera iraní no sería nacionalizada. Pero al pueblo iraní no tenía por qué agradarle la dictadura del sha. Eso generó la reacción islámica fundamentalista del ayatollah Khomeini, que derrocó al sha, adoptó una postura anti-norteamericana y contribuyó a desatar una grave guerra entre Irán e Irak, al estar el primero controlado por musulmanes chiítas fundamentalistas y el segundo por musulmanes sunitas laicos.
Estados Unidos trató de aprovechar la guerra entre Irán e Irak para debilitar al Irán anti-norteamericano armando a su enemigo Irak, controlado por Saddam Hussein. Posteriormente, cuando Estados Unidos tuvo que enfrentar a Hussein por haber invadido Kuwait, creó la paradoja de tener que enfrentar al mismo ejército que había ayudado a armar. Y la intervención para liberar a Irak de Hussein ha perturbado el delicado equilibrio que existía con las minorías chiítas y kurdas en ese país, de modo que Estados Unidos se ha colocado en una situación de la que no puede salir como ganador: si se queda, estará sometido a tratar de controlar una guerra civil en un país lejano con vidas norteamericanas, y si se retira no habrá traído estabilidad a Irak, sino todo lo contrario.
Una cosa es que Saddam Hussein no me guste. Otra, muy distinta, es que eso me dé el derecho de invadir a Irak. Hussein no fue derrocado por las fuerzas internacionales cuando había una justificación para eso: la invasión iraní de Kuwait. En cambio, fue derrocado cuando se le acusó falsamente de ser una amenaza por construir armas de destrucción masiva. La segunda guerra de Irak fue una guerra inmoral, que ha traído más inestabilidad al mundo, no menos. Por lo tanto, en la historia reciente Estados Unidos se ha equivocado tres veces con respecto a Irak: al armarlo para contener a un Irán anti-norteamericano, al no golpear con fuerza decisiva al régimen de Hussein cuando éste se colocó por fuera de las normas de convivencia internacional al invadir a Kuwait, y al derrocarlo con un pretexto falso y con un procedimiento desestabilizador.
Fuera de que derrocar a Hussein no significó ganar la guerra en Irak, tampoco significó ganar un amigo en Irán. Para los iraníes, el enemigo (Estados Unidos) de mi enemigo (Irak) no es mi amigo. Para ellos, Estados Unidos es el “demonio” (si usted fuera iraní, ¿qué pensaría de un país que sostuvo una dictadura en el suyo, que usted percibía como una humillación nacional?). Para Estados Unidos, Irán es el país más peligroso del mundo, porque ha decidido desarrollar un programa de armas nucleares. Irán se pregunta: “¿con qué derecho puede Estados Unidos, que tiene armas nucleares y que las ha usado, decirme a mí que no puedo tenerlas?”. De otro lado, si la imagen de Bush no estuviera tan golpeada en Irak, sin duda el mundo estaría esperando con ansiedad la intervención militar norteamericana en Irán también.
Es infortunado, pero todo esto revela que Occidente no ha hecho más que percibir a Medio Oriente con una mentalidad colonialista, en la que lo único que importa es si Occidente puede tener acceso a los recursos naturales de esta región, y en particular a su petróleo.
El terrorismo musulmán tiene, pues, una buena explicación. Occidente ha creído que puede intervenir en el Medio Oriente impunemente. Y se ha equivocado. El terrorismo musulmán es la respuesta a la violación de Occidente del principio de autodeterminación de los pueblos.
Y Colombia se ha equivocado al apoyar a Occidente en su lucha contra el terrorismo musulmán. No se trata de aplaudir actos como los del 11 de septiembre: todo lo contrario. Estados Unidos ganó con justicia la solidaridad del mundo después de esa fecha. De lo que se trata es de promover una comprensión mundial que permita que los pueblos musulmanes se sientan respetados en su autonomía, y que, en consecuencia, no se sientan obligados a apelar al terrorismo.
Colombia pensó que, si quería solidaridad mundial en su lucha interna contra el terrorismo, tenía que brindar solidaridad en la lucha mundial contra el terrorismo. Y no es así. No todos los terrorismos son iguales ni tienen la misma lógica. Además, no basta con ser antiterrorista para pertenecer al mismo bando. No siempre es cierto que el enemigo de mis amigos es mi enemigo. El terrorismo colombiano es bien distinto del musulmán. Ya se ha dicho que, en una democracia, el terrorismo es inaceptable. Así es, y así debe ser. Son poquísimos los colombianos que creen en la justicia de la causa terrorista de izquierda en nuestro país, pero, infortunadamente, muchos creyeron en la justicia de combatir terrorismo con terrorismo, al apoyar, por acción o por omisión, la conformación de fuerzas paramilitares de derecha. Esto es una desgracia.
El Estado y la democracia colombianos son propios de un país subdesarrollado: débiles, con muchas falencias. Pero eso no es una excusa para atacarlos. Todo lo contrario: si son débiles y presentan falencias, lo que hay que hacer es fortalecerlos.
