A comienzos de este año intenté hacer una especialización en narración creativa en la Universidad Central. Fue una experiencia fallida, porque no pude conciliar el trabajo con el estudio. Pero este fue uno de los resultados de ese esfuerzo.
Quién sabe el momento exacto.
Quizás fue en 1588, cuando la Armada Invencible de Felipe II de España no pudo
derrotar a la marina inglesa de la reina Isabel. O tal vez fue en 1805, cuando
la flota británica comandada por Horacio Nelson derrotó a la flota
franco-española en Trafalgar. El caso es que Inglaterra se convirtió en la
reina de los mares, y sus barcos sirvieron para establecer las más extensas
rutas comerciales y el más grande imperio sobre la tierra. En su momento de mayor
expansión, el imperio británico gobernó sobre un cuarto del territorio del
planeta y sobre un quinto de su población. Desde la caída de Napoleón, en 1815,
hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, en lo que se conoce
como el “siglo imperial”, Gran Bretaña fue el poder global por excelencia.
Durante buena parte de ese período, el Reino Unido de Gran Bretaña (que reúne a
Inglaterra, Escocia y Gales) e Irlanda del Norte fue regentado por Victoria,
que fue reina durante el período 1837-1901, de modo que el esplendor inglés más
o menos coincide con el período victoriano.
El poder británico no solo era
económico, tecnológico y militar. Es cierto que los barcos ingleses llegaron a
todos los rincones del planeta en busca de oportunidades comerciales, y que ese
afán comercial era visto con desprecio por los enemigos de Inglaterra. Se
cuenta que Napoleón, refiriéndose despectivamente de los británicos, repetía
una frase que se encuentra publicada en La riqueza de las naciones de Adam Smith: la Inglaterra no es más que una
nación de tenderos. Los franceses empezaron a llamar a esos nuevos ricos, a
esos parvenus, “la pérfida Albión”.
Pero fue sobre la base de las riquezas que produjo el comercio que Inglaterra
construyó su imperio.
El imperio no fue solo comercial,
sino que fue resultado de una feliz coincidencia de situaciones. Otro factor
que contribuyó a su conformación fue el desarrollo tecnológico. Al tiempo con
el desarrollo comercial, hubo un desarrollo tecnológico sin precedentes que
luego fue bautizado en los libros de historia económica como la “revolución
industrial”. Esta revolución tuvo como símbolos la máquina hiladora, la máquina
de vapor y el ferrocarril. Así, el “centro” empezó a producir bienes
manufacturados, y la “periferia” debió contentarse con producir las materias
primas indispensables para el “centro”. El imperio fue el resultado de la
reorganización a escala planetaria de la actividad económica.
De esta manera, Inglaterra no solo
inventó el capitalismo industrial mundial, sino la justificación teórica de por
qué ese arreglo estaba bien. Marx escribió, desde la British Library, que el hogar clásico del régimen capitalista de
producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden
era Inglaterra, y David Ricardo escribió que el libre comercio es bueno para
todos los que participan en él, y que ese principio explica por qué Francia y
Portugal deben producir vino; América y Polonia, maíz; e Inglaterra, bienes manufacturados.
Y de la mano del comercio, la economía
y la tecnología vino el poder militar. La superioridad militar siempre se ha
basado en la superioridad tecnológica. Pizarro y Cortés sometieron a incas y
aztecas, a pesar de una apabullante inferioridad numérica, gracias
esencialmente a tecnologías que los americanos desconocían: el barco
trasatlántico, el caballo, el acero de la espada, la pólvora. Igual pasó con el
imperio británico. Los ingleses llegaron con una tecnología que superaba todo
lo conocido por los locales. Como escribió el poeta victoriano Hilaire Belloc,
“Whatever happens, we have got / The Maxim gun and they have not” (suceda lo
que suceda, nosotros tenemos / la ametralladora Maxim y ellos no).
Pero la más aterradora de las
superioridades imperiales no era comercial, tecnológica o militar. Era moral. Para los británicos imperiales el
mundo se dividía en dos: los civilizados y los salvajes. En la cúspide del
mundo civilizado se hallaba el gentleman
británico. Así como la Roma clásica se concebía a sí misma como una isla de
civilización en un mar de barbarie, la Inglaterra victoriana se concebía a sí
misma como un faro de civilización que debía orientar al resto del mundo. No se
trataba solo de incorporar a los lugares más remotos del mundo a los flujos de
comercio; se trataba de civilizarlos.
El programa era simple. Había que
rellenar el mapa del mundo. Había que ir a todos los lugares de la tierra, y mapearlos.