Por tanto, me parece a mí, la lucha contra el terrorismo en la arena internacional pasa por empezar a respetar en serio el principio de autodeterminación de los pueblos y por promover la convivencia pacífica entre las naciones, así tengan creencias y valores distintos. La diferencia no puede ser una excusa para el conflicto. En la arena doméstica, la lucha contra el terrorismo pasa por fortalecer el Estado y la democracia. Si en Colombia el Estado y la democracia son atacados, yo creo que tienen todo el legítimo derecho de defenderse. Pero sólo ellos; no fuerzas paraestatales con procedimientos ilegales. Si el Estado es incapaz de cumplir esa tarea, lo único que le espera al país es el caos. Es un deber de las autoridades nacionales hacerle ver a la comunidad internacional las diferencias entre su terrorismo y el nuestro. Ayudar a precisar esas diferencias es contribuir a la paz, tanto internacional como doméstica.
07-08-23: Mi visión para el desarrollo colombiano
La Revista del Buen Gobierno muy amablemente nos pidió a trece colombianos una colaboración, de máximo una página, en torno a “visiones sobre el futuro del desarrollo económico y social colombiano”. Este fue el texto que envié.
Cite un fragmento de la literatura que recoge ese concepto que considera absolutamente central para encauzar el desarrollo colombiano.
“Nada contraría tanto a nuestros amigos economistas como recordarles que la teoría económica es una disciplina profundamente reaccionaria. [...] Sin embargo, no está definitivamente condenada la lúgubre ciencia, como la llamó Thomas Carlyle. [...] Para que funcione hoy una teoría económica, ha de constituirse alrededor de lo común, lo global, y la cooperación social. En otras palabras, debe convertirse en una ciencia biopolítica. Como dice Amartya Sen, la ingeniería económica debe volver la vista hacia la ética” (Hardt y Negri (2005), Multitud).
Comente brevemente el párrafo. ¿Cuál podría ser la mejor forma de implementarlo?
(1) Creo en la dignidad y el valor fundamental de cada ser humano: abomino de la desigualdad humana en términos económicos o de poder, pero la valoro en términos de opciones de vida. (2) Creo que no se puede ignorar la responsabilidad individual de los seres humanos. Como dijo John D. Rockefeller, Jr., “yo creo […] que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida”. (3) Creo que la violencia no tiene cabida ni en el proceso político ni en la sociedad en su conjunto. (4) Creo que el crecimiento económico es necesario para el desarrollo. Es mentira eso de que primero hay que repartir para luego sí crecer. Lo primero es generar riqueza: creo en la importancia de la libertad de empresa y de un ambiente adecuado para los negocios. (5) Creo que no cualquier crecimiento es deseable: el crecimiento económico debe ser social, política y ambientalmente sostenible. (6) Creo que es un error entorpecer el funcionamiento y la disciplina de los mercados y el sistema de precios, pero también creo que los mercados, por sí solos, no son capaces de producir justicia social. Creo que la falta de justicia social es la principal amenaza para un crecimiento sostenible. (7) Creo en la necesidad del Estado para proteger a los más débiles, y no para promover los intereses de los más fuertes. (8) Creo que la principal función de la democracia es (a) proveer un espacio donde todos los individuos tengan el mismo poder, y (b) contener las inequidades que producen los mercados. (9) Creo que la ley debe ser igual para todo el mundo, y no sólo para “los de ruana”. (10) Creo en un Estado respetuoso de las libertades individuales. (11) Creo que los técnicos no pueden sustituir al proceso político. (12) Creo que la política está mal cuando para hacerse elegir se requiere más plata o influencias que ideas, y que el Estado está mal cuando no representa el interés general. (13) Creo en una socialdemocracia heterodoxa, es decir, creo en la búsqueda del socialismo a través de métodos democráticos, pero creo en el funcionamiento de los mercados, es decir, creo en un socialismo de mercado. (14) Creo que los requerimientos mínimos de un socialismo moderno son (a) imponer una tributación progresiva, que pese más sobre el individuo que sobre la empresa (porque la desigualdad social es entre individuos y porque hay que fomentar la empresa) y más sobre el capital que sobre el trabajo (porque el acceso desigual al capital es la principal fuente de desigualdad), y (b) garantizar el derecho al trabajo. Esto, me parece, es la principal responsabilidad de la seguridad social (no la salud, o las pensiones, o la vivienda, porque todas esas cosas las debe poder pagar quien tiene empleo): creo que una sociedad justa es una donde toda la gente puede derivar ingresos de su trabajo. (15) Creo que, hacia el futuro, se debe estudiar si es viable una socialdemocracia más progresista, en la cual toda la gente pueda derivar ingresos únicamente de su trabajo.
Cite un fragmento de la literatura que recoge ese concepto que considera absolutamente central para encauzar el desarrollo colombiano.
“Nada contraría tanto a nuestros amigos economistas como recordarles que la teoría económica es una disciplina profundamente reaccionaria. [...] Sin embargo, no está definitivamente condenada la lúgubre ciencia, como la llamó Thomas Carlyle. [...] Para que funcione hoy una teoría económica, ha de constituirse alrededor de lo común, lo global, y la cooperación social. En otras palabras, debe convertirse en una ciencia biopolítica. Como dice Amartya Sen, la ingeniería económica debe volver la vista hacia la ética” (Hardt y Negri (2005), Multitud).
Comente brevemente el párrafo. ¿Cuál podría ser la mejor forma de implementarlo?
(1) Creo en la dignidad y el valor fundamental de cada ser humano: abomino de la desigualdad humana en términos económicos o de poder, pero la valoro en términos de opciones de vida. (2) Creo que no se puede ignorar la responsabilidad individual de los seres humanos. Como dijo John D. Rockefeller, Jr., “yo creo […] que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida”. (3) Creo que la violencia no tiene cabida ni en el proceso político ni en la sociedad en su conjunto. (4) Creo que el crecimiento económico es necesario para el desarrollo. Es mentira eso de que primero hay que repartir para luego sí crecer. Lo primero es generar riqueza: creo en la importancia de la libertad de empresa y de un ambiente adecuado para los negocios. (5) Creo que no cualquier crecimiento es deseable: el crecimiento económico debe ser social, política y ambientalmente sostenible. (6) Creo que es un error entorpecer el funcionamiento y la disciplina de los mercados y el sistema de precios, pero también creo que los mercados, por sí solos, no son capaces de producir justicia social. Creo que la falta de justicia social es la principal amenaza para un crecimiento sostenible. (7) Creo en la necesidad del Estado para proteger a los más débiles, y no para promover los intereses de los más fuertes. (8) Creo que la principal función de la democracia es (a) proveer un espacio donde todos los individuos tengan el mismo poder, y (b) contener las inequidades que producen los mercados. (9) Creo que la ley debe ser igual para todo el mundo, y no sólo para “los de ruana”. (10) Creo en un Estado respetuoso de las libertades individuales. (11) Creo que los técnicos no pueden sustituir al proceso político. (12) Creo que la política está mal cuando para hacerse elegir se requiere más plata o influencias que ideas, y que el Estado está mal cuando no representa el interés general. (13) Creo en una socialdemocracia heterodoxa, es decir, creo en la búsqueda del socialismo a través de métodos democráticos, pero creo en el funcionamiento de los mercados, es decir, creo en un socialismo de mercado. (14) Creo que los requerimientos mínimos de un socialismo moderno son (a) imponer una tributación progresiva, que pese más sobre el individuo que sobre la empresa (porque la desigualdad social es entre individuos y porque hay que fomentar la empresa) y más sobre el capital que sobre el trabajo (porque el acceso desigual al capital es la principal fuente de desigualdad), y (b) garantizar el derecho al trabajo. Esto, me parece, es la principal responsabilidad de la seguridad social (no la salud, o las pensiones, o la vivienda, porque todas esas cosas las debe poder pagar quien tiene empleo): creo que una sociedad justa es una donde toda la gente puede derivar ingresos de su trabajo. (15) Creo que, hacia el futuro, se debe estudiar si es viable una socialdemocracia más progresista, en la cual toda la gente pueda derivar ingresos únicamente de su trabajo.
07-08-23: El credo de los Rockefeller
Preparando un texto para la Revista del Buen Gobierno, releí (en William Safire (1992), Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, New York: W. W. Norton & Company) un discurso de John D. Rockefeller, Jr., uno de los millonarios más famosos de Estados Unidos, que pronunció por radio el 8 de julio de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, pero antes del ataque japonés a Pearl Harbor. Rockefeller, Jr., heredó su fortuna del conocido magnate petrolero, pero, mutando de los negocios a la filantropía le dio aceptabilidad a la misma. Fue el padre de Nelson Rockefeller, político republicano que repitió durante su campaña para la gobernación de Nueva York una de las frases de ese discurso ("brotherhood of man, fatherhood of God") tan intensamente que su sigla (bomfog) empezó a significar en inglés algo así como "retórica política bien intencionada pero vacía"; y fue tío abuelo de Jay Rockefeller, político demócrata que dijo: “usted no debería ser un Rockefeller para tener servicio médico”.
El discurso de Rockefeller, que hoy está escrito en piedra en la pista de patinaje del Rockefeller Center de Nueva York, tiene una cierta belleza que lo rescata de la ingenuidad, y es difícil estar en desacuerdo con él. Sólo hay un punto en el que no me identifico del todo, y aquellos que conozcan mis posiciones religiosas no tendrán dificultad en saber cuál es. He pensado que vale la pena añadirlo a mi blog.
“Estos son los principios con base en los cuales mi esposa y yo hemos tratado de criar nuestra familia. Estos son los principios en los cuales mi padre creía y con los cuales guiaba su vida. Estos son los principios que aprendí al lado de mi madre.
“Ellos señalan la vía hacia la utilidad y la felicidad en la vida, y hacia el valor y la paz en la muerte”.
“Si ellos significan para usted lo que significan para mí, quizás ellos también puedan ayudar a nuestros hijos para su guía e inspiración.
“Permítanme mencionarlos:
“Yo creo en el valor supremo del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
“Yo creo que cada derecho implica una responsabilidad; cada oportunidad, una obligación; cada posesión, un deber.
“Yo creo que la ley fue hecha para el hombre y no el hombre para la ley; que el gobierno es el siervo de la gente y no su maestro.
“Yo creo en la dignidad del trabajo, ya sea con la cabeza o con la mano; que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida.
“Yo creo que el ahorro es esencial para un vivir ordenado y que la economía es un requisito primordial de una estructura financiera sana, ya sea en el gobierno, en los negocios o en los asuntos personales.
“Yo creo que la verdad y la justicia son fundamentales para un orden social perdurable.
“Yo creo en la santidad de una promesa, que la palabra de un hombre debería ser su mejor compromiso, que el carácter —no la riqueza ni el poder ni el cargo— es de supremo valor.