Y, en ese proceso, había que abrir nuevas rutas de comercio, y civilizar a los
salvajes. Para este programa, el conocimiento geográfico era central. En 1830,
los británicos crearon la Royal Geographic
Society (RGS) en una usanza no muy distinta de la ya venerable Royal Society, creada en 1660 para
promover el avance científico. Ya no era tolerable tener mapas de continentes
de los que solo se conocían las costas. Había que mapear completamente el
mundo. Y la RGS se dedicó a patrocinar expediciones para obtener el
conocimiento geográfico del que se carecía.
Una
de esas expediciones fue el viaje del Beagle
alrededor del mundo. En 1825 el almirantazgo británico ordenó un viaje de
reconocimiento de las costas meridionales de América del Sur. En 1826 dos
barcos acometieron el viaje: el Adventure,
bajo el mando de Phillip Parker King, quien además era el comandante en jefe de
la expedición, y el Beagle, bajo el
mando de Pringle Stokes. Durante el viaje, Stokes se suicidó, y, después de un
período en el que King había designado como comandante del Beagle al segundo a bordo, el contraalmirante Robert Otway,
Comandante en Jefe de la Estación Naval Sudamericana, localizada en Río de
Janeiro, impuso como comandante del Beagle
a su ayuda de órdenes, el joven teniente de 23 años Robert FitzRoy.
El
nombramiento de FitzRoy como comandante del Beagle
habría de tener consecuencias inesperadas. El joven comandante continuó con el
trabajo científico del Beagle,
concentrado en temas cartográficos e hidrográficos. Pero también embarcó a
cuatro jóvenes indígenas de la Tierra del Fuego, tres hombres y una niña, se
dice que como castigo porque su gente había robado un bote ballenero de la
marina británica.
Así
se inició un curioso experimento de ingeniería social. Los indígenas fueron
bautizados con nombres ingleses (York Minster, Boat Memory, Jeremy —Jemmy—
Button y Fuegia Basket) y llevados a Inglaterra. La idea era educarlos en las
maneras inglesas y luego devolverlos al Cabo de Hornos, para que ellos se
encargaran de llevar a su pueblo la civilización y el cristianismo. Boat Memory
pronto sucumbió a la viruela en Inglaterra. Pero los otros tres fueron objeto
de un considerable interés. Casi nadie en Inglaterra había visto de primera
mano a un “salvaje”, de modo que su presencia en Londres causó sensación. De
hecho fueron recibidos por el mismísimo rey de Inglaterra, Guillermo IV, y su
esposa Adelaida.
Pero
el experimento de ingeniería social no salió bien. Los problemas comenzaron
cuando encontraron a York Minster y a Fuegia Basket “abrazándose amorosamente”.
La noticia afectó profundamente a FitzRoy. Todo lo que les había enseñado, al
parecer, no había servido para nada. Además, Fuegia tenía solo 11 años, y
FitzRoy temía que un embarazo de una niña de esa edad fuera un escándalo
nacional. Fitzroy decidió que había que devolverlos a su tierra.
Así
nació el segundo viaje del Beagle,
que terminaría por darle la vuelta al mundo. En ese viaje FitzRoy vio cómo su
experimento de ingeniería social terminó por deshacerse en pedazos. Recién
desembarcados, York Minster y Fuegia Basket robaron a Jemmy Button; el pueblo
de Button arrasó la misión que los británicos establecieron en el Cabo de
Hornos; el hijo de Button terminó como asesino de los marineros que se
aventuraban por esas latitudes; y Fuegia Basket, convertida ya en una mujer
madura, se encargaba de darles alivio sexual a esos mismos marineros.
Quizás
haya servido como consuelo para FitzRoy que, durante el segundo viaje del Beagle, el hombre de ciencia que había
buscado para que lo acompañara en el viaje, Charles Darwin, recopiló la
abundante evidencia que después le serviría para formular la teoría de la
evolución. Esta misma teoría, en manos de mentes victorianas tendenciosas,
también serviría tanto para que los clérigos se burlaran de los antepasados
simiescos de los evolucionistas, como para dar sustento teórico a la idea de la
supremacía británica: esta no sería más que otro ejemplo de la “supervivencia
de los más aptos”.
Otra
de las expediciones patrocinadas por la RGS fueron los viajes de exploración de
David Livingstone por el continente africano, con la esperanza de abrir el río
Zambezi para el comercio y de descubrir el nacimiento del río Nilo. Livingstone
“descubrió” las cataratas Victoria y duró “perdido” durante seis años en África
hasta que Henry Morton Stanley, en una expedición financiada por el New York Herald, lo halló, saludándolo con
una frase que haría historia: “Dr. Livingstone, I presume?” (¿El Dr.
Livingstone, supongo?). El mote de Livingstone era “cristianismo, comercio y
civilización”: un resumen perfecto de la mentalidad victoriana.
Para finales del siglo XIX, muy
poco del mundo quedaba por mapear. Solo faltaban los polos y los Himalayas.