“Yo creo que la producción de un servicio útil es el deber común de la humanidad y que sólo en el fuego purificador del sacrificio se consume el egoísmo y se libera la grandeza del alma humana.
“Yo creo en un Dios todo sabiduría y todo amor, denominado por cualquier nombre, y que el más alto logro del individuo, su mayor alegría y su mayor utilidad se encuentran en vivir en armonía con su voluntad.
“Yo creo que el amor es la cosa más grande del mundo; que sólo él puede superar el odio; que el derecho puede y va a triunfar sobre la fuerza.
“Estos son los principios, independientemente de cómo estén formulados, que todos los hombres y mujeres buenos a través del mundo, sin importar la raza o el credo, la educación, la posición social o la ocupación, sostienen, y por los cuales muchos de ellos están sufriendo y muriendo.
“Estos son los únicos principios sobre los cuales un nuevo mundo que reconozca la hermandad de los seres humanos y la paternidad de Dios puede ser establecido”.
El discurso de Rockefeller, que hoy está escrito en piedra en la pista de patinaje del Rockefeller Center de Nueva York, tiene una cierta belleza que lo rescata de la ingenuidad, y es difícil estar en desacuerdo con él. Sólo hay un punto en el que no me identifico del todo, y aquellos que conozcan mis posiciones religiosas no tendrán dificultad en saber cuál es. He pensado que vale la pena añadirlo a mi blog.
“Estos son los principios con base en los cuales mi esposa y yo hemos tratado de criar nuestra familia. Estos son los principios en los cuales mi padre creía y con los cuales guiaba su vida. Estos son los principios que aprendí al lado de mi madre.
“Ellos señalan la vía hacia la utilidad y la felicidad en la vida, y hacia el valor y la paz en la muerte”.
“Si ellos significan para usted lo que significan para mí, quizás ellos también puedan ayudar a nuestros hijos para su guía e inspiración.
“Permítanme mencionarlos:
“Yo creo en el valor supremo del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
“Yo creo que cada derecho implica una responsabilidad; cada oportunidad, una obligación; cada posesión, un deber.
“Yo creo que la ley fue hecha para el hombre y no el hombre para la ley; que el gobierno es el siervo de la gente y no su maestro.
“Yo creo en la dignidad del trabajo, ya sea con la cabeza o con la mano; que el mundo no le debe a ningún hombre los medios para ganarse la vida pero que le debe a cada hombre una oportunidad para ganarse la vida.
“Yo creo que el ahorro es esencial para un vivir ordenado y que la economía es un requisito primordial de una estructura financiera sana, ya sea en el gobierno, en los negocios o en los asuntos personales.
“Yo creo que la verdad y la justicia son fundamentales para un orden social perdurable.
“Yo creo en la santidad de una promesa, que la palabra de un hombre debería ser su mejor compromiso, que el carácter —no la riqueza ni el poder ni el cargo— es de supremo valor.
“Yo creo que la producción de un servicio útil es el deber común de la humanidad y que sólo en el fuego purificador del sacrificio se consume el egoísmo y se libera la grandeza del alma humana.
“Yo creo en un Dios todo sabiduría y todo amor, denominado por cualquier nombre, y que el más alto logro del individuo, su mayor alegría y su mayor utilidad se encuentran en vivir en armonía con su voluntad.
“Yo creo que el amor es la cosa más grande del mundo; que sólo él puede superar el odio; que el derecho puede y va a triunfar sobre la fuerza.
“Estos son los principios, independientemente de cómo estén formulados, que todos los hombres y mujeres buenos a través del mundo, sin importar la raza o el credo, la educación, la posición social o la ocupación, sostienen, y por los cuales muchos de ellos están sufriendo y muriendo.
“Estos son los únicos principios sobre los cuales un nuevo mundo que reconozca la hermandad de los seres humanos y la paternidad de Dios puede ser establecido”.
07-08-23: Kate Hudson sobre la monogamia
Leí en la revista Carrusel (17 de agosto de 2007, No. 1429) esta cita de la actriz Kate Hudson, y me pareció divertido añadirla a mi blog.
“Como los primates que somos, el ser humano no está hecho para ser monógamo. Cuando la gente me pregunta si creo en la fidelidad, mi respuesta siempre es la misma. Obviamente sería el ideal y es lo que en el fondo todos quisiéramos pero, de cierta forma, lo que amo y admiro de los hombres es que es difícil para ellos ser monógamos y sin embargo, por amor, están dispuestos a intentarlo siquiera”.
“Como los primates que somos, el ser humano no está hecho para ser monógamo. Cuando la gente me pregunta si creo en la fidelidad, mi respuesta siempre es la misma. Obviamente sería el ideal y es lo que en el fondo todos quisiéramos pero, de cierta forma, lo que amo y admiro de los hombres es que es difícil para ellos ser monógamos y sin embargo, por amor, están dispuestos a intentarlo siquiera”.
Wednesday, July 18, 2007
07-07-18: Sobre los retornos a escala
El mundo (¡quién iba a creerlo!) está dividido en dos tipos de personas: las que creen en los retornos constantes a escala y las que creen en los retornos crecientes a escala. Los retornos a escala son una propiedad de los procesos productivos. Intuitivamente, hay retornos constantes a escala si trabajar dos horas produce el doble que trabajar una hora. Y hay retornos crecientes a escala si trabajar dos horas produce más del doble que trabajar una hora (de manera similar uno podría definir retornos decrecientes a escala).
Los retornos constantes a escala tienen una implicación: da lo mismo tener una empresa que contrate a cien personas que tener cien empresas que contraten sólo a una persona. Bajo retornos constantes a escala, ambas organizaciones deben producir lo mismo. Eso no ocurre con los retornos crecientes a escala: la empresa con cien personas debe producir más que las cien empresas con una persona. Eso es lo que retornos crecientes a escala significa: entre mayor sea la escala, mejor.
En economía, la existencia de retornos constantes a escala está asociada con unas propiedades muy deseables de los mercados. En particular, se ha podido demostrar que los mercados son eficientes (producen lo máximo que se puede producir con los insumos disponibles) bajo un conjunto de condiciones especiales, dentro de las cuales se cuentan los retornos constantes a escala. Por esta razón, los economistas que tienden a creer en la eficiencia de los mercados tienden a pensar que el mundo está razonablemente bien caracterizado por la existencia de retornos constantes a escala.
Por el contrario, la existencia de retornos crecientes a escala está asociada con la conformación de monopolios, que son una “imperfección” de los mercados.
La economía de los retornos crecientes a escala estaba, hasta hace unas pocas décadas, prácticamente sin desarrollar. Sin embargo, en los últimos años ha tenido un desarrollo notable. En la teoría del comercio internacional, el trabajo de Paul Krugman, en los 1970s y 1980s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala ayudan a explicar el comercio intraindustrial entre países ricos, y, en la teoría del crecimiento, el trabajo de Paul Romer, en los 1980s y 1990s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala en la producción de conocimiento ayudan a explicar el proceso de crecimiento económico. Un libro muy interesante que describe el “triunfo” de la idea de retornos crecientes a escala en economía, y sobre todo en la teoría del crecimiento económico, es el de Warsh (Knowledge and the Wealth of Nations: A Story of Economic Discovery, 2006, Norton).
Mi intuición es que los retornos crecientes a escala están mucho más extendidos en el mundo de lo que los economistas ortodoxos tenderían a ver. Como uno sólo ve el mundo a través de la teoría que tiene en la cabeza, si la teoría le dice a uno que el mundo funciona muy bien si está caracterizado por retornos constantes a escala, uno termina por ver sólo los casos en los cuales el mundo está efectivamente caracterizado por ese tipo de retornos.
Sin embargo, mi intuición es que el mundo está mucho más caracterizado por los retornos crecientes que por los retornos constantes. Piense por ejemplo en la existencia de ciudades, o de conciertos de rock. ¿Por qué la gente se aglomera? Tiene que haber alguna ventaja en eso. Y en el caso de los conciertos de rock la ventaja es simple: es mucho más divertido oír una canción de rock en vivo, rodeado de miles o millones de personas, que solo y en el equipo de sonido de la casa.
O piense en la existencia de ricos y pobres. La pobreza debe ser persistente si ganar el primer peso es mucho más difícil que ganar el peso número 1.000 millones (tener 1.000 millones es muy fácil cuando uno ya tiene 999 millones. Tener un millón cuando uno no tiene ninguno es mucho más difícil). Y ese parece ser el caso. A quienes les queda más fácil montar un negocio son los que ya tienen plata. Además, es frecuente oír que los bancos sólo le prestan plata a uno si uno demuestra que ya la tiene. Los retornos crecientes a escala explicarían por qué hay pocos ricos y muchos pobres (y no al revés, por ejemplo).
Sería más o menos la misma razón que explicaría por qué tiene que haber muchas más plantas que animales herbívoros, y muchos más animales herbívoros que animales carnívoros. O mucho más gente con educación básica que con PhD. O por qué la gente de los países ricos tiende a tener menos hijos que la gente de los países pobres.
O piense en la riqueza de Bill Gates. ¿Cómo llegó a ser el hombre más rico del mundo en relativamente poco tiempo? Gracias a una industria, la del software, que es el ejemplo paradigmático de los retornos crecientes a escala (incluidas las demandas por monopolio): no sólo yo me beneficio de que tú uses los mismos programas que yo uso (yo aprendía a hablar inglés como segunda lengua porque supuse que era lo más parecido a una lengua universal, lo cual contribuye a volverla universal), sino también sucede que producir la segunda copia del programa es mucho más barato que la primera, y la tercera mucho más barato que la segunda.
Por lo tanto, yo creo que el mundo está caracterizado más por los retornos crecientes a escala que por los retornos constantes a escala. Esta creencia tiene un precio: me obliga a desconfiar de la teoría económica tradicional, que supone que los mercados son perfectos. Si los retornos crecientes son la norma, vivimos en un mundo imperfecto. Entender las implicaciones de ese mundo imperfecto es la tarea que tenemos por delante.
Los retornos constantes a escala tienen una implicación: da lo mismo tener una empresa que contrate a cien personas que tener cien empresas que contraten sólo a una persona. Bajo retornos constantes a escala, ambas organizaciones deben producir lo mismo. Eso no ocurre con los retornos crecientes a escala: la empresa con cien personas debe producir más que las cien empresas con una persona. Eso es lo que retornos crecientes a escala significa: entre mayor sea la escala, mejor.