Llegar a los polos se convirtió en una obsesión. Y ya no era solo una obsesión
británica. Entre 1908 y 1909 dos americanos, Frederick Cook y Robert Peary,
afirmaron haber llegado al polo norte, pero la afirmación de Cook pronto fue
cuestionada, y la misma suerte corrió la afirmación de Peary, aunque un poco
más tarde. Se volvió entonces un asunto de honor para los británicos llegar al
polo sur. Había que hacerlo, además, al modo británico. Era una carrera, es
cierto, pero no debía parecer una carrera. Se trataba de llegar primero, pero
dando la apariencia de que el propósito prosaico de ser el primero en el polo
sur estaba envuelto en un manto de investigación científica y de juego limpio.
Robert Falcon Scott hizo un primer
intento. Luego Ernest Shackleton hizo un segundo. Estuvo a solo cien millas su
objetivo, pero no lo logró. Entonces Scott lanzó su segunda expedición al polo
sur, que lo haría eternamente famoso. Después de haber partido, recibió un
telegrama del explorador noruego Roald Amundsen, quien había aparentado hacer
un inofensivo viaje por aguas árticas, pero que ahora informaba que su
verdadera meta era el polo sur. La conquista del polo sur era ahora una
carrera.
El caso es que Amundsen llegó de
primero al polo sur, el 14 de diciembre de 1911. Su viaje fue rápido y libre de
peligros. Scott también llegó al polo sur, unos 30 días después que Amundsen,
el 17 de enero de 1912. El viaje de Scott, a diferencia del de Amundsen, no solo
estuvo marcado por la decepción, sino también por la tragedia. No solo Scott
vio que había sido derrotado en su intento por llegar al polo de primero, sino
que, además, él y su grupo no fueron capaces de retornar con vida del intento.
Scott vio morir a sus hombres uno a uno. Primero fue Edgar Evans quien cayó en
un coma profundo y no se volvió a recuperar. Luego fue Lawrence Oates, quien
sabía que estaba mal físicamente y que estaba demorando a sus compañeros.
Decidió entonces cometer uno de los suicidios más famosos de la historia. El 16
de marzo de 1912 les dijo a sus compañeros que iba a dar una vuelta y que
quizás le iba a tomar algún tiempo. Luego, el grupo restante fue atrapado por
una tormenta que terminó por minar todas las provisiones y energías. Los tres
hombres que quedaban murieron de frío, cansancio y hambre extremos en el refugio precario de su tienda, a
solo 11 millas de un depósito de abastecimientos que hubiera podido salvarles
las vidas. Sus cuerpos, sus diarios, sus fotografías, fueron descubiertos
posteriormente, y hoy son parte de la leyenda. Una cruz en Observation Hill, en
la Antártida, recuerda a Scott y sus hombres. Está marcada con unas palabras de
un poema de Tennyson: "One equal temper of heroic hearts, / Made weak by
time and fate, but strong in will / To strive, to seek, to find, and not to
yield" ("un temperamento similar de corazones heroicos / debilitados
por el tiempo y la fortuna, pero fuertes en voluntad / Luchar, buscar,
encontrar, y no ceder").
El
éxito de Amundsen y el fracaso trágico de Scott han sido ampliamente
discutidos. Amundsen fue al polo y volvió en trineos tirados por perros, que
convenientemente iba sacrificando en la medida en que se agotaban las
provisiones, para obtener carne fresca. Sus hombres dominaban la técnica del
ski. Scott, por su parte, consideró todas las tecnologías posibles, incluidos
los tractores mecánicos, los ponis siberianos y los perros, pero, al final,
fueron sus hombres los que jalaron los trineos de provisiones por más de tres
cuartas partes del viaje, una caminata de unas 1.600 millas en el frío
antártico. Mil otros factores han sido considerados: el vestuario, la comida,
el clima. Al final, Scott hizo responsable de su infortunio a la mala suerte.
Amundsen, en cambio, sugirió que la mala suerte de Scott fue resultado de su
mala preparación. El logro de Amundsen fue el resultado de una concentración
exclusiva en el objetivo de llegar al polo, sin ninguna arandela científica, y
de una cuidadosa preparación. Scott, por su parte, se convirtió en el símbolo
del estoicismo británico frente a la adquisición de conocimiento y la
adversidad. Desde el punto de vista británico, Amundsen no jugó limpio. No solo
anunció que estaba en el juego solo hasta el último minuto, sino que hizo un
uso de los perros de los trineos que era inconcebible para los británicos:
Amundsen tenía previsto usar los perros, no solo como medio de locomoción,
sino, horror de los horrores, también como alimento. Lord Curzon, el director
de la RGS, al brindar por el éxito de Amundsen, lo hizo sarcásticamente en
nombre de sus perros, un desplante que Amundsen respondería renunciando a la
membresía honoraria de la Sociedad.