En economía, la existencia de retornos constantes a escala está asociada con unas propiedades muy deseables de los mercados. En particular, se ha podido demostrar que los mercados son eficientes (producen lo máximo que se puede producir con los insumos disponibles) bajo un conjunto de condiciones especiales, dentro de las cuales se cuentan los retornos constantes a escala. Por esta razón, los economistas que tienden a creer en la eficiencia de los mercados tienden a pensar que el mundo está razonablemente bien caracterizado por la existencia de retornos constantes a escala.
Por el contrario, la existencia de retornos crecientes a escala está asociada con la conformación de monopolios, que son una “imperfección” de los mercados.
La economía de los retornos crecientes a escala estaba, hasta hace unas pocas décadas, prácticamente sin desarrollar. Sin embargo, en los últimos años ha tenido un desarrollo notable. En la teoría del comercio internacional, el trabajo de Paul Krugman, en los 1970s y 1980s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala ayudan a explicar el comercio intraindustrial entre países ricos, y, en la teoría del crecimiento, el trabajo de Paul Romer, en los 1980s y 1990s, fue central en demostrar que los retornos crecientes a escala en la producción de conocimiento ayudan a explicar el proceso de crecimiento económico. Un libro muy interesante que describe el “triunfo” de la idea de retornos crecientes a escala en economía, y sobre todo en la teoría del crecimiento económico, es el de Warsh (Knowledge and the Wealth of Nations: A Story of Economic Discovery, 2006, Norton).
Mi intuición es que los retornos crecientes a escala están mucho más extendidos en el mundo de lo que los economistas ortodoxos tenderían a ver. Como uno sólo ve el mundo a través de la teoría que tiene en la cabeza, si la teoría le dice a uno que el mundo funciona muy bien si está caracterizado por retornos constantes a escala, uno termina por ver sólo los casos en los cuales el mundo está efectivamente caracterizado por ese tipo de retornos.
Sin embargo, mi intuición es que el mundo está mucho más caracterizado por los retornos crecientes que por los retornos constantes. Piense por ejemplo en la existencia de ciudades, o de conciertos de rock. ¿Por qué la gente se aglomera? Tiene que haber alguna ventaja en eso. Y en el caso de los conciertos de rock la ventaja es simple: es mucho más divertido oír una canción de rock en vivo, rodeado de miles o millones de personas, que solo y en el equipo de sonido de la casa.
O piense en la existencia de ricos y pobres. La pobreza debe ser persistente si ganar el primer peso es mucho más difícil que ganar el peso número 1.000 millones (tener 1.000 millones es muy fácil cuando uno ya tiene 999 millones. Tener un millón cuando uno no tiene ninguno es mucho más difícil). Y ese parece ser el caso. A quienes les queda más fácil montar un negocio son los que ya tienen plata. Además, es frecuente oír que los bancos sólo le prestan plata a uno si uno demuestra que ya la tiene. Los retornos crecientes a escala explicarían por qué hay pocos ricos y muchos pobres (y no al revés, por ejemplo).
Sería más o menos la misma razón que explicaría por qué tiene que haber muchas más plantas que animales herbívoros, y muchos más animales herbívoros que animales carnívoros. O mucho más gente con educación básica que con PhD. O por qué la gente de los países ricos tiende a tener menos hijos que la gente de los países pobres.
O piense en la riqueza de Bill Gates. ¿Cómo llegó a ser el hombre más rico del mundo en relativamente poco tiempo? Gracias a una industria, la del software, que es el ejemplo paradigmático de los retornos crecientes a escala (incluidas las demandas por monopolio): no sólo yo me beneficio de que tú uses los mismos programas que yo uso (yo aprendía a hablar inglés como segunda lengua porque supuse que era lo más parecido a una lengua universal, lo cual contribuye a volverla universal), sino también sucede que producir la segunda copia del programa es mucho más barato que la primera, y la tercera mucho más barato que la segunda.
Por lo tanto, yo creo que el mundo está caracterizado más por los retornos crecientes a escala que por los retornos constantes a escala. Esta creencia tiene un precio: me obliga a desconfiar de la teoría económica tradicional, que supone que los mercados son perfectos. Si los retornos crecientes son la norma, vivimos en un mundo imperfecto. Entender las implicaciones de ese mundo imperfecto es la tarea que tenemos por delante.
Monday, July 16, 2007
07-07-16: Economistas contra administradores
Cuando yo era estudiante de economía en la universidad, a principios de los años 80, tenía una particular aversión por los administradores de empresas. La razón era que los estudiantes de administración estudiaban para volverse ricos, y me parecían indolentes frente a los problemas de la sociedad. Los economistas, en cambio, sí teníamos “conciencia social”. Gracias a ella, algunos administradores nos llamaban, en vez de economistas, “ecomunistas”.
Mi forma de pensar ha cambiado mucho desde esas épocas. Ahora pienso que los administradores de empresas son esenciales para el desarrollo social, y que los economistas somos bastante inútiles. Un administrador de empresas exitoso genera riqueza y empleo; un economista exitoso quizás sea ministro de hacienda o produzca un artículo académico (o paper, como nos gusta decir) tras otro. No quiero llegar al extremo de renegar de mi profesión, pero ahora me parece que una sociedad requiere pocos economistas; que los economistas tienden a desarrollar un sentido de la arrogancia que va mucho más allá de su aporte social; y que muchos de los debates entre economistas es mejor ignorarlos.
Una pregunta interesante es qué tipo de profesiones promover para el desarrollo social. La primera vez que vi una respuesta “científica” a esa pregunta fue en un trabajo económico de Magee, Brock y Young (Black Hole Tariffs and Endogenous Policy Theory, 1989, Cambridge University Press) que sostenía que las sociedades que se dedicaban a las actividades redistributivas lo hacían peor que las sociedades que se dedicaban a las actividades productivas. Ellos presentaban un gráfico convincente, que mostraba que el crecimiento del ingreso per cápita está negativamente correlacionado con la proporción de abogados en la sociedad. La idea es que el grado de actividades redistributivas en una sociedad puede ser indirectamente medido por el número de abogados que hay en ella: los abogados no generan valor; sólo logran que cambie de manos. En cambio, otras profesiones sí generarían valor.
No sé si la visión negativa sobre los abogados que surge del trabajo de Magee, Brock y Young (y de muchos otros que han seguido por esa línea) sea enteramente correcta. Para comenzar, Estados Unidos es un país con muchos abogados, y es un país rico. De otra parte, quizás sea la claridad en la repartición de la riqueza la que facilita la generación de la misma. En otras palabras, quizás Estados Unidos sea rico porque existe un entorno regulatorio que resuelve, más o menos eficientemente, las disputas distributivas. Pero la intuición de que un país, para tener éxito, requiere científicos e ingenieros, es una difícil de disipar. En la teoría económica hoy en boga el crecimiento es resultado del conocimiento y la innovación, y estas dos cosas son producidas de manera profesional a través de la inversión en investigación y desarrollo (R+D, como dicen en inglés, por “research and development”, o “i+d+i”, como se está poniendo de moda en español, para señalar que hay investigación, desarrollo e innovación).
Sin embargo, yo me atrevo a creer que, sobre todos en las fases iniciales del desarrollo, lo esencial es que haya empresarios y emprendedores. Además, uno tiende a ignorar el papel que, en materia de innovación práctica, tienen los emprendedores. Casi se podría decir que quienes hicieron la revolución industrial fueron hombres que estaban tratando de resolver problemas prácticos, que no se veían a sí mismos perdidos en complejas discusiones teóricas. La teoría económica ha explorado poco la relación que existe entre crecimiento y emprendimiento (una excepción es el libro de Baumol, Litan y Schramm ―Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity, 2007, Yale University Press―, pero este libro no alcanza el nivel de rigor de la teoría económica moderna). Sin embargo, me parece que la relación entre emprendimiento y crecimiento es una relación obvia.
Creo que en muchos países el subdesarrollo se asienta por una inadecuada interpretación del emprendimiento, y en particular por una nociva noción del papel del Estado. En Colombia es común oír que las cosas no ocurren porque el Estado no presta la ayuda adecuada. La queja frecuente es que “el Estado no nos colabora”. Esta queja se puede oír en boca del empresario más encopetado, o de la víctima de un desastre natural. No importa: todos esperan que el Estado los ayude. En síntesis, la gente ha delegado su responsabilidad individual al Estado. De otra parte, hay una desconfianza “natural” frente a los ricos. Rara vez se percibe que los ricos “merecen” su fortuna. Son, más bien, unos “de buenas” que unos ricos con merecimientos. Las fortunas aparecen, no se trabajan. Esperamos que un golpe de suerte nos saque de la mala fortuna, o nos dedicamos a actividades ilícitas, pero muy rentables. Tal vez estas actitudes se deban al hecho de que el feudalismo (es decir, el régimen en el cual la fortuna personal está ligada a la propiedad de la tierra) en América Latina todavía no está del todo enterrado en el pasado, y al hecho de que nadie nunca percibió la distribución de la tierra, arrebatada por los europeos a los indios, como justa. Tal vez a estas razones se deba esa odiosa actitud latinoamericana de hablar mal de los ricos a sus espaldas, y de ser absolutamente serviles frente a ellos.
El caso es que la mentalidad de hacer empresa está muy poco extendida. Los universitarios piensan más en buscar empleo que en hacer empresa (aunque, para hacer honor a la verdad, esta mentalidad está cambiando). Hernando de Soto creyó encontrar un germen de emprendimiento en la extendida economía informal, pero ésta es incapaz de generar riqueza, agobiada por la abundancia de reglas de la economía formal y la falta de preparación de los potenciales empresarios. Por lo tanto, la tesis de Baumol, Litan y Schramm, aunque expresada en un lenguaje que a un economista académico quizás no satisfaga, a mí me parece persuasiva. Hay una relación clara entre emprendimiento y crecimiento, y el emprendimiento florece más fácilmente en un tipo de capitalismo que premie la iniciativa y la innovación, lejos del capitalismo oligárquico que predomina en América latina. Quizás un país no pueda ser todo de emprendedores, quizás no muchos estén interesados en ser emprendedores, pero hoy estoy convencido de que un país, sobre todo un país subdesarrollado, requiere, más que economistas, o abogados, o científicos o ingenieros, administradores de empresas: seres humanos que se dediquen activamente a ver cómo generar riqueza y empleo.
Mi forma de pensar ha cambiado mucho desde esas épocas. Ahora pienso que los administradores de empresas son esenciales para el desarrollo social, y que los economistas somos bastante inútiles. Un administrador de empresas exitoso genera riqueza y empleo; un economista exitoso quizás sea ministro de hacienda o produzca un artículo académico (o paper, como nos gusta decir) tras otro. No quiero llegar al extremo de renegar de mi profesión, pero ahora me parece que una sociedad requiere pocos economistas; que los economistas tienden a desarrollar un sentido de la arrogancia que va mucho más allá de su aporte social; y que muchos de los debates entre economistas es mejor ignorarlos.