Conquistado
el polo sur por los noruegos, a los británicos ya solo les quedaban dos metas:
cruzar la Antártida por el polo y escalar el Everest. Shackleton intentó hacer
lo primero, sin éxito, pero su viaje, que comenzó el 5 de diciembre de 1914,
entró en la leyenda. Su barco, el Endurance,
quedó atrapado en el hielo, que terminó despedazando la embarcación. La
tribulación hizo campamento en el hielo, donde sobrevivió por casi dos años.
Después de alcanzar tierra firme, Shackleton se lanzó al mar en un bote
salvavidas para buscar rescate. Navegó unas 800 millas para llegar a las isla
ballenera de South Georgia. Allí llegó en medio de un temporal. Tuvo que cruzar
la isla (51 km) a pie para encontrar la ayuda que buscaba, que le permitió
rescatar con vida, el 30 de agosto de 1916, a todos los hombres que había
dejado en la Antártida.
La Primera Guerra Mundial demoró
los intentos por conquistar el Everest. La guerra que habría de acabar todas
las guerras terminó siendo una carnicería que acabó con la inocencia de quienes
la sobrevivieron. El Everest era la última gran meta, el último gran objetivo
para el orgullo británico. Entre 1921 y 1924 los británicos mandaron tres
expediciones al Everest. De todas ellas formó parte George Mallory. La primera
sirvió para reconocer el terreno. La segunda para entender que un ascenso sin
oxígeno sería casi imposible. En la tercera se debía conquistar la cima. Poco
antes de esa tercera expedición, en una gira por los Estados Unidos, a Mallory
le preguntaron por qué quería ascender al Everest. Su respuesta se volvió
famosa: "Because it's there" (porque está allá). En la tercera expedición,
Mallory fue visto, junto con Sandy Irvine, "yendo fuerte hacia la
cima". No se sabe si la alcanzó. Ninguno de los dos bajó con vida del
intento.
Solo hasta 1953 se escaló el
Everest. Para esa fecha, ya la India no formaba parte del Imperio Británico.
Cinco años antes, el poderío británico había sido derrotado por un indio
flacuchento que pregonaba la no violencia. La conquista del Everest, por un
neozelandés y un nepalés, Edmund Hillary y Tenzing Norgay, no fue anunciada
inmediatamente en el Reino Unido, para no opacar la ceremonia de coronación de
la reina Isabel II. En 1978 Reinhold Messner, un italiano tirolés, escalaría
por primera vez el Everest sin oxígeno suplementario, en lo que algunos
consideran el primer "verdadero" ascenso de esa montaña. En 1996 un
ascenso al Everest altamente comercializado cobró la vida de ocho personas en
un solo día y de 15 en toda la temporada de escalada, lo que abrió un enorme
debate sobre el propósito de subir a la montaña más alta del mundo.
En 1999 se armó una expedición
sobre la idea de que, si Mallory en efecto había sido el primero en escalar el
Everest, había una forma de saberlo: si había llegado a la cima, seguramente se
habría tomado una foto, y la cámara, a esas alturas, debía haberse conservado.
El propósito de la expedición era encontrar la cámara y, por esa vía, resolver
de una vez por todas la pregunta de si Mallory había llegado a la cima del
Everest. La cámara no fue encontrada, así que el misterio permanece. Pero la
expedición encontró lo que es quizás un mayor trofeo: el cuerpo de Mallory.
Alejado de la ruta que debía seguir, es claro que Mallory, el escalador por
excelencia, había caído por una ladera y se había roto una pierna. Boca abajo,
seguía aferrado a la montaña que le había costado la vida. Parte de su precario
equipo ha sido después exhibido en algunos museos del mundo. Quizás es el cuerpo
de Irvine el que tenga la cámara que devele el misterio de quién escaló el
Everest primero. Pero, aunque su hacha fue hallada en 1933 y su cuerpo fue
aparentemente visto por un escalador chino en 1975, nadie lo ha vuelto a ver.
En 1997 Gran Bretaña devolvió el
control de Hong Kong a los chinos. Hace casi exactamente 100 años Scott murió
en el polo sur. Quién sabe cuándo se acabaron los sueños imperiales británicos
de conquistar todos los rincones del mundo. Pero todos los seres humanos
seguimos, con diversos grados de éxito, en la tarea que Tennyson describió tan
bien: luchar, buscar, encontrar y no ceder.
1 comment:
lo dicho, daniel, usted escribe muy bien. No se preocupe por no haber hecho la especialización, lo que le falta es tiempo para sentarse a escribir todos los dias y dejar fluir su sensibilidad. Ahora cuente lo mismo pero pongale mas picante, inventele rasgos a los personajes que mas le llamen de esa cronica sobre inglaterra, y póngalos en situaciones que conviertan ese ensayo en una historia que uno no quiera perderse. usted ya sabe. atte fernando baena
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