Una pregunta interesante es qué tipo de profesiones promover para el desarrollo social. La primera vez que vi una respuesta “científica” a esa pregunta fue en un trabajo económico de Magee, Brock y Young (Black Hole Tariffs and Endogenous Policy Theory, 1989, Cambridge University Press) que sostenía que las sociedades que se dedicaban a las actividades redistributivas lo hacían peor que las sociedades que se dedicaban a las actividades productivas. Ellos presentaban un gráfico convincente, que mostraba que el crecimiento del ingreso per cápita está negativamente correlacionado con la proporción de abogados en la sociedad. La idea es que el grado de actividades redistributivas en una sociedad puede ser indirectamente medido por el número de abogados que hay en ella: los abogados no generan valor; sólo logran que cambie de manos. En cambio, otras profesiones sí generarían valor.
No sé si la visión negativa sobre los abogados que surge del trabajo de Magee, Brock y Young (y de muchos otros que han seguido por esa línea) sea enteramente correcta. Para comenzar, Estados Unidos es un país con muchos abogados, y es un país rico. De otra parte, quizás sea la claridad en la repartición de la riqueza la que facilita la generación de la misma. En otras palabras, quizás Estados Unidos sea rico porque existe un entorno regulatorio que resuelve, más o menos eficientemente, las disputas distributivas. Pero la intuición de que un país, para tener éxito, requiere científicos e ingenieros, es una difícil de disipar. En la teoría económica hoy en boga el crecimiento es resultado del conocimiento y la innovación, y estas dos cosas son producidas de manera profesional a través de la inversión en investigación y desarrollo (R+D, como dicen en inglés, por “research and development”, o “i+d+i”, como se está poniendo de moda en español, para señalar que hay investigación, desarrollo e innovación).
Sin embargo, yo me atrevo a creer que, sobre todos en las fases iniciales del desarrollo, lo esencial es que haya empresarios y emprendedores. Además, uno tiende a ignorar el papel que, en materia de innovación práctica, tienen los emprendedores. Casi se podría decir que quienes hicieron la revolución industrial fueron hombres que estaban tratando de resolver problemas prácticos, que no se veían a sí mismos perdidos en complejas discusiones teóricas. La teoría económica ha explorado poco la relación que existe entre crecimiento y emprendimiento (una excepción es el libro de Baumol, Litan y Schramm ―Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity, 2007, Yale University Press―, pero este libro no alcanza el nivel de rigor de la teoría económica moderna). Sin embargo, me parece que la relación entre emprendimiento y crecimiento es una relación obvia.
Creo que en muchos países el subdesarrollo se asienta por una inadecuada interpretación del emprendimiento, y en particular por una nociva noción del papel del Estado. En Colombia es común oír que las cosas no ocurren porque el Estado no presta la ayuda adecuada. La queja frecuente es que “el Estado no nos colabora”. Esta queja se puede oír en boca del empresario más encopetado, o de la víctima de un desastre natural. No importa: todos esperan que el Estado los ayude. En síntesis, la gente ha delegado su responsabilidad individual al Estado. De otra parte, hay una desconfianza “natural” frente a los ricos. Rara vez se percibe que los ricos “merecen” su fortuna. Son, más bien, unos “de buenas” que unos ricos con merecimientos. Las fortunas aparecen, no se trabajan. Esperamos que un golpe de suerte nos saque de la mala fortuna, o nos dedicamos a actividades ilícitas, pero muy rentables. Tal vez estas actitudes se deban al hecho de que el feudalismo (es decir, el régimen en el cual la fortuna personal está ligada a la propiedad de la tierra) en América Latina todavía no está del todo enterrado en el pasado, y al hecho de que nadie nunca percibió la distribución de la tierra, arrebatada por los europeos a los indios, como justa. Tal vez a estas razones se deba esa odiosa actitud latinoamericana de hablar mal de los ricos a sus espaldas, y de ser absolutamente serviles frente a ellos.
El caso es que la mentalidad de hacer empresa está muy poco extendida. Los universitarios piensan más en buscar empleo que en hacer empresa (aunque, para hacer honor a la verdad, esta mentalidad está cambiando). Hernando de Soto creyó encontrar un germen de emprendimiento en la extendida economía informal, pero ésta es incapaz de generar riqueza, agobiada por la abundancia de reglas de la economía formal y la falta de preparación de los potenciales empresarios. Por lo tanto, la tesis de Baumol, Litan y Schramm, aunque expresada en un lenguaje que a un economista académico quizás no satisfaga, a mí me parece persuasiva. Hay una relación clara entre emprendimiento y crecimiento, y el emprendimiento florece más fácilmente en un tipo de capitalismo que premie la iniciativa y la innovación, lejos del capitalismo oligárquico que predomina en América latina. Quizás un país no pueda ser todo de emprendedores, quizás no muchos estén interesados en ser emprendedores, pero hoy estoy convencido de que un país, sobre todo un país subdesarrollado, requiere, más que economistas, o abogados, o científicos o ingenieros, administradores de empresas: seres humanos que se dediquen activamente a ver cómo generar riqueza y empleo.
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